
Fernando vivía entre manecillas, muelles, engranajes y rodajes de minutería. Primero su bisabuelo, y más tarde su abuelo y su padre, habían dedicado toda su vida al arte de la relojería.
La Relojería Guzmán existía desde hacía sesenta y tres años en la esquina de la calle principal del pueblo y desde su posición estratégica fue dándole cuerda a la vida de todos sus habitantes un día tras otro. Fernando se levantaba todos los días a las seis y cuarto de la mañana y mientras se preparaba un café oscuro en la vieja cafetera en la que su bisabuelo había preparado el primer café, estiraba todos los músculos de su cuerpo y oteaba desde la ventana como el paisaje se transformaba con cada nuevo rayo de sol que anunciaba el amanecer.
Tras tomarse el café sentado en la mesa auxiliar de la salita en silencio contemplativo, Fernando se duchaba, se vestía y se preparaba para ir a la tienda que estaba justo bajo sus pies. Tardaba siempre treinta y cuatro minutos en hacer todas esas operaciones, luego bajaba las escaleras, levantaba la verja de seguridad, abría la puerta, encendía la luces, quitaba el polvo del mostrador y uno a uno, revisaba todos los relojes con mimo, cerciorándose de que los mecanismos de todos ellos trabajaban con exactitud.
A las siete y media ya estaba todo listo para abrir la puerta del negocio y que empezará a entrar la clientela, pero Fernando no lo hacía, dedicaba la siguiente media hora al reto más grande de su vida, Suichi, así llamó a aquel reloj que un buen día entró por aquella puerta de la mano de un primo lejano de Antonio el ferretero, un desafío a la matemática exacta de la relojería. Por algún inexplicable razón Suichi un día tomo la decisión de empezar a caminar hacia atrás, de forma que dejó de anunciar el tiempo exacto para recorrer un camino de vuelta por el tiempo, viajando hacia atrás, reviviendo todos los días que precedieron a aquel 1 de Enero de 2009 en el que suichi tomó la decisión unilateral de dejar de caminar con precisión hacía el futuro.
El primo de Antonio, un buen hombre, sencillo y muy creyente, lo dejó allí y dijo que sobre la esfera de aquel reloj flotaba una terrible maldición, que una chica se lo había dado hacia unos meses diciendo que era un buen reloj, pero que se había parado por que probablemente ya no tendría más tiempo que contar. Fernando, escéptico ante aquella afirmación y como hombre dado a las leyes de la física, le ofreció al primo de Antonio el ferretero una cifra simbólica para hacerse con él. Desde ese día Fernando vivió con una sola obsesión, comprender el mecanismo de aquel reloj, explicar desde su dilatada experiencia como relojero por qué aquel reloj desafiaba a las leyes de la física y del tiempo haciendo que sus manecillas volvieran sobre sus pasos.
Después de cerciorarse del correcto funcionamiento de todos los relojes, Fernando se dirigió al mostrador, sacó el reloj y lo puso sobre la barra. Algo había cambiado, Suichi había dejado de caminar hacia atrás y se había parado.
El reloj marcaba justo las 00:00 horas el 1 de Junio de 2008, durante un día entero ninguna de las manecillas se movió de aquel punto exacto, 00:00 horas del 1 de Junio de 2008. Aquel día Fernando no abrió la tienda, se quedó sentado en su taburete, frente al mostrador de la tienda, sin perder en ningún momento de vista el reloj, esperando una mínima señal, pensando en mil y una posibilidades ampliamente razonadas por las cuales aquel reloj se hubiera parado en ese preciso momento. Cuando el hambre y el agotamiento empezaron a hacer mella en el ánimo de Fernando, el reloj comenzó a funcionar, y lo hizo correctamente.
Las manecillas comenzaron a moverse hacia delante, primero unos segundos, luego varios minutos, después un par de horas. En el mismo momento en que el reloj empezó de nuevo a funcionar, Fernando sintió una punzada aguda en el corazón, comenzó a tener dificultades para respirar y sintió como un malestar general se apoderaba de todo su cuerpo. Asustado, se dirigió hacia su cama y decidió dormir, pensando que aquella sensación se iría con el sueño igual que llegó por su ausencia.
Al día siguiente se levantó con el mismo malestar y tras ver que su salud con el paso de los días empeoraba, decidió ir al médico a pedir una opinión profesional. “se está usted muriendo, don Fernando, tiene un cáncer terminal, no podemos hacer nada, lo siento”.
Fernando volvió abatido a la tienda, sabedor de que aquel cáncer estaba relacionado directamente con su reloj. Sentado en la mesa de la cocina y tomándose un té, Fernando comenzó a buscar relaciones entre todo lo que había sucedido en los últimos meses, la llegada del reloj, las fechas en las que se había modificado su funcionamiento y todos los eventos personales que habían tenido cierto impacto en su vida. La taza de té cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, los mismos que Fernando acababa de recomponer para darle sentido a todo aquello que había sucedido.
Su reconstrucción de los hechos comenzaba el 3 de Marzo de 2008, tres meses antes de que el reloj se hubiera parado por primera vez. Ese 3 de Marzo Fernando conoció a Martín, un nieto de Alfredo, el alcalde del pueblo, que había vivido toda su vida en la capital y se encontraba de paso con su mujer para conocer un poco los orígenes de su familia. Ese día Martín y su mujer, Laura, entraron en la relojería en busca de información sobre la ubicación exacta de la casa del alcalde y Fernando, muy solícito, se la dio correctamente. Laura quedó extrañamente prendada de aquellas viejas paredes atestadas de coronas, manecillas y números de todos los tamaños, colores y materiales y mucho más de todas y cada una de las respuestas que Fernando le dio al caudal de preguntas curiosas que fluían de sus labios. Fernando quedó prendado del entusiasmo y la curiosidad que Laura tenía por su mundo y más aún por aquellos ojos que atravesaban su caja torácica para reventar el preciso mecanismo con el que siempre había trabajado su corazón.
La visita se alargó durante más de una hora, en la cual Laura acabó llevándose un reloj de pulsera, con un elegante acabado y la garantía que ofrecía su preciso mecanismo suizo. Ese reloj, era el mismo que ahora Fernando tenía entre sus manos, el culpable de su acelerada enfermedad, la piedra angular sobre la que descansaba aquel mortal rompecabezas que estaba acabando con su vida.
La segunda fecha de su reconstrucción coincidía con la fecha en la que hacía unos días, se había parado el reloj por primera vez desde que comenzara a marcar las horas hacia atrás, el 1 de junio de 2008, justo tres meses después de conocer a Laura, tiempo este en el que Fernando mantuvo un intercambio de cartas postales con Laura cada vez más asiduo, cada vez más íntimo, cada vez más sincero, intercambio que terminó bruscamente con una carta de Laura, escueta de un solo folio y apenas dos líneas en la que decía “No aguanto más Fernando, lo dejo todo, me voy de la ciudad, abandono a mi familia, quiero vivir el resto mi vida a tu lado”
Fernando se revolvió incómodo en la silla al revivir aquella emoción del pasado, aquella sensación de victoria absoluta del amor sobre la razón que trajo a Laura a su lado un ya lejano 1 de junio de 2008. Durante los siguientes seis meses Laura y Fernando compartieron todo, compartieron cama, compartieron besos, miedos y sueños, compartieron cafetera, compartieron ventanas, paisajes y rayos de sol que anunciaban amaneceres, compartieron su pasión por los relojes, por los mecanismos exactos, y los no tan precisos que regulaban su pasión desenfrenada en cualquier lugar de aquella vieja casa, y por último, compartieron sus últimos días, aquellos en los que Fernando cayó en la cuenta de lo profundo que era su miedo a perderla, de lo imposible que sería mantener a una mujer tan llena de vitalidad a su lado en aquel pequeño y claustrofóbico mundo regulado siempre por las mismas manecillas y la misma monótona cadencia del tiempo.
Y así fue como aquel 31 de diciembre, minutos antes de tomar las uvas, Fernando, abatido por su cobardía para vivir y enfrentarse al caprichoso mecanismo del amor y sus incalculables consecuencias, le dijo a Laura que se fuera de su lado, que se alejara lo más pronto posible de aquel hombre que tanto le había amado, que algún día entendería el por qué de aquella decisión unilateral que ahora le parecía tan egoísta. Así es como concuerda la última fecha, 1 de Enero de 2009, fecha en la que el reloj se había parado por primera vez.
Uno esperaría ahora que Fernando, una vez descubierto el origen del rompecabezas, vislumbrara una solución tan mágica como lo habían sido todos aquellos inexplicables acontecimientos, que se levantara como un resorte en busca del amor, único antídoto para frenar aquella repentina enfermedad mortal que padecía, uno esperaría que se diera cuenta que la vida le había dado una segunda oportunidad, seis meses le quedaban ahora para encontrar a Laura antes de que el reloj volviera a marcar la fatídica fecha, el 1 de Enero de 2009, día en el que oficialmente renunció al amor, miles de aventuras le aguardaban en aquella incierta búsqueda, pasaría mil penurias, conocería a centenares de personas, viviría como un detective durante el tiempo necesario, cotejando datos e informaciones oficiales, revisando en los catastros, las guías telefónicas, tocando la puerta de casas ya vacías, interrogando a posibles amigos que tuvo su amor en distintas ciudades, bajándose de un tren para subirse a un avión, sintiendo cada vez más cerca el triunfo de su constancia en la búsqueda, encontrando al fin, sentada quizás en un banco de un estación de tren y ya con la maleta preparada para buscar fortuna en otro destino, a su amada Laura, poniendo de una vez por todas fin a su enfermedad, enfrentándose a la vida con valor y al amor con decisión, sin miedos ni cobardías, viendo por fin como aquel revelador reloj cejaba en su empeño de caminar hacia adelante o hacia atrás, parándose para siempre en aquella estación porque ya no tenía razón para seguir marcando el tiempo hacia ningún sentido, porque aquel reloj no se regía por minutos o segundos, era la afirmación rotunda de que el amor no sabe de mecanismos hechos por el hombre, no se rige por aquellas estúpidas leyes que matan a éste poco a poco.
Pero no, Fernando no haría nada de eso. Habiendo resuelto por fin aquel rompecabezas, Fernando, aliviado, se sienta otra vez en aquella mesita que tiene frente a la ventana, aquella mesita en la que ha visto tantos y tantos amaneceres y espera paciente a que llegue el último, quizás el penúltimo, quien sabe cuál será el próximo capricho del tiempo, no importa, se dice a si mismo, como buen hombre dado a las leyes de la física esperaré a que la lógica del tiempo marque con precisión el último segundo de mi vida, así ha de ser.
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