COMPÁS
La primera vez que vi a mi padre matar a alguien con sus propias manos no pestañee, de hecho creo que tarde 3 días en volver a hacerlo. Mi madre, que siempre cuidaba mucho de su pequeño hijo indefenso, estuvo poniéndome colirio durante días y tapándome los ojos con un paño húmedo cada varias horas para que pudieran descansar. Pero mis ojos no quisieron volver a cerrarse, se habían quedado estupefactos, una y otra vez mi retina reconstruía lo que había visto hace unos segundos, minutos, horas, días, una y otra vez se repetía la secuencia, cada vez más nítida, cada vez más real, es como si la primera vez que hubiera visto a mi padre matar a alguien con sus propias manos lo hubiera vivido como una ilusión imprecisa y luego, a base de revivirla repetidamente en mi retina, sus formas borrosas hubieran adquirido la habilidad de definirse y la acción ejecutora, de perfeccionarse y el rojo de la sangre que tiñe el suelo, de intensificarse y la mujer que moría a manos de mi padre, de aterrorizarse y la luna llena y expectante, de teñir toda la secuencia de un blancuzco mortal que intoxicaba la gama cromática hasta hacerla asfixiante.
Mi padre se levanta todas las mañanas con la primera luz del día, se asea y desayuna junto con mi madre y conmigo en la mesita auxiliar de la cocina. Es un hombre culto, o por lo menos a mis ojos le gusta simularlo, lee el periódico con avidez mientras devora las tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga que mi madre le prepara pacientemente, una detrás de otra, mientras mi padre lee y engulle, mi madre permanece alerta, a su lado, atenta a cada bocado de mi padre para realizar una acción programada, coger una tostada, luego el cuchillo, untar la mantequilla, extraer una cucharada del tarro de mermelada, extenderla sobre la tostada y, con el último bocado, poner la tostada de manera que mi padre sólo tenga que estirar la mano para alcanzarla.
Con el último sorbo de café mi padre carraspea y esta señal nos activa a todos para levantarnos de la mesa, recoger y prepararnos para salir. Mi madre lleva la caja de herramientas a mi padre hasta el coche y este, después de despedirse de ella con un amoroso abrazo, me apresura con un gesto seco de cabeza para que me suba al asiento del copiloto. Mi padre me lleva hasta el colegio todas las mañanas, se baja del coche conmigo y me acompaña hasta la puerta del colegio, a veces habla con mi profesora durante unos minutos y en su mirada puedo reconocer la misma expresión que tuve grabada en mis pupilas durante tres días. Posiblemente mi padre quiere matar a mi profesora, aunque a juzgar por la distancia que los separa en las conversaciones que tienen pueda parecer lo contrario.
Mi madre siempre me dice que soy demasiado joven para diferenciar entre el amor y el odio y que cuando sea lo suficientemente mayor para poder hacerlo, posiblemente me daré cuenta de que no son dos cosas tan diferentes y que la una se apoya en la otra para sobrevivir en cada ser humano. Yo casi nunca entiendo ninguno de los consejos de mi madre, pero en el fondo sé que esa mujer tan dócil y servicial para con mi padre es una de las personas más sabias de este planeta.
Supongo que por eso hoy, cuando he visto mis manos llenas de sangre después de la tutoría semanal, he entendido un poco más las palabras de mi madre, aunque eso no me haya permitido comprender nada más de la escena, ni que mi profesora yazca en un charco de sangre en el suelo, ni que mi padre siga sonriéndome sentado en la silla del despacho, ni que sostenga un compás ensangrentado entre mis manos alzadas a la espera de una última estocada, ni que no sea capaz de recordar absolutamente nada de lo que ha sucedido en los últimos minutos, ni la sensación que recorre mi médula espinal en un bucle infinito de terror y placer que hace difícil diferenciarlos entre sí, como con el amor y el odio que siempre dice mi madre.
Lo que más me cuesta entender es la convivencia en este instante entre la mirada de orgullo de mi padre y la de resignación de mi madre, no sé si he hecho algo bueno o malo, no soy capaz de diferenciarlo, solo sé que mi madre, que es una de las mujeres más sabias que conozco en este mundo, ya no va a volver a mirar nunca más de la misma manera a su hijo indefenso.
Publicado en Vidas Paralelas |






