…en forma de miedos, temores, desconfianzas o actitudes no justificadas que arrastramos del pasado, si el amor es una guerra, nosotros somos soldados rasos con la ambición de conquistar, en un futuro imaginario, aquel territorio que siempre se nos ha antojado lejano pero que sabemos que nos pertenece por derecho. Pero con cada batalla, aumentan nuestras heridas, se hacen más torpes nuestros movimientos y solo algunos, logramos la ansiada victoria final.
(escuchado en una conversación interna, en un dia gris, con una cerveza templada)
RECUERDOS DE UN SOLDADO RASO
Añoro mis primeros años de servicio. En mis inicios, el ejército se preocupó en alimentarme y formarme para la batalla, tanto física como mentalmente. La primera vez que entré en combate fue en una misión de bajo riesgo, una pequeña trifulca amorosa de patio de colegio. Apenas sufrí algún que otro rasguño, consecuencia de la desorientación en el campo de batalla y la inexperiencia en el combate. Cicatrizó sin la menor complicación, aunque aún recuerdo con melancolía aquella sonrisa inconquistable.
Ya como cadete, las incursiones en el frente se hicieron algo más intensas y peligrosas, aunque la armadura estuviera intacta, el enemigo no tardó en encontrar sus primeras grietas y, en el más grave de los casos, de crearlas él mismo.
A los 15 años sufrí mi primera gran herida de guerra, se llamaba Lorena y hacía gala de un manejo envidiable de su espada hormonal, me atrajo hacía su lado, me ofreció el aperitivo de su cuerpo, me vetó sus mayores placeres carnales y, cuando me hizo creer ganador de la contienda, me asestó un sablazo limpio en el orgullo yéndose con uno de mis mejores amigos, un apuesto soldado de mi unidad, haciéndome sentir la humillación con la que me castigaba el resto del batallón.
Tardé meses en recuperarme de aquel combate, mi primera gran derrota. Aquella herida tardó en cicatrizar una eternidad. En los años siguientes me retiré del campo de batalla y me formé en la táctica y estrategia mediante la observación a distancia.
No obstante y como era de esperar, llegó el momento de volver a la guerra. El verano se antojaba como la mejor época para volver a entrar en contacto con el frente y así fue. Aunque la vieja herida seguía sangrando, llegado el momento de luchar, no me amedrenté y no sé como, conseguí llegar hasta la primera línea de batalla y luchar, sorteando con destreza los hábiles estoques del enemigo.
Bea fue un conflicto duro y lento que se alargó durante dos años, entrando en combate sólo en los meses estivales, aprovechando los fríos inviernos para estudiar las estrategias, negociar las fechas de combate con el enemigo y prepararme para el dulce cuerpo a cuerpo. La distancia que nos separaba hizo que ambos perdiéramos el interés por seguir inmersos en aquella lucha sin sentido.
De aquella guerra aprendí que en la lucha se pueden tener aliados, que sentirse arropado por otro te da fuerzas para conquistar cualquier objetivo, pero el amor no es siempre suficiente para conquistar el territorio deseado si este se siente tan alejado.
Aquellos años fueron de un ascenso imparable para mí, graduándome con honores y subiendo niveles en la cadena de mando a una velocidad endiablada, aunque dominaba la teoría del combate, era consciente de mi falta de aprendizaje empírico y mis pocas heridas de guerra daban fe de ello.
Con la veintena recién cumplida y una ambición que no conocía limites ni fronteras, me vi envuelto en la mayor guerra vívida hasta ahora. El objetivo era inmenso, grandioso, superaba con creces mis expectativas, era mi gran guerra, sería mi mayor logro si conseguía la victoria. Era joven y poco precavido, mi corazón había sufrido heridas leves y mi cabeza estaba abierta y preparada ante cualquier reto.
Así comenzó aquella guerra, con todos los efectivos dispuestos a comenzar con el asalto, los primeros años fueron demoledores, un continuo goteo de bajas en ambos bandos, nos movíamos entre las líneas enemigas intentando debilitarnos desde dentro, definiendo el campo de batalla, pequeñas pero constantes trifulcas de las que a veces salía mal parado, cuando iba a reforzar un flanco, mi contingente se desmoronaba por el centro, cuando socorría alguna zona debilitada, el resto de las líneas quedaban desabastecidas y descoordinadas y pronto sufría grietas en la formación que me dejaban totalmente expuesto. No obstante, ambos conseguimos aguantar sin suplicar rendición y en dos años firmamos un acuerdo de no agresión que con el tiempo, trajo la paz mas sincera que cabe recordar.
Fueron años dulces aquellos, un pacto de no agresión estable que solo a veces, se veía salpicado por pequeños brotes de insurgencia que eran apaciguados con una pronta negociación, tentativas de sabotaje bajo el mando de nuestros egoísmos, motines que reflejaban que la paz no era aceptada por el 100% de nuestros efectivos, actividades subversivas, deserciones y conspiraciones que dejaban sentir el oscuro latir de la rebelión y poco a poco, minaban aquel acuerdo bilateral.
Y así fue, tras varias tentativas contra mí y ya algo debilitado por aquellas pequeñas hostilidades que no parecían importantes por separado, pero que llenaban mi cuerpo de cicatrices, el acuerdo expiró y con él, mis ganas de volver a buscar la victoria.
Tras cuatro meses atrincherado, decidí volver al combate de manera sanguinaria, como un vulgar guerrillero, sin objetivo aparente, con el radar sondeando cualquier territorio apto para ser conquistado, haciendo uso de la propaganda más vil, sitiando corazones durante meses, dándole la espalda al orgullo y al honor, llevando a cabo actos terroristas que solo dejaban un reguero de penas injustificado, siendo solo leal a mi sed de sangre, coaccionando al enemigo con tretas detestables, desorientado en el combate y solo guiado por la ambición de destruir, ejerciendo de tirano en corazones humildes, de dictador en mentes vulnerables.
Tras dos años en los que no he salido impune de ninguna escaramuza, mi cuerpo está exhausto, cuento mis heridas por docenas y solo algunas pocas han conseguido cicatrizar parcialmente. Estoy agotado, cansado y desconfiado. Ya no me siento un honorable soldado, he llevado a cabo crímenes de guerra que me avergüenzan profundamente, la culpa con la que brillan mis medallas, oscurece cualquier mérito de mis actos.
Veo el uniforme impecablemente planchado y doblado sobre la silla, he limpiado mi arma y dejado relucientes mis medallas. Me visto de gala y me coloco la pistola bajo la mandíbula, me miro al espejo, buscando agrandar aún más si cabe el dramatismo de mi último acto de servicio. Cuando estoy a punto de presionar el gatillo, suena el teléfono, no es una llamada, es un mensaje. Decido leerlo, seguramente víctima de un amago de mi cobardía. En mi cara se vislumbra una sonrisa. Quizás haya perdido importantes batallas, pero nunca debí dar la guerra por perdida.
La victoria me pertenece, por derecho.
Publicado en
Descatalogados |