Ene-12-2010

LOS JUBILONAUTAS

Los jubilonautas han llegado para quedarse, armados hasta las prótesis dentales con todo tipo de tecnología artesanal, pretenden inculcarnos su modo de vida tiránico y poco práctico. Un jubilonauta jamás hace una cola, se introduce en ella sin titubear y rompe con el código ético establecido por el resto del personal.

Un jubilonauta no frecuenta lugares en los que el número de decibelios superen las dos cifras, por tanto es difícil verlos en discotecas u otros lugares masificados, no obstante, el jubilonauta siempre lleva a mano un dispositivo electrónico, que se recarga con dos cápsulas metálicas potencialmente contaminantes, con el cual anula su comunicación con el exterior gracias a la ruedecilla volumétrica aislante.

Un jubilonauta tiene la capacidad de bloquear un paso ya de por si complicado por una obra colindante, es frecuente verlos en casi todas las esquinas de Madrid aconsejando sobre el uso correcto de la cementera al personal de obra, o bien departiendo acaloradamente entre ellos sobre el mal endémico que suponen las obras que ellos mismo ralentizan.

Los jubilonautas tienen una capacidad genética que los hace infalibles a la hora de manejar el  tráfico peatonal, gracias a la microvelocidad con la que se desplazan, pueden observar un tapón humano antes de que este suceda y a veinte metros de distancia, señalizan con sus manos el correcto desplazamiento del resto de transeúntes, llegando a increpar entre dientes a los que no hagan caso de sus señales.

Los jubilonautas planean la conquista del universo desde sus puntos estratégicos, bancos repartidos por todas las calles y parques en los que se reúnen para preparar el siguiente golpe. No tienen prisa, juegan con la ventaja de sentirse en la recta final, de saber que algunos caerán pero que pronto serán más en este pais de alta senilidad, de no esperar nada de nadie que no sea la muerte, son valientes, irascibles, bravos, tocapelotas, cansinos, agresivos e impredecibles.

Esta mañana en la panadería de enfrente, dos de ellos me han tendido una emboscada, tras colarse uno e increparle el que aquí escribe, el otro, colocaba el bastón de tal manera que al darme la vuelta mandando a cagar a su compañero de dominó, tropezara y cayera al suelo. Pensé en soltarle una galleta y pisarle la dentadura postiza, pero al final me pudo la compasión hacia el colectivo senil. Ahora desde casa, mientras me chorrea mercromina por la rodilla, pienso en una venganza cruel.

(O me sobra mucho tiempo para pensar o soy el único que se ha dado cuenta del peligro que corre la humanidad)

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Dic-21-2009

BLOQUEO NAVIDEÑO

Diciembre no es un buen mes para la creatividad.

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Nov-20-2009

EN UNA SOLA DIRECCIÓN

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M. daba vueltas por la habitación siguiendo una línea irregular imaginaria que lo hacía moverse de manera aparentemente desordenada, pero que lo llevaba exactamente al mismo punto de inicio, para así,  cerrar el círculo y volver a empezar el recorrido. Aquello  revelaba la compleja personalidad de M., probablemente si alguien le hubiera preguntado en ese momento el por qué de tan extraño circuito, él hubiera tenido una contestación extensa y compleja, donde varios motivos, en apariencia inconexos, formaban un todo explicativo que justificaba su andar inquietante, su esquivar esa silla por el exterior, girar a la derecha, tocar la manilla de la puerta con la mano al pasar,  descolgar y colgar el teléfono de la mesita auxiliar, girar de nuevo a la derecha, rodear la silla en la que L. estaba sentada por detrás, dar una patada con el pie izquierdo a la caja de herramientas que estaba en el suelo, golpear el cristal de la ventana con la mano y girar por tercera vez a la derecha para volver al punto de inicio.

Así veía la vida M., todos sus pensamientos y acciones,  comportamientos y afirmaciones, estaban basados en la misma línea desequilibrada y exacta que ahora reproducía sobre el suelo y que tenía completamente aterrorrizada a L.

M. comenzó a hablar sin dejar de caminar, gesticulando fuertemente con las manos y manteniendo una respiración agitada que hacía que algunas palabras quedaran amputadas en su mitad por el corte limpio de un aliento para continuar, “Espero que entiendas lo complejo que es lo que te estoy intentando explicar, ¿sabes?, llevo varios días teniendo estos sueños, me levanto con una amarga sensación y el resto del día,  el resto del día una mezcla viscosa de odio y tristeza recorre mis venas suplantando a la sangre y yo lo entiendo, de verdad,  es mi forma de ser, quiero decir, que siempre que he querido algo lo he tenido, lo he comprado y lo he hecho mío, lo he guardado bajo cuatro llaves en un armario para que sólo fuera disfrutado por mí, ¿entiendes lo que quiero decir?, cuando pienso en ti, generalmente sueño despierto pesadillas reales en las que mis miedos se apoderan de la máquina de pensar y me muestran situaciones hipotéticas en las que me reventaría el corazón, ¿sabes?,  es un tanto contradictorio, nos consideramos el uno parte del otro, o si quieres decirlo de otra manera,  los dos partes de un mismo ser, pero no es lo mismo, no te tengo, no te he comprado, ni me perteneces de aquella otra manera, no puedo guardarte bajo cuatro llaves en la parte más segura de mi armario, para poder luego disfrutarte en mi soledad.”

Mientras hablaba, M. seguía recorriendo el mismo trayecto imaginario, girando a la derecha, tocando la manilla, bordeando la silla en la que estaba sentada L. por detrás, golpeando la ventana al pasar, siempre el mismo trayecto, pero cada vez más rápido, cada vez con mayor inquietud, golpeando la manilla con más fuerza,  propinando patadas más violentamente a la caja de herramientas, de manera que esta se desplazaba poco a poco hacia otro punto de la habitación. Era tal el miedo de L., que sólo esperaba que la caja de herramientas no entorpeciera el trayecto de M., eso podría originar una cadena de sucesos imprevisibles.

“Lo que quiero decir es que cuando algo material me interesa, lo compro, lo guardo, lo uso, lo hago mío y decido sobre su integridad, pero tú eres diferente, al ser una persona no puedo comprarte, ni guardarte, no me perteneces, no puedo decidir qué haces en cada momento, ni tener control sobre ello y eso es lo que me produce este miedo que me enloquece, estoy tan acostumbrado a poseer que cuando no puedo hacerlo me aterroriza, no sé reaccionar ante esta incertidumbre”

De repente M. se paró en seco, la caja de herramientas había bloqueado su recorrido, ya no podía avanzar, miró hacia adelante, miró hacia los lados y por último hacía atrás, miró fijamente a L. y luego se agachó y abrió la caja de herramientas, sacando de ella un serrucho oxidado y volviendo a colocar la caja de herramientas en su sitio inicial.

“¿sabes?, es por eso, que el ser humano se inventó el compromiso, casarse, comprometerse, un anillo, una alianza, dos firmas en un contrato, una promesa eterna de fidelidad, son herramientas de control ¿entiendes?, como este serrucho que tengo ahora en mi mano, que sólo sirve para darme la sensación de que algo es mío, para generarme seguridad” M.  completó su recorrido hasta acercarse a la silla donde L. permanecía atada de pies y manos y con una venda cubriéndole la boca y empapada ya en lágrimas. “Pero, en el fondo, aunque queramos creer lo contario, son del todo inservibles, aún así nos funcionan, es igual que al creyente en una situación de desesperación le funciona aferrarse a su fe, arrodillarse en el suelo e implorar a  su dios compasión, a eso hemos limitado la fe en los sentimientos, a creer y forzar compromisos dudosos sobre ellos, engañándonos al pensar que retendrán aquello que queremos y no podemos controlar”.

L. sentía como el aliento de M. se acercaba cada vez más a su rostro, quemándole las mejillas, le temblaban los ojos y las lágrimas caían ya solas y sin el obstáculo de los párpados, que permanecían abiertos y alerta. “Es por eso mi amor, que esta situación no tiene ya sentido para mí, no quiero que estés a mi lado sino es porque eres mía y no quiero que seas mía  porque no podrías serlo nunca, porque en el fondo siempre seguirías siendo tuya y eso es algo que yo no puedo conciliar en mi enrevesado cerebro”. M.  pegó sus labios a la oreja de L. y empezó a susurrar, “lo que me lleva a tomar una decisión drástica, hacer este trayecto que llevo repitiendo sin parar durante dos horas por última vez, si, final de trayecto amor mío, lo último que quiero decirte es que te quiero y ese es el principal problema por el que esto tiene que tener un final, porque te quiero y no sé querer como una persona normal.”

M. se levantó con el serrucho en la mano, miró a L.  y se dispuso a recorrer aquel trayecto por última vez, mientras, L. aguardaba ya vencida por el terror y con la certeza de saberse muerta, a que su verdugo completara el recorrido y llegará el final. M. comenzó a caminar,  se acercó a la puerta, la cerró con llave y tocó la manilla para cerciorarse de que no pudiera abrirse, descolgó el teléfono de la mesita auxiliar y llamó al número de emergencias, giró de nuevo a la derecha y salvó el obstáculo de la silla dónde L. estaba sentada por detrás, serruchó la cuerda de las manos que mantenía a L. maniatada, cogió impulso, pasó por la caja de herramientas, tiró el serrucho, se dirigió a la ventana corriendo y atravesó el cristal.

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Nov-11-2009

EL RELOJ DEL ALMA

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Fernando vivía entre manecillas, muelles, engranajes y rodajes de minutería. Primero su bisabuelo, y más tarde su abuelo y su padre, habían dedicado toda su vida al arte de la relojería. 

La Relojería Guzmán existía desde hacía sesenta y tres años en la esquina de la calle principal del pueblo y desde su posición estratégica fue dándole cuerda a la vida de todos sus habitantes  un día tras otro. Fernando se levantaba todos los días a las seis y cuarto de la mañana y mientras se preparaba un café oscuro en la vieja cafetera en la que su bisabuelo había preparado el primer café, estiraba todos los músculos de su cuerpo  y oteaba desde la ventana como el paisaje se transformaba con cada nuevo rayo de sol que anunciaba el amanecer.

Tras tomarse el café sentado en la mesa auxiliar de la salita en silencio contemplativo, Fernando se duchaba, se vestía y se preparaba para ir a la tienda que estaba justo bajo sus pies. Tardaba siempre treinta y cuatro minutos en hacer todas esas operaciones, luego bajaba las escaleras,  levantaba la verja de seguridad, abría la puerta, encendía la luces, quitaba el polvo del mostrador y uno a uno, revisaba todos los relojes con mimo, cerciorándose de que los mecanismos de todos ellos trabajaban con exactitud.

A las siete y media ya estaba todo listo para abrir la puerta del negocio y que empezará a entrar la clientela, pero Fernando no lo hacía, dedicaba la siguiente media hora al reto más grande de su vida, Suichi, así llamó a aquel reloj que un buen día entró por aquella puerta de la mano de un primo lejano de Antonio el ferretero, un desafío  a la matemática exacta de la relojería. Por algún inexplicable razón Suichi un día tomo la decisión de empezar a caminar hacia atrás, de forma que dejó de anunciar el tiempo exacto para recorrer un camino de vuelta por el tiempo, viajando hacia atrás, reviviendo todos los días que precedieron a aquel 1 de Enero de 2009 en el que suichi tomó la decisión unilateral de dejar de caminar con precisión hacía el futuro.

El primo de Antonio, un buen hombre, sencillo y muy creyente, lo dejó allí y dijo que sobre la esfera de aquel reloj flotaba una terrible maldición, que una chica  se lo había dado hacia unos meses diciendo que era un buen reloj, pero que se había parado por que probablemente ya no tendría más tiempo que contar. Fernando, escéptico ante aquella afirmación y como hombre dado a las leyes de la física, le ofreció al primo de Antonio el ferretero una cifra simbólica para hacerse con él. Desde ese día Fernando vivió con una sola obsesión, comprender el mecanismo de aquel reloj, explicar desde su dilatada experiencia como relojero por qué aquel reloj desafiaba a las leyes de la física y del tiempo haciendo que sus manecillas volvieran sobre sus pasos.

Después de cerciorarse del correcto funcionamiento de todos los relojes, Fernando se dirigió al mostrador, sacó el reloj y lo puso sobre la barra. Algo había cambiado, Suichi había dejado de caminar hacia atrás y se había parado.

El reloj marcaba justo las 00:00 horas el 1 de Junio de 2008, durante un día entero ninguna de las manecillas se movió de aquel punto exacto, 00:00 horas del 1 de Junio de 2008. Aquel día Fernando no abrió la tienda, se quedó sentado en su taburete, frente al mostrador de la tienda, sin perder en ningún momento de vista el reloj, esperando una mínima señal, pensando en mil y una posibilidades ampliamente razonadas por  las cuales aquel reloj se hubiera parado en ese preciso momento. Cuando el hambre y el agotamiento empezaron a hacer mella en el ánimo de Fernando, el reloj comenzó a funcionar, y lo hizo correctamente.

Las manecillas comenzaron a moverse hacia delante, primero unos segundos, luego varios minutos, después un par de horas. En el mismo momento en que el reloj empezó de nuevo a funcionar, Fernando sintió una punzada aguda en el corazón, comenzó a tener dificultades para respirar y sintió como un malestar general se apoderaba de todo su cuerpo. Asustado, se dirigió hacia su cama y decidió dormir, pensando que aquella sensación se iría con el sueño igual que llegó por su ausencia.

Al día siguiente se levantó con el mismo malestar y tras ver que  su salud con el paso de los días empeoraba, decidió ir al médico a pedir una opinión profesional. “se está usted muriendo, don Fernando, tiene un cáncer terminal, no podemos hacer nada, lo siento”.

Fernando volvió abatido a la tienda, sabedor de que aquel cáncer estaba relacionado directamente con su reloj. Sentado en la mesa de la cocina y tomándose un té, Fernando comenzó a buscar relaciones entre todo lo que había sucedido en los últimos meses, la llegada del reloj, las fechas en las que se había modificado su funcionamiento y todos los eventos personales que habían tenido cierto impacto en su vida. La taza de té cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, los mismos que Fernando acababa de recomponer para darle sentido a todo aquello que había sucedido.

Su reconstrucción de los hechos comenzaba el 3 de Marzo de 2008, tres meses antes de que el reloj se hubiera parado por primera vez. Ese 3 de Marzo Fernando conoció a Martín, un nieto de Alfredo, el alcalde del pueblo, que había vivido toda su vida en la capital y se encontraba de paso con su mujer para conocer un poco los orígenes de su familia. Ese día Martín y su mujer, Laura, entraron en la relojería en busca de información sobre la ubicación exacta de la casa del alcalde y Fernando, muy solícito, se la dio correctamente. Laura quedó extrañamente prendada de aquellas viejas paredes atestadas de coronas, manecillas y números de todos los tamaños, colores y materiales y mucho más de todas y cada una de las respuestas que Fernando le dio al caudal de preguntas curiosas que fluían  de sus labios. Fernando quedó prendado del entusiasmo y la curiosidad que Laura tenía por su mundo y más aún por aquellos ojos que atravesaban su caja torácica para reventar el preciso mecanismo con el que siempre había trabajado su corazón.

La visita se alargó durante más de una hora, en la cual Laura acabó llevándose un reloj de pulsera, con un elegante acabado y la garantía que ofrecía su  preciso mecanismo suizo. Ese reloj, era el mismo que ahora Fernando tenía entre sus manos, el culpable de su acelerada enfermedad, la piedra angular sobre la que descansaba aquel mortal rompecabezas que estaba acabando con su vida.

La segunda fecha de su reconstrucción coincidía con la fecha en la que hacía unos días, se había parado el reloj por primera vez desde que comenzara a marcar las horas hacia atrás, el 1 de junio de 2008, justo tres meses después de conocer a Laura, tiempo este en el que Fernando mantuvo un intercambio de cartas postales con Laura cada vez más asiduo, cada vez más íntimo, cada vez más sincero, intercambio que terminó bruscamente con una carta de Laura, escueta de un solo folio y apenas dos líneas en la que decía “No aguanto más Fernando, lo dejo todo, me voy de la ciudad, abandono a mi familia, quiero vivir el resto mi vida a tu lado”

Fernando se revolvió  incómodo en la silla al revivir aquella emoción del pasado, aquella sensación de victoria absoluta del amor sobre la razón que trajo a Laura a su lado un ya lejano 1 de junio de 2008. Durante los siguientes seis meses Laura y Fernando compartieron todo, compartieron cama, compartieron besos, miedos y sueños, compartieron cafetera, compartieron ventanas, paisajes y rayos de sol que anunciaban amaneceres, compartieron su pasión por los relojes, por los mecanismos exactos, y los no tan precisos que regulaban su pasión desenfrenada en cualquier lugar de aquella vieja casa, y por último, compartieron sus últimos días, aquellos en los que Fernando cayó en la cuenta de lo profundo que era su miedo a perderla, de lo imposible que sería mantener a una mujer tan llena de vitalidad a su lado en aquel pequeño y claustrofóbico mundo regulado siempre por las mismas manecillas y la misma monótona cadencia del tiempo.

Y así fue como aquel 31 de diciembre, minutos antes de tomar las uvas, Fernando, abatido por su cobardía para vivir y enfrentarse al caprichoso mecanismo del amor y sus incalculables consecuencias, le dijo a Laura que se fuera de su lado, que se alejara lo más pronto posible de aquel hombre que tanto le había amado, que algún día entendería el por qué de aquella decisión unilateral que ahora le parecía tan egoísta. Así es como concuerda la última fecha, 1 de Enero de 2009, fecha en la que el reloj se había parado por primera vez.

Uno esperaría ahora que Fernando, una vez descubierto el origen del rompecabezas, vislumbrara una solución tan mágica como lo habían sido todos aquellos inexplicables acontecimientos, que se levantara como un resorte en busca del amor, único antídoto para frenar aquella repentina enfermedad mortal que padecía, uno esperaría que se diera cuenta que la vida le había dado una segunda oportunidad, seis meses le quedaban ahora para encontrar a Laura antes de que el reloj volviera a marcar la fatídica fecha, el 1 de Enero de 2009, día en el que oficialmente renunció al amor, miles de aventuras le aguardaban en aquella incierta búsqueda, pasaría mil penurias, conocería a centenares de personas, viviría como un detective durante el  tiempo necesario, cotejando datos e informaciones oficiales, revisando en los catastros, las guías telefónicas, tocando la puerta de casas ya vacías, interrogando a posibles amigos que tuvo su amor en distintas ciudades, bajándose de un tren para subirse a un avión, sintiendo cada vez más cerca el triunfo de su constancia en la búsqueda, encontrando al fin, sentada quizás en un banco de un estación de tren y ya con la maleta preparada para buscar fortuna en otro destino, a su amada Laura, poniendo de una vez por todas fin a su enfermedad, enfrentándose a la vida con valor y al amor con decisión, sin miedos ni cobardías, viendo por fin como aquel revelador reloj cejaba en su empeño de caminar hacia adelante o hacia atrás, parándose para siempre en aquella estación porque ya no tenía razón para seguir marcando el tiempo hacia ningún sentido, porque aquel reloj no se regía por minutos o segundos, era la afirmación rotunda de que el amor no sabe de mecanismos hechos por el hombre, no se rige por aquellas estúpidas leyes que matan a éste poco a poco.

Pero no, Fernando no haría nada de eso. Habiendo resuelto por fin aquel rompecabezas, Fernando, aliviado, se sienta otra vez en aquella mesita que tiene frente a la ventana, aquella mesita en la que ha visto tantos y tantos amaneceres y espera paciente a que llegue el último, quizás el penúltimo, quien sabe cuál será el próximo capricho del tiempo, no importa, se dice a si mismo, como buen hombre dado a las leyes de la física esperaré a que la lógica del tiempo marque con precisión el último segundo de mi vida, así ha de ser.

Publicado en Vidas Ajenas |
Nov-4-2009

CLARO Y EVIDENTE

Han sido pocas veces la verdad, y nunca en un estado de absoluta conciencia. La primera vez no creo ni recordarla, sino que es fruto de la capacidad de engaño de mi memoria, contaría con año y medio cuando entre balbuceos e incoherencias acústicas, salió de mi boca una palabra con sentido, “mamá”, y esa fue la primera vez que, sin siquiera reconocerlo, experimenté mi primera clarividencia. “Pueden entenderme”.

A lo largo de nuestra vida, la mayoría de nosotros hemos experimentado más de una vez está sensación, la cabeza se despeja, el motor baja de revoluciones y un pensamiento masticado hasta la saciedad anteriormente, se desliza ahora por nuestra mente hueca y vacía, sólo, sin interferencias, sin otras líneas de pensamiento que le impidan recorrer el camino para presentarse desnudo ante nosotros y presentarnos la verdad, clara y evidente, de lo que hasta ahora había sido duda existencial, “me ama”, “estoy equivocado”, “la quiero, “no tiene importancia”, “me ha sido infiel”, “no vale la pena”.

Pero por lo general uno no está por la labor de dejar que sus pensamientos correteen desnudos y sin impedimento por su cabeza, que indecencia, que haríamos con los otros mil y un pensamientos estúpidos al día que nos mantienen en esa nube continua de razonamiento tóxico, que si el pan, que si el jefe, que si el vecino, que si la factura, que si la llamada, que si Paco, que si Lucía, que si el niño, que si los correos pendientes, una espesa y “desasogante” nube que no nos permite ver con nitidez la verdad, el ojo cerebral nos miente porque donde debería ver palabras definidas, sólo atisba entre la bruma siluetas confusas y donde debería leer lo siento, lee es tu culpa, donde tengo que hacerlo, es mejor esperar, donde esto es una mierda, un último esfuerzo…

Mis siguientes experimentaciones catárticas de clarividencias plenas surgen con el inicio del consumo de alguna que otra droga no legal. Meterme en la cama con el cerebro trabajando al 200% después de fumarme un cigarrito de la felicidad y de repente ver todo nítido, una idea otra vez clara y limpia, impoluta, incorrupta, sencilla y bien estructurada. Me arrepiento a veces de no haberme levantado para coger un algo que escriba y tatuar en algún papel aquellas genialidades expositivas que mi cerebro dopado hasta la última neurona me regalaba.

Y después de aquellas, las otras, en mitad de una sala de baile, con las pupilas sobresaliendo de las cuencas de los ojos y generalmente sobre un mismo tema, la finalidad de vivir, el amor como única explicación, el dar y amar, reír y compartir, la búsqueda de la felicidad a través del éxtasis más puro, el del amor, a través de otro de naturaleza igualmente química, pero acertadamente manipulada. Cierto es que después de aquellas clarividencias el cerebro, deshidratado, te ofrecía su lado más oscuro y deprimente.

Todo esto no es mas que una introducción para decir lo que realmente quiero decir. Hace tiempo que no experimento esas clarividencias reveladoras que me ofrecían una verdad, por pequeña que fuera, sin fisuras. Intento pensar que no es por la edad, la experiencia o el exceso de información que te hace ver que no hay soluciones limpias para casi nada, que no es por haber dejado el consumo de aquellos potenciadores ilegales de clarividencias, que no es porque con el tiempo me he vuelto más escéptico, menos idealista, más neutro con todo lo que me rodea, más, quizás, conformista con todo lo que me sucede y su intoxicada y aparente explicación.

El otro día tuve una clarividencia, la primera que he tenido en mi vida en plenitud de facultades, la primera vez que me enfrentaba a ella completamente despierto. ” No estás haciendo lo que quieres, gilipollas”.

Clara, sencilla, desnuda y brutalmente demoledora.

Publicado en Reflexiones Mentoladas |
Oct-22-2009

TOME ASIENTO

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A diario convivo y me reúno con una docena de comerciales, no siempre los mismos, a veces repiten, otras ni siquiera los conozco, y me presento y ellos se presentan y me cuentan, y yo les explico y ellos asienten y preguntan y bromean, y yo les doy las pautas y ellos vuelven a asentir y les explico las tarifas y comisiones y ellos abren los ojos sorprendidos y me agradecen con sus gestos la buena nueva, y yo sigo a lo mío y les paso el material, y ellos lo supervisan de una pasada y lo aprueban con un imperceptible gesto de la cabeza, y yo les digo que por mi parte ya está, que ahí estaré para lo que necesiten y ellos me estrechan la mano y me dicen que si me apetece una café, y yo miro el reloj y pienso en la próxima reunión, pero acepto por cortesía y ellos bajan las escaleras encantados de compartir ese café y entonces todo cambia sin dejar de ser lo mismo y ellos preguntan  por mi pasado, mis raíces, aparentemente interesados y yo les cuento cual autómata, siguiendo un guión estipulado, como si leyera en un promt mental la frase que en ese momento digo, pequeños tips de mi pasado, que si de aquí vine y allí nací, que si añoro esto y he perdido aquello, que si la edad, el tiempo, el amor olvidado, la calidad de vida de antaño, que si la crisis y el metro y la sensación de claustrofobia, y ellos asienten y nunca muestran desacuerdo y remueven la cucharilla mientras tanto y ya sin mirar siguen asintiendo y miran al camarero que tiene un problema con el hombre alto de barba tupida del fondo de la barra, un feo asunto sobre el cambio de un día pasado, y siguen asintiendo y removiendo el puto café y yo cambio de tema sin previo aviso y empiezo a hablar de lo mucho que me gustó haberme follado a su madre la noche anterior y entre afrenta y afrenta suelto alguna palabra de esas que ya considero muerta, como rating, o porcentaje o increase o input o beneficio neto, y en ese  justo momento que suelto a la fallecida ellos asienten, ya con la mirada perdida en otra historia que transcurre a pocos metros de nosotros y que probablemente, pienso, esté igual de vacía que la nuestra y yo mientras sigo y le comento, a modo de ejemplo, que puse a la que antaño fue su proveedora, asienten, de leche materna a cuatro patas en la lavadora y sacando mi producto bruto, asienten, la introduje en un nuevo mercado, asienten, de placer que la pobre desconocía, por que su anterior proveedor, asienten, que es su padre no cumplía con el mínimo de satisfacción requerido a la hora de prestar este servicio, asienten, y así puedo seguir unos minutos más, insultando a ellos y todo su árbol familiar, y ellos asienten hasta el agotamiento y yo pido la cuenta y ellos se hacen los despistados justo en el momento que el camarero trae la cuenta, ojean el teléfono y se excusan por una llamada que no es tal , y yo saco varias monedas y las coloco en el plato metálico y el camarero, Jóse, me mira y pone la misma mueca de resignación de siempre, y yo asiento y entonces viene el comercial y me dice, que no hombre, que no hacía falta y lleva la mano al bolsillo y cuando está a punto de sacar la cartera da marcha atrás, bueno, ya el próximo corre de su cuenta dice, y palmadita en la espalda y me despido de Jóse, el camarero, y salimos y el comercial que me estrecha la mano, dice dos tonterías más y se va y yo me dirijo de nuevo a la oficina y miro el reloj y cinco minutos quedan ya para la próxima reunión y pienso que dentro de cinco minutos va a comenzar a  pasar lo mismo de nuevo y que vivo en un bucle comercial, en una especie de nube que me mantiene alejado de la vida, flotando sobre ese suelo de realidad, que vivo envuelto en una bruma grisácea y monótona, carente de luz y de verdad, sin una pizca de improvisación, sin un mínimo de originalidad y en ese momento me enciendo un cigarro y me digo a mi mismo que algo va mal, que tengo que elegir entre vivir una vida laboral o vivir una vida de verdad, y justo se presenta alguien, que disculpe, que si soy fulano de tal, el de la empresa cual, y yo le digo que si, que si él es mengano de cual, que viene de parte de Zulano de tal, que si me contesta, y le digo que un momento, que apago el cigarro y subimos,  y él  que ah, que de acuerdo, y le doy una última calada y dejo que mi pesadilla, ese bucle interminable que se repite cada treinta y cinco minutos, vuelva a empezar.

Publicado en Hoy lo dejo, En la fábrica |
Oct-20-2009

Y QUIEN DIGA LO CONTRARIO…

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Publicado en La vida en tiras |
Oct-16-2009

CAMINO A LA ESTACIÓN

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El otro día caminaba por el retiro con los cascos embutidos en mis orejas y tomando cierta distancia de todo lo que me rodeaba, mirando más hacia la copa de los árboles, que hacia lo que sucedía a ras de suelo, frente a mí, a mi lado o a unos pocos metros, fruto de los encontronazos de aquella marabunta humana con la que me chocaba cada pocos metros, por que si, por que seguía mirando a la copa de los árboles y no caía en la cuenta de que un chaval estaba intentando sisearme la cartera, por que me empeñaba en adivinar que rumbo tomaría aquel pájaro en cuanto se despegara de aquella rama mientras un payaso de maquillaje desteñido intentaba levantar el ánimo en su decimotercera sesión del día, sabedor de que aquellos niños, aquellos malditos y enanos bastardos, estaban ya lo suficientemente cansados como para ser capaces de tirarle abajo la función que representaba su próxima cena.

Luego apagué la música, pero seguí con los cascos cubriéndome las orejas, como si me defendieran de aquel hostil ecosistema, y miraba  como mamá pato estaba a punto de tener un ataque de ansiedad por que sus patitos estaban rodeados por barquitas de imberbes histéricos y sobrehormonados que buscaban cualquier excusa rebelde para inflar su pecho ante La Jenny y luego vi como una ardilla, quizás la última que quede en este parque, escondía su botín en un agujero imperceptible del tronco de un árbol, sabedora de que tenía poco tiempo para prepararse para el invierno y mientras, pasaba por delante de dos  videntes, cada una en su mesa y mirando hacia el cielo: “Va a llover”, “No sé, quizás dentro de dos horas, pero por ahora…”, “antes de lo que piensas”; y ahí estaban, discutiendo sobre sus dos futuros probables mientras como decía, yo pasaba por delante de ellas y confirme que en esta puta ciudad parece que nadie se da cuenta de que el cielo ha cambiado la gama cromática de azules, rojos y violetas, que las copas de los árboles se tiñen de ocres y el suelo de un manto de hojas secas que te anuncia al andar sobre ellas, que es hora de pararse un poco y mirar, de hacer balance y prepararse para el invierno, de decidir a qué rama irás después de esta, de buscar un hueco seguro donde meter lo necesario para pasar el invierno, de cuidar de los que quieres, que serán los que te den calor cuando llegue el frío, en fin, de vivir el otoño, de sentirlo, de caminar hacia él y no pensar que todo sigue igual y que el otoño es, al fin y al cabo, el nombre de otra campaña promocional de El Corte Inglés.

Publicado en Descatalogados |
Sep-30-2009

LA POBRE TÍA YEYA

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Parece mentira que nadie se dé cuenta del enorme esfuerzo que estoy haciendo por la tía Yeya y lo cansada que me siento. Me levanto a las cuatro de la mañana todos los días porque la tía Yeya sufre de incontinencia y tengo que cambiarla antes de que se resfríe con la humedad de su propia orina y entonces la tía Yeya, que huele a orín concentrado, alza sus escuálidos brazos para que la levante y la lleve al bidé y allí le pase unas aguas, luego cambio las sábanas, le acomodo bien la almohada y la vuelvo a acostar, hasta dentro de tres horas que la pobre tía Yeya vuelva a orinarse encima, pero ya en ese momento la levanto y le doy el baño de antes de desayunar.

A la tía Yeya sólo le gustan las tostadas con mantequilla y siempre deben ir acompañadas de una tila que no puede estar ni muy fría ni muy caliente, de hecho, si tuesto el pan un poco más de lo normal, la tía Yeya vomitará  la tostada segundos después en señal de protesta y si la tila está muy caliente o muy fría lanzará la taza contra el suelo y de nuevo me tocará pasar el escobillón y luego fregar el suelo.

A la pobre tía Yeya nadie la visita así que yo me dedico a hacerle compañía a lo largo de todo el día, como nadie más puede ocuparse de ella, tengo que llevarla siempre muy cerca de mí mientras realizo cualquier labor doméstica; la tía Yeya cuando me ve trabajar ronronea una canción, siempre la misma, lo hace con la boca muy cerrada y durante horas escucho una eme infinita que sube y baja de tono y se mueve por todas las escalas de manera desquiciante. Como nadie más se ocupa de ella tengo que llevarla conmigo cuando voy a comprar, así que a paso muy muy lento me muevo por todo el pueblo con la tía Yeya arrastrada por mi brazo. Normalmente voy primero a la panadería, ya que el único pan que le gusta a la tía Yeya es el primero que suele agotarse, después voy al ultramarinos de don Francisco y cojo algunas latas de conserva, arroces, pastas o algún que otro capricho, eso si, a escondidas de la tía Yeya por que si me descubre, no dejará de llorar y tener dolores imaginarios hasta que lo comparta con ella.

Por último voy a la carnicería, siempre intento que sea después de la una de la tarde, hora en que Rosa, la mujer del carnicero, ha subido a preparar la comida para su marido  y Antonio se queda solo colocando ordenadamente las piezas de carne en la cámara frigorífica y atendiendo a algún cliente rezagado de última hora. Yo, que soy muy servicial, siempre me presto a echarle una mano con las piezas más grandes mientras dejo a la tia Yeya sentada en el banco de la entrada, que tiene un asiento inclinado del que ella no se puede levantar, entonces le digo a Antonio que qué pieza metemos primero y él me dice sonriendo que aquella, la del fondo, que es la que más tiende a estropearse con este calor de verano y entonces la llevamos a la cámara y por el camino le digo que a mí la pieza que más me gusta es la suya y él me responde, mientras clava la pieza en el gancho que cuelga de la pared, que hoy además tiene un brío especial y entonces me sube a un lavadero muy estrecho que está dentro de la cámara, me levanta la falda y me introduce su enorme pieza que me desgarra por dentro y yo me agarro a los ganchos de la pared o a las costillas de algún ternero mientras él me tapa la boca y me embiste hasta correrse.

Si tardo más de cinco minutos probablemente la tía Yeya ya se haya orinado encima, llegando incluso a cagarse si un día decido tardar un poco más para poder disfrutar tanto como Antonio. De camino a casa reparto las sobras de carne que Antonio me ha puesto en una bolsa entre los perros del pueblo, que ya me esperan impacientes a la misma hora y en la misma esquina. Antes de llegar a casa, siempre intento recordar si tengo que comprar algo para tratar la tierra de la huerta, ya que la tienda de don Jacinto está al principio de mi calle y luego ya no podré salir de casa.

Cuando llego a casa siento a la pobre tía Yeya en la mesa de la cocina mientras le preparo un caldo y algo sólido para comer y entonces, en esos instantes, me alejo un poco de la realidad y echo un avecrem al agua mientras recuerdo con melancolía mis años mozos en el pueblo y luego corto las verduras mientras veo uno por uno a todos mis pretendientes tocando en la puerta de mi casa, que antaño era la de la tía Yeya, y después de pesar el arroz y preparar el mantel, recuerdo aquel día en que Antonio el carnicero me dio el primer beso y luego me llevó a la trasera del huerto de sus padres y me enseñó el cuarto de las herramientas en el que había dispuesto una especie de cama y me desnudó encima de ella y yo me disculpé por estar un poco pesada de más y él me dijo que no me preocupara, que a él le encantaba la carne y que cuanto más mejor y luego añado el arroz a la olla y separo un poco de caldo para la tía Yeya y recuerdo cuan enamorada estuve de Antonio y el día en que se acercó a casa de mi tía Yeya a pedir mi mano y ella le dijo que ni en sueños, que ya se habían marchado de casa todas sus hijas mayores y que a mí me tocaba cuidarla hasta que Dios decidiera que había llegado la hora de marcharse y entonces pongo el caldo frente a la tía Yeya, apago el fuego para que no se pase el arroz y cojo el bote de galletas de la alacena mientras la tía Yeya da los primeros sorbos y se queja porque el caldo está soso y yo la regaño con cariño y le digo que sabe que no debe tomar mucha sal pero que hoy puede ser un día especial y entonces abro el bote de galletas y echo dos cucharadas colmadas del veneno para conejos y se me cae una lágrima y recuerdo a Antonio y recuerdo que tengo que dar de comer al conejo que está echando a perder la huerta y recuerdo también que tengo que pasar mañana sin falta por la tienda de don Jacinto y comentarle mi problema con la huerta para que me consiga otra bolsa de veneno para conejos. Pobre tía Yeya.

Publicado en Vidas Ajenas |
Sep-22-2009

ENQUIJOTADO

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No es algo que esté al alcance mi control, desde que empecé a trabajar en mi profesión siempre he acabado de la misma manera, subido a un burro y viendo como mi jefe se destrozaba los huevos una y otra vez contra los mismos molinos.

El primer Quijote con el que me crucé estaba absorto en sus distinguidas formas caballerescas y fueron muchas las veces que escuché, prestando educada atención, como narraba  sus conquistas comerciales en las más complejas batallas con la única ayuda de su verborreica espada. Le seguí durante un año subido en mi burro empresarial, con 4 duros para invertir en las más descabelladas acciones de marketing, intentando convencerme de que alguna de aquellas estrategias nos ayudaría a estar más cerca de nuestra meta. Nuestros caminos se separaron cuando, con la rodilla hincada en el parquet de la oficina, me anunció que no le quedaban medios, pero si fuerzas para seguir y que, de quedarme a su lado sin ni siquiera un mendrugo de pan que ofrecerme, cuando llegará la victoria disfrutaría de la mitad del banquete.

El segundo Quijote estaba algo más conectado con la realidad, un genio del adjetivo superlativo que engrandecía la mayor mierda que uno puede imaginar con una batería de cualidades y beneficios invisibles que hacían que, a primera vista, uno dejara de oler lo que a todas luces parecía una mierda y pensará que a lo mejor aquel truño era un efecto óptico pasajero. Cierto es que durante tres años, llegamos a colocar aquella particular visión de nuestra mierda en un escalón considerable, pero el tiempo, la crisis y ese hedor caguno que a veces nos perseguía, destaparon a nuestro ejército como lo que realmente era,  mierdas envueltas en bellas armaduras que asustaban a distancia, pero que siempre acababan por ser vencidas.

Me bajé del burro hace seis meses. con los pies en la tierra y la cabeza más allá del inmenso mar que me rodeaba, decidí dejar aquellas andanzas quijotescas atrás e irme a una gran urbe, allí donde las cosas se hacen bien, huelen bien y funcionan bien.

No obstante, el primer empresario que me crucé, soltó una lanza, tres estocadas y me convenció para que, por tercera vez, me subiera a mi empecinado burro y recorriera un largo camino para seguirlo hasta la más larga y dura batalla que ningún caballero desequilibrado antes me hubiera ofrecido.

Y aquí estoy de nuevo, enquijotado, haciendo buena sombra al que puede ser mi más digno valedor o mi más cómico y loco embaucador. Pero no me importa, quién soy yo para negar los sueños de grandeza a nadie, es más, uno disfruta evadiéndose con ellos y dejándose llevar por la ilusión, que al fin y al cabo, la realidad es demasiado aburrida como para vivirla todos los días de nuestra vida.

Publicado en En la fábrica |