Jun-23-2009

EL SOBRE

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Dravinorovich era un tipo enorme, calvo y de tez pálida, algo desgarbado y siempre envuelto en varias capas de prendas negras, chaquetas de cuero, licras, bufandas, jerseys, todo un arsenal de diferentes tejidos que hacían imposible que una bala los traspasara con limpieza para llegar hasta su corazón.

Sentado en una silla de madera desencolada en aquella habitación de un hotel de tres al cuarto del norte de la ciudad, Dravinorovich mantenía la vista fija en una grieta de la pared mientras chupaba con fuerza el cigarro como si en cada calada hubiera llegado a una conclusión definitiva sobre cualquier cosa que estuviera pensando. A decir verdad no parecía un hombre  de reflexiones profundas, sino más bien de acciones definitivas, o por lo menos así es como Thomas  imaginaba que debía ser un asesino a sueldo como él.

Thomas respiraba profundamente en el ascensor, por motivos obvios cada vez que tenía que reunirse con Dravinorovich su cuerpo entraba en una especie de tensión que agarrotaba cada uno de sus músculos y no cesaba hasta que se había alejado varios kilómetros del lugar de la cita. Se tomó una pastilla para calmar los nervios y se recolocó la chaqueta por quinta vez con el único deseo de terminar con todo aquello lo antes posible.

Tuvo que tocar hasta tres veces la puerta para conseguir algún tipo de respuesta, desde detrás de la puerta pudo escuchar como Dravinorovich con tono grave lo invitaba a pasar con un seco “esta abierto señor Anderson”

- Buenas tardes, disculpe la demora, he tenido que pasar por la oficina central para recoger la foto y el pago de su trabajo.

- No hace falta que se disculpe, ¿tiene el sobre?

- Si,  aquí tiene.

- No lo ha abierto.

- Ya sabe que la organización no me lo permite, no debo saber cual es el objetivo ni el importe de su trabajo, solo hacerle entrega del sobre y no hacer preguntas.

- Un hombre sin curiosidad, interesante.

Thomas odiaba esa coletilla de Dravinorovich, “interesante” le creaba una ansiedad desatada, no llegaba a entender nunca cual era la conclusión que encerraba aquella inquietante palabra. Dravinorovich  no abrió el sobre y apuró su cigarro en la boca, entrecerrando los ojos para que el humo no le quemara las retinas. Miró fijamente a Thomas, apagó el cigarro en el apoyabrazos de la silla y volvió a mirar con el hielo de sus ojos a Thomas.

- Interesante.

- Me alegro -Thomas no podía ocultar su malestar-, ¿no quiere confirmar que el importe es el correcto?

-No se preocupe señor Anderson, creo que ya hemos terminado por hoy, buenas tardes- Dravinorovich se levantó de la silla, estrechó la mano de Thomas y salió por la puerta dejando en la habitación un aroma intenso a miedo y tabaco negro.

Thomas se tomó otra pastilla para calmar los nervios, se asomó tímidamente a la ventana y se quedó mirando unos segundos a través del cristal. Volvió a respirar profundamente y se acercó a la puerta para salir de aquella angustiosa habitación, cuando agarró el picaporte cayó en la cuenta de todos los extraños sucesos que le habían pasado inadvertidos en esos pocos minutos.

Dravinorovich nunca había estado esperándolo sentado, siempre que habría la puerta Thomas se lo encontraba con la mirada fija  en la ventana que daba al callejón, cerciorándose muy probablemente de que todas sus paranoias persecutorias y conspiradoras eran sólo fruto de su imaginación. Esta vez había esperado sentado, se había mostrado tranquilo y hasta parecía que bajo su semblante seco hubiera disfrutado de aquella insignificante conversación.

Dravinorovich siempre habría el sobre y ojeaba la foto del objetivo y el importe que había acordado con la organización, esta vez ni siquiera se molestó en abrirlo, posiblemente porque estaba seguro de que todo el dinero estaba dentro, eso implicaba que Dravinorovich no desconfiaba de la organización, con la que había estado trabajando los último dieciséis años, sino de mí, del mensajero, que en un acto de codicia podía sentirse tentado de abrir el sobre, sacar algo de dinero y volver a cerrarlo cuidadosamente.

Esta vez no desconfió de mí, no desconfió del mensajero, no desconfió de una posible trampa de la organización, ¿qué le daba tanta seguridad? Ya tenía un alambre de 5 centímetros de grosor en mi cuello cuando la conclusión llegó a mi cabeza con la obviedad que supone estar siendo asfixiado lentamente por el mejor asesino del estado tras la puerta de una habitación de hotel de mala muerte.

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Jun-12-2009

RUTINAS

Lo que más esfuerzo implica para un ser humano es cambiar sus rutinas para adoptar otras nuevas. Aunque suspiramos a diario por cambiar aquellas cosas que nos acercarían un poco más a lo que deseamos, la mayoría del tiempo nos refugiamos en el día a día, somos animales de costumbres acobardados ante cualquier perspectiva de cambio, tomar una decisión que sacuda como un terremoto nuestra rutina nos produce un vértigo tal que solo pensamos en ello sentados en el sofá a riesgo de caernos al suelo víctimas de nuestro propio atrevimiento.

Todo esto viene a colación porque aquí el que escribe ha decidido mandar todas sus rutinas a la mierda, no de manera consciente en un principio, pero si de manera definitiva. Así que ya no iré a tomar el café y el chapata para desayunar mientras devoro prensa en el bar de siempre, ni comentaré el tiempo con la frutera del barrio, ni al despertarme encenderé mi tele destartalada para ver que comentan mientras rebusco entre legañas algo de hidratos para despertar al estómago.

Ya no tendré a mis amigos a golpe de paseo por esta ciudad que es ínfima, ni me echaré un mundial a la play mientras luchamos contra los litros de cerveza que bajan entre gol y gol, ya no podré celebrar reuniones de amigos en mi casa, ni tomar cafés ocasionales con aquellos conocidos con los que tropiezo a diario entre callejuelas laguneras.

A falta de dos meses justos para dejar esta isla como lugar de residencia, todos los acontecimientos se han anticipado en el tiempo, y mientras hago cajas y le pongo número a las solapas y templanza a la lluvía de recuerdos, una melancolía que no tenía cita hasta dentro de mes y medio se me agarra al estómago, tirando incluso del lagrimal de vez en cuando.

Entre tanto, ya ni escribo, por que se me hace imposible crear mundos nuevos cuando estoy deshaciendo mi universo, por que no puedo dejar de pensar en las estrellas que dejo atrás y que con su cercanía tantos años me han iluminado, por que he decicido alejarme del sol que ahora me calienta el corazón y solo el miedo a perder su calidez para siempre paraliza los dedos que antes tecleaban sin parar historias ajenas, vidas paralelas, cigarritos de después y todo este mundo de humo que un día comencé sin darme cuenta.

En un limbo, así me encuentro, nada de lo que tengo es mio como antes, el suelo que piso parece que está más lejos de mis pies, la que era mi casa es ahora un cubículo prestado cada día más vacio, mis amigos siguen igual de cerca, pero no dejan de recordarme que esta puede ser la última vez que…, que ya no volveré a…, que cuanto echarán de menos mi…, lo que me hace vivir en una constante despedida.

Lo más raro de todo es que no me encuentro mal, no es una situación que me angustie, muy al contrario, vivo en un presente cambiante, haciendo balance de un pasado feliz y expectante ante un futuro imprevisible.

En fin, hacía tiempo que no usaba esta ventana para escribir lo que siento en primera persona, tras vomitar pensamientos voy a volver a la ardua tarea de desmontar lo que fui para empezar a montar lo que seré. No escribo pero sigo por aquí y, a los que escribís, os seguiré leyendo. Es un consuelo saber que seguís ahí.

Nos vemos pronto, en mi nueva vida.

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May-21-2009

ASIENTO 18B

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Para variar, aquel día también llegué en el último momento al  mostrador de facturación. Gracias a la habilidad que había desarrollado en idénticas ocasiones anteriormente, me resultó fácil convencer a la azafata de que el problema no era mío sino suyo y de la empresa a la que estaba representando.

Mi padre me dijo una vez que “aquel que sonríe todo el tiempo esconde terribles secretos detrás de cada uno de sus dientes”. En mi caso no eran muchos en número pero si en magnitud, tenía una hermosa dentadura descansando sobre sólidos cimientos de mentiras y acciones deleznables que dibujaban una sonrisa capaz de convencer a cualquiera de que mis falsos argumentos estaban esmaltados por la más blanca y reluciente verdad.

Mientras me sacaba un trozo de lechuga de entre dos de mis malvados dientes, caminaba apresurado hacia la puerta de embarque tanteando con la otra mano todos los bolsillos en busca de mi tarjeta y mi DNI. La hamburguesa que me tomé deprisa y corriendo en la cafetería del aeropuerto seguía bailando en mi estómago. Con las prisas no tuve tiempo de lavarme las manos y desprendía un olor a barbacoa con extra de pepinillo insoportable.

Llegué a mi asiento, 18B, no era ventanilla ni pasillo, pero tampoco podía quejarme, no había que tentar a la suerte, podía haberme quedado en tierra inventándome una excusa más digna que “he perdido el avión, jefe, por que ayer me acosté con su mujer”. Soy un comercial, en cuerpo y alma, capaz de lo peor y de lo más siniestro con tal de vender. Lo vendo todo, nunca he titubeado ante una posible venta, de pequeño ya le sacaba un 120% de beneficios a las canicas en el patio del colegio. Les hacía unas pequeñas hendiduras con la radial de mi padre y las vendía como canicas de competición alemanas, con un rodamiento controlado y mayor agarre entre los dedos. En la universidad cree una red de exámenes bajo pupitre con los que pude pagarme parte de mis estudios, en aquella red conseguí involucrar desde empleados de las imprentas de la universidad, hasta becarios y conserjes desairados con sus superiores.

Mientras mis compañeros de pupitre estudiaban para aprender a vender y hacer negocios, yo vendía y negociaba con todo lo relacionado con sus estudios y  si no lo tenía, lo conseguía y luego lo vendía por tres veces su valor. Comprometerme con la hija del rector fue la estrategia definitiva para salir impune de todas mis jugadas comerciales.

El pasaje del avión seguía entrando, pero mis compañeros más cercanos de viaje no habían dado señales de vida todavía, con lo cuál levanté los reposabrazos y me acomodé invadiendo parte de los asientos contiguos al mío, mientras comprobaba mi aliento contra la palma de mi mano y me cercioraba de que tenía un problema de halitosis sensible.

Cuando salí de la universidad con mi licenciatura bajo el brazo y un master en la universidad más laureada del país, gracias a los contactos de mi poderoso suegro, dejé a su  cansina hija a una semana del altar y me mudé a la capital para emprender una nueva vida. Posiblemente estaba desperdiciando la posibilidad de tener una existencia simple y sencilla alejándome de aquella académica familia. Podía haber pasado el resto de los años de mi vida fingiendo un interés vacío en  los discursos de mi pedante suegro, preparándome la alfombra roja para acabar como docente en la universidad y probablemente heredando, más tarde, el puesto de rector de la misma. Hubiera aguantado ese destino anodino e insufrible realizando chanchullos universitarios como en mi época estudiantil, follándome a todas las alumnas deseosas de una matrícula de honor inmerecida y disfrutando de mi soledad en los viajes que mi condición de profesor me procurara.

En vez de eso cogí mis pertenencias más valiosas, que cabían en una maleta y crucé la mitad del país para llegar a la capital. Allí no conocía a nadie y nadie sabía que yo estaba allí. Tenía una ocasión de oro para reinventarme, los nervios se agarraban a mis entrañas y a mi corazón y  el solo hecho de pensar que podía ser cualquier cosa me provocaba una erección de dimensiones considerables.

Durante años fui vagabundeando por decenas de profesiones, camarero, barrendero, instalador de gas, repartidor de publicidad, jefe de mantenimiento, speaker de un estadio, cuidador de lobos marinos en el zoológico, comercial de perfumería, limpiador de piscinas,  detective privado, jefe de cocina de un fast food, cuidador de caballos, profesor particular de lengua y literatura y, finalmente y tras un ascenso imparable en la empresa fruto de mis oscuras habilidades negociadoras, subdirector comercial de Avins, una de las empresas más importantes del sector tecnológico del país y, muy posiblemente, el trampolín hacía mi ultimo destino, un retiro precoz tras una última jugada maestra en la que estaba involucrada la mujer del dueño de la empresa a la que me había cepillado la noche anterior y que casi me había hecho perder este avión, con una halitosis intermitente, casi sin dormir después de haberme follado a esa viciosa vengativa y con los documentos necesarios en el maletín que harían que una cantidad ingente de dinero pasara, tras previa firma inconsciente de mi jefe, de las arcas de la empresa a mis manos, de ahí a una cuenta en un banco suizo en el que ya me empiezan a tratar como cliente preferencial y, finalmente, desperdiciada en todos mis caprichos y deseos irrefrenables de aquí al resto de mis días.

Vuelvo a palparme los bolsillos a ver si tengo el pasaporte y el DNI falsos, a partir de ahora me llamaré Fernando Guzmán, un hombre sencillo que pasará desapercibido para cualquiera que esté rebuscando en la puerta de atrás. Mi pasado como detective privado me había ayudado a tirar la basura debidamente y no dejar ningún desperdicio por el camino, ni una sola pista que hiciera preveer que mi pasado estaba lleno de mierda hasta el último recuerdo. De hecho, tras pasarme esa idea por la cabeza tuve que hacer esfuerzo para ahondar en mi memoria e identificar aquel único momento de mi vida en el que fui sincero.

Aquel momento se llamaba Sara, tenía unos ojos claros que se debatían entre el cielo más azul del verano y  el verde intenso de un mar del norte revuelto, aquel momento tenía ya diecinueve años, lo recordé nítidamente tras tanto tiempo haciendo esfuerzos por mantenerlo aislado, recordé aquel momento, con sus sonrisas, con su cuerpo de guitarra exquisitamente adornado por aquellos vaqueros roídos y ajustados y sus blusas claras de seda que bailaban con el viento y la hacían estar en constante movimiento, como si no se moviera por el mundo, sino que bailara sobre él, en contacto con la tierra solo con las puntas de los dedos de sus pies, como una bailarina vital que siempre tenía energías para darme una vuelta más. Aquella chica fue la única persona que me hizo ser persona alguna vez, jamás le mentí y estando con ella solo me salía ser yo, me convirtió en lo que nunca más pude volver a ser, una persona con valores y un respeto sano hacia los demás, enamorado del amor, que estaba personificado en aquel cuerpo de guitarra y ojos claros que me hacía bailar día y noche sin parar.

El día que se fue, víctima de su corta edad y el traslado laboral de su padre, aquel día, me juré a mi mismo que me vengaría de la vida, que no valía la pena darse para sufrir de aquella manera y me convertí en lo que soy hoy.

Me revolví en el asiento intentando deshacerme de aquel incómodo recuerdo, rebusqué en las revistas del frontal del asiento algo que me hiciera alejarme un poco del pasado y aquella honda sensación de anhelo. En ese momento llegó mi acompañante, asiento 18c, pasillo. Alcé la cabeza con la mejor de mis sonrisas y allí se quedó, petrificada en mis labios, inerte ante la visión de mi recuerdo, diecinueve años después, igual de joven para mis ojos, solo maquillado con alguna arruga y una expresión de experiencia que cubría como una película sus ojos juveniles.

- Buenos días - Sara no me había reconocido, llevaba una chaqueta de corte masculino y unos pantalones de pinzas, a mis ojos parecía estar disfrazada. Me di cuenta entonces que mi rostro había cambiado de tal manera, estaba tan cubierto de mentiras y engaños, que mi verdadero yo era irreconocible incluso para la única persona que me había conocido alguna vez.

- Buenos días - retiré el maletín con mi futuro de su asiento y lo agarré con fuerza, un miedo que había olvidado me hacía aferrarme a aquel trozo de piel con cremallera como si fuera un bote salvavidas.

El avión cerró sus puertas, las azafatas repartieron la prensa, el piloto saludó al pasaje antes de iniciar el camino hacia la pista de despegue, el avión se alzó en el aire, las luces del cinturón de seguridad se apagaron, el avión se elevó hasta la altura necesaria y se mantuvo en velocidad de crucero y en todos aquellos minutos no fui capaz de emitir un solo sonido, de hacer un solo gesto, de girar la cabeza más de 2 centímetros para encararme con aquel capricho del destino, con aquella coincidencia que podía truncar mi futuro minuciosamente planificado.

- Disculpe, llevo un rato mirándole y no he dejado de pensar que su cara me resulta extrañamente familiar, ¿nos conocemos?

La miré a los ojos con la intención de poner mi infalible careta social, aquella que me hacía ser y parecer una persona segura y confiada capaz de todo, pero no fui capaz  ni de creerme una sola de mis muecas y me derrumbé con ellas en el asiento.

- Ehmm, pues la verdad, creo que no, ahora mismo no caigo, lo siento.

- Vaya - Sara me miraba con atención, concentrada en adivinar el por qué de aquella sensación-, soy yo la que lo siente, no quería incomodarle, es solo que al verle he tenido una extraña sensación que no tenía desde hacía mucho tiempo.-volvió a fijar sus ojos claros en mi y entonces recordó- ¿por casualidad no se llamará David, verdad?

- Mi nombre es Fernando, Fernando Guzmán.

Y allí apareció aquel nombre, el de un nombre sencillo que pasaría desapercibido para cualquiera que estuviera rebuscando en la puerta de atrás. Fue entonces cuando me di cuenta, mi vida era una enorme mentira y mi destino estaba escrito en mayúsculas por el pulso firme de mi cobardía.

Publicado en Vidas Ajenas |
May-11-2009

MIEDO A

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- Me da miedo la gente que se siente especial sin serlo, se regodea sin limite y te pisotea sin compasión, así como aquellos seres que son tan especiales que lo ignoran y se envuelven en una burbuja de invisibilidad para no ser descubiertos por nadie, me da miedo la gente que aprieta el gatillo sin preguntar o aquellos que por no apretarlo en su momento dejan que sucedan cosas espeluznantes a su alrededor, me da miedo la tormenta de emociones incontrolables que uno siente cuando se acaba de enamorar y no sabe si será correspondido, así como la inercia monótona y cansina de una relación que ha caducado antes de que hayas notado que por mucho que te joda, aquello tenía fecha de caducidad. me da miedo que haya individuos con toneladas de poder, masas humanas resignadas a que lo suyo es perder, me da miedo el pensamiento plano, aquellas personas que no entienden por qué abro un libro y me pongo a leer, la avaricia de la élite, los títeres políticos que creen y hacen creer que todo puede ir bien mientras son manejados por hilos transparente desde la verdadera cima del poder, me dan miedo las noticias concebidas para dar miedo, me da miedo salir a la calle y encontrarme contigo otra vez, me da miedo la gente, no saber que decir, como interpretarla, que coño puede suceder, me da miedo salir cuando hay tormenta, ir a trabajar, que me presionen, que me pidan más, me da miedo la sociedad de la competencia, dónde solo vale algo el que llega más alto, dónde unos viven mucho y rápido y otros mueren poco a poco. Me da miedo olvidarme de algo y perder un poco de mí, me da miedo mirar hacía atrás un día y solo ver un lienzo borroso en aquel cuadro detallista que fue mi vida, me da miedo olvidarme de los que me quieren, de por qué me quieren, de a quién quiero, me da miedo no saber perdonar, decir te quiero, lo siento, te entiendo y acabar sin un hombro en el que poder llorar, me da miedo empezar a volar y no saber como aterrizar, me da miedo el paso del tiempo, atreverme a cruzar, equivocarme, caerme, no saberme levantar, amar sin control, la tele, me d…

- Ramiro, Ramiro, Ramiro…, ¿es qué no te das cuenta? está en nuestra naturaleza, olvídate de tanto miedo y empieza a volar…

-¿Y si me caigo?

- Lo vuelves a intentar.

Publicado en Vidas Paralelas |
May-6-2009

EL AMOR ETERNO

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Si le dices a un humano que jamás va a volver a follar ni a comer, lo más probable es que acabe rogándote que no le conviertas, aunque eso suponga rechazar la vida eterna. Hace doscientos años todo era diferente, el hombre parecía estar hecho de otra materia, mucho menos carnal y más etérea, el alma estaba por encima de los placeres terrenales. En la actualidad el hombre se regocija en todos sus vicios, aquellos a los que la fe católica decidió llamar pecados capitales y a los que el hombre moderno se acoge para dar sentido a su despreciable vida. Tanto es así que los vampiros más antiguos afirman que el hombre ya no es lo que era, que ya no sabe como antes, que su sangre esta agria y desabrida, corrompida quizás por esa nueva conciencia en la que todo vale si le ofrece un mínimo placer. Antes ese sin sabor solo se apreciaba cuando uno  de los nuestros estaba famélico y lo que tenía más a mano era un miembro de la iglesia. Actualmente ese regusto rancio puede sentirse en todos y cada uno de los bocados que pululan por ahí.

Ryan está sirviéndose los restos de nuestra última victima con sus ojos extasiados fijos en mí, le encanta que vea como se alimenta. Me palpo la chaqueta en busca de mi cajetilla de tabaco, después de doscientos años aún no he conseguido desengancharme de mi último vicio humano, cada vez que me coloco un cigarro entre los labios no pasa mucho tiempo hasta que un humano me ofrece fuego y yo me excuso diciéndole que no se preocupe, que lo estoy dejando y que solo necesito tenerlo en mis labios para no echarlo de menos. Más de uno hubiera deseado ahorrarse el comentario jocoso para no morir absorbido por mi cólera.

- Bueno colega, ¿al final que vas a hacer, vas a convertirla?- Ryan no deja de pasarse la manga de su chaqueta por los labios de manera compulsiva para limpiarse  hasta el mínimo resto del banquete.

- Estoy cansado Ryan, estoy cansado de toda esta mierda en serio, necesito descansar.

- No me vengas ahora con el cuento de “me clavaría una estaca” que es muy viejo, hazme el favor colega. -Ryan tenía la virtud de no tomarse en serio ninguna de mis afirmaciones, de tal manera que con el tiempo dejamos de profundizar en cualquier conversación y de lo único que hablábamos era de comida y de conversiones vampíricas, aunque ciertamente en los doscientos trece años en los que vagabundeamos juntos ninguno de los dos había llevado a cabo una, mayormente por cobardía.-

- No, descuida Ryan, no tengo tanto valor como para matarme y por eso tampoco voy a convertirla, esa historia tendrá un final y espero que no sea con mis colmillos clavados en su yugular absorbiéndole el alma.

- Vamos Cristian, no te martirices más por lo de Elisabeth, fue un impulso, eres un vampiro, eres un puto monstruo nocturno que se enamora de su plato preferido.

- Te lo digo en serio tío, ¿quién quiere un amor eterno?, ¿realmente crees que el amor puede durar para toda la eternidad? Es mejor así, ella envejece, yo huyo, ella muere, yo la echo de menos el resto de mi vida. El amor pervive mucho mejor en el recuerdo que en la vida eterna.

- Eso suena a triste y a mi la tristeza me da hambre, ¿qué te parece si nos vamos al Estatic y nos desayunamos a dos postadolesecentes drogadas hasta las cejas?

- Nunca cambiaras Ryan, eres un puto monstruo sediento.

- Por lo menos yo vivo siendo lo que soy, no como tú.

Enfilamos la Avenida Wellington de camino al Estatic. Por primera vez Ryan había dicho una verdad como un puño, soy un puto vampiro, no debería enamorarme de un humano, no debería enamorarme de nadie, mi especie me resulta despreciable, los humanos me despiertan curiosidad pero es cierto que lo que más me une a ellos es el alimento caliente que recorre su  cuerpo y del que yo soy adicto por naturaleza. El amor no existe, es solo un reflejo de nuestro cerebro para no hacernos sentir solos en un mundo solitario en el que, aquel que proclame el amor a los cuatro vientos, realmente está anunciando a gritos desesperadamente que por un instante ha engañado a la soledad que lo ha acompañado toda su vida.

Y esto es cierto, para nosotros y para los humanos, somos seres solitarios y el amor es solo un parche para la insufrible conciencia que nos recuerda a diario que no somos capaces de dejar que nadie nos conozca. Probablemente sea el miedo a ser descubiertos, de cualquier manera, me sentara bien un buen trago de sangre fresca.

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