Ago-24-2010

CONCLUSIONES POST-VERANIEGAS

Después de una semana visitando tierras asturianas, he llegado a varias conclusiones, la primera es que sólo en los intervalos de tiempo vacacionales consigo encontrarme con ese “yo” mío que duerme a lo largo del año abrigado por las mil y una ansiedades que completan mi día a día, la mayoría de ellas, todo hay que decirlo, de fácil tratamiento, pero me considero un ser inoperante en lo personal cuando estoy más pendiente de mi productividad laboral (tan triste como cierto).

La segunda es que este reencuentro trae consigo una fatalidad igual de vergonzante, que es la de ponerse metas y objetivos para la vuelta de vacaciones. Embriagado uno como está por ese aire festivo y esa paz interior que ofrecen el descanso y el cambio de rutina, se siente fuerte para imponerse objetivos que en pleno mes de noviembre le provocarían 3 lipotimias y 4 cuadros severos de ansiedad sólo en su fase de planteamiento. Aún así, lo hacemos, algo conscientes de nuestra inconsciencia pasajera nos lanzamos a aventurarnos en empresas futuras tales como dejar de fumar, hacer ejercicio, retomar contactos, dedicar más tiempo a hobbies olvidados, buscar huecos para leer, cuidar más de los amigos, culturizar un poco la rutina diaria, asistir a eventos, conciertos, obras de teatro, escribir un libro, remodelar el cuarto y por qué no, darle un nuevo aire al salón, retomar aquel proyecto personal, y el otro laboral con ese amigo tan emprendedor, formarse un poco más en la profesión, ah y hay que refrescar los idiomas que las series en VOS ayudan pero no hacen milagros. Todo esto con una más que probable jornada partida más horas extras. Que forma de crearse frustraciones futuras.

La tercera es la más demoledora. He de viajar más, estar en ruta me reporta una felicidad inigualable, aún cuando he perdido el tren, cargo con una mochila de mi estatura y dos veces mi peso, me quedan 70 céntimos en la cartera, mi padre no atiende a las llamadas y una señora no para de comentar mis pintas con su amiga zampastelera, aún en esas, siento una felicidad demoledora, el tiempo deja de ser timón de mis acciones, el destino puede ser reescribible sólo con cambiar de arcén, el futuro deja de pesar como una losa y el presente se muestra en todo su esplendor.

La cuarta y definitiva es que, una vez que han pasado 3 horas desde que he vuelto a la oficina, más moreno, más gordo y más pobre, un pensamiento cruje todas las conclusiones anteriores… vaya mierda de invierno que me espera.

(Aún así voy a intentar cumplir con una de aquellas ensoñaciones de verano que trataba de retomar lo que cada vez se parece más a un cadáver).

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Jul-15-2010

ALID

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La calle no existía, se había esfumado por decreto comercial, como había sucedido con cientos de calles en cientos de lugares distintos a lo largo de la historia. Alid no reparaba en aquella tragedia, correteaba divertido hasta lo más alto de la montaña de escombros que se levantaba al principio de la calle. Aquella montaña tenia vida propia y Alid lo sabía. Si se mantenía muy quieto en la cima podía escuchar como rugía enfadada a veces, silbaba por entre las hendiduras de cada una de sus piedras o se acomodaba sobre la superficie de la calle, moviéndose levemente y haciendo rodar algún que otro escombro montaña abajo.

Cuando esto sucedía, Alid acariciaba a la montaña con  sus pequeñas manos, como aquel que intenta consolar a una mascota.

Desde aquella posición, Alid se ponía manos a la obra y empezaba a reconstruir la calle. Al principio centraba todos sus esfuerzos en volver a levantar las estructuras básicas, soplaba con fuerza para mover la gravilla y que esta ocupara los socavones de la carretera, para acto seguido concentrarse en las aceras, el alumbrado, las tuberías, las fuentes, los bancos, las medianas, las señales de tráfico, las papeleras, las cabinas telefónicas, los contenedores de basura, las jardineras y el alcantarillado.

Después ordenaba al  ejercito de árboles que se levantaran y se pusieran en pie  formando a ambos lados de la calle. Algunos estaban impresentables por lo que Alid tenía que recriminarles con dureza para que alzaran sus ramas y colocaran cada hoja en su sitio. Sólo entonces los pájaros volvían a anidar entre sus ramas, agitando sus alas y creando una corriente de aire que se llevaba la triste nube de polvo que aún estaba en suspensión.

Entonces Alid cerraba los ojos con fuerza y levantaba las manos lentamente, cargando con el peso de todas las fachadas derruidas de los edificios. Este era para Alid el trabajo más duro de todos, pero también el más agradecido, ya que las gotas de sudor  que se formaban en su frente caían por entre los escombros, creando un riachuelo que llenaba el caudal del viejo río, consiguiendo a su paso que las plantas volvieran a florecer y los peces aletearan agradecidos con fuerza.

Instaurado el orden de las cosas, las plantas y los animales, Alid ya sólo estaba a un paso de reconstruir su calle. Bajaba de su montaña no sin antes agradecerle la ayuda prestada y después comenzaba a zigzaguear por la calle. Con sus manos iba tocando cada uno de los comercios y portales para que estos encendieran sus luces, conectaran sus electrodomésticos, activaran el resto de maquinaria y abrieran sus puertas de par en par. Los edificios ya estaban en pie, por lo que pronto sus habitantes volverían a renacer en sus camas y a vestirse para salir a trabajar, a comprar o simplemente a pasear por su calle recién reconstruida.

Alid terminaba exhausto cuando llegaba al final de la calle, se sentaba en un banco y miraba hacia atrás para cerciorarse de que todo estaba en su sitio, otras veces había olvidado reconstruir las aceras y los vecinos, al salir de los portales y las puertas, desaparecían entre las grietas.

Alid había hecho un buen trabajo y justo cuando comenzaba a gozar de su triunfo, el suelo comenzaba a temblar y Alid agarraba el manto de carretera con fuerza entre sus manos intentando impotente que esta dejara de moverse y volviera a destruir todo lo que había creado.

Entonces Alid despertaba sobresaltado, asido a la manta que le habían dado en el refugio, con ríos de sudor empapándole la cara, el cuerpo dolorido de dormir sobre los escombros y las manos de su padre acariciándole el pelo, como quien acaricia a un hijo aterrorizado después de un mal despertar para consolarlo.

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Jun-6-2010

LOS ARQUITECTOS

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Me defino como un ser sedentario con inquietudes, persona extrovertida que guarda con recelo todas sus emociones, trabajador intachable que busca el mínimo resquicio para no cumplir como debe y acogerse a la ley del mínimo esfuerzo, amigo fiel de una intermitencia extrema, persona práctica y lógica que analiza todo con mesura para luego tomar decisiones por impulsos electrotontomagnéticos de su cerebro, individuo altamente sensible en su profundidad pero de inquietante frialdad en la superficie, egoísta empedernido capaz de dar cualquier cosa sin importarle su valor.

En fin, podría seguir con este juego de blancos y negros algunos párrafos más, completamente seguro de no equivocarme en una sola de mis afirmaciones y de ser reconocido por mis allegados y algún que otro periférico en alguna de ellas.

La realidad de mi ser se define por las diferencias de criterio de todos mis arquitectos. Cada uno de ellos entró en mi vida con un plano y unas ideas; innovadores, recargados, minimalistas, recicladores compulsivos, gustosos de la paleta cromática, conservadores, rococós, naturistas, urbanos, adaptativos al entorno, inconformistas.

Cada uno de ellos no obstante, ha dejado una huella de su creación en la estructura de mi edificación, construyendo un ser dispar, con un orden ilógico y contrario que cumple con el requisito de hacerme reconocible para los demás, pero sólo a duras penas.

Hace poco menos de un año que me mudé a Madrid, desde el primer minuto que respiré esta ciudad me di cuenta del legado que soportaba sobre los pilares de mis pies. El hecho de alejarme de gran parte de mis arquitectos ha creado una nueva dinámica emocional en mí, y ahora reconozco más que nunca cuando una de sus características sale a relucir en mi persona. De hecho, no sabría definir si la sensación es placentera o angustiosa, creo que lo más cercano a definirla sería el decir que es de una angustiosa belleza.

La cosa funciona así, por lo general soy un yo completo y los que me rodean sólo perciben el global de la estructura, una fachada sólida con sus adornos, sus biseles, sus ventanales y sus muros de contención, pero en algunos momentos una parte de mí sobresale sobre las demás y entonces reconozco a alguno de mis arquitectos tomando el mando.

Produce cierta ansiedad ver como sólo uno de ellos se hace cargo de la situación, demostrando furia, alegría, desparpajo, decisión, miedo, temple, duda, fuerza, rapidez, valor o debilidad.

Pero por otro lado me devuelve a la persona, al creador, al que un día tiró de plano y cincel para darme algo que yo recogí inconscientemente e hice parte de mí. Gracias a ello a veces me veo trabajando con cautela en la oficina codo a codo con los consejos de mi padre, disfrutando de nuevas experiencias que me ofrece la ciudad con mi mejor amiga,  paseando abrazado a mi madre y disfrutando de la belleza del momento, compartiendo el gusto geek en la cuarta planta del FNAC con mi hermano mayor,  “degenerando” cualquier idea o situación con mi mejor amigo, defendiendo visceralmente mis ideas con mi antiguo compañero de piso.

También me acompañan en los malos momentos, pero esos están de más en esta reflexión. Supongo que con todo esto que escribo lo que quiero decir es que no os extraño porque estáis conmigo, pero me muero de ganas por volver a teneros cerca y que  me deis algún que otro retoque para seguir siendo un poco más de lo que soy.

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May-15-2010

VERDAD VERDADERA

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Abr-16-2010

CON LO FÁCIL QUE ERA ANTES

…y lo díficil que me resulta ahora plasmarlo. Sigo esperando a que las teclas me den una señal para volver a escribir.

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Mar-31-2010

CARTA DE NAVEGACIÓN

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Resulta que desde pequeñito me ha tocado mucho la moral, ya no os digo los huevos, el tema esté de que una vez un ser supremo nos hizo a imagen y semejanza y luego el tema de la costilla, la mujer y la manzana, que nunca me quedó muy claro  el orden y menos después de ver  “Erase una vez el cuerpo humano”. Yo siempre he sido más darwiniano, palabro este que engloba a aquellos que pensamos que el medio único de la evolución es la adaptación al medio, y corriente de pensamiento esta que explica y justifica el porqué algunos seres igual de humanos que los que tenemos acceso a casi todo lo que deseamos, son capaces de sobrevivir con nada de lo que necesitan, más increíble aún, siendo algunos de ellos felices.

Explicaba esto en la primera media hora de metraje, una película que marcó el inicio de los 80, “los dioses deben estar locos”, seguro que habéis oído hablar de ella, una de las tramas giraba en torno a una tribu bosquimana que vivía feliz y aislada, sin conocer el rencor, el odio, ni la ambición, hasta que un buen día un piloto del primer mundo deja caer desde el cielo una botella de coca cola de cristal y los individuos de la tribu aprenden a individuar y ver el mundo desde el egoísmo y la ambición del que quiere algo único sólo para él.

Pero me estoy desviando del bueno de Darwin (en mi imaginario absurdo siempre lo he visto como un abuelo bonachón amigo de los pájaros, que contaba historias que nadie comprendía y era tratado como “el pobre loco del abuelo, que cosas tiene”); decía que me estaba desviando del bueno de Darwin y de su teoría de la evolución y la adaptación al medio, mucho más digna de asimilar por la inteligencia (yo es que a la fe, sólo le doy uso en cuartos de final), que la de la manzana y la costilla. En esa misma película la voz en off o narrador nos expone después de 20 minutos de taparrabos bosquimano, la realidad en el primer mundo y como los que en él vivimos sufrimos la continua tortura de tener que adaptarnos una y otra y otra vez a un nuevo medio con el estrés que ello supone, hasta el punto de justificar la locura y extrañas manías que muchos de nosotros, por no decir todos, sufrimos. Así pasamos del medio casa-familia-mujer-convivencia, al medio metro-bus-coche-carretera-tráfico,  al medio oficina-curro-jefe-responsabilidad, al medio comida-bar-menú-tupper-banco-parque-bordillo-acera, al medio compras-cola-cajero-cola, al medio amigos-bar-cerveza-confesión-chute de felicidad intercalada. Si, es agotador.

Todo esto viene a cuento porque quería hablar de mi nueva situación vital, aquella que me ha llevado desde el pueblo-ciudad más húmedo, familiar y tranquilo de mi mundo conocido, a la capital más inadaptable del planeta. Y así es como cada día que pasa entiendo más al loco de la esquina que hace guardia en el Carrefour del barrio e increpa protegido por los matorrales a todo el que pasa, o al loco del metro que se acerca sigiloso con ojos que miran al infinito y te habla de un tal Fernando y una tal Beatriz que se van a enfadar mucho si se enteran de lo que has hecho, o al loco de la Glorieta de Embajadores que mientras espera su chute, dice vender sus mugrientas zapatillas a 1 € y se pasea descalzo llueva, nieve o haga calor.

Y yo, el loco que camina medio bailando y canta desafinado mientras va al curro a veces los miro y pienso “uff, que miedo acabar así, mientras el que va detrás de mi piensa lo propio mientras me observa un tanto asustado, o ya no, que aquí todo el mundo parece curado de espanto. Y es así que luego llego al curro y me encuentro en una oficina diáfana, con compañeros diáfanos y conversaciones diáfanas y juego a los jefecitos y me llaman al despacho, una pecera de cristal en la que todo se ve y nada se oye y muy, muy pocas veces te dan de comer, donde falta el aire porque es absorbido por el mandamás de turno, que a golpe de pulmón te va ordenando que hagas y deshagas, que cometas y acometas, que pienses y crees, que te encargues y termines.

Y es así que luego salgo aturdido, con la mirada mirando un poco al infinito, como mi amigo el del metro, aún con el ipod encendido orientando mis pasos hacia casa, pensando sin pensar en mí, como un recipiente vacío, una tetilla de rumiante ordeñada hasta la extenuación. Y así es como llego a casa y me meto en mi cuarto, un habitáculo de unos poco creíbles 6 metros cuadrados, me deshago de los ropajes laborales y me tiendo en la cama, medio inconsciente, intentando asimilar tanta mierda diaria, sin saber bien si es que me gusta la mierda o es una simple cuestión de adaptación de mi sistema digestivo y consigo tragar toneladas sin siquiera beber un trago de agua.

No tengo tiempo para más, primera y última vez que escribo desde el curro, esto tenía otro final, uno que aún no había pensado, pero no me queda tiempo y como buen ser humano inadaptado a la adaptación constante, soy adicto a dejar las cosas a la mitad. El título, lo de carta de navegación, venía a cuento por el tema este de adaptarse y orientarse en un mundo tan cambiante, como buen pirata o capitán, que haciendo uso de ella pensaba llegar a las Indias y acabó en las Américas… o más increíble aún… en las Canarias.

(Por cierto, quien iba a decirnos a nosotros lo de Richard Alpert, para mear y no echar gota)

 

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Ene-12-2010

LOS JUBILONAUTAS

Los jubilonautas han llegado para quedarse, armados hasta las prótesis dentales con todo tipo de tecnología artesanal, pretenden inculcarnos su modo de vida tiránico y poco práctico. Un jubilonauta jamás hace una cola, se introduce en ella sin titubear y rompe con el código ético establecido por el resto del personal.

Un jubilonauta no frecuenta lugares en los que el número de decibelios superen las dos cifras, por tanto es difícil verlos en discotecas u otros lugares masificados, no obstante, el jubilonauta siempre lleva a mano un dispositivo electrónico, que se recarga con dos cápsulas metálicas potencialmente contaminantes, con el cual anula su comunicación con el exterior gracias a la ruedecilla volumétrica aislante.

Un jubilonauta tiene la capacidad de bloquear un paso ya de por si complicado por una obra colindante, es frecuente verlos en casi todas las esquinas de Madrid aconsejando sobre el uso correcto de la cementera al personal de obra, o bien departiendo acaloradamente entre ellos sobre el mal endémico que suponen las obras que ellos mismo ralentizan.

Los jubilonautas tienen una capacidad genética que los hace infalibles a la hora de manejar el  tráfico peatonal, gracias a la microvelocidad con la que se desplazan, pueden observar un tapón humano antes de que este suceda y a veinte metros de distancia, señalizan con sus manos el correcto desplazamiento del resto de transeúntes, llegando a increpar entre dientes a los que no hagan caso de sus señales.

Los jubilonautas planean la conquista del universo desde sus puntos estratégicos, bancos repartidos por todas las calles y parques en los que se reúnen para preparar el siguiente golpe. No tienen prisa, juegan con la ventaja de sentirse en la recta final, de saber que algunos caerán pero que pronto serán más en este pais de alta senilidad, de no esperar nada de nadie que no sea la muerte, son valientes, irascibles, bravos, tocapelotas, cansinos, agresivos e impredecibles.

Esta mañana en la panadería de enfrente, dos de ellos me han tendido una emboscada, tras colarse uno e increparle el que aquí escribe, el otro, colocaba el bastón de tal manera que al darme la vuelta mandando a cagar a su compañero de dominó, tropezara y cayera al suelo. Pensé en soltarle una galleta y pisarle la dentadura postiza, pero al final me pudo la compasión hacia el colectivo senil. Ahora desde casa, mientras me chorrea mercromina por la rodilla, pienso en una venganza cruel.

(O me sobra mucho tiempo para pensar o soy el único que se ha dado cuenta del peligro que corre la humanidad)

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Dic-21-2009

BLOQUEO NAVIDEÑO

Diciembre no es un buen mes para la creatividad.

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Nov-20-2009

EN UNA SOLA DIRECCIÓN

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M. daba vueltas por la habitación siguiendo una línea irregular imaginaria que lo hacía moverse de manera aparentemente desordenada, pero que lo llevaba exactamente al mismo punto de inicio, para así,  cerrar el círculo y volver a empezar el recorrido. Aquello  revelaba la compleja personalidad de M., probablemente si alguien le hubiera preguntado en ese momento el por qué de tan extraño circuito, él hubiera tenido una contestación extensa y compleja, donde varios motivos, en apariencia inconexos, formaban un todo explicativo que justificaba su andar inquietante, su esquivar esa silla por el exterior, girar a la derecha, tocar la manilla de la puerta con la mano al pasar,  descolgar y colgar el teléfono de la mesita auxiliar, girar de nuevo a la derecha, rodear la silla en la que L. estaba sentada por detrás, dar una patada con el pie izquierdo a la caja de herramientas que estaba en el suelo, golpear el cristal de la ventana con la mano y girar por tercera vez a la derecha para volver al punto de inicio.

Así veía la vida M., todos sus pensamientos y acciones,  comportamientos y afirmaciones, estaban basados en la misma línea desequilibrada y exacta que ahora reproducía sobre el suelo y que tenía completamente aterrorrizada a L.

M. comenzó a hablar sin dejar de caminar, gesticulando fuertemente con las manos y manteniendo una respiración agitada que hacía que algunas palabras quedaran amputadas en su mitad por el corte limpio de un aliento para continuar, “Espero que entiendas lo complejo que es lo que te estoy intentando explicar, ¿sabes?, llevo varios días teniendo estos sueños, me levanto con una amarga sensación y el resto del día,  el resto del día una mezcla viscosa de odio y tristeza recorre mis venas suplantando a la sangre y yo lo entiendo, de verdad,  es mi forma de ser, quiero decir, que siempre que he querido algo lo he tenido, lo he comprado y lo he hecho mío, lo he guardado bajo cuatro llaves en un armario para que sólo fuera disfrutado por mí, ¿entiendes lo que quiero decir?, cuando pienso en ti, generalmente sueño despierto pesadillas reales en las que mis miedos se apoderan de la máquina de pensar y me muestran situaciones hipotéticas en las que me reventaría el corazón, ¿sabes?,  es un tanto contradictorio, nos consideramos el uno parte del otro, o si quieres decirlo de otra manera,  los dos partes de un mismo ser, pero no es lo mismo, no te tengo, no te he comprado, ni me perteneces de aquella otra manera, no puedo guardarte bajo cuatro llaves en la parte más segura de mi armario, para poder luego disfrutarte en mi soledad.”

Mientras hablaba, M. seguía recorriendo el mismo trayecto imaginario, girando a la derecha, tocando la manilla, bordeando la silla en la que estaba sentada L. por detrás, golpeando la ventana al pasar, siempre el mismo trayecto, pero cada vez más rápido, cada vez con mayor inquietud, golpeando la manilla con más fuerza,  propinando patadas más violentamente a la caja de herramientas, de manera que esta se desplazaba poco a poco hacia otro punto de la habitación. Era tal el miedo de L., que sólo esperaba que la caja de herramientas no entorpeciera el trayecto de M., eso podría originar una cadena de sucesos imprevisibles.

“Lo que quiero decir es que cuando algo material me interesa, lo compro, lo guardo, lo uso, lo hago mío y decido sobre su integridad, pero tú eres diferente, al ser una persona no puedo comprarte, ni guardarte, no me perteneces, no puedo decidir qué haces en cada momento, ni tener control sobre ello y eso es lo que me produce este miedo que me enloquece, estoy tan acostumbrado a poseer que cuando no puedo hacerlo me aterroriza, no sé reaccionar ante esta incertidumbre”

De repente M. se paró en seco, la caja de herramientas había bloqueado su recorrido, ya no podía avanzar, miró hacia adelante, miró hacia los lados y por último hacía atrás, miró fijamente a L. y luego se agachó y abrió la caja de herramientas, sacando de ella un serrucho oxidado y volviendo a colocar la caja de herramientas en su sitio inicial.

“¿sabes?, es por eso, que el ser humano se inventó el compromiso, casarse, comprometerse, un anillo, una alianza, dos firmas en un contrato, una promesa eterna de fidelidad, son herramientas de control ¿entiendes?, como este serrucho que tengo ahora en mi mano, que sólo sirve para darme la sensación de que algo es mío, para generarme seguridad” M.  completó su recorrido hasta acercarse a la silla donde L. permanecía atada de pies y manos y con una venda cubriéndole la boca y empapada ya en lágrimas. “Pero, en el fondo, aunque queramos creer lo contario, son del todo inservibles, aún así nos funcionan, es igual que al creyente en una situación de desesperación le funciona aferrarse a su fe, arrodillarse en el suelo e implorar a  su dios compasión, a eso hemos limitado la fe en los sentimientos, a creer y forzar compromisos dudosos sobre ellos, engañándonos al pensar que retendrán aquello que queremos y no podemos controlar”.

L. sentía como el aliento de M. se acercaba cada vez más a su rostro, quemándole las mejillas, le temblaban los ojos y las lágrimas caían ya solas y sin el obstáculo de los párpados, que permanecían abiertos y alerta. “Es por eso mi amor, que esta situación no tiene ya sentido para mí, no quiero que estés a mi lado sino es porque eres mía y no quiero que seas mía  porque no podrías serlo nunca, porque en el fondo siempre seguirías siendo tuya y eso es algo que yo no puedo conciliar en mi enrevesado cerebro”. M.  pegó sus labios a la oreja de L. y empezó a susurrar, “lo que me lleva a tomar una decisión drástica, hacer este trayecto que llevo repitiendo sin parar durante dos horas por última vez, si, final de trayecto amor mío, lo último que quiero decirte es que te quiero y ese es el principal problema por el que esto tiene que tener un final, porque te quiero y no sé querer como una persona normal.”

M. se levantó con el serrucho en la mano, miró a L.  y se dispuso a recorrer aquel trayecto por última vez, mientras, L. aguardaba ya vencida por el terror y con la certeza de saberse muerta, a que su verdugo completara el recorrido y llegará el final. M. comenzó a caminar,  se acercó a la puerta, la cerró con llave y tocó la manilla para cerciorarse de que no pudiera abrirse, descolgó el teléfono de la mesita auxiliar y llamó al número de emergencias, giró de nuevo a la derecha y salvó el obstáculo de la silla dónde L. estaba sentada por detrás, serruchó la cuerda de las manos que mantenía a L. maniatada, cogió impulso, pasó por la caja de herramientas, tiró el serrucho, se dirigió a la ventana corriendo y atravesó el cristal.

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Nov-11-2009

EL RELOJ DEL ALMA

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Fernando vivía entre manecillas, muelles, engranajes y rodajes de minutería. Primero su bisabuelo, y más tarde su abuelo y su padre, habían dedicado toda su vida al arte de la relojería. 

La Relojería Guzmán existía desde hacía sesenta y tres años en la esquina de la calle principal del pueblo y desde su posición estratégica fue dándole cuerda a la vida de todos sus habitantes  un día tras otro. Fernando se levantaba todos los días a las seis y cuarto de la mañana y mientras se preparaba un café oscuro en la vieja cafetera en la que su bisabuelo había preparado el primer café, estiraba todos los músculos de su cuerpo  y oteaba desde la ventana como el paisaje se transformaba con cada nuevo rayo de sol que anunciaba el amanecer.

Tras tomarse el café sentado en la mesa auxiliar de la salita en silencio contemplativo, Fernando se duchaba, se vestía y se preparaba para ir a la tienda que estaba justo bajo sus pies. Tardaba siempre treinta y cuatro minutos en hacer todas esas operaciones, luego bajaba las escaleras,  levantaba la verja de seguridad, abría la puerta, encendía la luces, quitaba el polvo del mostrador y uno a uno, revisaba todos los relojes con mimo, cerciorándose de que los mecanismos de todos ellos trabajaban con exactitud.

A las siete y media ya estaba todo listo para abrir la puerta del negocio y que empezará a entrar la clientela, pero Fernando no lo hacía, dedicaba la siguiente media hora al reto más grande de su vida, Suichi, así llamó a aquel reloj que un buen día entró por aquella puerta de la mano de un primo lejano de Antonio el ferretero, un desafío  a la matemática exacta de la relojería. Por algún inexplicable razón Suichi un día tomo la decisión de empezar a caminar hacia atrás, de forma que dejó de anunciar el tiempo exacto para recorrer un camino de vuelta por el tiempo, viajando hacia atrás, reviviendo todos los días que precedieron a aquel 1 de Enero de 2009 en el que suichi tomó la decisión unilateral de dejar de caminar con precisión hacía el futuro.

El primo de Antonio, un buen hombre, sencillo y muy creyente, lo dejó allí y dijo que sobre la esfera de aquel reloj flotaba una terrible maldición, que una chica  se lo había dado hacia unos meses diciendo que era un buen reloj, pero que se había parado por que probablemente ya no tendría más tiempo que contar. Fernando, escéptico ante aquella afirmación y como hombre dado a las leyes de la física, le ofreció al primo de Antonio el ferretero una cifra simbólica para hacerse con él. Desde ese día Fernando vivió con una sola obsesión, comprender el mecanismo de aquel reloj, explicar desde su dilatada experiencia como relojero por qué aquel reloj desafiaba a las leyes de la física y del tiempo haciendo que sus manecillas volvieran sobre sus pasos.

Después de cerciorarse del correcto funcionamiento de todos los relojes, Fernando se dirigió al mostrador, sacó el reloj y lo puso sobre la barra. Algo había cambiado, Suichi había dejado de caminar hacia atrás y se había parado.

El reloj marcaba justo las 00:00 horas el 1 de Junio de 2008, durante un día entero ninguna de las manecillas se movió de aquel punto exacto, 00:00 horas del 1 de Junio de 2008. Aquel día Fernando no abrió la tienda, se quedó sentado en su taburete, frente al mostrador de la tienda, sin perder en ningún momento de vista el reloj, esperando una mínima señal, pensando en mil y una posibilidades ampliamente razonadas por  las cuales aquel reloj se hubiera parado en ese preciso momento. Cuando el hambre y el agotamiento empezaron a hacer mella en el ánimo de Fernando, el reloj comenzó a funcionar, y lo hizo correctamente.

Las manecillas comenzaron a moverse hacia delante, primero unos segundos, luego varios minutos, después un par de horas. En el mismo momento en que el reloj empezó de nuevo a funcionar, Fernando sintió una punzada aguda en el corazón, comenzó a tener dificultades para respirar y sintió como un malestar general se apoderaba de todo su cuerpo. Asustado, se dirigió hacia su cama y decidió dormir, pensando que aquella sensación se iría con el sueño igual que llegó por su ausencia.

Al día siguiente se levantó con el mismo malestar y tras ver que  su salud con el paso de los días empeoraba, decidió ir al médico a pedir una opinión profesional. “se está usted muriendo, don Fernando, tiene un cáncer terminal, no podemos hacer nada, lo siento”.

Fernando volvió abatido a la tienda, sabedor de que aquel cáncer estaba relacionado directamente con su reloj. Sentado en la mesa de la cocina y tomándose un té, Fernando comenzó a buscar relaciones entre todo lo que había sucedido en los últimos meses, la llegada del reloj, las fechas en las que se había modificado su funcionamiento y todos los eventos personales que habían tenido cierto impacto en su vida. La taza de té cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, los mismos que Fernando acababa de recomponer para darle sentido a todo aquello que había sucedido.

Su reconstrucción de los hechos comenzaba el 3 de Marzo de 2008, tres meses antes de que el reloj se hubiera parado por primera vez. Ese 3 de Marzo Fernando conoció a Martín, un nieto de Alfredo, el alcalde del pueblo, que había vivido toda su vida en la capital y se encontraba de paso con su mujer para conocer un poco los orígenes de su familia. Ese día Martín y su mujer, Laura, entraron en la relojería en busca de información sobre la ubicación exacta de la casa del alcalde y Fernando, muy solícito, se la dio correctamente. Laura quedó extrañamente prendada de aquellas viejas paredes atestadas de coronas, manecillas y números de todos los tamaños, colores y materiales y mucho más de todas y cada una de las respuestas que Fernando le dio al caudal de preguntas curiosas que fluían  de sus labios. Fernando quedó prendado del entusiasmo y la curiosidad que Laura tenía por su mundo y más aún por aquellos ojos que atravesaban su caja torácica para reventar el preciso mecanismo con el que siempre había trabajado su corazón.

La visita se alargó durante más de una hora, en la cual Laura acabó llevándose un reloj de pulsera, con un elegante acabado y la garantía que ofrecía su  preciso mecanismo suizo. Ese reloj, era el mismo que ahora Fernando tenía entre sus manos, el culpable de su acelerada enfermedad, la piedra angular sobre la que descansaba aquel mortal rompecabezas que estaba acabando con su vida.

La segunda fecha de su reconstrucción coincidía con la fecha en la que hacía unos días, se había parado el reloj por primera vez desde que comenzara a marcar las horas hacia atrás, el 1 de junio de 2008, justo tres meses después de conocer a Laura, tiempo este en el que Fernando mantuvo un intercambio de cartas postales con Laura cada vez más asiduo, cada vez más íntimo, cada vez más sincero, intercambio que terminó bruscamente con una carta de Laura, escueta de un solo folio y apenas dos líneas en la que decía “No aguanto más Fernando, lo dejo todo, me voy de la ciudad, abandono a mi familia, quiero vivir el resto mi vida a tu lado”

Fernando se revolvió  incómodo en la silla al revivir aquella emoción del pasado, aquella sensación de victoria absoluta del amor sobre la razón que trajo a Laura a su lado un ya lejano 1 de junio de 2008. Durante los siguientes seis meses Laura y Fernando compartieron todo, compartieron cama, compartieron besos, miedos y sueños, compartieron cafetera, compartieron ventanas, paisajes y rayos de sol que anunciaban amaneceres, compartieron su pasión por los relojes, por los mecanismos exactos, y los no tan precisos que regulaban su pasión desenfrenada en cualquier lugar de aquella vieja casa, y por último, compartieron sus últimos días, aquellos en los que Fernando cayó en la cuenta de lo profundo que era su miedo a perderla, de lo imposible que sería mantener a una mujer tan llena de vitalidad a su lado en aquel pequeño y claustrofóbico mundo regulado siempre por las mismas manecillas y la misma monótona cadencia del tiempo.

Y así fue como aquel 31 de diciembre, minutos antes de tomar las uvas, Fernando, abatido por su cobardía para vivir y enfrentarse al caprichoso mecanismo del amor y sus incalculables consecuencias, le dijo a Laura que se fuera de su lado, que se alejara lo más pronto posible de aquel hombre que tanto le había amado, que algún día entendería el por qué de aquella decisión unilateral que ahora le parecía tan egoísta. Así es como concuerda la última fecha, 1 de Enero de 2009, fecha en la que el reloj se había parado por primera vez.

Uno esperaría ahora que Fernando, una vez descubierto el origen del rompecabezas, vislumbrara una solución tan mágica como lo habían sido todos aquellos inexplicables acontecimientos, que se levantara como un resorte en busca del amor, único antídoto para frenar aquella repentina enfermedad mortal que padecía, uno esperaría que se diera cuenta que la vida le había dado una segunda oportunidad, seis meses le quedaban ahora para encontrar a Laura antes de que el reloj volviera a marcar la fatídica fecha, el 1 de Enero de 2009, día en el que oficialmente renunció al amor, miles de aventuras le aguardaban en aquella incierta búsqueda, pasaría mil penurias, conocería a centenares de personas, viviría como un detective durante el  tiempo necesario, cotejando datos e informaciones oficiales, revisando en los catastros, las guías telefónicas, tocando la puerta de casas ya vacías, interrogando a posibles amigos que tuvo su amor en distintas ciudades, bajándose de un tren para subirse a un avión, sintiendo cada vez más cerca el triunfo de su constancia en la búsqueda, encontrando al fin, sentada quizás en un banco de un estación de tren y ya con la maleta preparada para buscar fortuna en otro destino, a su amada Laura, poniendo de una vez por todas fin a su enfermedad, enfrentándose a la vida con valor y al amor con decisión, sin miedos ni cobardías, viendo por fin como aquel revelador reloj cejaba en su empeño de caminar hacia adelante o hacia atrás, parándose para siempre en aquella estación porque ya no tenía razón para seguir marcando el tiempo hacia ningún sentido, porque aquel reloj no se regía por minutos o segundos, era la afirmación rotunda de que el amor no sabe de mecanismos hechos por el hombre, no se rige por aquellas estúpidas leyes que matan a éste poco a poco.

Pero no, Fernando no haría nada de eso. Habiendo resuelto por fin aquel rompecabezas, Fernando, aliviado, se sienta otra vez en aquella mesita que tiene frente a la ventana, aquella mesita en la que ha visto tantos y tantos amaneceres y espera paciente a que llegue el último, quizás el penúltimo, quien sabe cuál será el próximo capricho del tiempo, no importa, se dice a si mismo, como buen hombre dado a las leyes de la física esperaré a que la lógica del tiempo marque con precisión el último segundo de mi vida, así ha de ser.

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