Mar-11-2012

COMPÁS

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La primera vez que vi a mi padre matar a alguien con sus propias manos no pestañee, de hecho creo que tarde 3 días en volver a hacerlo. Mi madre, que siempre cuidaba mucho de su pequeño hijo indefenso, estuvo poniéndome colirio durante días y tapándome los ojos con un paño húmedo cada varias horas para que pudieran descansar. Pero mis ojos no quisieron volver a cerrarse, se habían quedado estupefactos, una y otra vez mi retina reconstruía lo que había visto hace unos segundos, minutos, horas, días, una y otra vez se repetía la secuencia, cada vez más nítida, cada vez más real, es como si la primera vez que hubiera visto a mi padre matar a alguien con sus propias manos lo hubiera vivido como una ilusión imprecisa y luego, a base de revivirla repetidamente en mi retina, sus formas borrosas hubieran adquirido la habilidad de definirse y la acción ejecutora, de perfeccionarse y el rojo de la sangre que tiñe el suelo, de intensificarse y la mujer que moría a manos de mi padre, de aterrorizarse y la luna llena y expectante, de teñir toda la secuencia de un blancuzco mortal que intoxicaba la gama cromática hasta hacerla asfixiante.

Mi padre se levanta todas las mañanas con la primera luz del día, se asea y desayuna junto con mi madre y conmigo en la mesita auxiliar de la cocina. Es un hombre culto, o por lo menos a mis ojos le gusta simularlo, lee el periódico con avidez mientras devora las tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga que mi madre le prepara pacientemente, una detrás de otra, mientras mi padre lee y engulle, mi madre permanece alerta, a su lado, atenta a cada bocado de mi padre para realizar una acción programada, coger una tostada, luego el cuchillo, untar la mantequilla, extraer una cucharada del tarro de mermelada, extenderla sobre la tostada y, con el último bocado, poner la tostada de manera que mi padre sólo tenga que estirar la mano para alcanzarla.

Con el último sorbo de café mi padre carraspea y esta señal nos activa a todos para levantarnos de la mesa, recoger y prepararnos para salir. Mi madre lleva la caja de herramientas a mi padre hasta el coche y este, después de despedirse de ella con un amoroso abrazo, me apresura con un gesto seco de cabeza para que me suba al asiento del copiloto. Mi padre me lleva hasta el colegio todas las mañanas, se baja del coche conmigo y me acompaña hasta la puerta del colegio, a veces habla con mi profesora durante unos minutos y en su mirada puedo reconocer la misma expresión que tuve grabada en mis pupilas durante tres días. Posiblemente mi padre quiere matar a mi profesora, aunque a juzgar por la distancia que los separa en las conversaciones que tienen pueda parecer lo contrario.

Mi madre siempre me dice que soy demasiado joven para diferenciar entre el amor y el odio y que cuando sea lo suficientemente mayor para poder hacerlo, posiblemente me daré cuenta de que no son dos cosas tan diferentes y que la una se apoya en la otra para sobrevivir en cada ser humano. Yo casi nunca entiendo ninguno de los consejos de mi madre, pero en el fondo sé que esa mujer tan dócil y servicial para con mi padre es una de las personas más sabias de este planeta.

Supongo que por eso hoy, cuando he visto mis manos llenas de sangre después de la tutoría semanal, he entendido un poco más las palabras de mi madre, aunque eso no me haya permitido comprender nada más de la escena, ni que mi profesora yazca en un charco de sangre en el suelo, ni que mi padre siga sonriéndome sentado en la silla del despacho, ni que sostenga un compás ensangrentado entre mis manos alzadas a la espera de una última estocada, ni que no sea capaz de recordar absolutamente nada de lo que ha sucedido en los últimos minutos, ni la sensación que recorre mi médula espinal en un bucle infinito de terror y placer que hace difícil diferenciarlos entre sí, como con el amor y el odio que siempre dice mi madre.

Lo que más me cuesta entender es la convivencia en este instante entre la mirada de orgullo de mi padre y la de resignación de mi madre, no sé si he hecho algo bueno o malo, no soy capaz de diferenciarlo, solo sé que mi madre, que es una de las mujeres más sabias que conozco en este mundo, ya no va a volver a mirar nunca más de la misma manera a su hijo indefenso.

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Dic-17-2011

Y DOCE

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Ha faltado poco para no volver a escribir sobre la tumba de lo que un día fue parte importante de mi vida.

A veces (y más en este mes traicionero a la razón) uno echa de menos a ciertas personas, objetos o lugares, consecuencia supongo de estas fatídicas fechas en las que se mezcla la tradición con la sin razón con la obligación y uno acaba deseando feliz año a seres odiados, diciendo te quiero a amores caducados y llamando a aquellos amigos que alguna vez fueron pero que ya son pasado oxidado.

Es raro echar de menos el tener un sitio en el que escupir todo aquello en lo que pienso, me había hecho a la idea de que mi cabeza era recipiente suficiente para desgranar y disfrutar de todas y cada una de las sensateces y locuras que se me ocurren mientras respiro, pero no es lo mismo; escribirlo, sentarse a pensar en cómo explicar a un público que ya no está lo que quiero contar y hacerlo de manera que no solo explique, si no que también sea disfrute, eso…, eso era un deleite ahora olvidado que aunque a veces pienso en recuperar, nunca termino de acomodar en un hueco.

Es raro que, finalmente, uno acabe dándole más importancia al hecho mismo de importarse en su mecánica diaria, ahogándose en vasos vacíos de obligaciones y deberes, llegando incluso a dejar a un lado aquello que producía placer por falta de tiempo. ¿Os lo imagináis, haber llegado a tal punto?, “- ¿Quieres echar un polvo inolvidable?, -me pilla fatal, recuérdamelo en mis vacaciones”.

En fin, a lo que iba, ha faltado poco para no volver escribir este año sobre la tumba de lo que un día fue parte importante de mi vida. Felices días de lo que queda de año para todos, no son muchos, pero siempre suficientes para repensar otra vez en las cosas, personas y lugares que realmente importan. Nada de lo que hacemos ahora es tan importante como para evitar enfrentarnos a lo que realmente queremos hacer.

Es tan sencillo que me genera trastornos de pánico.

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Jun-26-2011

GUÍA RÁPIDA PARA LLEGAR A LA LOCURA

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1.- Padezca una situación catastrófica (muerte familiar, pérdida de trabajo, desahucio, cuernos, son los más comunes, pero el ser humano tiene una capacidad infinita para hundirse ante el más mínimo contratiempo).

2.- Quédese en la calle. Por imposibilidad económica o por decisión salomónica, la calle se convertirá en su casa, aprenderá a ver la ciudad como un hogar, deconstruirá en su mente parques, aceras, bancos, esquinas, basuras, para reconstruirlos de nuevo como salones, pasillos, camas, cagaderos y cocinas.

3.- Acepte su soledad. Sus seres queridos, si le quedan, le darán la espalda, sus amigos le recriminaran y acabarán por avergonzarse de usted, sus compañeros de trabajo directamente le borrarán de su existencia, usted ha dejado de existir sentimentalmente, todos sus lazos emocionales con su antigua realidad se habrán roto. Si le queda alguno usted hará por romperlo. Verá su soledad como su única protección.

4.- Normalice. Todo ser humano tiende a normalizar sus actos y su entorno, somos seres adaptativos, además de débiles y estúpidos, adaptativos. Usted dejará de ver como algo inusual el comer directamente de la basura, el robar los restos de comida en las terrazas de la ciudad, el cagar en una esquina del parque y limpiarse con las servilletas del  Telepizza de la esquina, el crear camas de cartón cada noche, el llevar un casco de ciclista para resguardarse del sol o cuatro capas de ropa en pleno Julio. Todo es perfectamente normal, no es usted el único, convive diariamente con docenas de personas que hacen algo parecido.

6.- Descubra a su nueva familia. Como usted existen miles, viven con usted, en su nuevo salón, en su nueva cocina, en su nuevo baño. Son comprensivos, aunque algunos algo violentos, compartirán todo con usted, le hablarán, le entenderán y le reirán sus gracias, serán comprensibles ante sus manías, no le juzgarán, todo es perfectamente normal, que usted haga veinte flexiones cada cinco minutos  para estar en forma por si vienen los sicarios del rey ha matarle es normal, que su amigo pueda hablar con las palomas y enviar mensajes a sus familiares en Chile, que responderán cada cierto tiempo a través de otras palomas que habrán viajado meses, es normal. Siéntase aceptado y querido.

7.- Disimule. A nadie le gusta ser juzgado, aprenderá a disimular, usted no está en la calle por nada, tiene un propósito, o eso es lo que el resto de ciudadanos deben creer, hará colas, revisará papeles, mirará al final de la calle buscando a nadie, blasfemará continuamente mientras mira el reloj, escribirá notas de importancia extrema que irá ordenando en montones que tendrán diferentes objetivos, que irán cumpliéndose mentalmente para dar paso a otros objetivos que requerirán de otros papeles con notas de suma importancia que deberá ordenar en diferentes montones.

8.- Desconecte. Finalmente desconecte de su pasado, su subconsciente ya habrá recreado una vida anterior a su medida, usted no tuvo familiares, nació tras un eclipse, no trabaja, esta buscando empleo y por eso recoge todos los días  centenares de periódicos y recorta una y otra vez las mismas ofertas de empleo, que ordena y clasifica para luego contactar, quizás utilizando alguna paloma de su amigo chileno. Una vez encuentre trabajo podrá volver a su país, que está ubicado en una zona cálida del océano Brámbico, aguas a las que no ha llegado casi ningún ser humano y que rodean a una isla hermosa donde la gente nace espontáneamente tras los eclipses.

Esta usted loco, bienvenido a su felicidad.

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May-12-2011

AMOR PROPIO

AMOR PROPIO

He vuelto a tocarme a escondidas.  Creí haberlo dejado  atrás, pero no puedo.Cada cierto tiempo vuelvo a caer en la rutina de un vicio que me mece entre orgasmo y orgasmo auto inducido, hasta el desenlace más vergonzante  que pueda soportar.

Cada día me toco más y en intervalos más cortos, en sitios públicos insospechados, en el metro, en el autobús, en la cola del supermercado, en el parque, en la calle mientras camino, me masturbo por una abertura del bolsillo  en la oficina mientras pongo al día mi correo,  o me froto la polla entre los muslos mientras espero a que llegue el metro que me lleve de nuevo a casa.

Puede parecer una manía placentera, pero nada más lejos de la realidad, es un esclavismo genital constante, una obsesión continua por exprimirme el rabo hasta sacar la última gota de semen, tengo heridas en la piel y a veces siento un dolor agudo en el glande que me provoca nauseas, mareos y desmayos.

Ahora estoy completamente avergonzado, una niña de 5 años me mira con curiosidad infinita mientras masca un chicle y su perro lame mis deportivas libremente. Desde mi posición la niña parece enorme y tiene una cabeza desproporcionada, como en una mala pesadilla en la que todo tu entorno está sobredimensionado y las cosas pequeñas se aprecian con un tamaño aterrador.

El resto de los adultos guardan una distancia prudencial y solo yo, tumbado en el centro del círculo y  la niña de cabeza enorme con su perro, justo a mi lado, sufrimos la mirada adulta de asombro y desaprobación. Parece que el chucho ha terminado su festín, lo que agradezco, porque quitarme el semen reseco de los pantalones  ya va a llevarme un buen rato y tengo que estar en 19 minutos en la oficina.

O esa es mi idea, parece ser que otra vez he vuelto a cerrar el ciclo, pasaré un tiempo en el centro, lo más probable es que el agravante niña-perro aumente mi estancia algunas semanas más.  De todas formas es un alivio, volveré a la normalidad de mi existencia en unos meses, volverá a girar la rueda de nuevo, salir del centro, buscar un empleo, mantener relaciones distantes con mis compañeros de trabajo, bajar a comprar al chino algo precocinado para cenar, ver  programas de debate hasta quedarme dormido y así, hasta que vuelva a tocarme, sin querer, de refilón y la excitación de lo prohibido me lleve a querer repetir este ciclo destructivo una vez más.

Tengo que dejar de tocarme la polla.

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Sep-7-2010

PARADA CARDÍACA

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Manuel sufrió una parada cardíaca el 13 de Abril de 1997. Según los médicos estuvo clínicamente muerto durante tres minutos, tras los cuales fue reanimado por obra y gracia divina de una descarga voltaica directa al corazón.

Durante esos ciento ochenta segundos Manuel no vio pasar su vida ante sus ojos, tampoco vio un túnel deficientemente iluminado,  Manuel se vio unos años más mayor, sentado en una silla fría y rodeado de un halo blanco, el cuerpo magullado y una mirada pérdida hacia el infinito. Se vio levantarse, acercarse a un ventanal, girar la manilla y lanzarse hacia el vacío, se sintió liberado, agradecido de morir, conforme con aquel final.

Luego  Manuel dejó de verse, volvió convulsamente a la vida con una bocanada desesperada que anunciaba que aquella no era su hora. Manuel  renació aquel día consciente de que  acababa de vivir su verdadera muerte,  moldeó obsesivamente en su cabeza las causas por las cuales llegaría a verse en un futuro incierto en aquella situación, fue tanto lo que le obsesionó aquella visión que poco a poco fue perdiendo todo lo que le conectaba a la realidad, alejándose hasta tal punto que no se pudo hacer otra cosa más por él que ingresarlo en una clínica mental.

Finalmente Manuel esperaba sentado, en una silla metálica, vestido con un batín blanco y con el cuerpo magullado por las correas de retención de la camilla. Manuel estaba profundamente drogado, pero tenía la conciencia suficiente para saber que aquel era el momento, que por fin había llegado, que ya no tendría que pensar más en ello, que realmente estaba viviendo su destino.

Se levantó, giro la manilla y se lanzó al vacío, sintiéndose liberado, agradecido de morir, conforme con aquel final.

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Ago-24-2010

CONCLUSIONES POST-VERANIEGAS

Después de una semana visitando tierras asturianas, he llegado a varias conclusiones, la primera es que sólo en los intervalos de tiempo vacacionales consigo encontrarme con ese “yo” mío que duerme a lo largo del año abrigado por las mil y una ansiedades que completan mi día a día, la mayoría de ellas, todo hay que decirlo, de fácil tratamiento, pero me considero un ser inoperante en lo personal cuando estoy más pendiente de mi productividad laboral (tan triste como cierto).

La segunda es que este reencuentro trae consigo una fatalidad igual de vergonzante, que es la de ponerse metas y objetivos para la vuelta de vacaciones. Embriagado uno como está por ese aire festivo y esa paz interior que ofrecen el descanso y el cambio de rutina, se siente fuerte para imponerse objetivos que en pleno mes de noviembre le provocarían 3 lipotimias y 4 cuadros severos de ansiedad sólo en su fase de planteamiento. Aún así, lo hacemos, algo conscientes de nuestra inconsciencia pasajera nos lanzamos a aventurarnos en empresas futuras tales como dejar de fumar, hacer ejercicio, retomar contactos, dedicar más tiempo a hobbies olvidados, buscar huecos para leer, cuidar más de los amigos, culturizar un poco la rutina diaria, asistir a eventos, conciertos, obras de teatro, escribir un libro, remodelar el cuarto y por qué no, darle un nuevo aire al salón, retomar aquel proyecto personal, y el otro laboral con ese amigo tan emprendedor, formarse un poco más en la profesión, ah y hay que refrescar los idiomas que las series en VOS ayudan pero no hacen milagros. Todo esto con una más que probable jornada partida más horas extras. Que forma de crearse frustraciones futuras.

La tercera es la más demoledora. He de viajar más, estar en ruta me reporta una felicidad inigualable, aún cuando he perdido el tren, cargo con una mochila de mi estatura y dos veces mi peso, me quedan 70 céntimos en la cartera, mi padre no atiende a las llamadas y una señora no para de comentar mis pintas con su amiga zampastelera, aún en esas, siento una felicidad demoledora, el tiempo deja de ser timón de mis acciones, el destino puede ser reescribible sólo con cambiar de arcén, el futuro deja de pesar como una losa y el presente se muestra en todo su esplendor.

La cuarta y definitiva es que, una vez que han pasado 3 horas desde que he vuelto a la oficina, más moreno, más gordo y más pobre, un pensamiento cruje todas las conclusiones anteriores… vaya mierda de invierno que me espera.

(Aún así voy a intentar cumplir con una de aquellas ensoñaciones de verano que trataba de retomar lo que cada vez se parece más a un cadáver).

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Jul-15-2010

ALID

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La calle no existía, se había esfumado por decreto comercial, como había sucedido con cientos de calles en cientos de lugares distintos a lo largo de la historia. Alid no reparaba en aquella tragedia, correteaba divertido hasta lo más alto de la montaña de escombros que se levantaba al principio de la calle. Aquella montaña tenia vida propia y Alid lo sabía. Si se mantenía muy quieto en la cima podía escuchar como rugía enfadada a veces, silbaba por entre las hendiduras de cada una de sus piedras o se acomodaba sobre la superficie de la calle, moviéndose levemente y haciendo rodar algún que otro escombro montaña abajo.

Cuando esto sucedía, Alid acariciaba a la montaña con  sus pequeñas manos, como aquel que intenta consolar a una mascota.

Desde aquella posición, Alid se ponía manos a la obra y empezaba a reconstruir la calle. Al principio centraba todos sus esfuerzos en volver a levantar las estructuras básicas, soplaba con fuerza para mover la gravilla y que esta ocupara los socavones de la carretera, para acto seguido concentrarse en las aceras, el alumbrado, las tuberías, las fuentes, los bancos, las medianas, las señales de tráfico, las papeleras, las cabinas telefónicas, los contenedores de basura, las jardineras y el alcantarillado.

Después ordenaba al  ejercito de árboles que se levantaran y se pusieran en pie  formando a ambos lados de la calle. Algunos estaban impresentables por lo que Alid tenía que recriminarles con dureza para que alzaran sus ramas y colocaran cada hoja en su sitio. Sólo entonces los pájaros volvían a anidar entre sus ramas, agitando sus alas y creando una corriente de aire que se llevaba la triste nube de polvo que aún estaba en suspensión.

Entonces Alid cerraba los ojos con fuerza y levantaba las manos lentamente, cargando con el peso de todas las fachadas derruidas de los edificios. Este era para Alid el trabajo más duro de todos, pero también el más agradecido, ya que las gotas de sudor  que se formaban en su frente caían por entre los escombros, creando un riachuelo que llenaba el caudal del viejo río, consiguiendo a su paso que las plantas volvieran a florecer y los peces aletearan agradecidos con fuerza.

Instaurado el orden de las cosas, las plantas y los animales, Alid ya sólo estaba a un paso de reconstruir su calle. Bajaba de su montaña no sin antes agradecerle la ayuda prestada y después comenzaba a zigzaguear por la calle. Con sus manos iba tocando cada uno de los comercios y portales para que estos encendieran sus luces, conectaran sus electrodomésticos, activaran el resto de maquinaria y abrieran sus puertas de par en par. Los edificios ya estaban en pie, por lo que pronto sus habitantes volverían a renacer en sus camas y a vestirse para salir a trabajar, a comprar o simplemente a pasear por su calle recién reconstruida.

Alid terminaba exhausto cuando llegaba al final de la calle, se sentaba en un banco y miraba hacia atrás para cerciorarse de que todo estaba en su sitio, otras veces había olvidado reconstruir las aceras y los vecinos, al salir de los portales y las puertas, desaparecían entre las grietas.

Alid había hecho un buen trabajo y justo cuando comenzaba a gozar de su triunfo, el suelo comenzaba a temblar y Alid agarraba el manto de carretera con fuerza entre sus manos intentando impotente que esta dejara de moverse y volviera a destruir todo lo que había creado.

Entonces Alid despertaba sobresaltado, asido a la manta que le habían dado en el refugio, con ríos de sudor empapándole la cara, el cuerpo dolorido de dormir sobre los escombros y las manos de su padre acariciándole el pelo, como quien acaricia a un hijo aterrorizado después de un mal despertar para consolarlo.

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Jun-6-2010

LOS ARQUITECTOS

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Me defino como un ser sedentario con inquietudes, persona extrovertida que guarda con recelo todas sus emociones, trabajador intachable que busca el mínimo resquicio para no cumplir como debe y acogerse a la ley del mínimo esfuerzo, amigo fiel de una intermitencia extrema, persona práctica y lógica que analiza todo con mesura para luego tomar decisiones por impulsos electrotontomagnéticos de su cerebro, individuo altamente sensible en su profundidad pero de inquietante frialdad en la superficie, egoísta empedernido capaz de dar cualquier cosa sin importarle su valor.

En fin, podría seguir con este juego de blancos y negros algunos párrafos más, completamente seguro de no equivocarme en una sola de mis afirmaciones y de ser reconocido por mis allegados y algún que otro periférico en alguna de ellas.

La realidad de mi ser se define por las diferencias de criterio de todos mis arquitectos. Cada uno de ellos entró en mi vida con un plano y unas ideas; innovadores, recargados, minimalistas, recicladores compulsivos, gustosos de la paleta cromática, conservadores, rococós, naturistas, urbanos, adaptativos al entorno, inconformistas.

Cada uno de ellos no obstante, ha dejado una huella de su creación en la estructura de mi edificación, construyendo un ser dispar, con un orden ilógico y contrario que cumple con el requisito de hacerme reconocible para los demás, pero sólo a duras penas.

Hace poco menos de un año que me mudé a Madrid, desde el primer minuto que respiré esta ciudad me di cuenta del legado que soportaba sobre los pilares de mis pies. El hecho de alejarme de gran parte de mis arquitectos ha creado una nueva dinámica emocional en mí, y ahora reconozco más que nunca cuando una de sus características sale a relucir en mi persona. De hecho, no sabría definir si la sensación es placentera o angustiosa, creo que lo más cercano a definirla sería el decir que es de una angustiosa belleza.

La cosa funciona así, por lo general soy un yo completo y los que me rodean sólo perciben el global de la estructura, una fachada sólida con sus adornos, sus biseles, sus ventanales y sus muros de contención, pero en algunos momentos una parte de mí sobresale sobre las demás y entonces reconozco a alguno de mis arquitectos tomando el mando.

Produce cierta ansiedad ver como sólo uno de ellos se hace cargo de la situación, demostrando furia, alegría, desparpajo, decisión, miedo, temple, duda, fuerza, rapidez, valor o debilidad.

Pero por otro lado me devuelve a la persona, al creador, al que un día tiró de plano y cincel para darme algo que yo recogí inconscientemente e hice parte de mí. Gracias a ello a veces me veo trabajando con cautela en la oficina codo a codo con los consejos de mi padre, disfrutando de nuevas experiencias que me ofrece la ciudad con mi mejor amiga,  paseando abrazado a mi madre y disfrutando de la belleza del momento, compartiendo el gusto geek en la cuarta planta del FNAC con mi hermano mayor,  “degenerando” cualquier idea o situación con mi mejor amigo, defendiendo visceralmente mis ideas con mi antiguo compañero de piso.

También me acompañan en los malos momentos, pero esos están de más en esta reflexión. Supongo que con todo esto que escribo lo que quiero decir es que no os extraño porque estáis conmigo, pero me muero de ganas por volver a teneros cerca y que  me deis algún que otro retoque para seguir siendo un poco más de lo que soy.

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May-15-2010

VERDAD VERDADERA

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Abr-16-2010

CON LO FÁCIL QUE ERA ANTES

…y lo díficil que me resulta ahora plasmarlo. Sigo esperando a que las teclas me den una señal para volver a escribir.

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