
Érase una vez un joven nacido del viento. El viento lo engendró y lo dejó a cargo de una familia mortal, para que lo cuidará y curtiera en el bello y difícil arte de vivir y respirar, de respirarse, de respirar su aire.
El joven tuvo una infancia normal, con sus problemas y sus alegrías, a veces más feliz, otras triste y meditabundo pero, al fin y al cabo, se trataba de una vida muy normal, muy mortal.
Su adolescencia transcurrió en esa misma línea hasta que un día conoció a una chica y sin saber porqué, todo su universo se esfumó, voló, se lo llevó el viento y le dejó desnudo. El joven respiró todo lo fuerte que pudo y se decidió a descubrir que era esa nueva sensación.
Con el tiempo aprendió a vivir con ella, con la sensación y con esa chica que le robó su universo. La felicidad, ese término que no existe pero se aplica con maestría en todo cuento que se precie, embargo al joven que vino del viento y a la chica que le robó su universo.
Fueron años felices, felices……………muy felices. Entonces sucedió. Un buen día el viento, su padre, se presentó ante él como nunca antes lo había hecho y le contó toda la verdad, lo zarandeó con sus palabras y le robó su realidad. Ya nunca más volvería a ser lo que fue, ya nunca más volvería a tener a esa chica que le robó su universo y le dió la felicidad.Estaba otra vez sólo.
Pero por fin comprendió.
Comprendió aquellos extraños sentimientos que por muchas veces le embargaron y bloquearon. Comprendió por que el hecho de estar siempre rodeado de personas a veces le producía esa sensación de vacío, comprendió cual era su pasado, su presente y su futuro, su destino, el destino del hijo del viento.Entendió que lo que más ansiaba era su soledad. ÉL era parte del viento y viento era lo que necesitaba para ser feliz. Y la soledad? la soledad le suministraba ese viento que él necesitaba para respirar.
Y la gente? la gente………………….la gente eran muros, muros que respiran, muros que respiran el aire que él necesitaba para ser feliz. Sucedía que él estaba sólo por algún tiempo, disfrutando del suave susurro del viento, alimentándose de él.
De vez en cuando buscaba ansioso los muros que le rodeaban, los necesitaba para dejar de escuchar durante un tiempo ese susurro constante que era su soledad.
Pero al cabo del tiempo volvía a necesitar de él. Había muros que le quitaban demasiado viento, otros que le dejaban alguna rendija por donde él pudiera respirar, otros que eran pequeños y sin importancia, y por tanto no le afectaban y otros, que por altos e importantes le quitaban demasiado viento cada vez que se resguardaba en ellos.
Pero los muros no comprendían esta realidad, algunos, los más altos e importantes para él, querían resguardarlo durante más tiempo, desde más cerca, protegerlo con su estructura. Y el hijo del viento incomprendido, a veces huía de ellos, a veces les intentaba explicar el porqué de su repentina marcha, a veces les hacía daño para que ellos dejarán de querer resguardarlo del viento. Entonces él volvía a volar, volvía a la soledad, al susurro de las corrientes que lo zarandeaban más allá de la realidad y lo devolvían a su esencia más pura.
Este cuento no tiene final, ni moraleja ni felicidad. El hijo del viento es ya un adulto y, en este momento de su vida, necesita más que nunca respirar, reencontrarse consigo mismo para algún día poder volver a sentir la necesidad de resguardarse en un alto e imponente muro que le proteja y comparta con él su viento y su verdad.
( Dedicado a todos aquellos muros que me acompañan en este cuento que es mi realidad. Se que a veces no comprendéis por que de repente me alejo de vosotros y me echo a volar.Os agradezco en lo más profundo de mi corazón que aún sin comprenderme, dejéis siempre un hueco entre vuestras paredes para que yo vuelva y me resguarde de ese susurro que es mi soledad)
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