
Agapito piensa que a su edad ya debería empezar a cuidar un poco más su apariencia. Agapito tiene trescientos mil pelos marrones, 169 centímetros de estatura, 18 años y 33 kilos sobrantes que rodean a su cintura creando un flotador de tamaño considerable, unos muslos que engullen el tiro de todos sus pantalones y una cara en la que es imposible diferenciar la barbilla de las mejillas.
Agapito es una persona perseverante y obstinada y, cuando decide algo, no hay quien le pare. Hace tiempo decidió que podía comerse todo lo que había en la nevera y durante siete horas cocinó y engulló sin descanso toda la comida que había en ella. Luego, su padre, un ser igualmente perseverante y obstinado, le dio una tras otra, cuatrocientas veinticinco hostias repartidas en sus dos mejillas. Su padre había decidido que no iba a dejar de hostiar a su hijo hasta que se le rompiera la correa de su reloj. Era un buen reloj.
Agapito hoy se ha levantado decidido a llevar hasta el final su nuevo propósito, adelgazar 33 kilos en un tiempo record. Para ello previamente se ha informado de manera concienzuda sobre todas las dietas posibles. Para ello ha devorado, en primer lugar, todas las revistas especializadas en el género. De esas que en portada sacan a un hombre con una tableta de chocolate incorporada en el estómago y a una mujer que a golpe de photoshop no tiene ni un indicio de grasa en su cuerpo. “La dieta de la alcachofa como nunca antes te la habían contado”, “conviértete en un hombre atractivo sin esfuerzo en dos semanas”, “la silueta que siempre has soñado sin el esfuerzo que siempre has temido”.
Después, cansado de tanta falsa promesa y tanta foto desmoralizadora, ha comenzado con las “cuerpo y Mente”, “Vida Sana”, “Salud y Vida”, etc, etc.
Sin haber sacado muchas conclusiones, Agapito ha entrado en Internet y ha navegado durante horas por la extensa red buscando toda la información posible. Tras una semana de intensa búsqueda, Agapito maneja ahora un vocabulario más técnico, y las calorías, los hidratos de carbono, las grasas saturadas, los triglicéridos, la fibra natural y los lípidos son ya conceptos de uso frecuente para él.
Finalmente, Agapito ha estirado las manos hacía el cielo y las ha bajado con furia, estallando en mil pedazos el cerdito que guardaba el dinero para su viaje a Chocolatolandia, un viejo sueño de su época devoraneveras.
Con paso firme se ha dirigido a dietistas, naturistas, herboristas, tarotistas, preparadores físicos, nutricionistas e incluso psicólogos para que entre todos, confeccionen la dieta milagro que le haga perder de vista definitivamente esos 33 kilos que le acompañan a todas partes.
Agapito ha comenzado su dieta. Los efectos secundarios no se hacen esperar y Agapito arrastra tras de sí, en los primeros días, un par de kilos menos de grasa y un par de kilos más de mala leche que le hacen un ser temible. A las dos semanas ya nadie le lleva la contraria a Agapito, sobre todo, después de que su amigo de toda la vida amaneciera con dos dientes rotos tras haber añadido, sin su consentimiento, tres cucharadas de azúcar en su café. “Te dije sacarina Adolfo, sacarina”, repetía Agapito serenamente mientras abofeteaba a su mejor amigo.
Agapito deja de salir con sus amigos, porque estos están comiendo siempre perritos, golosinas y helados. Deja de ir al cine porque la gente siempre está comiendo mierdas a su alrededor, deja de ver la tele para evitar las tentaciones que le bombardean en cada intermedio, deja de comer con sus padres porque estos se atiborran de alimentos prohibidos. Agapito está solo la mayor parte del tiempo en su cuarto, pensando en todo lo que va a hacer cuando se quite los 33 kilos de encima, soñando con la ropa que se va a poner, las chicas del barrio a las que se va a ligar…
Al mes de estar a dieta, Agapito se acerca a la báscula de la farmacia de su vecindario. La noticia ya ha corrido por el barrio y, cuando los vecinos apoltronados en los bancos de la plaza lo ven entrar en la farmacia, un rumor corre veloz por entre las esquinas y los portales difundiendo tan esperado acontecimiento. Cuando Agapito nervioso, inserta la moneda de 20 céntimos en la báscula electrónica, son ya más de treinta y nueve caras las que abarrotan el cristal del escaparate.
Agapito cierra los ojos con todas sus fuerzas antes de meter la moneda y luego, poco a poco, la libera de sus dedos agarrotados. Entonces abre los ojos y ve ante si la cifra que refleja sus logros. Agapito ha conseguido bajar cincuenta en un solo mes.
Cincuenta gramos.
Sale encolerizado de la farmacia después de haber estado golpeando a la báscula y haberse despellejado los nudillos. Con las manos ensangrentadas aparta a la multitud que se arremolina en la puerta intentando entrar para recoger el ticket que Agapito ha dejado atrás.
Sube las escaleras con los ojos repletos de lágrimas, abre la puerta de la azotea de una patada y empieza a correr hacía la cornisa del edificio. Apoya un pie y coge impulso. Agapito termina cayendo a tres metros de su edificio, encima de su amigo Adolfo, aquel al que hace unas semanas le había roto dos dientes y al que ahora le estaba rompiendo el cráneo. Agapito muere en el acto, su amigo Adolfo también.
De pequeño, Agapito era sonámbulo. Los médicos lo achacaban al estrés. Tras un largo tratamiento sus paseos nocturnos desaparecieron. Pero con la dieta volvieron aparecer. Agapito se levanto durante el último mes de su vida todas las noches y se atiborro de todo lo que había en la nevera.
A Agapito lo mató la comida, su obsesión por la comida.
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