MARIO
Aquel día no debió comenzar nunca. Llevaba un día de perros desde el principio. Lo que pudo ser un día más, se convirtió en algo indescriptible.
Para empezar, el despertador había sonado demasiado pronto para Mario. Un bostezo, el último remoloneo y una extraña melodía en su cabeza que acaba de paralizarle la respiración, sin apenas tener tiempo aún de despertar del todo. Era aquella canción que había dejado de escuchar hacia meses, aquella que llegó a odiar para poder olvidar con quien la compartió una vez.
Mario se preparó rápidamente y salió apresurado. Llegaba tarde, aquella maldita canción le había detenido demasiado. Y encima había traído consigo una imparable maraña de recuerdos que no quería pensar, ni pretendía volver a analizar. Cogió de la guantera su disco favorito, le dio al play del reproductor y puso al máximo el sonido de los altavoces. Cuando ya estaba a punto de tararear los primeros acordes jazzísticos del tema, otra vez un escalofrío le recorrió por completo. Mario no podía creérselo. Ese no fue el disco elegido y, evidentemente, no lo había hecho a propósito. Ese disco había sido el último regalo de la misma persona especial que le había despertado el olvido en aquella mañana. Emocionado y felizmente aceptado en su momento, juró que no volvería a escucharlo jamás e incluso, que haría lo posible por perderlo de vista. Pero allí estaba. Sin poder darle una explicación lógica a lo sucedido, sintonizó la radio y trató de sumergirse en las cansinas noticias matutinas, de camino al trabajo.
Horas y horas de trabajo entre las mismas cuatro paredes. Números, pedidos, recibos…eclipsados por recuerdos. Sólo quedaba una sencilla reunión de última hora. Unos clientes habituales. Sólo que a Mario, nada más entrar en la sala, le vuelve a dar esa extraña sensación de ahogo. Era un olor familiar. El olor del perfume del que una vez quedó impregnado y que reconocería a kilómetros. Solo que no bañaba el mismo cuerpo que Mario había deseado…
De camino a casa, Mario no dejó de pensar en las extrañas casualidades que le habían sucedido a lo largo de todo el día. Una serie de señales con una razón en común, que se alejaban cada vez más de su propia ideología. Un desconcierto absoluto sobre la propia realidad.
El teléfono. Una llamada lejana le saca de sus reflexiones. Un viejo amigo que ha llegado le visita a la ciudad, le recuerda la cena de esta noche. Hoy, no manda Mario. Ni conduce ni elige restaurante. Hoy, todos eligen por él.
La sorpresa fue máxima. Todo lo que estaba sucediendo era absurdo. Aquel lugar, representaba el daño más grande que había vivido. Allí entró, por última vez, junto a una ilusión y salió de la mano de la soledad. No podía soportar quedarse en aquel lugar un minuto más después del día que llevaba y, tras las pertinentes excusas, volvió a casa sin evitar seguir dándole vueltas al tema durante el trayecto.
Cuando estaba a punto de caer en las tiernas manos del sueño, ya por puro cansancio mental, suena el teléfono y sin saber por qué, la respiración se entrecorta, se acelera el pulso y le tiemblan las piernas a Mario.
“Hola, ¿Qué tal?”, suena al otro lado. No hacen falta más palabras para que Mario reconozca de quien provienen. Todo comenzaba a cobrar sentido. De alguna manera, el recuerdo le ha llevado hasta su voz.
Jamás le había costado contestar a tal, aparentemente, trivial pregunta.”Bien” o tal vez “Bien ¿y tú?”. Pero esta vez, no sabía por dónde empezar, en realidad, no sabía si empezar. De entrada, su escepticismo se había esfumado considerablemente en cuestión de horas por culpa de un ¿presentimiento? Mario no se creía lo que pasaba por su cabeza a la velocidad de la luz. No quería, no sabía, no podía explicarle. ¿Cómo explicarle el sentimiento, la señal de cercanía, aquellas coincidencias que habían desembocado en algo tan surrealista.
Cuando iba a dejar brotar de sus labios, por fin, la primera palabra, Mario colgó el teléfono para siempre.
( Escrito por Estibi VS , el 27/10/07)
LUCÍA
Lucía nunca había creído en el destino, pero esa mañana se forjaron sus primeras sospechas. Para ella, las cosas no estaban escritas en la vida de las personas, sino que las personas eran escritoras de sus propias vidas.
Después de apurar el café, Lucía salió disparada de casa, no sin antes coger dos o tres “cedes” para escuchar algo de música por el camino. Se sube al coche acelerada, haciendo cuatro cosas a la vez, ordenando los papeles de la reunión, mirándose en el espejo para ver si está bien pintada, colocando uno de los “cedes” en el reproductor y repasando mentalmente la presentación que tiene que salir (y hacerlo bien) en la reunión.
De repente se le congela el alma, un frío inmenso que llega a su corazón y la deja petrificada. Sin saberlo ha seguido pintándose los labios, las mejillas y el principio de la oreja. La primera canción es su canción, la canción de Mario, la de aquella noche que le conoció, la que escucharon la primera vez que se besaron, la que le regaló.
Un mal presagio para empezar un día tan importante. No le da importancia y sigue escuchandola, haciéndose creer a ella misma que nada debe afectarle de lo pasado, del pasado.
Le resulta inevitable recordar, con cada acorde, las caricias, las conversaciones, las discusiones, las noches de sexo bajo las sábanas, sus cartas. Demasiados recuerdos, e inexplicablemente, demasiado buenos. Cuando un sentimiento de melancolía empieza a hacerla presa de pensamientos encontrados le da al stop y pone la radio. Atentado, guerra, hambruna, lluvia para el fin de semana, pasarela de moda y escándalo nocturno de la estrella futbolera de moda. No hay nada como una dosis de amargay vacía realidad para alejarse del dulce pasado.
Llega a la oficina con el cuerpo convulso y el recuerdo revuelto, con la cabeza cegada por destellos de lo vivido y el corazón acelerado. No pone un pie en su despacho cuando el jefe le llama y le dice que la reunión va a ser en un restaurante, con un tono más desenfadado.
Lucía duda de si comerse las transparencias que preparo durante las últimas tres noches o llamar a su madre para que vaya hasta allí y la deje acurrucarse en su regazo.” Nada debe afectarte en un día como hoy”, piensa.
Se recompone como puede y se sube al coche de su jefe camino del restaurante. De repente un palpito le hace presagiar lo peor y comienza a recordar las últimas calles del que fue el camino más duro de su vida.
En efecto, el coche para enfrente de la puerta del restaurante, testigo mudo de aquella tormentosa conversación que termino con un “Mario , esto se acabo, no es por ti, ni por mi, es por los dos”.
Todavía resuenan esas palabras en su cabeza continuamente. Le tiemblan las piernas y no concibe peor escenario para jugarse el puesto, “el destino me está poniendo a prueba, no puedo dejar que nada me afecte”. Lucía sonríe mientras, sorprendida, piensa como puede achacar nada a ese destino en el que tan poco cree.
La reunión termina peor que como comenzó, a Lucía se le atragantan , entre recuerdos, las frases de su exposición y el cliente se entretiene mirando al tenedor.
Cuando Lucía llega a su casa, tira el bolso al suelo y se lanza al sofá, a llorar en el regazo de su cojín. Un llanto mudo por todo lo que ha perdido, todo lo que perdió y todo lo que pudo ser y ella no permitió.
Con las manos temblorosas coge el teléfono y marca su número, el de Mario, sin saber bien que decir, como justificar esa llamada, si le cogerá el teléfono o peor aún, si escuchará una voz femenina al otro lado. Cuando esta a punto de colgar, escucha como del otro lado se le abre una oportunidad. Nadie dice nada.
“Hola, que tal?” suelta sin pensar. Se mantiene en silencio esperando una contestación, cualquier cosa, un “bien”, un “y tú?” o un “cómo coño te atreves?”.
Cuando cree oír lo que empieza a ser una voz, el teléfono se corta y un molesto pitido entrecortado zumba en su oído durante cinco minutos. Mientras cuelga el teléfono, se da cuenta de que ha perdido a Mario, para siempre.
(Escrito por Pejooe, el 27/10/07)
Publicado en
Humo Compartido |