Érase una vez un capitán que lo fue todo, que fue rey y señor del mar, que conquistó las aguas más lejanas, que logró que su nombre retumbara hasta en el más lejano confín.
El capitán, ahora hundido y arruinado, bebía cada noche hasta perder el equilibrio y, en su máximo estado de ebriedad, recordaba a voz en grito todas las peripecias y aventuras que hicieron de él el más digno emperador de los mares.
Era un capitán sin barco, un juguete roto del mar, un despojo que este escupió un buen día en la orilla, después de enfrentarle a la tormenta más rabiosa que cielo y mar juntos pudieron crear. El capitán se levantaba cada día aturdido por la resaca, sin nada que echarse a la boca. Con la cabeza baja y el aliento pestilente, se acercaba a los mercados y tabernas de la ciudad, pidiendo limosna, comida o la convidación a un trago a cambio de sus aventuras y su excentricidad.
En el puerto todos le conocían, “por allí va el capitán sin barco” se decían, y luego reían fuerte y con sorna para que les escuchara el capitán. Éste ya vivía feliz en su tristeza, se había acomodado en la derrota, pretendiendo sólo recibir algunas piezas de metal para cambiar por una buena pinta de cerveza o un mendrugo de pan.
Hacía años que no intentaba volverse a levantar, le habían ofrecido barcos e incluso tripulaciones enteras pretendieron tenerle al mando de sus navíos, pero el capitán no volvió a reaccionar y se mantuvo perdido en el recuerdo de su grandeza, bebiendo y bebiendo y maldiciendo al mar por no darle otra oportunidad.
Un buen día llegó un marinero al puerto, con la sonrisa como emblema, buscando deseoso un gran velero, un reconocido capitán que lo aceptara en su navío y lo llevara a surcar el mar y a encontrar tesoros y aventuras en tierras aún por conquistar.
“¿Un reconocido capitán?“, le contestaron al preguntar, “si, claro, busca al final del muelle y encontrarás al mejor, al capitán sin barco” y riendo entre dientes se perdieron por la calle dejando al marinero pensativo, “un capitán sin barco, ¿qué significará?“.
Resuelto a averiguarlo, el marinero se dirigió al final del muelle y encontró, tirado en el suelo entre redes de pescadores, jarras de cerveza vacías y en un estado deplorable, al derrotado capitán.
Sin perder el ánimo ante tan desmoralizadora visión, el marinero sentó al capitán, lo adecentó un poco, le echó agua en la cara y recogió los enseres desperdigados a su alrededor.
Luego de reanimarlo con un poco de agua y una hogaza de pan, el marinero le pidió que le contara que había sido de su barco y de su tripulación. El capitán comenzó su exposición. El marinero al escucharlo, lejos de dejarse derrotar por la desilusión, le pidió que por favor le contara todo lo que en su pasado sucedió.
Del mar más pequeño al océano mas inmenso, de la batalla más sangrienta a la escaramuza más brillante, de su primera incursión en tierras lejanas y desconocidas, a su consagración como mejor capitán de la flota en su puerto natal. El capitán habló y habló, relató sus más célebres victorias y conquistas y luego, cambiando el semblante en tan sólo una oración, comenzó con el relato de su declive vital.
A todas estas, el marinero había empezado a construir lo que parecía una base de madera, luego un bote, luego una balsa, luego una pequeña embarcación. Pasaron las horas y con ellas, volaron los días. El marinero y el capitán solo paraban de trabajar y hablar, para comer y echar alguna cabezada. Luego, uno escuchaba atento y trabajaba incansable mientras el otro se purgaba por dentro, recitando sus proezas y fracasos, ya sin alcohol en las venas, tras dos semanas sin probar una gota, emocionado por ser por primera vez verdaderamente escuchado.
Seis semanas pasaron hasta que por fin un día, de manera sincronizada, el marinero dejó de trabajar y el capitán de hablar. Uno miro al otro y le dijo:
- Tenemos el mejor barco que unas buenas manos podían construir y al mejor capitán recuperado y listo para zarpar. ¡Vayamos a por el tesoro más grande que jamás se haya buscado!
- No hace falta, ya lo hemos conseguido mediante las palabras de uno y las manos de otro. Ahora sólo nos queda navegar y empezar a disfrutar.
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(Si, lo sé, es un poco largo, pero este relato nace de mi necesidad de dedicar un escrito a alguien que no está pasando por un buen momento, una de mis muletas que últimamente no termina de apoyarse en el suelo con claridad. Te toca apoyarte en mí y usarme de muleta hasta que vuelvas a recuperar fuerzas. Te quiero hermanito)
MORALEJA: Comparte tus problemas con aquellos que quieren escucharte, harán todo lo que esté en sus manos para ayudarte.
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