Archive for Marzo, 2008

Mar-31-2008

EGO BLOGUERO

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Si, hace ilusión, que le vamos a hacer. Y hoy lo necesito un poco, el ego digo, que me lo suban. Uno se pone a darle a la tecla y de repente le cuelgan una medallita en forma de E. Da gusto saber que por ahí valoran lo que escribo, así que, como hoy no tengo el mejor de mis días, voy a hacer bombo y platillo del distintivo que me ha otorgado mi buen amigo el ex-seminarista yeye, al que por cierto, deberíais de ir a visitar por aquí.

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Y, como esto forma parte del típico meme bloguero, en el cuál uno debe participar, ahí voy con cinco de los sitios que, por diversos motivos, merecen la medallita de rigor. Bueno, al tema:

LOS TIPOS DUROS NO ESCRIBEN BLOGS
La primera vez que me adentré en el Korova, me dí cuenta que el whisky era de garrafón, pero la literatura de primera categoría. Postea poco, pero cada relato es una delicia.

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MANGAS VERDES
Anotaciones sobre medios digitales, publicidad, internet y actualidad

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PLANETA IMAGINARIO
Uno de los primeros blogs personales que empecé a seguir religiosamente. Cuando el Txe está inspirado uno se queda sin aliento.

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JAIME BLANCO
Un ejemplo de como hacer post bien documentados. Temas interesantes y variados escritos con mimo.

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LLÁMAME LOLA
Publicidad, Diseño, Cortos y Animaciones, es mi You Tube particular, pero con clase y mucho más estilo.

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Publicado en Descatalogados |
Mar-26-2008

EL OBRERO

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Llevo todo el día trabajando, he salido hace una hora escasa de la oficina y otra vez me he quedado sin ver la luz del día. Media docena de obligaciones, otra media de problemas y un cuarto de errores que me han llevado, de nuevo, a permanecer encerrado más de doce horas.

Me subo al tranvía camino de mi casa, mentalmente exhausto y con la mente centrada en esos cuatro días de vacaciones que, benditos puentes, me sacaran de aquí hacia algún paraíso lejano. Entiéndase por paraíso cualquier lugar a más de 500 Km, sin ordenadores ni teléfonos móviles.

Mientras cojo aire en un futuro incierto y poco probable, el tranvía sigue su curso y no puedo evitar mirar a los nuevos pasajeros que suben, se sientan, buscan sitio, miran, hablan o simplemente escuchan música con la mirada perdida más allá de la ventana.

De entre ellos, uno me llama poderosamente la atención. Sube cabizbajo y con la mirada cansada, pantalones gastados, pintados y rajados por varios sitios, una camisa sucia y polvorienta que tapa a duras penas un torso ancho y fuerte que pierde sus formas rectas cuando llega hacía el estómago, y por último, una curvatura pronunciada y perfecta que indica que este es un buen bebedor, uno de aquellos que se beben sus fracasos, anhelos y miserias en la distinguida barra de cualquier bar de barrio.

Se apoya con sus enormes manos y sus encallecidos dedos para ayudar a su cuerpo a sentarse en el asiento que tengo enfrente y, tras un largo suspiro, me mira y sonríe amargamente. Ha debido de percibir, en mi mirada apenada, todos aquellos pensamientos que en este momento me rondan y delatan.

- ¿Sabes?-me dice- no me jode trabajar en la obra, lo que me jode es saber que lo voy a hacer toda mi vida.

Ante esa afirmación, no puedo sino evitar que se humedezcan más mis ojos, sonreírle con mi mirada más comprensiva y dirigir mi pensamiento hacia todo aquello de mi vida que me agrada.

Publicado en Reflexiones Mentoladas |
Mar-24-2008

LA COINCIDENCIA

Sólo estoy esperando a que llegue esa coincidencia que haga chocar nuestros destinos. Salgo cada día y me expongo a la probabilidad de la fortuna, ansioso e inquieto me deslizo por lugares y observo con descaro mil rostros que no me dicen nada.

Cada lugar me permite imaginar la situación que enfrente a nuestras miradas. Quizás en la cola de un supermercado, ayudandote a recoger el lineal de pasta que se ha caído a tus pies,o en el autobus, poniendo lo que te falta en un descuido de tu cartera, o en un probador de una tienda chocando nuestras cabezas y construyendo, sobre una disculpa, un destino entrelazado.

Camino con mi esperanza guardada en el bolsillo por calles, tiendas, bibliotecas, cafeterías, centros comerciales, museos, cines, tiendas de música, conciertos. No te encuentro, no coincido con la coincidencia que junte nuestras vidas en un sólo camino, pero tampoco me rindo, estás escrita en mi destino.

Publicado en A Pulmón Abierto |
Mar-19-2008

LA REGADERA

Es ley de vida, lo sé. Todo, absolutamente todo está abocado al cambio. Y cuando no es un cambio de naturaleza física lo es de otra, menos palpable pero más demoledora. El problema es que uno a veces necesita que ciertos lugares permanezcan tal cuál los mantiene en su memoria. Y es cuando pasa frente a ellos y los ve desfigurados, mutilados, tuneados, profanados y descuidados, que le da una punzada en el corazón , sabedor que aquel lugar, aquel lugar en el que compartió y formó miles de recuerdos, ya sólo permanecerá intacto en su memoria.

Entré a La Regadera a trabajar hace ya seis años. Una tasca pequeña, en un punto estratégico de la noche lagunera, con un encanto especial, mezcla de platos desenfadados y participativos, la música del gran Gardel sonando toda la noche por la cara A y la B y unos empleados que, con el tiempo, se fueron convirtiéndo en una familia, con todas sus consecuencias.

Entré por manga, como suele suceder en esta ciudad. Mi hermano, que llevaba poco tiempo en el lado sacrificado de la barra, sabedor de mi necesidad de pagar facturas, me coló una noche de fin de semana.

De repente, me hice pequeño en la barra de aquella tasca. El trabajo se regía por un caos ordenado, cada uno mantenía una lógica sucesión de acciones que sacaban el trabajo adelante, cada uno con su modus operandi, con la coincidencia asombrosa que, en momentos que así lo demandaban, podían trabajar unos con otros y sacar el trabajo adelante. Ese día, aterrorizado, permanecí en la barra como haría un gato en un nuevo escenario, agazapado, observando cada situación y cada elemento, evaluando peligros y oportunidades, con el lomo erizado y la mirada alerta ante cualquier movimiento.

Tres meses después era el encargado de la barra, era el pringado que por juventud y ego, eligió y accedió a cargar con todas las responsabilidades por un poco de poder que no era tal, solo lo aparentaba ser. Al final todo quedaba en un nuevo pack de obligaciones. Abrir la caja, negociar con proveedores, torearme al personal de la barra, ser el último en salir, responsabilizarme de todos los errores y problemas, elegir a nuevos empleados, ser el último en cobrar…

La aventura no duró mucho, la de encargado digo, sólo unos meses, lo justo para saber que más no es siempre mejor. Una vez de vuelta como camarero raso todo fue mucho mejor.

Allí conocí a cientos de personas, algunas de ellas mis mejores amigos hoy en día. Entre ellas, sobre todas, mi hermano. Trabajar codo a codo con él fue algo impagable. Había días que no podía ni mirarle, otros en los que hubiera saltado de la barra y le hubiera metido tres ostias, y otros en los que hubiera hecho lo mismo para darle un abrazo.

En esas paredes llenas de cuadros con paisajes típicos isleños, elementos decorativos tan variados como una tabla de examinación ocular o un pájaro de mil colores colgado en lo alto de la barra, taburetes en vez de sillas, madera pintada de colores, biombos y enredaderas de plástico que simulaban intimidad para los reservados, unos baños minúsculos en los que creo, no me faltó hacer nada de la lista lógica de “20 cosas que hacer en el baño de un bar”…. allí, fue dónde dejé muchos de mis mejores recuerdos y mirando ahora hacía atrás, creo que mis mejores años.

No olvidaré jamás el coqueteo con las clientas, aquellas mesas de despedidas de soltera en la que nos jugabamos quien tenía que ser el camarero porque creerme, da miedo enfrentarse a quince mujeres con ganas de reirse de los hombres, sino, que se lo digan a mi hermano cuando un día a última hora, me preguntaron como se llamaba ese chico tan guapo y si era soltero, a lo cuál dije que si mintiéndo y les dí su nombre. Quince mujeres coreando al unísono el nombre de mi hermano y él, escondido en la cocina sin saber por donde huir “que se ponga el tanga, que se ponga el tanga”. Impagable, sobre todo cuando salió con él puesto por encima, derrotado por la inercia festiva de la situación. De esa cara, de la suya en ese momento, tengo una foto mental imposible de eliminar.

No olvidaré aquellas noches en las que todo salía mal y sólo quería salir de ahí, en las que venía un sujeto al fondo de la barra buscando cualquier excusa para crear un problema, aquellas en las que empezabamos a beber nada más entrar y cuando llegaban las horas de trabajo más fuertes todos llevabamos una tajada monumental, aquellos números de telefóno dejados en la parte trasera de la factura, aquellos “estaremos en el Kapitel, os pasáis luego por allí?” y mi hermano y yo, chicos de fidelidad genética, que asentíamos con la cabeza y negábamos con el corazón.

No olvidaré como consolé y fuí consolado por cada uno de mis compañeros, las broncas con la cocina, meses sin hablarme con la cocinera que me dejó con el culo al aire cuando yo la cubrí, no olvidaré como fuí consejero y aconsejado de todos los problemas personales que en un momento dado, soltábamos por la boca pidiendo auxilio o comprensión.

Ayer volví a pasar por ese lugar, el cartel y la puerta siguen siendo los mismos. Dentro, todas las paredes blancas impolutas, una barra de frío metal y dos chicos con un pañuelo negro sirviéndo perritos y hamburguesas a granel. Uno de ellos, mi jefe, con el que compartí noches que terminaban cuando era día y en las que “arreglabamos el mundo”, aquel hombre que tenía un olfato inusual para los negocios y las negociaciones, que tuvo su época dorada con nosotros y que luego cayó en picado, aquel hombre me miró cuando pasé entristecido por la acera de enfrente y al verme, levantó los hombros en señal de resignación, como diciendo, “lo sé, es una putada, pero todo cambia, hay que adaptarse”.

Pasaré algún día a tomarme un perrito y saludarle, cuando se me quite este mal cuerpo por haber visto enterrados a todos mis recuerdos.

 

 

Publicado en Recuerdos, Lugares Adictivos |
Mar-16-2008

LA FLOR MARCHITA

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Jamás pensé que fuera capaz de decirte esto, pero ha llegado el momento, el músculo de mi pensamiento tenso y la certeza de que nada de lo que hubo entre tu y yo es ya deuda, sólo pasado desacertado, melancolía de lo irrealizado, esperanza ahogada en cada una de las lágrimas que soltamos, rabia pura, miedo, furia, recelo, desconfianza, añoranza, pasado, pasado, pasado.

Todo lo que te rodea, lo que rodea a tu recuerdo, forma parte de una inmensa bola de acero que carga con dificultad mi alma.

Dejé de saber el mismo día que dejaste de ser mío, o yo tuya, o nuestros, el uno del otro, siempre juntos pero nunca unidos. Vomito estos pensamientos ahora en tu nueva cara, esa fría piedra de mármol en que se ha convertido, con la esperanza que tras esa fachada inerte y dura como lo fuiste tu conmigo, puedas, quieras o sepas reconocer que en realidad te amé, te quise tanto que cada uno de mis pensamientos fueron tuyos durante un tiempo. De hecho aún ahora, en un descuido de mi cabeza, te presentas de nuevo, algo más borrosa por la neblina de mi recuerdo pero con la misma intensidad. Te siento como antaño, rodeándome con tu enorme lazo y atando a mi voluntad, como un títere sin cabeza, sin poder actuar, presa de tu capricho, expuesta a tu voluntad, esclava de tu antojo y tu maldad.

Ahora por fin, mis lágrimas son dulces por saberte lejos de mí. Para siempre. Nunca me arrepentiré de lo que hice aquella noche, todas las injurias que vertiste sobre mi, toda tu arrogancia volcada en el objetivo de hacerme sufrir, tu desprecio continuo, la humillación constante a la que me sometías con tu mirada, el abuso de tu indiferencia, la herida que no dejabas cicatrizar con cada uno de tus insultos, tu desprecio, zarandeo de mi conciencia, todo ello, lo concentré en mis cinco dedos para reunir el valor suficiente, empuñar el cuchillo y atravesar la maldad de tu tejido, la crueldad de tus músculos y el flujo de tu roja sinrazón y clavarte, en forma de afilada y justiciera daga, la punta de mi cuchillo en tu envenenado corazón.

María se seca las lágrimas, coloca las flores sobre la tumba con cuidado de no tropezar y sale a paso lento del cementerio con la convicción de que ya nunca tendrá que volver a mirar atrás.

Publicado en Vidas Ajenas |
Mar-12-2008

SIN COMENTARIOS

Eres grande amigo, estaba en el trabajo con cuatro frentes abiertos y una bola de tensión en el cuello cuando me enviaste este regalo. Me puse los cascos y le di al play. Durante cuatro minutos deje de estar en esta silla, en esta oficina y en esta realidad. Me has dado cuatro minutos grandes, enormes, un resumen de todo lo que somos y compartimos, los pelos de punta y los ojos cuajados, he reído, llorado y comprendido. Eres un crack.

Ya no me sorprendes tanto por lo que escribes o cantas a los cuatro vientos, hace tiempo que supe diferenciar y disfrutar de lo mejor de ti, lo que se esconde tras esas caretas que tan bien nos sientan a los dos.

Eres más que un amigo y esto, esto es más que un regalo.

Publicado en Paisajes Sonoros |
Mar-10-2008

DÍGALE QUE TODO IRÁ BIEN

Jota termina de empaquetar toda la mercancía mientras ella le clava una mirada llena de furia, miedo e incomprensión. Desde que forman parte del mismo comando nunca antes habían discutido sobre nada serio, nunca antes se había puesto en duda el valor de sus acciones, de sus actos, del fin último que todo lo justifica.

En ese tiempo los dos se habían limitado a seguir instrucciones de su contacto con la organización, a dormir en pensiones de carreteras secundarias cambiando de acento y sin llamar la atención, a follar durante horas y ver películas con el volumen bajo en los pisos francos de la organización repartidos por las diferentes ciudades, a repasar una y otra vez el plan, el itinerario y las fechas de su próxima ejecución.

El ambiente político está cada vez más cargado y enrarecido dada la cercanía del proceso electoral. Los candidatos de los diferentes partidos, temerosos de perder su gran oportunidad, se agarran al clavo ardiente de la cruzada contra el terrorismo, sacando brillo a sus logros y mencionando en cada aparición pública los fracasos del contrario.

Las fuerzas de seguridad del estado temen un movimiento estratégico de la organización que altere de alguna manera el rumbo del proceso electoral. Para la organización, es la única posibilidad de formar parte del proceso electoral de este país, de hacerse escuchar por todos, de reivindicar sus derechos tal y como los conciben.

Jota sale de la habitación cargando con la última maleta, deja la llave en la recepción y se despide con un impecable acento francés. Está cansado de disfrazarse, de hablar como un extraño, de estar lejos de su tierra, de no ver a su familia, de sentirse como un soldado con una venda en los ojos y un dedo en el gatillo, de huir, de que todas las miradas parezcan gritarle que es culpable, del miedo continuo a ser descubierto, de no ser él, de no ser Jota, de echar de menos su tierra, aquella por la que lucha y hace años dejó de disfrutar, de las pequeñas cosas que le hacen sentirse vivo.

- Jota, por favor no me jodas, no me vengas ahora con esas mierdas de novato.
- Esto no tiene sentido…
- Aguanta un poco más joder, dentro de cuatro días volverás a casa. Podrás disfrutar de los nuestros y abrazar a tu hijo. Te prometo que después de esta te daremos un tiempo de descanso, te mantendremos en la nevera de la organización, te desconectaremos de todo, absolutamente de todo.
-No sé…
- Jota, no puedes echarte atrás, ya sabes cuales pueden ser las consecuencias de tu deserción.

Cuelga el teléfono derrotado, se pone las gafas de sol y se dirige al coche. Ella le espera en el asiento del copiloto, haciendo un crucigrama del periódico de ayer, hoy ni siquiera lo han comprado. En los días de acción intentan mantenerse desconectados de todo, concentrados sólo en su misión. La organización está ya muy debilitada, no tienen la capacidad operativa ni logística para acercarse a grandes objetivos, pero saben que la sangre, sea de quien sea, siempre tiene el mismo color y tiñe por igual la moral y el ánimo del proceso electoral.
Jota aparca el coche en el parking del complejo residencial, se enciende un cigarro y mira a su compañera.

- Estás raro…
- Estoy cansado.
- Lo sé, después de esto deberíamos tomarnos un tiempo para pensar.
- No me refería a ti, me refería a todo este circo sangriento y sin sentido.

Ella no contesta y algo aturdida y preocupada, se limita a sacar las pistolas y cerciorarse del estado de los cargadores.
El objetivo sale de su casa, Jota no siente el corazón, los latidos se han trasladado a su sien, sale del coche, ella también, se dirigen hacia el objetivo que camina de espaldas a ellos ajeno al peligro, ella saca la pistola y apunta a su cabeza, un coche entra en el parking y toca el claxon alertando de la situación, ella tropieza y cae al suelo, el objetivo se da la vuelta y mira a Jota a los ojos , ella, ya sin pistola tras la caída mira a Jota a los ojos, Jota mira al objetivo, levanta la pistola y el objetivo, sabedor de su destino, levanta la mano en señal de stop:

- Dígale que todo irá bien.
- ¿Qué?
- A mi hija, dígale que todo irá bien.

Jota permanece completamente paralizado durante unos segundos, cinco líneas de pensamiento traspasan su cabeza, la pistola en alto, apuntando a la cabeza, la sien le late con más fuerza, mientras sus convicciones se debilitan con cada latido.

- ¡Hazlo ya! ¡Jota!, ¡Jota joder hazlo y vamonos de aquí ya!
Jota aprieta el gatillo.
- Descuide, todo irá bien.

El cuerpo de Jota cae como una piedra contra el suelo tras el segundo disparo. Su mano se relaja y la pistola cae encima del hilo de sangre que emana de su cabeza. La sangre sólo se adapta a la nueva trayectoria y llega hasta el cuerpo de ella, que está sólo a unos metros, muerta tras un certero disparo en la cabeza.

(Con todos los respetos a todas y cada una de las gotas de sangre derramadas por este sin sentido).

Publicado en Vidas Ajenas |
Mar-6-2008

OFF LINE

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La última vez que supe de ella, una ventanita minimizada parpadeaba oscilante del naranja al azul en la pantalla de mi ordenador, buscando quizás un poco más de atención. Ahora estoy de pie apoyado en esta farola, única causa de que permanezca todavía erguido. Me tiemblan las piernas más rápido de lo que late mi corazón y hace más de diez minutos que mi boca no produce saliva y mis pupilas no se humedecen.

Intento mantener la calma, pero por momentos se me desboca el corazón y pienso que voy a caer redondo al suelo. Me palpo disimuladamente el pecho para notar el ritmo de mi latido y se produce un efecto multiplicador.

Después de más de un año de relación en la que nos hemos escrito todo y no nos hemos dicho nada, ha llegado el momento de dejar monitores, teclados, ratones y réplicas meditadas a un lado. Sin tiempo para pensar, sintiendo el olor del otro, su mirada clavada en el rostro, sus movimientos nerviosos, el tono de su voz, quizás su tacto, su verdadero sentido del humor, agudizando la vista y el olfato, buscando una señal de aprobación.

Puedo reconocerla al fondo de la calle, su imagen estática me ha acompañado todos estos meses en docenas de fotos celosamente guardadas en una carpeta oculta de mi ordenador. Ahora, su pelo negro y ondulado se mueve por debajo de sus hombros y su mirada, viva y nerviosa, impacta contra mis ojos de vez en cuando y otras se esconde tímidamente en las baldosas del suelo que nos separa.

Hemos hecho de confesionario mutuo, contándonos problemas, buscando consuelo en nuestras dolencias vitales, comprensión por nuestros errores, ánimo hacia nuestros sueños y proyectos, buscando ser hombro, lágrima, palmada, abrazo, consuelo, reprimenda, comprensión..

Llega, me mira, sonríe y me regala dos besos. Camino atropellado, incómodo con mi cuerpo, sin saber bien qué y cómo andar, qué y cómo preguntar, qué y cómo responder. Me distancio de todo lo que me rodea y mi atención se centra únicamente en ella. Podrían hablarme, pegarme, robarme, atropellarme. La percepción de mi mundo está limitada a sus ojos negros, su nariz curva, su mueca divertida, su cuerpo en movimiento. Nada más existe, no en mi realidad.

Mientras me habla la descubro, en su tono de voz se confunde mi idea preconcebida con esta nueva y hermosa realidad. Ni es tan alta, ni tan tímida, ni tan desconfiada…o si, quizás lo sea, pero es ella, en carne y hueso, la interacción más real y pura que he tenido con el amor en meses.

Hablamos durante horas de todo, ya relajados, una vez hace acto de presencia la confianza, la cara se relaja y en nuestra actitud, antes defensiva y distante, se dejan sentir las primeras grietas por las que podemos profundizar.

Al terminar la noche, la grieta ya es campo abierto, la timidez ya es descaro, el miedo, expectativa, la distancia se hace milímetros, el contacto accidental se provoca y alarga con intensidad, los ojos ya no se esconden sino que se muestran y hablan más que los labios, y los labios, los labios son mirados con atención, descuidando a las palabras y queriendo lanzarse a descubrir su sabor.

Las palabras ya no son inocentes y precavidas, sino intencionadas y decididas, con el único objetivo de forzar esa acción que hace horas queremos y no sabemos ejecutar. Camino de la estación, circulan atropelladas por mi cabeza todas las formas y posibilidades de poder besarla. El primer beso guarda toda la magia del universo, se le confiere una importancia capital, decisiva, es la causa que dará comienzo a una nueva ordenación de nuestro universo compartido.

De repente, mi mano se decide, y haciendo caso omiso a mi cobardía se acerca a la suya y la coge, la mano de ella recibe con agrado la invitación, se aprieta fuertemente y da un ligero tirón. Ralentizo el paso, me giro y la rodeo con mis brazos, nos miramos a tres centímetros una última vez antes de besarnos y en ese momento nos vemos como nunca antes lo habíamos hecho, certificando con nuestros ojos el comienzo de un nuevo capítulo en nuestra relación, lejos de monitores, teclados y golpes de ratón.

Publicado en Vidas Paralelas |
Mar-3-2008

LITERATURA SALPICADA

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Adán es un escritor frustrado. Tiene una técnica depurada, se documenta concienzudamente para cada proyecto, aborda temas e ideas en principio atractivas, perfila a sus personajes como nadie, pero no llega al público. No llega a nadie. Sus amigos lo leen por compromiso y cuando él les pide una valoración sincera, siempre ocurre lo mismo. “Está muy bien la historia Adán, pero le falta algo, no sé, algo”.

Le falta sentimiento, Adán no llega a nadie. Todas las editoriales le devuelven el manuscrito con una nota indicándole que no ceje en su empeño y que le imprima algo más a sus escritos, a los personajes, a los hechos que suceden entre ellos, “un texto correcto e impecablemente ejecutado, pero falto de atractivo”.

Adán conduce su todo-terreno camino de la casa de campo, va a intentarlo por última vez, su última aventura literaria, apartado de la mundana realidad, sólo olor a tierra y paz rural para darle a su última novela ese nivel de sentimiento al que no consigue llegar. Conduce abstraído en esa obsesión por sentir y comunicar, meditando en cómo hacerlo, cómo conseguirlo, barajando opciones, la mayoría de ellas forzadas, sintiéndose incapaz a ratos y muy capaz en otros.

De repente un animal se cruza en su camino y sin tiempo de esquivarlo, su coche pasa por encima de él. Adán respira entrecortado y con el corazón agitado, jamás en su vida había atropellado a un animal. Tras dudar unos instantes sale en socorro del que luego ve, es un ciervo de grandes dimensiones. Está muerto. Lo lleva hasta el arcén con esfuerzo y todavía algo aturdido y nervioso, arranca el coche y huye del lugar a toda prisa.

Sin poder dejar de pensar en lo sucedido, abre la cancela, aparca el coche, coge las cosas del maletero, entra en casa, desactiva la alarma, coloca la ropa en el armario, enciende la chimenea y se prepara una café. Por último, coloca su ordenador portátil encima de la vieja mesa de roble y todas sus anotaciones tomadas en hojas, post it, servilletas y cualquier elemento sobre el que, en un momento de inspiración, hubiera necesitado escribir algo.

Adán comienza a escribir. Algo es diferente, escribe sin pensar, ignora sus anotaciones y se abstrae completamente de su entorno. Durante lo que parecen horas no para de golpear insistentemente las teclas, sin pensar, sin corregir, sin meditar sobre el uso de una sola de las palabras que vomita su cerebro de esa forma tan descontrolada e impulsiva.

El molesto ruido de la cafetera silbando lo devuelve a la realidad, está sudando, le duelen los dedos, se siente como recién despierto de un sueño intenso. Va a servirse el café, sale fuera y coge aire mientras intenta analizar lo sucedido. Cuando vuelve cae en la cuenta de algo que le aterra en la misma medida que le excita.

El documento cuenta con cincuenta y dos páginas, cincuenta y dos páginas en unos doce minutos, lo que ha tardado la vieja cafetera en preparar ese delicioso y oscuro café. Adán lee el documento y a medida que lo lee su corazón se acelera y su pensamiento se desordena.

Lo que hay ahí escrito es brillante, intenso, profundo. Es perfecto. No confía en su percepción y se lo envía a tres de sus amigos. Sólo diez hojas, un extracto al azar, a cada uno diez hojas diferentes. Se las envía por correo electrónico, los llama y les urge a leerlo y dar su opinión lo antes posible.

No pasan veinte minutos desde que uno a uno, llaman a Adán, al principio escépticos de que él, su amigo, el que no era capaz de escribir una sola línea con emoción, hubiera sido el creador de esas diez hojas. Luego, asombrados, lo felicitan y preguntan uno tras otro, qué había hecho diferente, cómo lo había conseguido, qué truco o técnica había utilizado.

Adán niega cualquier tipo de anomalía o uso de alguna técnica diferente, “simplemente me llegó la inspiración amigo mío”, se limita a decir a los tres.

Si que había algo diferente. Aquel ciervo, aquel suceso sangriento de alguna manera había afectado y sido parte de esa creación. Adán no sabe el porqué pero no deja de darle vueltas al hecho, a lo que sintió, a lo que sucedió poco después. A esas cincuenta y dos páginas escritas por sus dedos pero desconocidas para él.

Cuando, tras cuatro horas, se vuelve a sentar frente al ordenador, se ve incapaz de escribir una sola línea que esté a la altura de lo escrito. Impotente, con lágrimas en los ojos y abatido, sale de casa y se acerca al pueblo. Necesita pensar, valorar las posibilidades que tiene. Tiene cincuenta y dos páginas extraordinarias, cantidad escasa para una novela, quizás pueda rellenar entre medias y conseguir un resultado lo medianamente bueno como para que una editorial apueste por él.

Desmoralizado, apoyado en la barra del bar del pueblo, bebe una copa tras otra. No está acostumbrado, es un mal bebedor, cuando va por la cuarta se siente aturdido y prefiere parar, sabedor de que aquello no le llevará a nada bueno. Se despide de los lugareños y sale a duras penas por la puerta. Se apoya en cada elemento que le ayude hasta llegar al coche, consigue meter la llave con dificultad y por fin arranca.

Por el camino, conduciendo sobre una carretera comarcal mal iluminada, ve a una persona caminando por el arcén. Como es costumbre en esas zonas rurales, para y lo invita a acercarlo haya a donde fuera. Es un hombre mayor, de unos sesenta años, la piel curtida por el “sol a sol” de su rutina y las manos duras y callosas. Un auténtico y honorable trabajador de la tierra.

Adán conversa con él, ya algo más sereno, y lo acerca hasta donde el hombre le indica. Este se baja y camina con paso lento hacia su casa. De repente se da cuenta, descubre la que puede ser la clave de su nueva y espectacular literatura, arranca el coche y, envalentonado por el alcohol, se dirige hacia el hombre y lo atropella, llegando a pasar hasta tres veces por encima del cuerpo del anciano.

Tan excitado como aterrado por lo que acaba de hacer, recoge el cuerpo ensangrentado y lo coloca en el maletero, arranca el coche y va hacia su casa lo más rápido que puede, entra y se pone frente al ordenador. No deja de teclear durante horas, temporalmente inconsciente se desprende de la realidad y cuando vuelve, confirma por el reloj de cuco empotrado en la pared, que lleva más de dos horas fuera de sí. Ha escrito doscientas cuarenta y dos páginas más y en la última de estas, tres grandes letras que confirman su hazaña, FIN.

Una mezcla de sentimientos le golpean continuamente. La repugnancia de sus actos se mezcla con lo gratificante del escrito. Confuso y exhausto, termina durmiéndose en el sofá. Mañana enterrará el cuerpo.

Dos años más tarde, Adán es un reconocido escritor tanto nacional como internacionalmente. Sus tres novelas han sido publicadas y traducidas en más de cincuenta países y a más de doce lenguas. Respetado por el mundo literario en general, se mueve en las altas esferas de la sociedad y su opinión es fuertemente respetada.

Adán se prepara para comenzar con su cuarta novela. Son muchos los rumores sobre la temática de su próxima obra, algunos piensan que volverá a sorprender al mundo con otra novela completamente diferente a la anterior, con otro nuevo estilo nunca antes visto, una nueva obra de arte literaria.

Cuando llega a su casa de campo, Adán abre la cancela, aparca el coche, coge las cosas del maletero, entra en casa, desactiva la alarma, coloca la ropa en el armario, enciende la chimenea y se prepara una café.

En el maletero del coche, descansa la última víctima que dará forma a la novela. Para él ya se ha convertido en un ritual. Durante dos años, con cada asesinato ha ido desarrollando una serie de costumbres, métodos y justificaciones que le han permitido encontrar algún sentido a su modus operandi.

Así, sus víctimas ya no son elegidas al azar o por la oportunidad. Adán se dio cuenta que cuánto más valor representaran para él, mejores resultados se arrojarían sobre el papel. Empezó con gente conocida de su entorno, a la que admiraba por algún rasgo, rasgo que creía se vería reflejado en los escritos. Y así era.

Después se dio cuenta que un lazo sentimental imprimiría a su obra ese componente desgarrador que tantas veces le habían achacado que no podría conseguir. Un familiar lejano, una ex-pareja.

Con el tiempo se dio cuenta que necesitaba más muertes para culminar una obra, ya no le bastaban con dos o tres cadáveres. En su tercera obra necesitó de seis asesinatos para poder llegar hasta el final. Un sangriento bagaje que le inquietaba.

Se toma el café y empieza a teclear poseído por esa creatividad asesina e implacable, sedienta de víctimas pero brillante. Ciento veintiséis páginas. Perfectas, intensas, sobrecogedoras. Sin duda, lo mejor que ha escrito hasta ahora.

Se levanta y va hacía el coche, recoge el cadáver de su mujer con lágrimas en los ojos, incapaz de encontrar justificación a semejante atrocidad. Ha asesinado al amor de su vida por la ambición de su vida.

Será su última novela, la más dolorosa, la más especial. Adán mira la lista que tiene en la mano con su material de trabajo. Ni notas, ni post it, ni cientos de anotaciones en servilletas, sólo una simple lista con seis nombres. Sus hijos, sus padres y sus dos hermanos. Después se suicidará, justo precio por pasar a la posteridad.

Publicado en Vidas Ajenas |
Mar-1-2008

DIGAMOS QUE

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Digamos que has vuelto a recoger tus cosas para terminar de irte del todo, como me dijiste que ibas hacer aquel día de Enero que se desató la tormenta.

Digamos que la casualidad me devuelve a mí también a nuestra ciudad, aquella que dejó de ser en el momento que nos separamos, como si hubiera sido construida sólo para servir de mágico escenario de todos aquellos momentos.

Digamos que nos volvemos a ver en una calle, en una noche calurosa de Junio en la que caminamos en sentidos opuestos, que nos vamos acercando y nos miramos y que, a dos palmos el uno del otro, nos reconocemos, que nos acercamos sin hablarnos y que, con un movimiento lento y suave, te empujo contra la fachada del edificio agarrándote por la cintura.

Digamos que no es fachada sino puerta y que esta se abre y nos esconde en un portal en el qué solo tu respiración me orienta en la oscuridad, que empiezas a jadear nerviosa y que yo te callo con un beso, que te agarras a la barandilla de la escalera mientras te beso, que me deslizo poco a poco de tus labios a tu pecho, que me paro a saborear cada uno de tus latidos que retumban en la punta de mi lengua.

Digamos que me dejo llevar por la gravedad y bajo hasta tu falda, que con una de mis manos alzo la prenda mientras con la otra siento el tacto de tus muslos, que despacio y con la boca, me deshago de toda tu ropa y te visto con mi lengua mientras te agarras con fuerza a la barandilla para no caer al suelo.

Digamos que al final cedes y te sueltas, sabiendo que una vez que llegues al suelo ya no habrá oportunidad de volverte a levantar, digamos que en realidad es lo que quieres y que mientras me desnudas, me marcas la piel con cada una de tus uñas para hacerme saber que el juego ha comenzado, que esto no es un sueño, que por fin he recuperado aquello que tanto había anhelado.

Digamos que después de docenas de minutos de juegos, lametones, mordiscos y caricias, practicamos el sexo más salvaje que jamás hayamos tenido, que al final del juego ninguno habrá perdido, no habra ganadores ni vencidos, sólo dos cuerpos exhaustos apoyados en el tercer escalón de un portal que nos ha dejado volver a entrar.

Digamos que sucede así, sería un bonita forma de decirnos, hola, te he echado de menos, ¿qué tal has llegado?

(Te extraño, y eso que aún no te he encontrado)

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