
Adán es un escritor frustrado. Tiene una técnica depurada, se documenta concienzudamente para cada proyecto, aborda temas e ideas en principio atractivas, perfila a sus personajes como nadie, pero no llega al público. No llega a nadie. Sus amigos lo leen por compromiso y cuando él les pide una valoración sincera, siempre ocurre lo mismo. “Está muy bien la historia Adán, pero le falta algo, no sé, algo”.
Le falta sentimiento, Adán no llega a nadie. Todas las editoriales le devuelven el manuscrito con una nota indicándole que no ceje en su empeño y que le imprima algo más a sus escritos, a los personajes, a los hechos que suceden entre ellos, “un texto correcto e impecablemente ejecutado, pero falto de atractivo”.
Adán conduce su todo-terreno camino de la casa de campo, va a intentarlo por última vez, su última aventura literaria, apartado de la mundana realidad, sólo olor a tierra y paz rural para darle a su última novela ese nivel de sentimiento al que no consigue llegar. Conduce abstraído en esa obsesión por sentir y comunicar, meditando en cómo hacerlo, cómo conseguirlo, barajando opciones, la mayoría de ellas forzadas, sintiéndose incapaz a ratos y muy capaz en otros.
De repente un animal se cruza en su camino y sin tiempo de esquivarlo, su coche pasa por encima de él. Adán respira entrecortado y con el corazón agitado, jamás en su vida había atropellado a un animal. Tras dudar unos instantes sale en socorro del que luego ve, es un ciervo de grandes dimensiones. Está muerto. Lo lleva hasta el arcén con esfuerzo y todavía algo aturdido y nervioso, arranca el coche y huye del lugar a toda prisa.
Sin poder dejar de pensar en lo sucedido, abre la cancela, aparca el coche, coge las cosas del maletero, entra en casa, desactiva la alarma, coloca la ropa en el armario, enciende la chimenea y se prepara una café. Por último, coloca su ordenador portátil encima de la vieja mesa de roble y todas sus anotaciones tomadas en hojas, post it, servilletas y cualquier elemento sobre el que, en un momento de inspiración, hubiera necesitado escribir algo.
Adán comienza a escribir. Algo es diferente, escribe sin pensar, ignora sus anotaciones y se abstrae completamente de su entorno. Durante lo que parecen horas no para de golpear insistentemente las teclas, sin pensar, sin corregir, sin meditar sobre el uso de una sola de las palabras que vomita su cerebro de esa forma tan descontrolada e impulsiva.
El molesto ruido de la cafetera silbando lo devuelve a la realidad, está sudando, le duelen los dedos, se siente como recién despierto de un sueño intenso. Va a servirse el café, sale fuera y coge aire mientras intenta analizar lo sucedido. Cuando vuelve cae en la cuenta de algo que le aterra en la misma medida que le excita.
El documento cuenta con cincuenta y dos páginas, cincuenta y dos páginas en unos doce minutos, lo que ha tardado la vieja cafetera en preparar ese delicioso y oscuro café. Adán lee el documento y a medida que lo lee su corazón se acelera y su pensamiento se desordena.
Lo que hay ahí escrito es brillante, intenso, profundo. Es perfecto. No confía en su percepción y se lo envía a tres de sus amigos. Sólo diez hojas, un extracto al azar, a cada uno diez hojas diferentes. Se las envía por correo electrónico, los llama y les urge a leerlo y dar su opinión lo antes posible.
No pasan veinte minutos desde que uno a uno, llaman a Adán, al principio escépticos de que él, su amigo, el que no era capaz de escribir una sola línea con emoción, hubiera sido el creador de esas diez hojas. Luego, asombrados, lo felicitan y preguntan uno tras otro, qué había hecho diferente, cómo lo había conseguido, qué truco o técnica había utilizado.
Adán niega cualquier tipo de anomalía o uso de alguna técnica diferente, “simplemente me llegó la inspiración amigo mío”, se limita a decir a los tres.
Si que había algo diferente. Aquel ciervo, aquel suceso sangriento de alguna manera había afectado y sido parte de esa creación. Adán no sabe el porqué pero no deja de darle vueltas al hecho, a lo que sintió, a lo que sucedió poco después. A esas cincuenta y dos páginas escritas por sus dedos pero desconocidas para él.
Cuando, tras cuatro horas, se vuelve a sentar frente al ordenador, se ve incapaz de escribir una sola línea que esté a la altura de lo escrito. Impotente, con lágrimas en los ojos y abatido, sale de casa y se acerca al pueblo. Necesita pensar, valorar las posibilidades que tiene. Tiene cincuenta y dos páginas extraordinarias, cantidad escasa para una novela, quizás pueda rellenar entre medias y conseguir un resultado lo medianamente bueno como para que una editorial apueste por él.
Desmoralizado, apoyado en la barra del bar del pueblo, bebe una copa tras otra. No está acostumbrado, es un mal bebedor, cuando va por la cuarta se siente aturdido y prefiere parar, sabedor de que aquello no le llevará a nada bueno. Se despide de los lugareños y sale a duras penas por la puerta. Se apoya en cada elemento que le ayude hasta llegar al coche, consigue meter la llave con dificultad y por fin arranca.
Por el camino, conduciendo sobre una carretera comarcal mal iluminada, ve a una persona caminando por el arcén. Como es costumbre en esas zonas rurales, para y lo invita a acercarlo haya a donde fuera. Es un hombre mayor, de unos sesenta años, la piel curtida por el “sol a sol” de su rutina y las manos duras y callosas. Un auténtico y honorable trabajador de la tierra.
Adán conversa con él, ya algo más sereno, y lo acerca hasta donde el hombre le indica. Este se baja y camina con paso lento hacia su casa. De repente se da cuenta, descubre la que puede ser la clave de su nueva y espectacular literatura, arranca el coche y, envalentonado por el alcohol, se dirige hacia el hombre y lo atropella, llegando a pasar hasta tres veces por encima del cuerpo del anciano.
Tan excitado como aterrado por lo que acaba de hacer, recoge el cuerpo ensangrentado y lo coloca en el maletero, arranca el coche y va hacia su casa lo más rápido que puede, entra y se pone frente al ordenador. No deja de teclear durante horas, temporalmente inconsciente se desprende de la realidad y cuando vuelve, confirma por el reloj de cuco empotrado en la pared, que lleva más de dos horas fuera de sí. Ha escrito doscientas cuarenta y dos páginas más y en la última de estas, tres grandes letras que confirman su hazaña, FIN.
Una mezcla de sentimientos le golpean continuamente. La repugnancia de sus actos se mezcla con lo gratificante del escrito. Confuso y exhausto, termina durmiéndose en el sofá. Mañana enterrará el cuerpo.
Dos años más tarde, Adán es un reconocido escritor tanto nacional como internacionalmente. Sus tres novelas han sido publicadas y traducidas en más de cincuenta países y a más de doce lenguas. Respetado por el mundo literario en general, se mueve en las altas esferas de la sociedad y su opinión es fuertemente respetada.
Adán se prepara para comenzar con su cuarta novela. Son muchos los rumores sobre la temática de su próxima obra, algunos piensan que volverá a sorprender al mundo con otra novela completamente diferente a la anterior, con otro nuevo estilo nunca antes visto, una nueva obra de arte literaria.
Cuando llega a su casa de campo, Adán abre la cancela, aparca el coche, coge las cosas del maletero, entra en casa, desactiva la alarma, coloca la ropa en el armario, enciende la chimenea y se prepara una café.
En el maletero del coche, descansa la última víctima que dará forma a la novela. Para él ya se ha convertido en un ritual. Durante dos años, con cada asesinato ha ido desarrollando una serie de costumbres, métodos y justificaciones que le han permitido encontrar algún sentido a su modus operandi.
Así, sus víctimas ya no son elegidas al azar o por la oportunidad. Adán se dio cuenta que cuánto más valor representaran para él, mejores resultados se arrojarían sobre el papel. Empezó con gente conocida de su entorno, a la que admiraba por algún rasgo, rasgo que creía se vería reflejado en los escritos. Y así era.
Después se dio cuenta que un lazo sentimental imprimiría a su obra ese componente desgarrador que tantas veces le habían achacado que no podría conseguir. Un familiar lejano, una ex-pareja.
Con el tiempo se dio cuenta que necesitaba más muertes para culminar una obra, ya no le bastaban con dos o tres cadáveres. En su tercera obra necesitó de seis asesinatos para poder llegar hasta el final. Un sangriento bagaje que le inquietaba.
Se toma el café y empieza a teclear poseído por esa creatividad asesina e implacable, sedienta de víctimas pero brillante. Ciento veintiséis páginas. Perfectas, intensas, sobrecogedoras. Sin duda, lo mejor que ha escrito hasta ahora.
Se levanta y va hacía el coche, recoge el cadáver de su mujer con lágrimas en los ojos, incapaz de encontrar justificación a semejante atrocidad. Ha asesinado al amor de su vida por la ambición de su vida.
Será su última novela, la más dolorosa, la más especial. Adán mira la lista que tiene en la mano con su material de trabajo. Ni notas, ni post it, ni cientos de anotaciones en servilletas, sólo una simple lista con seis nombres. Sus hijos, sus padres y sus dos hermanos. Después se suicidará, justo precio por pasar a la posteridad.
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