Archive for Abril, 2008

Abr-30-2008

CAMBIO DE CIUDAD Y DE SERVIDOR

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Pues nada, otra vez a la capital por motivos de trabajo, aunque como siempre, habrá un hueco para divertirse (lo de dormir es algo que no contemplo). Aprovecharé la ausencia para cambiar de servidor, así que muy probablemente durante un par de días esta ventanita no se verá como acostumbra.

Un saludo a todos, nos vemos en el otro lado del puente.

Publicado en Teletransportándome |
Abr-29-2008

ANGUSTIAS VITALES

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Publicado en La vida en tiras |
Abr-28-2008

KILÓMETRO 17

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A 293 Km/h, con un descapotable y drogado hasta las cejas uno tiene la sensación de dejar todos los problemas en aquel punto desde el que salió en tercera dejando tatuada a la carretera con la huella de sus neumáticos.

El final de esta carrera contra mis miedos no está definido del todo. Entro en la autopista y pongo el motor a pleno rendimiento, a las cuatro de la mañana uno puede permitirse probar la capacidad de agarre de su Porsche con el asfalto. Dentro de tres horas abrirán los mercados, despertarán mis clientes y se darán cuenta de que mi capacidad para generar dinero ha sufrido una invariable transformación hacia el lado opuesto. Miles de millones de euros pesan sobre mi pie y el acelerador ya no da más de si.

He dilapidado mi futuro con cinco erróneos click de ratón, todo mi patrimonio, los estudios de mis tres hijos, la hipoteca del chalet, los tres coches, el viaje con mi mujer, los ahorros de mis padres, el futuro de mi empresa, la vida de mi socio, todas las cosas materiales que ocupaban y llenaban mi vida están ahora en la papelera de reciclaje de mi ordenador portátil que, en un impulso de mi brazo, sale volando del coche y se destroza en mil pedazos contra la calzada.

Mientras caigo en la cuenta de que en el kilómetro 17 ahí una curva que sortea un desfiladero, que estoy en el kilómetro 16 con el volante bloqueado por la fuerza inmutable de mi desesperación y que en el kilómetro 14 había decidido ya mi destino, trago saliva y por mi mejilla se escurre la última lágrima que dejaré caer. Ya en el último tramo, cuando puedo distinguir el principio de la curva que nunca cogeré, mi mente se centra en aquel sueño juvenil de dedicar mi vida a la parsimoniosa tarea de cultivar tulipanes en un invernadero casero y escribir relatos en mis horas muertas mientras disfruto de un buen escocés con tres piedras de hielo, la compañía de atardeceres coloristas y noches iluminadas por divagaciones hacia las estrellas.

Un mensaje en mi “Busca” nubla la visión del quitamiedos acercándose por el parabrisas de mi coche.

“Feliz día de los inocentes socio, esta te la debía, te espero en La Coquette con tu buen amigo escocés y tres piedras de hielo”

Publicado en Vidas Paralelas |
Abr-22-2008

LA TERCERA LÍNEA

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La gente “normal” y aquí me permito generalizar, suele mantener, en una conversación, un mínimo de tres líneas de pensamiento (excluyendo al funcionario en horas de trabajo).

La primera línea de pensamiento es aquella con la que desarrolla un discurso, lo que ha de decir, como ha de contestar, la información directa que va a suministrar al interlocutor.

La segunda línea de pensamiento agrupa a todas las ideas verdaderas, aquellas en las que cree pero que tras analizar su riesgo de uso para evitar conflictos, prejuicios o malestar del interlocutor, quedan filtradas y pasan a la primera línea de pensamiento, la que esconde nuestra verdad a la perfección.

Por último está la tercera línea de pensamiento, y en esa, en esa entras tú.

La tercera línea de pensamiento es aquella que me destroza cada vez que hablo contigo, que me cuesta dominar y filtrar y que sólo queda soterrada tras las otras líneas por acto y gracia del miedo.

La tercera línea es aquella que me abruma con ideas circulares sin principio ni final, ideas que marean el corazón y desorientan a la razón, que orbitan constantemente sobre un núcleo tan poderoso como irracional, la idea central de tenerte entre mis brazos, acariciarte, besarte, desnudarte, susurrarte cuanto te deseo y hacerte el amor hasta que mi universo estalle en un orgasmo desproporcionado, un big bang sexual, polvo de estrellas desde el que se formará un nuevo universo, un universo compartido.

Pero esa es la tercera línea, la que nunca descubrirás, seguiré viéndote de lejos y hablando contigo por teléfono, seguiré echando de menos tenerte entre mis brazos y entrar en ti, provocar esa explosión anhelada y orbitar sobre tu cuerpo atraído por la superficie de tu piel.

Hoy sonará el teléfono, otra vez, y yo volveré a darme cuenta, descubriré que todavía no estoy preparado para conquistar el espacio de tu ser.

Firmado: Un astronauta mental claustrofóbico.

Publicado en A Pulmón Abierto |
Abr-16-2008

PLANOS

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Primer plano. La bola negra sobre un tapete verde y reluciente amenazada por un taco que oscila de atrás hacia delante, midiendo la distancia, la fuerza y la trayectoria que hará de este, el golpe ganador de la noche.

Plano medio antagónico al primero. En primera instancia, el número ocho dibujado en la bola negra, tras él, la superficie verde del tapete que cubre la distancia hasta el agujero elegido para embocar y ganar la partida. En último término y algo desenfocado se deja entrever el escenario en el que discurre la partida. Sillas altas, las patas de algunas mesas y las piernas de los que las disfrutan, algunos inmersos en una conversación, buscando el golpe ganador de su partida particular, otros atentos al desarrollo de la partida.

Primerísimo plano lateral. El taco se decide a ejecutar el golpe. A cámara lenta impacta contra la bola negra. De la superficie de esta se desprende en todas direcciones la tiza y en una explosión azulada, la bola desaparece. El eco del impacto reverbera en la escena, ahora vacía y sólo teñida por miles de partículas azules en suspensión que acaban posándose sobre el tapete.

Contrapicado en movimiento. La cámara sigue el movimiento de la bola que se eleva de forma irregular sobre la mesa y, en una parábola perfecta se acerca hasta el visor hasta taparlo en un doloroso fundido a negro.

Plano medio americano. Un negro de dos metros de altura y otros dos de espalda, se acerca con un ojo ensangrentado y una botella en la mano mientras escupe palabras con sangre en un idioma desconocido para el espectador.

Plano general lateral de una calle. De la puerta de un bar salen dos personas corriendo, una, yo, la otra, mi amigo que, ejecutando un preciso contrapicado de abajo hacia arriba, decidió reventarle el taco de billar a nuestro potencial asesino en la nariz. Transcurridos unos segundos, cuatro negros de idénticas proporciones al primero, salen sujetando bolas, palos y botellas y gritando en aquel idioma desconocido lo que, no sabiendo realmente su significado, creemos se refiere a nuestra sentencia de muerte.

Primerísimo plano. Unas manos entran en escena e intentan, en vano y nerviosamente, introducir unas llaves en la cerradura de un coche. De fondo se escucha mi llanto suplicante, incitando a mi amigo a acertar de una vez para no perecer en aquel Seat Toledo desvencijado. De fondo, e increscendo, el sonido emitido por los cuatro armarios negros empotrados le confiere a la escena una especial tensión. Finalmente, el coche arranca y yo respiro.

Plano medio. El coche se aleja, tras recibir varios impactos de objetos voladores, de la escena del peligro. Mi amigo y yo reímos nerviosamente y ahora si, en un idioma completamente familiar para el espectador pero algo distorsionado por la cantidad de alcohol ingerido por los protagonistas, mandamos al unísono a tomar por culo a nuestros peligrosos amigos.

Primer plano. Me enciendo un cigarro y en mi cara, se refleja y dibuja un pensamiento circular. Tengo que dejar esta vida. O eso, o dejar de jugar al billar.

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Abr-14-2008

LA VENTANA

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- ¿Seguro que quieres abrirla?
- Si.
- Ya te he dicho los riesgos que corres, recuerda que sólo tienes un minuto.
- Si, lo sé, estoy preparado.
- Pues entonces, cuando quieras.

Hache se acerca a la ventana y agarra la manilla con fuerza, dispuesto a abrir una ventana que le cambiara la vida. Cuando abre lo ve todo, se ve.

Es él, es su vida 20 años después, en una casa que desconoce y a su lado una mujer, de rasgos nórdicos, delgada, tan alta como él. Quince segundos, su cuerpo palpita, cada latido de su corazón retumba sobre todo su ser, le falta saliva, le lloran los ojos y hace esfuerzos por intentar retener toda la información que ve. Se agarra con fuerza a la ventana para no caer.

Veinticinco segundos. En la habitación entra otro ser, un niño de unos seis años y se abraza a él. Es su hijo probablemente, “seguro” piensa, “es mi hijo” y vuelve a estar a punto de desfallecer. Entonces lo ve, su yo más viejo que él se pone de perfil y vislumbra una prótesis que se pierde bajo la manga de la camisa. Quizás perdió el brazo entero, “un accidente quizás”, piensa, “ahora a lo mejor lo puedo evitar”.

Cuarenta segundos, su mujer, aquella desconocida de rasgos nórdicos que estaba junto a él, se despide con un cálido beso y un sonoro “te quiero” y, tras coger un maletín y una chaqueta, se esfuma por la puerta con aquel niño, su hijo, agarrado a su mano.

Cincuenta segundos, su yo se dirige al teléfono tras cerciorarse por última vez de estar solo, descuelga, marca y espera.

- Ya está cariño, lo he decidido, de esta noche no pasa. Créeme, lo voy a…

La ventana se cierra, Hache respira, tiene la sensación de haber aguantado la respiración durante ese interminable minuto, se sienta en el suelo y empieza a llorar. Resopla, se seca los ojos y comienza a reír, no puede parar.

- No te preocupes es normal, simplemente trata de asimilar.

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Cinco años después Hache parece llevar una vida normal. Antes de abrir aquella ventana trabajaba en el mundo de la construcción, tras ver que iba a perder el brazo, decidió no correr riesgos y relacionó su actividad laboral con aquella perdida fatal. Cambio de trabajo y de ciudad, ahora era un comercial, otro más, vendía mobiliario de oficina para una gran empresa, cambió su vida tranquila y rural por el estrés y el bullicio de una gran ciudad.

Hache era consciente de lo que estaba haciendo. Al esquivar a su destino estaba perdiendo la posibilidad de encontrarse con su mujer, con aquella bella nórdica a la que parecía querer, alejándose de su hijo todavía sin nacer, de aquella vida vivida en tercera persona hace ya cinco años y durante tan sólo un minuto.

Obsesionado estaba también por aquella última llamada que nunca termino de ver, aquellas palabras, aquel secretismo, una amante tal vez, otra mujer, o un hombre, no descartaba nada, llevaba cinco años pensando en todas las posibilidades.

Tras casi diez años de abrir aquella ventana, comenzaba a perder la fe, su huída hacia la ciudad lo había alejado de aquella futura realidad. Había dedicado diez años de su vida a no perder su brazo y a buscar a su mujer. “Una cosa me ha alejado de la otra”, pensaba mientras conducía por la autopista de retorno a la capital después de una convención en el sur del país.

Perdido en aquellos obsesivos pensamientos en los que había vivido cada minuto de su vida en los diez últimos años, no se percató del desvío de la carretera, continuo recto y cuando se quiso dar cuenta su coche estaba ya en el aire, destinado a posarse en el fondo de aquel barranco.

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Abr-9-2008

ENTRE TEJADOS

Ilustracion de Jonathan Farr

 

Cada noche me elevo sobre los tejados de la ciudad, agudizando el oído para poder escuchar tu maullido, con la esperanza de ver tu hábil sombra sorteando cornisas y chimeneas, moviéndote sigilosa entre tinieblas, deslizándote por cables y barandillas, saltando rauda y sin esfuerzo entre tejados, entretejiendo la trampa de tu próxima victima, con la convicción de ser la más hábil depredadora de la ciudad, ahuyentando con tus acrobacias a los miedos y vértigos que se interponen en tu trayectoria, caminando, saltando y desplazándote con la elegancia felina de una heroína, como una droga en movimiento que me impulsa a buscarte cada noche y a pensarte cada día. Te escurres entre las sombras mientras yo clavo mis ojos sobre los techos, suelos y paredes, buscando en vano ver dibujada en ellas tu adictiva silueta, soñando que tus ojos miren a los míos y me iluminen en mi soledad, sacándome de mi rutinaria oscuridad, esperando a precipitarme hacia ti desde el vacío cuando te vuelva a encontrar.

Sigo a la espera de que me hagas una señal para saltar.

 

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Abr-8-2008

DIFERENCIAS FRUTALES

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Yo era una vulgar mandarina, él, un distinguido tomate. Vivimos durante un tiempo en la misma cocina, cada uno en un recipiente diferente. Al principio sólo eran miradas perdidas en la encimera, confundidos entre ese gran continente en el que vivíamos que era la cocina. Los que mandaban en ella eran seres obsesivos, rígidos e intransigentes en su orden. La encimera estaba repleta de recipientes, en los que, cada una de las especies, vivía separada de las demás, los tomates con los tomates, las peras con las peras, las mandarinas con las mandarinas.

En ocasiones, debido a la superpoblación de principio de mes, no les quedaba sino la opción de mezclarnos a unos con otros, pero siempre manteniendo cierto orden y jerarquía. Así se podía ver a peras compartiendo espacio con manzanas, a melocotones con albaricoques o, en nuestro caso, a naranjas con mandarinas. Eso sí, en esas situaciones nos colocaban siempre en la peor zona, las mandarinas éramos fruta de segunda fila con respecto a las naranjas. Alguna mandarina intrépida se colocaba por entre las naranjas en señal de protesta. La mayoría de las veces, acababa brutalmente aplastada.

Ni que decir tiene que entre frutas y verduras jamás se daba este contacto, lo que me lleva de nuevo a hablar de aquel atractivo tomate. Su piel roja y reluciente, su orondo porte y su distinguido y fuerte tallo fueron pronto causa de mis más bellas y profundas ensoñaciones. Llegó un día en el que, en plena reordenación de aquella cocina, durante unos minutos pude estar cerca de aquel tomate, más mi asombro y alegría fue mayor cuando este no sólo se fijó en mí, sino que me sonrío, me miró y luego me habló. Ciertamente éramos completamente diferentes pero quizás fue eso y aquella conversación lo que nos atrajo tan intensamente.

Después de eso todo cambió, nos saludábamos y echábamos de menos desde la distancia, sin saber bien que hacer para poder volvernos a ver. Pronto aquel secreto se destapó y empezamos a recibir, cada uno de su lado, las primeras advertencias vertidas directamente de nuestros semejantes y de aquellos que, por tamaño, mandaban en nuestros recipientes.

No obstante ni él ni yo cejamos en nuestro empeño y, haciendo caso omiso de las continuas advertencias, seguimos con nuestro peligroso juego, a sabiendas del riesgo que ello conllevaba, pero con la certeza de que nuestro tiempo se agotaba y no queríamos dejar aquello sin darnos una última oportunidad.

Esta se dio más pronto de lo esperado, en una nueva reordenación. Todas las frutas y verduras mezcladas en una caja durante varias horas mientras los mandamás limpiaban todo rastro de desorden y suciedad y dos minutos en los que, con las miradas de los demás clavadas, decidimos que aquella noche, protegidos por la oscuridad, nos acercaríamos a los límites de aquella encimera y, por entre las rejas, haríamos de nuestro sueño una realidad.

Llegada la noche y con las semillas en un puño, me dirigí rodando como pude hasta aquella valla enrejada y ahí estaba él, esperándome con ansía y no menos miedo, inquieto y nervioso y girando de vez en cuando sobre si mismo para saberse no perseguido.

Tras asegurarnos de nuestra soledad, nos acercamos, nos saludamos y nos besamos, apretándonos contra la reja para sentir nuestras pieles. En ese momento todas las alarmas se activaron, se encendieron las luces y fuimos brutalmente separados. Mi tomate, mi amor, recibió un golpe letal en un costado y pude ver como fue lanzado sin compasión a la basura, para morir lentamente como un vulgar desperdicio.

Yo en cambio, fui llevada de nuevo al recipiente, pero bien por descuido o como justo castigo, fui colocada entre las naranjas. Nadie entendió aquel amor, a nadie le importó lo que sentimos y quisimos compartir, las reglas que no entendían que lo diferente, más que hostil era enriquecedor, acabaron con la lenta agonía de mi amado tomate moribundo entre los desperdicios del cubo de basura y conmigo lentamente aplastada por la crueldad de aquellos que con obstinación y como castigo ejemplar, exprimieron todo mi jugo hasta hacerme reventar.

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Abr-6-2008

LA MUDANZA

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Ya de pequeño no tardé ni nueves meses de vida en hacer mi primera mudanza, vivía en un piso pequeño, poco luminoso e incómodo, tan pequeño que tenía que acomodarme todo el día en posición fetal.

De ahí me fui a uno más reconfortante y luminoso, eso si, los barrotes no acaban de convencerme y los vecinos asomaban de manera automática y cada cinco segundos sus enormes cabezas con sus ridículas muecas. Todavía no entiendo como no me volví un esquizofrénico paranoide.

Cuando me quise dar cuenta y tomé algo más de conciencia del asunto, me vi compartiendo piso con dos personas mayores que no paraban de decirme lo que tenía que hacer, y habitación con otras dos que no paraban de tocarme los huevos todo el tiempo. Aunque con el tiempo les cogí cariño, a todos.

En ese tiempo creo recordar que me mudé unas siete veces. A los dieciocho años decidí que ya estaba bien de tanto compartir siempre piso con los mismos y, en plena época convulsa y de búsqueda de experiencias, me fui a mi primer piso en una ciudad universitaria.

Los compañeros de piso cambiaron y todo se transformó. Ya nadie me hacía la comida, nadie me preguntaba a donde iba o de donde venía, nadie me vigilaba, nadie parecía darse mucha cuenta de mi existencia por allí. La casa ya no permanecía limpia y ordenada, nadie me daba ya besos de buenos días, la comida no crecía en la despensa y la nevera, las luces que se fundían no volvían a iluminar nunca más, lo que se rompía permanecía roto y lo que se ensuciaba, permanecía sucio. Y yo, estaba encantado.

Fueron años los de estudiante increíbles, de compartir y de conocer, de amar y de odiar, de mudarme de una casa a otra, con gente diferente y diferentes sueños. Algunas cajas nunca se hicieron, otras se perdieron por el camino, otras no volvieron a ser abiertas nunca más.

Terminados los estudios me topé con una gran verdad. Se puede ser multicompartidor de piso. Por las mañanas empecé a ir a otra casa, cuyas reglas eran rectas e inamovibles, en caso de no cumplirlas me echaban de ella. No era muy agradable la verdad. Había una persona que, aunque compartía lo mismo que nosotros a diario, tenía mucho más poder que todos los demás y lo usaba para darnos por el culo a todos. Lo único que no hacía en esa casa era dormir, pero todo era siempre trabajo y obligación. Después de esa primera experiencia caí en la cuenta que, para poder vivir en la otra casa, la de la cama, tenía primero que dejarme los riñones y las neuronas en esta otra, para luego salir, llegar a la mía y abrazar la almohada como tabla de salvación. Y eso sería así el resto de mi vida.

Me he mudado y he vivido con novias, amigos, la soledad, desconocidos, familiares. Hago cuentas y doy con la mágica cifra, dieciocho casas a lo largo de mi vida, dieciocho mudanzas, dieciocho vueltas a conocer, aclimatarse, hacerse un hueco, hacerse respetar, aprender a hacerlo, empaquetar cuartos, cocinas, útiles inútiles, experiencias guardadas en mil objetos.

La vida es una mudanza, una nunca deja de hacer y deshacer cajas como el que hace y deshace ilusiones y proyectos, y lo peor, lo peor es que, después de tanto ajetreo me iré de esta vida haciendo una última mudanza, eso si, esta vez la caja no será de cartón barato, sino de firme y buen roble.

Publicado en Recuerdos |
Abr-3-2008

CONCLUSIÓN

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 Todo es Mentira

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