
- ¿Seguro que quieres abrirla?
- Si.
- Ya te he dicho los riesgos que corres, recuerda que sólo tienes un minuto.
- Si, lo sé, estoy preparado.
- Pues entonces, cuando quieras.
Hache se acerca a la ventana y agarra la manilla con fuerza, dispuesto a abrir una ventana que le cambiara la vida. Cuando abre lo ve todo, se ve.
Es él, es su vida 20 años después, en una casa que desconoce y a su lado una mujer, de rasgos nórdicos, delgada, tan alta como él. Quince segundos, su cuerpo palpita, cada latido de su corazón retumba sobre todo su ser, le falta saliva, le lloran los ojos y hace esfuerzos por intentar retener toda la información que ve. Se agarra con fuerza a la ventana para no caer.
Veinticinco segundos. En la habitación entra otro ser, un niño de unos seis años y se abraza a él. Es su hijo probablemente, “seguro” piensa, “es mi hijo” y vuelve a estar a punto de desfallecer. Entonces lo ve, su yo más viejo que él se pone de perfil y vislumbra una prótesis que se pierde bajo la manga de la camisa. Quizás perdió el brazo entero, “un accidente quizás”, piensa, “ahora a lo mejor lo puedo evitar”.
Cuarenta segundos, su mujer, aquella desconocida de rasgos nórdicos que estaba junto a él, se despide con un cálido beso y un sonoro “te quiero” y, tras coger un maletín y una chaqueta, se esfuma por la puerta con aquel niño, su hijo, agarrado a su mano.
Cincuenta segundos, su yo se dirige al teléfono tras cerciorarse por última vez de estar solo, descuelga, marca y espera.
- Ya está cariño, lo he decidido, de esta noche no pasa. Créeme, lo voy a…
La ventana se cierra, Hache respira, tiene la sensación de haber aguantado la respiración durante ese interminable minuto, se sienta en el suelo y empieza a llorar. Resopla, se seca los ojos y comienza a reír, no puede parar.
- No te preocupes es normal, simplemente trata de asimilar.
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Cinco años después Hache parece llevar una vida normal. Antes de abrir aquella ventana trabajaba en el mundo de la construcción, tras ver que iba a perder el brazo, decidió no correr riesgos y relacionó su actividad laboral con aquella perdida fatal. Cambio de trabajo y de ciudad, ahora era un comercial, otro más, vendía mobiliario de oficina para una gran empresa, cambió su vida tranquila y rural por el estrés y el bullicio de una gran ciudad.
Hache era consciente de lo que estaba haciendo. Al esquivar a su destino estaba perdiendo la posibilidad de encontrarse con su mujer, con aquella bella nórdica a la que parecía querer, alejándose de su hijo todavía sin nacer, de aquella vida vivida en tercera persona hace ya cinco años y durante tan sólo un minuto.
Obsesionado estaba también por aquella última llamada que nunca termino de ver, aquellas palabras, aquel secretismo, una amante tal vez, otra mujer, o un hombre, no descartaba nada, llevaba cinco años pensando en todas las posibilidades.
Tras casi diez años de abrir aquella ventana, comenzaba a perder la fe, su huída hacia la ciudad lo había alejado de aquella futura realidad. Había dedicado diez años de su vida a no perder su brazo y a buscar a su mujer. “Una cosa me ha alejado de la otra”, pensaba mientras conducía por la autopista de retorno a la capital después de una convención en el sur del país.
Perdido en aquellos obsesivos pensamientos en los que había vivido cada minuto de su vida en los diez últimos años, no se percató del desvío de la carretera, continuo recto y cuando se quiso dar cuenta su coche estaba ya en el aire, destinado a posarse en el fondo de aquel barranco.
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