Entré en esa habitación e intenté hacerte lo que mis amigos me dijeron que debía hacer. Por inercia, sin pensar, intentando que la realidad esquivara al juicio para llevarlo a cabo, nervioso y envalentonado, sabiendo que una duda razonable supondría retroceder sobre mis pasos y encontrarme con la muerte a manos de mis colegas, ya que no debían existir testigos, sino culpables por ejecución de esta ruindad que destapaba el tarro de las miserias humanas.No sabía que fuera tan fácil apretar un gatillo. Cuando vacié el cargador la adrenalina seguía apretándolo, pero ya no quedaba ni una bala que disparar ni un cuerpo en pie que la pudiera recibir.
Te cogí en brazos sin ni siquiera liberarte de la mordaza, te levanté sin esfuerzo y, sorteando los cadáveres de mis colegas, me dirigí a la puerta trasera del local. De fondo se escuchaba, por encima del murmullo general, el aplauso hacia la inconfundible voz de Veronique, que con el tono y cadencia de sus cuerdas vocales, conseguía conquistar la estancia con su ejército de estrofas.
Yo mientras, buscaba la manera de salir de allí con vida, entonces recibí dos golpes en la espalda, te bajé al suelo y te quité la mordaza.
“Yo sé como salir de aquí” me dijiste, “sígueme”. Por muy raro que me pareciera conseguí confiar en lo que decías y dejé que fueras tú la encargada de mi supervivencia. La última canción de la noche, la de la despedida de Veronique, la que anunciaba el cierre del local, estaba a punto de terminarse, y con ella, nuestro tiempo. No tardarían mucho en bajar el resto de los chicos, al ver lo sucedido no solo nos matarían, sino que alargarían el proceso lo indecible, mezclando la venganza con el placer del sufrimiento ajeno, un cóctel que no me apetecía probar esa noche.
“Por aquí”, rodaste el mueble bar y tras él, pude ver lo que a buen seguro era la entrada a un pasadizo. En ese momento caí en la cuenta de que aún no me había ganado la confianza del jefe. Y la verdad, sus sospechas hacia mi fidelidad no iban mal encaminadas.
Entramos agachados por el pasadizo y salimos por una rendija oculta tras un matorral en el lado norte del Parque que estaba a dos manzanas del local. Me agarraste de la mano y tiraste de mí para empezar a correr, en pocos minutos habíamos atravesado el parque, no había un alma en el camino y si la hubiera, se mantenía resguardada en las sombras por algún oscuro motivo.
Entramos en un coche desvencijado y quedé asombrado por la facilidad con la que lo puenteaste y arrancaste. Yo no había conseguido articular palabra todavía, demasiadas emociones juntas, demasiadas sorpresas para una noche que comenzó con una partida de billar en un local de vuestro territorio y acabó contigo amordaza en el sótano esperando una muerte segura.
“No tenemos mucho tiempo, nos tienen que estar buscando, tendrán a gente en cada calle que lleve a mi territorio, jugaremos al despiste”, te habías hecho cargo de la situación, tenías la sangre fría y el instinto al rojo vivo, estaba claro que está no era ni mucho menos la primera vez que te jugabas la vida. Para mí si, yo solo era el nuevo chico que se encargaba de los recados menores, a tu lado me convertía en un delincuente de medio pelo, sin experiencia y demasiado impulsivo para saber tomar las decisiones correctas.
Aparcaste el coche en una calle céntrica abarrotada de locales nocturnos y de personas que iban de un lado a otro con sus mejores galas y el billetero dispuesto a pagar una noche más de hueca diversión. “Aquí pasaremos desapercibidos”, después de ofrecerme tu primera sonrisa, me agarraste de la mano y nos mezclamos con el gentío, a pocos metros te desviaste hacía un callejón y tocaste la tercera puerta metálica de una manera un tanto particular, marcando una secuencia de golpes que sin duda, pertenecían a un código de entrada familiar. Antes de que se abriera la puerta te humedeciste los labios y me besaste y yo solo recé por que aquella maldita cerradura nunca cediera. Cuando lo hizo, me apuré en pedirte perdón por haber hecho el amago de liquidarte en aquella habitación. “Gracias por sentirlo así”, fue tu contestación.
La puerta se abrió y entramos en una estancia oscura. Al encenderse las luces pude ver a una docena de los vuestros de pie, alerta, con una mano en el gatillo y otra en la culata. “No te preocupes, ahora estás conmigo, ahora estás a salvo”.
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- Eso fue lo último que me dijiste antes de que me encerrarais aquí, ¿Es qué no lo recuerdas?
- Claro que lo recuerdo estúpido, una recuerda las noches en las que está a punto de morir más de lo que le gustaría.
- ¿Entonces?
- Lo siento, tengo que matarte, es la inercia del juego, si tu mueres, yo vivo, si tu vives, yo muero.
- Pensaba que estabas por encima de eso.
- Yo también, voy a la oficina a coger la pistola y en cuatro minutos volveré con uno de los chicos para liquidarte. Lo siento.
Cerró la puerta y se fue. Esperé, esperé pero la cerradura nunca sonó. Tenía cuatro minutos para salir de allí, estaba exhausto, deshidratado, dolorido pero tenía que hacer un último esfuerzo, aunque solo fuera por la inercia de la supervivencia.
“Gracias por sentirlo así”, le dije al aire, y luego no sin esfuerzo, me levanté y abrí la puerta. Era el momento de huir.
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