OJOS DE CRISTAL

Todos los días, antes de ir al trabajo, Tino daba un rodeo a la manzana para tomarse el desayuno en el Café de Paris, en la misma mesa de siempre, pegada a la cristalera, desde la cuál podía observarla con total claridad. Ella estaba en la tienda, impecablemente vestida, Tino siempre se juraba que cada semana estaba más guapa.
A Tino se le aceleraba el corazón cuando creía que ella lo descubría observándola, bajaba la cabeza hacia el periódico, jugaba nerviosamente con el sobre de azúcar o simplemente se rascaba el hombro con la base de la barbilla, disimulando torpemente para que ella no sospechara nada. A veces sentía aquellos ojos brillantes, aquellos ojos de cristal, contemplando cada uno de sus movimientos mientras él desayunaba, pero al levantar la vista no conseguía distinguir si así había sucedido realmente, no conseguía distinguir lo real de lo irreal, sus sueños de la realidad.
Casi siempre se le enfriaba la tostada, muchas veces ni siquiera la tocaba, los camareros empezaron a hacer comentarios entre ellos, probablemente hacía tiempo que habían descubierto su jugada, pero a Tino no le importaba, él estaba enamorado y no concebía el tener que esconder ese sentimiento, aunque ciertamente lo hacía y eso era algo que le consumía el alma.
Hasta que un buen día Tino salió de casa, dio un rodeo a la manzana, se sentó en su mesa preferida del Café de Paris, pidió su desayuno y miró hacía la tienda. Ella ya no estaba. Tino tuvo un mal presentimiento, la angustia invadió cada parte de su ser y se quedó inmóvil en la mesa. Pasaron horas y Tino no se movió del sitio, nervioso miraba cada minuto hacia la tienda, pero el tiempo pasaba y no había rastro de ella. ¿ Qué le había pasado?, ¿Se habría deshecho de ella su jefe?, ¿La habrían mandado a otra tienda?
Tino apagó el móvil y no fue a trabajar, estuvo todo el día sentado en aquella mesa, con los ojos clavados tras el cristal, los camareros le preguntaban si se encontraba bien y el se inventaba una excusa diferente cada vez, hasta que le comentó a la última camarera “no os preocupéis, estoy bien, simplemente estoy esperando a que el amor de mi vida vuelva a aparecer”.
A las ocho horas la tienda cerró. Tino se levantó de su mesa, le temblaban las piernas. Pagó el desayuno, el almuerzo y la merienda que había consumido, se acercó a la tienda y se plantó frente al escaparate con la mirada fija en un punto imaginario durante varios minutos.
De repente tuvo otro mal presentimiento, soltó la maleta en el suelo y se fue corriendo al callejón que estaba a la derecha de la tienda. En ese mismo momento los operarios de limpieza estaban terminando de vaciar los contenedores en el camión. Y entonces Tino la vio, vio su brazo entre las bolsas caer como plomo en la cubeta del camión. Se hecho a correr hacia el camión y antes de que los operarios pudieran detenerlo, Tino ya estaba dentro de la cubeta. Una enorme plancha metálica estaba en ese momento comenzando a bajar de nuevo para triturar los deshechos, Tino sabía que tenía poco tiempo, rebusco desesperado entre la basura, llorando y gritando de rabia e impotencia hasta que la cogió del brazo y la levantó. Antes de ser aplastado, Tino miró hacia sus fríos ojos de plástico que parecían de cristal y le dijo “te quiero, viví contigo estos meses separado y casi no lo pude soportar, por eso ahora moriré a tu lado, ya nunca nos podrán separar”.
Los operarios consiguieron frenar el dispositivo del camión triturador, pero ya era demasiado tarde. Tino había sido parcialmente aplastado por amor. Cuando llegó la policía, se procedió a sacar el cuerpo y vieron que éste estaba abrazado a un maniquí, resultó imposible separarlos, así que pusieron una manta sobre los dos. Antes de que esta cubriera sus rostros, el inspector de policía se detuvo y le comentó a su ayudante “¿Has visto cómo la victima mira a ese maniquí?, y el ayudante respondió, “lo realmente aterrador jefe, es como mira el maniquí a la victima, juraría que quiso decirle algo con los ojos antes de ser aplastados.”
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