Archive for Septiembre, 2008

Sep-29-2008

OJOS DE CRISTAL

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Todos los días, antes de ir al trabajo, Tino daba un rodeo a la manzana para tomarse el desayuno en el Café de Paris, en la misma mesa de siempre,  pegada a la cristalera, desde la cuál podía observarla con total claridad. Ella estaba en la tienda, impecablemente vestida, Tino siempre se juraba que cada semana estaba más guapa.

A Tino se le aceleraba el corazón cuando creía que ella lo descubría observándola, bajaba la cabeza hacia el periódico, jugaba nerviosamente con el sobre de azúcar o simplemente se rascaba el hombro con la base de la barbilla, disimulando torpemente para que ella no sospechara nada. A veces sentía aquellos ojos brillantes, aquellos ojos de cristal, contemplando cada uno de sus movimientos mientras él desayunaba, pero al levantar la vista no conseguía distinguir si así había sucedido realmente, no conseguía distinguir lo real de lo irreal, sus sueños de la realidad.

Casi siempre se le enfriaba la tostada, muchas veces ni siquiera la tocaba, los camareros empezaron a hacer comentarios entre ellos, probablemente hacía tiempo que habían descubierto su jugada, pero a Tino no le importaba, él estaba enamorado y no concebía el tener que esconder ese sentimiento, aunque ciertamente lo hacía y eso era algo que le consumía el alma.

Hasta que un buen día Tino salió de casa, dio un rodeo a la manzana, se sentó en su mesa preferida del Café de Paris, pidió su desayuno y miró hacía la tienda. Ella ya no estaba. Tino tuvo un mal presentimiento, la angustia invadió cada parte de su ser y se quedó inmóvil en la mesa. Pasaron horas y Tino no se movió del sitio, nervioso miraba cada minuto hacia la tienda, pero el tiempo pasaba y no había rastro de ella. ¿ Qué le había pasado?, ¿Se habría deshecho de ella su jefe?, ¿La habrían mandado a otra tienda?

Tino apagó el móvil y no fue a trabajar, estuvo todo el día sentado en aquella mesa,  con los ojos clavados tras el cristal, los camareros le preguntaban si se encontraba bien y el se inventaba una excusa diferente cada vez, hasta que le comentó a la última camarera “no os preocupéis, estoy bien, simplemente estoy esperando a que el amor de mi vida vuelva a aparecer”.

A las  ocho horas la tienda cerró. Tino se levantó de su mesa, le temblaban las piernas. Pagó el desayuno, el almuerzo y la merienda que había consumido,  se acercó  a la tienda y se plantó frente al escaparate con la mirada fija en un punto imaginario durante varios minutos.

De repente tuvo otro mal presentimiento, soltó la maleta en el suelo y se fue corriendo al callejón que estaba a la derecha de la tienda. En ese mismo momento los operarios de limpieza estaban terminando de vaciar los contenedores en el camión. Y entonces Tino la vio, vio su brazo entre las bolsas caer como plomo en la cubeta del camión. Se hecho a correr hacia el camión y antes de que los operarios pudieran detenerlo, Tino ya estaba dentro de la cubeta. Una enorme plancha metálica estaba en ese momento comenzando a bajar de nuevo para triturar los deshechos, Tino sabía que tenía poco tiempo, rebusco desesperado entre la basura, llorando y gritando de rabia e impotencia hasta que la cogió del brazo y la levantó. Antes de ser aplastado, Tino miró hacia sus fríos ojos de plástico que parecían de cristal y le dijo “te quiero, viví contigo estos meses separado y casi no lo pude soportar, por eso ahora moriré a tu lado, ya nunca nos podrán separar”.

Los operarios consiguieron frenar el dispositivo del camión triturador,  pero ya era demasiado tarde. Tino había sido parcialmente aplastado por amor. Cuando llegó la policía, se procedió a sacar el cuerpo  y vieron que éste estaba abrazado a un maniquí, resultó imposible separarlos, así que pusieron una manta sobre los dos. Antes de que esta cubriera sus rostros, el inspector de policía se detuvo y le comentó  a su ayudante “¿Has visto cómo la victima mira a ese maniquí?, y el ayudante respondió, “lo realmente aterrador jefe, es como mira el maniquí a la victima, juraría que quiso decirle algo con los ojos antes de ser aplastados.”

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Sep-25-2008

ALFRED

Para Alfred era muy fácil decir que la botella estaba medio llena. Desde muy pequeño recibió todo lo que su dedo señalaba con desconsideración. Gracias a su distinguida educación entre vajillas de plata, pronto sus padres hicieron de él un niñato, gilipollas y presumido de postal, de esos con polo de tenis y raya al lado bien engominada. No obstante, el chico consiguió atesorar algo de dignidad antes de que se la robaran del todo y fue así como se convirtió en la oveja negra de la familia, un eslabón débil, una generación  defectuosa en una sólida y reputada familia de ladrones corporativos.

No obstante, me caía bien, quizás eran sus ansias por ser un rebelde, su estúpida habilidad para meterse en problemas o la cantidad de dinero y posibilidades que me ofrecía, o quizás era simplemente porque me hacía gracia que sus padres le hubieran puesto nombre de mayordomo.

Cuando andabamos muy ciegos le decía, “Alfred, hazme el favor de traer el coche, las damas quieren irse” y a él le quemaban las entrañas y le ardía el orgullo y acababa poniendo el deportivo a doscientos por la zona pija residencial y maltratando a la pobre chica que le había tocado esa noche. Alguna vez tuve que poner freno a su ímpetu destructor, no había cosa que más me jodiera que ver como destrozaba a la gente que se dejaba manipular por él. Pobrecillo, nunca supo manejar todo el poder que había heredado.

Yo por mi parte, era un buscavidas de tres al cuarto, en aquella época, mi chupa de cuero y mi Cadillac desvencijado decían todo lo malo de mí que se debía conocer.  Un poderoso reclamo para las chicas sin personalidad y por desgracia, también para la policía de la ciudad.

Aquella noche Alfred había bebido más de la cuenta, cosa que no cogía a ninguno del grupo por sorpresa, sólo que esta vez se había pasado con las anfetas y estaba completamente descontrolado. Por fortuna, yo tenía la habilidad de controlarlo en esas situaciones, aunque no siempre era de mi agrado. Aquella noche no lo fue.

Cuando llegamos a la mansión de verano de aquella niña rica, perdí el rastro de Alfred y me entretuve en la entrepierna de Sthepanie o Sophie, realmente no sabía como se llamaba, pero no parecía que a ella le importara mucho. Estaba más empeñada en conquistar al chico malo de la chupa que en hacerse respetar.

La chica ya había conseguido hacerse con su trofeo en la parte de atrás de mi Cadillac cuando escuchamos el primer grito. Nos quedamos completamente paralizados, ella estaba montada sobre mí, con el sujetador por encima de las tetas y la pintura de labios corrida y yo estaba dentro de ella, empapado en sudor, sin la camisa pero con la chupa de cuero puesta. Parecíamos  vulgares actores porno en una película hortera de bajo presupuesto.

A pesar de lo cómica que me resultaba la situación, empecé a preocuparme cuando escuché el segundo grito, y tras ese, un cúmulo de escalofriantes alaridos que me hacían temer que la peor de las pesadillas estaba haciéndose realidad a unos cuantas decenas de metros de mí.

Me desenganché de Stephanie o Sophie, me abroché los pantalones y me dirigí corriendo a la entrada de la casa. Las luces del interior permanecían apagadas pero no había rastro alguno de los chicos.

Realmente estaba acojonado, pero “Sophanie” ya se había colocado a mi lado y  cómo podía tratarse de una broma de los chicos, me mantuve sereno e impasible ante la situación, lo que también me ayudó a evitar una ataque de ansiedad y vomitar encima de los zapatos de Sophanie.

Ella me dijo “no entres” y yo le contesté, “no pasará nada, confía en mí”, y ella sollozo debilmente y se agarró a mi brazo y yo contuve el aliento, hinche el pecho y abrí la puerta. Si no fuera porque estaba ahí esa niñata, las piernas me habrían llegado a la cabeza y ya estaría cruzando el estado camino a mi casa, pero el orgullo y mi estúpida reputación me hicieron cometer el error de abrir esa puerta. Ahora entendía la actitud de ciertos protagonistas en algunas películas de serie B, no es que no perciban el peligro de sus actos, es que no quieren ser desenmascarados como lo que realmente son, unos auténticos cagados. Ese era mi caso, había conseguido no manchar el calzoncillo, pero el temblor que acompañaba  a cualquier movimiento de mis manos me delataba.

Cogí con la mano que me quedaba libre un atizador de leña que estaba junto a la chimenea y me dirigí a la escalera con la absurda intención de subir a afrontar mi destino. Sophanie seguía agarrada a mi brazo, podía sentir el filo de sus uñas clavado en mis músculos, pero no era momento de quejarse por semejante gilipollez. Me armé de valor y emprendí el camino por el pasillo hasta que escuché unos ruidos tras una puerta. Sophanie también los escuchó, o eso interpreté que quiso comunicarme cuando me cortó el riego sanguíneo del brazo derecho con sus dedos.

Me acerqué a la puerta y escuché varios ruidos apagados. Decidí que había llegado la hora de afrontar aquel destino desagradable, abrí  la puerta y escuché un grito a mi derecha, inmediatamente descargué con toda mi fuerza el atizador de leña, escuché varios alaridos masculinos y gritos de  varias mujeres, una de ellas evidentemente era Sophanie, que ya se había soltado de mi brazo y ahora la emprendía con mi pierna a grito limpio.

La calma llegó cuando alguien consiguió encender la luz. Alfred estaba acurrucado en el suelo, gritando desconsoladamente, con una mano ensangrentada en la cara y la otra tanteando el suelo a ver si encontraba el relleno de la cuenca de su ojo . Sophanie había dejado de gritar y de tirarse del pelo, estaba en el sillón frente a la cama, callada  y quieta, limitándose a mover la cabeza para asimilar aquella imagen dantesca. Su amiga estaba atada a la cama a cuatro patas y con una careta  de conejo puesta en la cabeza, Alfred  estaba vestido con la ropa de cazador del padre de la coneja maniatada, los pantalones en los tobillos y el  lóbulo del ojo a dos metros de él, todavía moviéndose en circulos por la inercia del golpe. Yo de pie, con el atizador en alto y una mancha húmeda en el frontal de mis pantalones.

Recordaba todo esto mientras miraba por la ventanilla del tren, camino de aquella maldita reunión de instituto. Probablemente a nadie se le pasaba por la cabeza que yo fuera a aparecer y justo aquel pensamiento era lo que me hacía recorrer tanta distancia para estar presente. Eso y volver a ver al bueno de Alfred. Quería demostrarle a todos que al final había cambiado, aunque no descartaba volver a hacer alguna fechoría como las de aquella época con el que siempre había considerado como mi único amigo.

(Capítulo II del libro “El viaje de regreso” que jamás voy a escribir. A quién le interese profundizar algo más, puede revisar mi bibliografía nunca escrita en el CASI - Centro Atemporal de Sueños Inacabados-).

Publicado en Vidas Ajenas |
Sep-22-2008

QUIÉN ES QUIÉN

Me dí cuenta el Sábado por la mañana, mientras mareaba la cucharilla del café dándole vueltas sobre la taza y cayendo en la cuenta de que ese “yo”  sincero que estaba ahí, no era el mismo  hipócrita que está diez horas diarias en la oficina manteniendo las formas, ni el mismo cerdo que al llegar a casa,  se manipula en la intimidad como los monos, ni el mismo capullo que sale con sus amigos a beberse las conversaciones en la barra de un bar, ni el mismo niño que al cenar con sus padres, recupera el rol familiar y anula su personalidad, ni el mismo elemento patético que por la noche despliega los que cree que son sus encantos y se comporta como un borracho en celo más, ni el mismo adulador que al quedar con ella, se deja llevar y se vuelve dócil y atento, haciendo que escucha, diciendo lo que no piensa y deseando lo que aún no ha conseguido poseer, ni el mismo cobarde que cuando se siente solo se acojona y cuando está acompañado se envalentona mostrando seguridad ante los demás. Entonces dejé de darle vueltas a la cucharilla y me hundí en el miedo de no saber diferenciar:

“¿Quién cojones soy?, ¿soy una farsa social constante o queda algo en mí qué todavía sea de verdad?”

Terminé el bocadillo, recibí una llamada, pagué al camarero y me fui caminando con la angustia de no haber sido capaz de responderme con sinceridad. Puta resaca traicionera.

Publicado en Reflexiones Mentoladas |
Sep-18-2008

TERRORES NOCTURNOS

Vuelve cada noche, cuando las luces se apagan y los miedos se encienden, cada noche cuando me parapeto bajo las sábanas y escondo mi angustia contra la almohada, cuando de la calle todavía me llegan ruidos que confunden mi percepción de ese aliento que empiezo a escuchar procedente de algún punto de mi habitación.

Cierro los ojos con fuerza y no muevo un solo músculo de mi cuerpo, mi cuerpo palidece y se mimetiza con las sábanas blancas como un astuto camaleón, mi corazón late cada vez más rápido y cada vez más, percibo como se acerca ese aliento nocturno aterrador.

Lo siento a mi lado, siento su calor en mi nuca y me produce un escalofrío que me recorre todo el cuerpo, sé que si me muevo, me atacará, que si lo miro, me matará, que si doy señales de vida, su sed de sangre me arrebatará la vida.

Cuando comienzo a desmoronarme y estoy a punto de gritar y llorar, se enciende la luz de mi cuarto, entra mi madre, me arropa, me acaricia el pelo, me da un beso en la frente y me susurra un tranquilizador te quiero.

Algún día no llegará a tiempo, o lo hará tarde y me encontrará descuartizado en mi cama, o sólo quedará un rastro de sangre que se perderá por la ventana de la habitación.

Me acomodo de nuevo en mi cama, aparto los juguetes hacía una esquina con los pies e intento dormir. Mañana será un día duro en la guardería y tengo que estar descansado, me pondrán a prueba con la plastilina.

Publicado en Vidas Paralelas |
Sep-15-2008

SOLEDAD MATEMÁTICA

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Según la Ley de Benford, en un conjunto de números, el 1 es el que aparece más frecuentemente. Y gracias a esta ley entiendo por qué cuando salgo de marcha con mis amigos, cuando estoy en el trabajo, en las cenas familiares, cuando juego con el equipo, mientras chateo por el messenger, cuando escribo para los demás, cuando pido consejo, cuando tengo miedo y pido ayuda, cuando busco alguien que me escuché al otro lado del teléfono,  en cualquier situación en la que comparta algo con los demás, siempre, siempre, acabo llegando a la misma conclusión:

En el fondo estoy jodida y matemáticamente solo.

Publicado en Reflexiones Mentoladas |
Sep-11-2008

DOSIS DIARIAS

Digno de hacerle una ola, este ilustrador chileno que descubrí ayer en mi chiringuito preferido, se ha propuesto publicar una viñeta diaria en su blog, Dosis Diarias.

Lo más fascinante de todo ello no es que lo consiga, sino el nivel de las viñetas y lo bien definidos que están sus personajes (Dios y el Diablo son los mejores). Eso, unido a la pereza creativa que hoy padezco, hacen que tire de la creatividad de este crack.

 

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Publicado en La vida en tiras |
Sep-9-2008

EL ESPEJO

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Recuerdo aquel día como uno de los más largos y angustiosos de mi vida. Me desperté y antes de que me hubiera puesto en pie, vi una sombra deslizarse dentro del espejo, caminando rápidamente por el reflejo de mi habitación. Como si mi  propio reflejo se hubiera adelantado tres o cuatro segundos a mi acción.

Se me heló la sangre y me quedé de pie, paralizado, junto a la cama, pensando que solo había sido producto de mi estado de ensoñación.

Angustiado, me froté los ojos, me senté y respiré pausadamente, e inconscientemente, evité mirar hacia el espejo otra vez. Una actitud tan infantil como irremediable.

Ese día no salí de casa, no salí de la habitación. Al principio me tumbé y esperé a que la luz natural iluminara la estancia para darme más seguridad. Tras eso, me incorporé de nuevo y miré al espejo, desde todas las posiciones y todos los ángulos posibles. Quedé tan exhausto al terminar que me volví a sentar en la cama, a la espera de algo.

A eso de las cuatro de la tarde lo volví a ver, aquel reflejo pasó tan rápido por el espejo que no pude ni siquiera reconocer quién o qué podía ser. Me cogió desprevenido ya que llevaba unas cinco horas esperando a que sucediera algo y  había acabado perdiéndome en el cálculo del tiempo que llevaba sin ver a mis amigos, a mi novia, a mis padres o a mis hermanos. La nostalgia había superado al miedo y había hecho de mi  razón de ser de ese día, algo secundario.

A los quince minutos volví a verlo, esta vez más nítidamente, sentándose en el reflejo de la silla de mi ordenador y tecleando durante varios minutos. Fumando un cigarro y hablando por teléfono, o haciendo que hablaba, porque yo no escuchaba absolutamente nada. Todo este tiempo permaneció de espaldas, con una gorra puesta y gafas de sol. Intenté en vano reconocerlo, llegué a pensar que podía ser otro yo, un antepasado, un enviado de Dios, un ser de otra dimensión, un espíritu maligno, una alucinación.

Realmente pensé que me estaba volviendo loco y comencé a sospechar de mi razón, así que sigilosamente abrí uno de los cajones y cogí un Valium, recuerdo de épocas más convulsas de mi vida, cuando trabajar, fumar y correr hacia todos lados eran las únicas actividades que formaban mi estresante rutina.

En los últimos tiempos había llevado a cabo una vida más sedentaria, de hecho en ese momento me resultaba difícil calcular cuánto tiempo llevaba sin salir de casa, me había acomodado de tal manera tras el tratamiento, que no necesitaba salir de allí para nada.

Cuando volví la vista al espejo, aquella persona real o imaginaria no estaba, había desaparecido. Me sentí completamente derrotado, superado por la situación. Necesitaba respuestas, de alguna manera debía de contactar con aquel  nuevo elemento extraño que pululaba a sus anchas dentro de mi espejo, usando a placer todos los reflejos de mis cosas, desordenando el reflejo de mi armario, agotando el saldo del reflejo de mi móvil, masturbándose y limpiándose con el reflejo de mis sábanas.

Anocheció y con la oscuridad, comencé a entrar de nuevo en un profundo estado de ensoñación. No había comido ni cenado, ni siquiera recordaba haber bebido un solo vaso de agua, de hecho tenía la sensación de que hacía bastante tiempo que no me alimentaba decentemente. Pensé en hacerme algo de comer ya que quería aguantar para ver si aquel ser que invadía de cuando en cuando mi espejo se volvía a manifestar, pero cuando llegó la noche cerrada, perdí el conocimiento y me abandoné al sueño.

Por la mañana me levanté de golpe y de nuevo sucedió, volví a ver la sombra del espejo cruzando el reflejo de mi habitación. Esta vez no me asusté, ni vacilé, tomé una decisión. Me cuadre frente al espejo a la espera de volverlo a ver, no me movería de ahí hasta establecer un contacto mínimo u obtener alguna respuesta. De repente volvió a entrar y esta vez si, se me heló el corazón. Era yo, es decir, mi reflejo, el reflejo de mi yo, pero no el actual, sino el anterior, el estresado, el fumador, el aparente triunfador, el fracasado en su interior. Estaba en el armario, rebuscando entre los trajes y corbatas, abotonándose la camisa, ajustándose los gemelos, eligiendo una corbata, colocándose los zapatos y de repente, acercándose al espejo y por primera vez, reparando en mí.

Entonces una fuerza externa me poseyó, mi cuerpo dejo de responder a mis órdenes y se convirtió en un organismo autómata que recibía órdenes del exterior. Yo por dentro sufría y gritaba aterrorizado, estaba siendo abducido, manipulado, quizás poseído por mi reflejo.

Hasta que caí en la cuenta. Mi cuerpo imitaba con absoluta perfección aquel reflejo, sus movimientos, sus muecas, las oscilaciones de sus extremidades, hasta el latido de su corazón. Pero de todo aquello, lo que más miedo me dio fue aquel rostro abatido, aquel gesto derrotado que imité cuál mimo con absoluta precisión. Luego nos peinamos, nos miramos, nos despejamos la frente, nos colocamos las gafas y se fue y yo volví a recuperar el control.

Tras eso llegó la evidencia y con ella, me derrumbé. El reflejo era yo, yo era el reflejo de un espejo colocado en una habitación. Ahora entendía aquella sensación de soledad, aquella inapetencia, aquel lejano recuerdo de una vida anterior. Ahora entendía por que no recordaba cuando había probado bocado por última vez, cuando había visto a mis familiares y amigos, la última vez que me acosté con mi novia. Todas esas cosas habían sucedido por última vez en aquella habitación, las visitas de mis padres, las noches con mi novia, las charlas con mis amigos. Todos mis recuerdos no eran sino una vida construida a través de los recuerdos de los demás y  de mi verdadero yo, de todas las confidencias y evocaciones al pasado que había escuchado, de todos los miedos y frustraciones que en esa habitación yo había manifestado, a mi novia, a mis hermanos.

Recordé que las cosas no habían ido del todo bien últimamente, la ruptura con mi novia, las disputas familiares por mis deudas, mi reclusión en mi casa, la pérdida de mi empleo.  Ahora la persona de la que yo era un simple reflejo de habitación, se levantaba todos los días, se ponía sus mejores ropas y salía a la calle, pateando la ciudad en busca de un golpe de suerte que hiciera que aquella situación empezara a cambiar.

Tras varias horas de concienciación, volví a adaptarme a mi rol, entendí que aquello no era tan malo. Vivía en una habitación, estaba vivo o por lo menos, tenía conciencia de ello y aquello debía de aprovecharlo de alguna manera. Mi felicidad dependía de la felicidad de aquel ser humano perdedor. Quería recuperar a mi novia, al reflejo de su novia, quería recuperar a mis hermanos, a mis padres, a mis amigos, quería recuperar la sonrisa, la alegría, las ganas de vivir. Estaba preparado, sabía lo que tenía que hacer.

Al día siguiente me levanté y todo sucedió como en días anteriores, aquella sombra salió disparada tres segundos antes que yo por la puerta de la habitación. Comencé a escuchar más allá del espejo, el ruido de la ducha, el grifo, el cepillo del pelo intentando gobernar aquella cabellera, el cepillo eléctrico, el enjuague bucal.

Yo mientras cerré los ojos y me concentré en la que sería la tarea más difícil a la que me iba a enfrentar. Sabía que podía conseguirlo. Entonces llegó él y mi cuerpo dejó de responder. Mientras nos mirábamos y nos colocábamos las gafas, nos despejábamos la frente y nos colocábamos bien la corbata, yo no dejé de pensar en sonreír, en que todo podía salir bien, en que nada debía asustarnos, en que seríamos capaces de recuperar todo aquello que anhelábamos.

Y sonreí con todas mis fuerzas, mi interior sonreía como nunca antes lo había hecho y entonces nuestro rostro cambió y tras aquella mueca de hastío y derrota empezó a brotar desde la comisura de nuestros labios una sonrisa, primero tímida y luego algo más definida. Algo había cambiado, lo noté, los dos lo notamos. Hoy comenzaba el principio de una nueva vida.

Publicado en Vidas Paralelas |
Sep-5-2008

EN POCAS PALABRAS

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Bueno, con ustedes, de todas las que han sido, las 300 palabras más usadas en este blog, siendo el tamaño, indicador del número de veces que se han usado.

Y por qué trescientas? os preguntaréis (que seguro que no, pero bueno). Pues trescientas palabras son porque trescientas son también las entradas que se han publicado en este blog y en vez de agradecer a todos los que me han leído y ponerme moña (que cuando lo hago rallo la naúsea literaria),  pues he creado esta nube de tags con todas las palabras que he usado en los posts (me ha llevado lo mio si, pero a los que les guste, pasen por aquí que tienen la herramienta mágica).

Y bueno, uno analiza los tamaños de las palabras y se da cuenta de que puede definir sus limitaciones, anhelos, sueños y miedos y  también se da cuenta de posibles juegos de palabras uniendo las de mayor importancia unas con otras (salen frases alucinantes). Pinchando en la miniatura podréis ver la imagen más grande. Gracias y saludos a todos.

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Publicado en Curiosidades |
Sep-2-2008

UNA VIDA SIN CABLES

Postrado en la cama, Carlos mantiene la mente en blanco, algo verdaderamente difícil teniendo en cuenta que le resulta imposible olvidarse del dolor que constantemente sacude su cuerpo.

Respira hondo, clava la aguja y vierte el contenido lentamente. La señal esperada para comenzar a imaginar.

De repente Carlos imagina su dieciocho cumpleaños, imagina a sus amigos, aplaudiendo mientras él sopla las velas, la ansiedad que lo recorre cuando abre la puerta del garaje y ve el coche nuevo que su padre le ha comprado, imagina su primer día de universidad, lo divertido que son sus primeros meses compartiendo piso de estudiantes en una gran ciudad, sus primeras salidas, las borracheras con sus nuevos amigos, las partidas de póker hasta el amanecer, la matrícula en una nueva carrera que realmente le motive, imagina a su primera novia, el olor de su cuerpo, la primera vez que besa sus labios en mitad de un examen, su primer “mesiversario” con ella, su dolor de pies después de ocho horas haciendo de camarero para pagarse las vacaciones, la ruptura con María, la noche que se pierde con sus amigos de camino al camping de Amsterdam hasta arriba de ácido, el día que se licencia y su primer trabajo “de verdad” en una firma de renombre, imagina a su perro caminando fiel a su lado mientras va a comprar la prensa por la mañana, las cenas y comidas familiares en las que se ríe, discute y llora a partes iguales y por iguales motivos, siempre los mismos, imagina el día que le propone matrimonio a la que será su mujer de por vida, la nueva casa, su hijo, la primera vez que este camina, las vacaciones en la playa, su primer ascenso, y el segundo, imagina la muerte de su padre, las lágrimas en el funeral, las discusiones con sus hermanos por ver quién cuida de su madre, imagina como envejece su rostro, las canas que marcan su madurez, imagina el accidente de su hijo y como aquella tragedia les une de por vida, las bodas de plata, su despido, su nueva empresa, los dolores musculares y el estrés, las discusiones con los socios en el trabajo y al llegar a casa con su mujer, el golpe de suerte que lo cambia todo, imagina su retiro, la boda de su hijo, las largas tardes cuidando de su nieta, su adicción a las galletas de chocolate y las novelas de ciencia ficción, sus últimos días junto a su mujer, lo apacible y agradable que le resulta envejecer…

El contenido de la aguja ya ha recorrido todo el camino hasta su cuerpo y Carlos comienza a agonizar. Después de dos años en aquella inhumana situación, alentado su corazón por los impulsos magnéticos de todas aquellas máquinas, conectada su supervivencia por aquellos cables que lo mantienen muerto en vida, con la convicción propia y  la ajena de los médicos de que aquello no dejaría de ser nunca de esa manera, Carlos decide que ya es hora de decidir, de dejar de agarrarse a aquella mala vida y dejarse morir. Carlos decide que aquello no va con él, que aquella no es su vida. Carlos se inyecta la dosis justa para tomar una decisión, decide vivir su última vida, una vida imaginada pero propia, una vida suya, hecha por él. Una vida sin cables.

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