ELLA
Tenerife. Diez de la mañana. Abro minimamente los ojos y me estiro con acritud. Me ha despertado ella jugando sobre mis labios mientras terminaba de soñar, ahora entiendo esa última imagen antes de despertar. Me pongo la sábana por encima de la cabeza intentando hacer ver que no me quiero despertar, pero no se como lo consigue y vuelve a entrar bajo las sábanas y a jugar entre mis muslos, convencida de no dejarme descansar un poco más. Es incansable.
Me levanto algo molesto, voy al baño y mientras camino siento como ella me sigue a una distancia prudencial, me echo algo de agua en la cara y me voy a la cocina a preparar el café. Como era de esperar ya está en la misma habitación que yo. Presiento que esto no va a tener un buen desenlace, odio que me persigan y odio no saber poner punto y final.
La noche anterior, la primera vez que nos cruzamos en nuestros respectivos caminos, pensé que iba a ser algo rápido, pero al rato supe que sino terminaba pronto con aquella situación, acabaría por desquiciarme, aún así soy un débil a la hora de tomar decisiones, de esos que puede aguantar un dolor de muelas durante meses con tal de no decidirse de ir de una ver por todas al dentista, por lo tanto desistí de decidir y preferí aguantar hasta ver que pasaba.
Tras casi doce horas juntos entiendo que tengo que tomar una decisión. Me ducho, me aseo, me afeito y me visto ante su atenta mirada. Se que me está hablando pero solo escucho un debil susurrar y decido no abrir la boca. Mientras, voy cerrando todas las puertas y ventanas a mi paso, supongo que se estará riendo de mi, pero no me importa, se que la última carcajada saldrá de mi boca.
Una vez que me he percatado de que todo está cerrado y que hay toallas en los bajos de las puertas y las ventanas, cojo mis llaves, me dirijo a la cocina, abro la llave del gas, cojo mi chaqueta, me arreglo el pelo en el espejo y cierro la puerta con llave, dejándola a ella encerrada.
Normalmente me tomo el té en la cafetería de al lado, pero teniendo en cuenta que, si no muere por asfixia tarde o temprano, una chispa cercana de algún vecino ignorante hará estallar todo por los aires, me voy cuatro calles más allá y pido un te verde con limón y un toque de canela.
“Odio a las putas moscas”, me digo mientras remuevo el te en mi taza de diseño y me tomo mi medicación con un sorbo de caliente satisfacción con aroma a canela.
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