El barco se hunde, ya da igual que mande arriar las velas o que cambiemos el rumbo para intentar salir de la tormenta, las aguas son igual de traicioneras en cualquier latitud de este inmenso océano.
Mi capitán esta exhausto y abatido y dicta órdenes sin sentido, maniatado por la locura que le produce el saber que hace tiempo que nuestro barco navega sin rumbo, mecido por las olas y los instintos del mar. Hace tiempo también que mi trabajo en cubierta dejó de importar, ya no tiene significado lo que hago y mi única tarea es intentar levantar el ánimo del resto de la tripulación, algo casi imposible, teniendo en cuenta que este mes aún no han comido algo decente y sobrevivimos a base de migajas de pan y alguna que otra pesca ínfima que solo nos da para engañar al estómago durante algunas horas.
El motín late constantemente, la tripulación mantiene la compostura ante nuestro capitán cuando este sale de su insano encierro para coger aire y soltar al cielo cinco o seis órdenes que se contradicen entre si, pero una vez vuelve a su enclaustramiento envuelto en la tenue luz del candil y con los ojos inyectados en sangre sobre sus cartas de navegación buscando las coordenadas correctas, el barco se llena de susurros desesperados, traiciones futuras, asociaciones entre uno o varios miembros, discursos que apoyan la sublevación…
El invierno está siendo más duro de lo que preveíamos, en las últimas semanas hemos perdido a la mitad de los nuestros, algunos murieron durante la travesía, otros aprovecharon los días de permiso en tierra para huir y acercarse a otras embarcaciones con el fin de enrolarse bajo las órdenes un nuevo capitán. La situación es preocupante.
Cuando se me acerca un miembro de la tripulación y me pregunta ¿Y qué vas a hacer si no tenemos ni para comer?, yo siempre le contesto lo mismo, “amigo, este barco me vio crecer como marinero y si hace falta yo lo veré morir como una vulgar canoa, pero no me moveré de aquí hasta que se rompa el último cubo que me permita achicar aguas”.
(Sigo perdido en un maremagnum laboral de tres pares de cojones, así suavizado como historia de agua y sal, uno la digiere mejor. Espero volver a leer y a escribiros con más asiduidad muy pronto, cuando esto se hunda o consiga reflotar. Un abrazo)
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En la fábrica |