
(Juraría que una navaja le rasgaba la cadera con cada zancada que daba. Se paró en mitad de la calle y palpó sus bolsillos en busca de un pañuelo que cortara ese rastro chivato de sangre que iba dejando a su paso. A esas alturas de la noche tenía ya la certeza de que no iba a morir desangrado, no porque tuviera algún conocimiento médico o intuición chamánica, simplemente apelaba a lo que el instinto de supervivencia animal susurraba a su conciencia. Andy iba arrastrándose por la oscuridad de aquella calle mientras recordaba como había llegado hasta allí.)
La noche había comenzado como la de otro viernes cualquiera, Andy repartía sonrisas y palmadas en el club con la misma elegancia y profesionalidad con la que tocaba el piano en el escenario o tintineaba los hielos de su vaso en la barra para pedir otro Jack Daniels doble con una rodaja de naranja.
Vio entrar a Helen con el rabillo del ojo por la puerta del Blue Note, con un vestido azul ceñido al cuerpo, un cigarro adherido a la boca que esperaba la llama atenta de algún caballero y un abrigo de piel encajado en su perfecta figura que desviaba la atención hacia aquella mirada hipnótica, capaz de incendiar las noches más gélidas de la ciudad.
Helen no se dignó a mirar a Andy cuando pasó cerca de él, simplemente susurró unas palabras entre dientes con la intención de que Andy fijara toda su atención en ella, era única para conseguir que un hombre desconectara todos sus sentidos y se entregara por completo a sus encantos, que aumentaron exponencialmente cuando se despojó de su abrigo y le mostró la deliciosa silueta desnuda de su espalda.
(Andy dio un traspié y cayó fulminado al suelo en mitad de aquella oscuridad, ni siquiera pudo gritar y aunque hizo uso de todas las fuerzas que le quedaban, solo consiguió emitir un débil gemido como muestra de su intenso dolor. Intento ayudarse de un árbol, una papelera y un muro para volver a levantarse pero la mano que tenía liberada de las tareas de taponamiento había sufrido las mismas consecuencias y Andy estaba seguro que solo uno de aquellos dedos volvería a moverse por la superficie del piano como antes. Los demás aparentaban estar tan rotos como deformados, habían sido unos valientes al aguantar aquellos martillazos sin soltar una palabra.)
- ¿Perdona?
- He dicho que si tus dedos están preparados para acompañarme una noche más querido.
- Por supuesto, solo estoy intentando apagar su timidez con una copa más de mi fiel amigo Jack, pero en unos minutos los tendrás a tu entera disposición. Bonito vestido por cierto, Hache.
- Gracias Andy, pero ya te he dicho que no me gusta que me llames Hache, hace que me sienta vulnerable y hoy más que nunca necesito estar fuerte. Por ahí viene Yaco, lárgate de aquí si quieres volver a ver un amanecer querido.
Yaco era Giacomo, un patético italiano de tres al cuarto que tuvo un golpe de suerte en el negocio de las apuestas tres años atrás. Aún recuerdo cuando era el chico de los recados de los Marinelli y me pedía un cigarro en la trasera del club mientras esperaba la mercancía. Yaco solo necesitaba el tiempo que tarda en consumirse un cigarro para jactarse de haberse tirado a media ciudad entre calada y calada. Consiguió quedarse con todo el negocio de la parte Este de la ciudad tras la guerra entre los Marinelli y el clan irlandés. De aquellos días solo recuerdo agujeros de bala y regueros de sangre durante las noches y ataúdes de pino y llantos de rabia durante los días. Creo que metimos en cajas a casi toda la familia y cuando quisieron poner fin a aquella barbarie, ya solo quedaban seis cobardes asustados en un piso franco del oeste intentando buscar una salida. Lastima que minutos después Yaco, su fiel chico de los recados, entrara en aquel cuarto y decorara a aquellos imbéciles con una ráfaga de balas en el estómago.
Andy cometió el error de no alejarse lo suficiente y se quedó a unos dos metros de lo que iba a ser el foco de todos sus problemas aquella noche. Mientras agitaba los hielos de su vaso en la esquina de la barra, vio como Yaco intentaba conquistar a Helen con sus despreciables encantos. Andy se acercó un poco más con la excusa de coger un cenicero para poder escuchar aquella conversación.
- Yaco querido, dame tres días más, te prometo que te lo devolveré todo, mi socio me ha dicho que es cuestión de tiempo que se cierre el negocio y podré devolverte todo lo que me prestaste con intereses. (Helen intentaba mantener la calma, pero aquella forma de coger el cigarro y parpadear denotaba un pánico muy bien disimulado, el estúpido de Yaco no se daría cuenta de tales sutilezas).
- Nena, te dije que como muy tarde el viernes, sabes que no me gusta que me hagan esperar y sabes que si la gente se entera de que estoy repartiendo compasión entre mis clientes, pronto veré más lagrimas de cocodrilo que billetes de cien.
- Yaco querido, -Helen se acercó todo lo que pudo al enano repugnante, lo justo para que este pudiera sentir como sus pezones se deslizaban juguetones sobre su pecho con cada bocanada de aire- nadie tiene porque enterarse de esto, sabes que nunca te he fallado con los tiempos, dame tres días más, te prometo que no tendrás nada de lo que arrepentirte querido.
- Muy bien nena, concedido, pero quiero una voluntad de pago esta misma noche, en tu camerino, dentro de diez minutos. Solos.- A Yaco le había podido el ansia por devorar aquella preciosidad por encima del negocio del dinero, algo que solo podía conseguir Helen, ya que por todos era sabido que a Yaco lo que más le excitaba en este mundo era el dinero y las palizas que propinaba con sus propias manos a los que no se lo pagaban.
Helen se subió al escenario aterrorizada, le quedaban dos canciones para buscar una salida que no pasara por ser violada brutalmente por aquel cerdo o recibir una paliza por negarse a cooperar. No obstante no perdió un solo ápice de su elegancia cuando se subió al escenario, cogió el micrófono y se arregló el pelo mientras bajaban las luces del local y el murmullo de los clientes se iba atenuando sincronizado con la oscuridad gradual del Blue Note. Se acercó al piano de Andy y pudo ver en sus ojos que sabía que estaba sucediendo, así que apartó el micro de sus labios y se agachó para susurrarle al oído:
-Andy querido, ayúdame a salir de esta.
Conocí a Helen hace un año, yo llevaba cuatro meses como pianista del Blue Note cuando entró por la puerta y Brian, el dueño del local me dijo “¿ves a esa preciosidad que acaba de entrar? es tu nueva compañera en el escenario, espero que sepas acompañarla como se merece, solo con tu piano Andy, no la vuelvas a cagar”. Desde el primer momento que la vi supe que esa mujer no era para mi, superaba con creces a todas las que habían pasado por ese escenario en los últimos cuatro meses y habían acabado rendidas a mis encantos de pianista y mis discursos de trotamundos, ella parecía especial y me lo hizo saber desde la primera frase “espero que tus dedos estén por encima de tu reputación querido, hoy necesito ganarme el puesto”. Aquella noche aprendí a tocar el piano, lo toqué como jamás lo había hecho, aquella voz grave que desgarraba las cuerdas de mi Zimmermman me envolvió en la música como hacía años que no me sucedía. Volví a disfrutar de cada escala y cada tempo y supe que por fin había encontrado a mi musa y era mucho más bella de lo que jamás había imaginado.
Con la primera nota, Helen comenzó a cantar y todos los ojos del local se posaron en su cuerpo, hipnotizados por el movimiento de su vestido y la profundidad de su voz. Andy mientras intentaba averiguar como podía salir de aquella situación sin perder la vida y sin negarle a su musa el único favor que le había pedido desde que se conocían. Yaco miraba desde el fondo de la barra satisfecho de su próxima víctima, jugueteando con el zippo entre sus dedos y mordiéndose el labio inferior por el ansia de poseerla de una vez por todas.
El resto es historia, Andy intentó llevársela del escenario por la salida trasera antes de que los matones de Yaco pudieran reaccionar, pero parece ser que el enano era más inteligente de lo que aparentaba ser y ya había apostado a dos de sus muchachos en aquella salida. Andy tuvo que escuchar como Helen era poseída sin su consentimiento en la puerta contigua a la habitación en la que le estaban reventando los dedos a martillazos. El final de una pareja de ensueño en el escenario estaba terminando de la forma más trágica posible, todos salían perdiendo aquella noche, los que amaban la música, los que amaban sus manos y las que amaban su dignidad.
Han pasado tres horas desde el momento más desagradable de mi vida, creo que la hemorragia ha parado, aunque ciertamente mis dedos maltrechos no son los mejores consejeros sobre si lo que palpan es ya río seco o torrente mortal. El hospital está a dos manzanas, pero la casa de Mosley está cruzando la esquina y no hay nada que el mejor whisky de Mosley no pueda cauterizar. Tengo que darme prisa, dentro de dos horas amanecerá, necesito estar mínimamente repuesto, lo suficiente para coger el arma que le voy a pedir prestada a Mosley y apuntar certeramente en el pecho de Yaco mientras disfruta de su último desayuno en su Little Italy preferido. Será la última canción que toque, la última tecla que aprieten mis dedos, después de eso no quiero tocar más, moriré acribillado sabiendo que la vida ha hecho justicia a la música una vez más.
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