ASIENTO 18B

Para variar, aquel día también llegué en el último momento al mostrador de facturación. Gracias a la habilidad que había desarrollado en idénticas ocasiones anteriormente, me resultó fácil convencer a la azafata de que el problema no era mío sino suyo y de la empresa a la que estaba representando.
Mi padre me dijo una vez que “aquel que sonríe todo el tiempo esconde terribles secretos detrás de cada uno de sus dientes”. En mi caso no eran muchos en número pero si en magnitud, tenía una hermosa dentadura descansando sobre sólidos cimientos de mentiras y acciones deleznables que dibujaban una sonrisa capaz de convencer a cualquiera de que mis falsos argumentos estaban esmaltados por la más blanca y reluciente verdad.
Mientras me sacaba un trozo de lechuga de entre dos de mis malvados dientes, caminaba apresurado hacia la puerta de embarque tanteando con la otra mano todos los bolsillos en busca de mi tarjeta y mi DNI. La hamburguesa que me tomé deprisa y corriendo en la cafetería del aeropuerto seguía bailando en mi estómago. Con las prisas no tuve tiempo de lavarme las manos y desprendía un olor a barbacoa con extra de pepinillo insoportable.
Llegué a mi asiento, 18B, no era ventanilla ni pasillo, pero tampoco podía quejarme, no había que tentar a la suerte, podía haberme quedado en tierra inventándome una excusa más digna que “he perdido el avión, jefe, por que ayer me acosté con su mujer”. Soy un comercial, en cuerpo y alma, capaz de lo peor y de lo más siniestro con tal de vender. Lo vendo todo, nunca he titubeado ante una posible venta, de pequeño ya le sacaba un 120% de beneficios a las canicas en el patio del colegio. Les hacía unas pequeñas hendiduras con la radial de mi padre y las vendía como canicas de competición alemanas, con un rodamiento controlado y mayor agarre entre los dedos. En la universidad cree una red de exámenes bajo pupitre con los que pude pagarme parte de mis estudios, en aquella red conseguí involucrar desde empleados de las imprentas de la universidad, hasta becarios y conserjes desairados con sus superiores.
Mientras mis compañeros de pupitre estudiaban para aprender a vender y hacer negocios, yo vendía y negociaba con todo lo relacionado con sus estudios y si no lo tenía, lo conseguía y luego lo vendía por tres veces su valor. Comprometerme con la hija del rector fue la estrategia definitiva para salir impune de todas mis jugadas comerciales.
El pasaje del avión seguía entrando, pero mis compañeros más cercanos de viaje no habían dado señales de vida todavía, con lo cuál levanté los reposabrazos y me acomodé invadiendo parte de los asientos contiguos al mío, mientras comprobaba mi aliento contra la palma de mi mano y me cercioraba de que tenía un problema de halitosis sensible.
Cuando salí de la universidad con mi licenciatura bajo el brazo y un master en la universidad más laureada del país, gracias a los contactos de mi poderoso suegro, dejé a su cansina hija a una semana del altar y me mudé a la capital para emprender una nueva vida. Posiblemente estaba desperdiciando la posibilidad de tener una existencia simple y sencilla alejándome de aquella académica familia. Podía haber pasado el resto de los años de mi vida fingiendo un interés vacío en los discursos de mi pedante suegro, preparándome la alfombra roja para acabar como docente en la universidad y probablemente heredando, más tarde, el puesto de rector de la misma. Hubiera aguantado ese destino anodino e insufrible realizando chanchullos universitarios como en mi época estudiantil, follándome a todas las alumnas deseosas de una matrícula de honor inmerecida y disfrutando de mi soledad en los viajes que mi condición de profesor me procurara.
En vez de eso cogí mis pertenencias más valiosas, que cabían en una maleta y crucé la mitad del país para llegar a la capital. Allí no conocía a nadie y nadie sabía que yo estaba allí. Tenía una ocasión de oro para reinventarme, los nervios se agarraban a mis entrañas y a mi corazón y el solo hecho de pensar que podía ser cualquier cosa me provocaba una erección de dimensiones considerables.
Durante años fui vagabundeando por decenas de profesiones, camarero, barrendero, instalador de gas, repartidor de publicidad, jefe de mantenimiento, speaker de un estadio, cuidador de lobos marinos en el zoológico, comercial de perfumería, limpiador de piscinas, detective privado, jefe de cocina de un fast food, cuidador de caballos, profesor particular de lengua y literatura y, finalmente y tras un ascenso imparable en la empresa fruto de mis oscuras habilidades negociadoras, subdirector comercial de Avins, una de las empresas más importantes del sector tecnológico del país y, muy posiblemente, el trampolín hacía mi ultimo destino, un retiro precoz tras una última jugada maestra en la que estaba involucrada la mujer del dueño de la empresa a la que me había cepillado la noche anterior y que casi me había hecho perder este avión, con una halitosis intermitente, casi sin dormir después de haberme follado a esa viciosa vengativa y con los documentos necesarios en el maletín que harían que una cantidad ingente de dinero pasara, tras previa firma inconsciente de mi jefe, de las arcas de la empresa a mis manos, de ahí a una cuenta en un banco suizo en el que ya me empiezan a tratar como cliente preferencial y, finalmente, desperdiciada en todos mis caprichos y deseos irrefrenables de aquí al resto de mis días.
Vuelvo a palparme los bolsillos a ver si tengo el pasaporte y el DNI falsos, a partir de ahora me llamaré Fernando Guzmán, un hombre sencillo que pasará desapercibido para cualquiera que esté rebuscando en la puerta de atrás. Mi pasado como detective privado me había ayudado a tirar la basura debidamente y no dejar ningún desperdicio por el camino, ni una sola pista que hiciera preveer que mi pasado estaba lleno de mierda hasta el último recuerdo. De hecho, tras pasarme esa idea por la cabeza tuve que hacer esfuerzo para ahondar en mi memoria e identificar aquel único momento de mi vida en el que fui sincero.
Aquel momento se llamaba Sara, tenía unos ojos claros que se debatían entre el cielo más azul del verano y el verde intenso de un mar del norte revuelto, aquel momento tenía ya diecinueve años, lo recordé nítidamente tras tanto tiempo haciendo esfuerzos por mantenerlo aislado, recordé aquel momento, con sus sonrisas, con su cuerpo de guitarra exquisitamente adornado por aquellos vaqueros roídos y ajustados y sus blusas claras de seda que bailaban con el viento y la hacían estar en constante movimiento, como si no se moviera por el mundo, sino que bailara sobre él, en contacto con la tierra solo con las puntas de los dedos de sus pies, como una bailarina vital que siempre tenía energías para darme una vuelta más. Aquella chica fue la única persona que me hizo ser persona alguna vez, jamás le mentí y estando con ella solo me salía ser yo, me convirtió en lo que nunca más pude volver a ser, una persona con valores y un respeto sano hacia los demás, enamorado del amor, que estaba personificado en aquel cuerpo de guitarra y ojos claros que me hacía bailar día y noche sin parar.
El día que se fue, víctima de su corta edad y el traslado laboral de su padre, aquel día, me juré a mi mismo que me vengaría de la vida, que no valía la pena darse para sufrir de aquella manera y me convertí en lo que soy hoy.
Me revolví en el asiento intentando deshacerme de aquel incómodo recuerdo, rebusqué en las revistas del frontal del asiento algo que me hiciera alejarme un poco del pasado y aquella honda sensación de anhelo. En ese momento llegó mi acompañante, asiento 18c, pasillo. Alcé la cabeza con la mejor de mis sonrisas y allí se quedó, petrificada en mis labios, inerte ante la visión de mi recuerdo, diecinueve años después, igual de joven para mis ojos, solo maquillado con alguna arruga y una expresión de experiencia que cubría como una película sus ojos juveniles.
- Buenos días - Sara no me había reconocido, llevaba una chaqueta de corte masculino y unos pantalones de pinzas, a mis ojos parecía estar disfrazada. Me di cuenta entonces que mi rostro había cambiado de tal manera, estaba tan cubierto de mentiras y engaños, que mi verdadero yo era irreconocible incluso para la única persona que me había conocido alguna vez.
- Buenos días - retiré el maletín con mi futuro de su asiento y lo agarré con fuerza, un miedo que había olvidado me hacía aferrarme a aquel trozo de piel con cremallera como si fuera un bote salvavidas.
El avión cerró sus puertas, las azafatas repartieron la prensa, el piloto saludó al pasaje antes de iniciar el camino hacia la pista de despegue, el avión se alzó en el aire, las luces del cinturón de seguridad se apagaron, el avión se elevó hasta la altura necesaria y se mantuvo en velocidad de crucero y en todos aquellos minutos no fui capaz de emitir un solo sonido, de hacer un solo gesto, de girar la cabeza más de 2 centímetros para encararme con aquel capricho del destino, con aquella coincidencia que podía truncar mi futuro minuciosamente planificado.
- Disculpe, llevo un rato mirándole y no he dejado de pensar que su cara me resulta extrañamente familiar, ¿nos conocemos?
La miré a los ojos con la intención de poner mi infalible careta social, aquella que me hacía ser y parecer una persona segura y confiada capaz de todo, pero no fui capaz ni de creerme una sola de mis muecas y me derrumbé con ellas en el asiento.
- Ehmm, pues la verdad, creo que no, ahora mismo no caigo, lo siento.
- Vaya - Sara me miraba con atención, concentrada en adivinar el por qué de aquella sensación-, soy yo la que lo siente, no quería incomodarle, es solo que al verle he tenido una extraña sensación que no tenía desde hacía mucho tiempo.-volvió a fijar sus ojos claros en mi y entonces recordó- ¿por casualidad no se llamará David, verdad?
- Mi nombre es Fernando, Fernando Guzmán.
Y allí apareció aquel nombre, el de un nombre sencillo que pasaría desapercibido para cualquiera que estuviera rebuscando en la puerta de atrás. Fue entonces cuando me di cuenta, mi vida era una enorme mentira y mi destino estaba escrito en mayúsculas por el pulso firme de mi cobardía.
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