EL SOBRE

Dravinorovich era un tipo enorme, calvo y de tez pálida, algo desgarbado y siempre envuelto en varias capas de prendas negras, chaquetas de cuero, licras, bufandas, jerseys, todo un arsenal de diferentes tejidos que hacían imposible que una bala los traspasara con limpieza para llegar hasta su corazón.
Sentado en una silla de madera desencolada en aquella habitación de un hotel de tres al cuarto del norte de la ciudad, Dravinorovich mantenía la vista fija en una grieta de la pared mientras chupaba con fuerza el cigarro como si en cada calada hubiera llegado a una conclusión definitiva sobre cualquier cosa que estuviera pensando. A decir verdad no parecía un hombre de reflexiones profundas, sino más bien de acciones definitivas, o por lo menos así es como Thomas imaginaba que debía ser un asesino a sueldo como él.
Thomas respiraba profundamente en el ascensor, por motivos obvios cada vez que tenía que reunirse con Dravinorovich su cuerpo entraba en una especie de tensión que agarrotaba cada uno de sus músculos y no cesaba hasta que se había alejado varios kilómetros del lugar de la cita. Se tomó una pastilla para calmar los nervios y se recolocó la chaqueta por quinta vez con el único deseo de terminar con todo aquello lo antes posible.
Tuvo que tocar hasta tres veces la puerta para conseguir algún tipo de respuesta, desde detrás de la puerta pudo escuchar como Dravinorovich con tono grave lo invitaba a pasar con un seco “esta abierto señor Anderson”
- Buenas tardes, disculpe la demora, he tenido que pasar por la oficina central para recoger la foto y el pago de su trabajo.
- No hace falta que se disculpe, ¿tiene el sobre?
- Si, aquí tiene.
- No lo ha abierto.
- Ya sabe que la organización no me lo permite, no debo saber cual es el objetivo ni el importe de su trabajo, solo hacerle entrega del sobre y no hacer preguntas.
- Un hombre sin curiosidad, interesante.
Thomas odiaba esa coletilla de Dravinorovich, “interesante” le creaba una ansiedad desatada, no llegaba a entender nunca cual era la conclusión que encerraba aquella inquietante palabra. Dravinorovich no abrió el sobre y apuró su cigarro en la boca, entrecerrando los ojos para que el humo no le quemara las retinas. Miró fijamente a Thomas, apagó el cigarro en el apoyabrazos de la silla y volvió a mirar con el hielo de sus ojos a Thomas.
- Interesante.
- Me alegro -Thomas no podía ocultar su malestar-, ¿no quiere confirmar que el importe es el correcto?
-No se preocupe señor Anderson, creo que ya hemos terminado por hoy, buenas tardes- Dravinorovich se levantó de la silla, estrechó la mano de Thomas y salió por la puerta dejando en la habitación un aroma intenso a miedo y tabaco negro.
Thomas se tomó otra pastilla para calmar los nervios, se asomó tímidamente a la ventana y se quedó mirando unos segundos a través del cristal. Volvió a respirar profundamente y se acercó a la puerta para salir de aquella angustiosa habitación, cuando agarró el picaporte cayó en la cuenta de todos los extraños sucesos que le habían pasado inadvertidos en esos pocos minutos.
Dravinorovich nunca había estado esperándolo sentado, siempre que abría la puerta Thomas se lo encontraba con la mirada fija en la ventana que daba al callejón, cerciorándose muy probablemente de que todas sus paranoias persecutorias y conspiradoras eran sólo fruto de su imaginación. Esta vez había esperado sentado, se había mostrado tranquilo y hasta parecía que bajo su semblante seco hubiera disfrutado de aquella insignificante conversación.
Dravinorovich siempre habría el sobre y ojeaba la foto del objetivo y el importe que había acordado con la organización, esta vez ni siquiera se molestó en abrirlo, posiblemente porque estaba seguro de que todo el dinero estaba dentro, eso implicaba que Dravinorovich no desconfiaba de la organización, con la que había estado trabajando los último dieciséis años, sino de mí, del mensajero, que en un acto de codicia podía sentirse tentado de abrir el sobre, sacar algo de dinero y volver a cerrarlo cuidadosamente.
Esta vez no desconfió de mí, no desconfió del mensajero, no desconfió de una posible trampa de la organización, ¿qué le daba tanta seguridad? Ya tenía un alambre de 5 centímetros de grosor en mi cuello cuando la conclusión llegó a mi cabeza con la obviedad que supone estar siendo asfixiado lentamente por el mejor asesino del estado tras la puerta de una habitación de hotel de mala muerte.
Publicado en Vidas Ajenas |
Ah, qué rabia haber sospechado el final un poquito antes de llegar. De todas formas la enseñanza de la rana y el escorpión es indeleble: si tratas con estafadores acabarán engañándote, si tratas con blogeros acabarás abriendo el tuyo propio y, si tratas con asesinos, tienes muchas posibilidades de acabar fiambre (antes de tiempo). Excelente redacción, como siempre, me han entrado ganas de fumar.
Buen finde!
(mail va)
Como siempre me sorprendes.
muy bonito el relato.
Besos
acabo de descubrir este blog. lo que llevo leido me ha encantado. en este relato tienes una falta de ortografia. abria de abrir es sin h. habria de haber es con h.
Gracias GRAN KI NANO, una falta de las gordas y eso que la puse correctamente más arriba, pero en fin, son cosas del escribir y no corregirse. Me alegro que te guste el blog, un saludo!
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