Sep-30-2009

LA POBRE TÍA YEYA

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Parece mentira que nadie se dé cuenta del enorme esfuerzo que estoy haciendo por la tía Yeya y lo cansada que me siento. Me levanto a las cuatro de la mañana todos los días porque la tía Yeya sufre de incontinencia y tengo que cambiarla antes de que se resfríe con la humedad de su propia orina y entonces la tía Yeya, que huele a orín concentrado, alza sus escuálidos brazos para que la levante y la lleve al bidé y allí le pase unas aguas, luego cambio las sábanas, le acomodo bien la almohada y la vuelvo a acostar, hasta dentro de tres horas que la pobre tía Yeya vuelva a orinarse encima, pero ya en ese momento la levanto y le doy el baño de antes de desayunar.

A la tía Yeya sólo le gustan las tostadas con mantequilla y siempre deben ir acompañadas de una tila que no puede estar ni muy fría ni muy caliente, de hecho, si tuesto el pan un poco más de lo normal, la tía Yeya vomitará  la tostada segundos después en señal de protesta y si la tila está muy caliente o muy fría lanzará la taza contra el suelo y de nuevo me tocará pasar el escobillón y luego fregar el suelo.

A la pobre tía Yeya nadie la visita así que yo me dedico a hacerle compañía a lo largo de todo el día, como nadie más puede ocuparse de ella, tengo que llevarla siempre muy cerca de mí mientras realizo cualquier labor doméstica; la tía Yeya cuando me ve trabajar ronronea una canción, siempre la misma, lo hace con la boca muy cerrada y durante horas escucho una eme infinita que sube y baja de tono y se mueve por todas las escalas de manera desquiciante. Como nadie más se ocupa de ella tengo que llevarla conmigo cuando voy a comprar, así que a paso muy muy lento me muevo por todo el pueblo con la tía Yeya arrastrada por mi brazo. Normalmente voy primero a la panadería, ya que el único pan que le gusta a la tía Yeya es el primero que suele agotarse, después voy al ultramarinos de don Francisco y cojo algunas latas de conserva, arroces, pastas o algún que otro capricho, eso si, a escondidas de la tía Yeya por que si me descubre, no dejará de llorar y tener dolores imaginarios hasta que lo comparta con ella.

Por último voy a la carnicería, siempre intento que sea después de la una de la tarde, hora en que Rosa, la mujer del carnicero, ha subido a preparar la comida para su marido  y Antonio se queda solo colocando ordenadamente las piezas de carne en la cámara frigorífica y atendiendo a algún cliente rezagado de última hora. Yo, que soy muy servicial, siempre me presto a echarle una mano con las piezas más grandes mientras dejo a la tia Yeya sentada en el banco de la entrada, que tiene un asiento inclinado del que ella no se puede levantar, entonces le digo a Antonio que qué pieza metemos primero y él me dice sonriendo que aquella, la del fondo, que es la que más tiende a estropearse con este calor de verano y entonces la llevamos a la cámara y por el camino le digo que a mí la pieza que más me gusta es la suya y él me responde, mientras clava la pieza en el gancho que cuelga de la pared, que hoy además tiene un brío especial y entonces me sube a un lavadero muy estrecho que está dentro de la cámara, me levanta la falda y me introduce su enorme pieza que me desgarra por dentro y yo me agarro a los ganchos de la pared o a las costillas de algún ternero mientras él me tapa la boca y me embiste hasta correrse.

Si tardo más de cinco minutos probablemente la tía Yeya ya se haya orinado encima, llegando incluso a cagarse si un día decido tardar un poco más para poder disfrutar tanto como Antonio. De camino a casa reparto las sobras de carne que Antonio me ha puesto en una bolsa entre los perros del pueblo, que ya me esperan impacientes a la misma hora y en la misma esquina. Antes de llegar a casa, siempre intento recordar si tengo que comprar algo para tratar la tierra de la huerta, ya que la tienda de don Jacinto está al principio de mi calle y luego ya no podré salir de casa.

Cuando llego a casa siento a la pobre tía Yeya en la mesa de la cocina mientras le preparo un caldo y algo sólido para comer y entonces, en esos instantes, me alejo un poco de la realidad y echo un avecrem al agua mientras recuerdo con melancolía mis años mozos en el pueblo y luego corto las verduras mientras veo uno por uno a todos mis pretendientes tocando en la puerta de mi casa, que antaño era la de la tía Yeya, y después de pesar el arroz y preparar el mantel, recuerdo aquel día en que Antonio el carnicero me dio el primer beso y luego me llevó a la trasera del huerto de sus padres y me enseñó el cuarto de las herramientas en el que había dispuesto una especie de cama y me desnudó encima de ella y yo me disculpé por estar un poco pesada de más y él me dijo que no me preocupara, que a él le encantaba la carne y que cuanto más mejor y luego añado el arroz a la olla y separo un poco de caldo para la tía Yeya y recuerdo cuan enamorada estuve de Antonio y el día en que se acercó a casa de mi tía Yeya a pedir mi mano y ella le dijo que ni en sueños, que ya se habían marchado de casa todas sus hijas mayores y que a mí me tocaba cuidarla hasta que Dios decidiera que había llegado la hora de marcharse y entonces pongo el caldo frente a la tía Yeya, apago el fuego para que no se pase el arroz y cojo el bote de galletas de la alacena mientras la tía Yeya da los primeros sorbos y se queja porque el caldo está soso y yo la regaño con cariño y le digo que sabe que no debe tomar mucha sal pero que hoy puede ser un día especial y entonces abro el bote de galletas y echo dos cucharadas colmadas del veneno para conejos y se me cae una lágrima y recuerdo a Antonio y recuerdo que tengo que dar de comer al conejo que está echando a perder la huerta y recuerdo también que tengo que pasar mañana sin falta por la tienda de don Jacinto y comentarle mi problema con la huerta para que me consiga otra bolsa de veneno para conejos. Pobre tía Yeya.

Publicado en Vidas Ajenas |
  1. la cónica Said,

    Genial, cómo narras desde el monólogo interior. No pierde ni una pizquita de ritmo la historia, al contrario, mezclada con las tareas cotidianas, sabe mucho más sabrosa. En su punto y a su debido tiempo todo. Me encanta.

    Besos

  2. Ro Said,

    Si que he disfrutado de esta narración, me recordó un poco la trama de la novela de Laura Esquivel “como agua para chocolate”, por la mezcla de emociones, recuerdos y comida…

    Bien por ti, estas con un ritmo que… ¡hasta podríamos bailar! jajaja
    Anda, ven que te de un abrazo y un par de besos mua mua
    Ro

  3. AlmA Said,

    Nada sosa, nada sosa (por si acaso, que, desde que te fuíste a Madrid, te temo, no vaya a ser que le cojas el gusto al veneno de conejo)

  4. Chucho Said,

    Qué cabrón, qué relato más enorme. Te vamos a echar de la liga de aficionados para que te codees con los profesionales, abusón. Coño ya.

  5. Pejooe Said,

    Hoy estaba en la plaza 2 de Mayo tomándome un café con una amiga y vi pasar a una “pobre tía Yeya” postrada en una silla de ruedas y propulsada por un mozo venido a menos que, al ver la expresión de su cara, me hizo pensar que ojalá no hubiera ninguna tienda de don Jacinto en 2 km a la redonda. :S

  6. Chucho Said,

    Para otra vez avisa hombre, que curro a dos minutos de la plaza!

  7. Pejooe Said,

    Pues apuntado queda amigo, una mañana de estas nos tomamos un café y si sigue viva, te presento a la tia Yeya de la 2 de Mayo ;)

  8. Álber Said,

    Siempre hay sexo en tus tramas…

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