TOME ASIENTO

A diario convivo y me reúno con una docena de comerciales, no siempre los mismos, a veces repiten, otras ni siquiera los conozco, y me presento y ellos se presentan y me cuentan, y yo les explico y ellos asienten y preguntan y bromean, y yo les doy las pautas y ellos vuelven a asentir y les explico las tarifas y comisiones y ellos abren los ojos sorprendidos y me agradecen con sus gestos la buena nueva, y yo sigo a lo mío y les paso el material, y ellos lo supervisan de una pasada y lo aprueban con un imperceptible gesto de la cabeza, y yo les digo que por mi parte ya está, que ahí estaré para lo que necesiten y ellos me estrechan la mano y me dicen que si me apetece una café, y yo miro el reloj y pienso en la próxima reunión, pero acepto por cortesía y ellos bajan las escaleras encantados de compartir ese café y entonces todo cambia sin dejar de ser lo mismo y ellos preguntan por mi pasado, mis raíces, aparentemente interesados y yo les cuento cual autómata, siguiendo un guión estipulado, como si leyera en un promt mental la frase que en ese momento digo, pequeños tips de mi pasado, que si de aquí vine y allí nací, que si añoro esto y he perdido aquello, que si la edad, el tiempo, el amor olvidado, la calidad de vida de antaño, que si la crisis y el metro y la sensación de claustrofobia, y ellos asienten y nunca muestran desacuerdo y remueven la cucharilla mientras tanto y ya sin mirar siguen asintiendo y miran al camarero que tiene un problema con el hombre alto de barba tupida del fondo de la barra, un feo asunto sobre el cambio de un día pasado, y siguen asintiendo y removiendo el puto café y yo cambio de tema sin previo aviso y empiezo a hablar de lo mucho que me gustó haberme follado a su madre la noche anterior y entre afrenta y afrenta suelto alguna palabra de esas que ya considero muerta, como rating, o porcentaje o increase o input o beneficio neto, y en ese justo momento que suelto a la fallecida ellos asienten, ya con la mirada perdida en otra historia que transcurre a pocos metros de nosotros y que probablemente, pienso, esté igual de vacía que la nuestra y yo mientras sigo y le comento, a modo de ejemplo, que puse a la que antaño fue su proveedora, asienten, de leche materna a cuatro patas en la lavadora y sacando mi producto bruto, asienten, la introduje en un nuevo mercado, asienten, de placer que la pobre desconocía, por que su anterior proveedor, asienten, que es su padre no cumplía con el mínimo de satisfacción requerido a la hora de prestar este servicio, asienten, y así puedo seguir unos minutos más, insultando a ellos y todo su árbol familiar, y ellos asienten hasta el agotamiento y yo pido la cuenta y ellos se hacen los despistados justo en el momento que el camarero trae la cuenta, ojean el teléfono y se excusan por una llamada que no es tal , y yo saco varias monedas y las coloco en el plato metálico y el camarero, Jóse, me mira y pone la misma mueca de resignación de siempre, y yo asiento y entonces viene el comercial y me dice, que no hombre, que no hacía falta y lleva la mano al bolsillo y cuando está a punto de sacar la cartera da marcha atrás, bueno, ya el próximo corre de su cuenta dice, y palmadita en la espalda y me despido de Jóse, el camarero, y salimos y el comercial que me estrecha la mano, dice dos tonterías más y se va y yo me dirijo de nuevo a la oficina y miro el reloj y cinco minutos quedan ya para la próxima reunión y pienso que dentro de cinco minutos va a comenzar a pasar lo mismo de nuevo y que vivo en un bucle comercial, en una especie de nube que me mantiene alejado de la vida, flotando sobre ese suelo de realidad, que vivo envuelto en una bruma grisácea y monótona, carente de luz y de verdad, sin una pizca de improvisación, sin un mínimo de originalidad y en ese momento me enciendo un cigarro y me digo a mi mismo que algo va mal, que tengo que elegir entre vivir una vida laboral o vivir una vida de verdad, y justo se presenta alguien, que disculpe, que si soy fulano de tal, el de la empresa cual, y yo le digo que si, que si él es mengano de cual, que viene de parte de Zulano de tal, que si me contesta, y le digo que un momento, que apago el cigarro y subimos, y él que ah, que de acuerdo, y le doy una última calada y dejo que mi pesadilla, ese bucle interminable que se repite cada treinta y cinco minutos, vuelva a empezar.
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