Archive for Noviembre, 2009

Nov-20-2009

EN UNA SOLA DIRECCIÓN

silla.jpg

M. daba vueltas por la habitación siguiendo una línea irregular imaginaria que lo hacía moverse de manera aparentemente desordenada, pero que lo llevaba exactamente al mismo punto de inicio, para así,  cerrar el círculo y volver a empezar el recorrido. Aquello  revelaba la compleja personalidad de M., probablemente si alguien le hubiera preguntado en ese momento el por qué de tan extraño circuito, él hubiera tenido una contestación extensa y compleja, donde varios motivos, en apariencia inconexos, formaban un todo explicativo que justificaba su andar inquietante, su esquivar esa silla por el exterior, girar a la derecha, tocar la manilla de la puerta con la mano al pasar,  descolgar y colgar el teléfono de la mesita auxiliar, girar de nuevo a la derecha, rodear la silla en la que L. estaba sentada por detrás, dar una patada con el pie izquierdo a la caja de herramientas que estaba en el suelo, golpear el cristal de la ventana con la mano y girar por tercera vez a la derecha para volver al punto de inicio.

Así veía la vida M., todos sus pensamientos y acciones,  comportamientos y afirmaciones, estaban basados en la misma línea desequilibrada y exacta que ahora reproducía sobre el suelo y que tenía completamente aterrorrizada a L.

M. comenzó a hablar sin dejar de caminar, gesticulando fuertemente con las manos y manteniendo una respiración agitada que hacía que algunas palabras quedaran amputadas en su mitad por el corte limpio de un aliento para continuar, “Espero que entiendas lo complejo que es lo que te estoy intentando explicar, ¿sabes?, llevo varios días teniendo estos sueños, me levanto con una amarga sensación y el resto del día,  el resto del día una mezcla viscosa de odio y tristeza recorre mis venas suplantando a la sangre y yo lo entiendo, de verdad,  es mi forma de ser, quiero decir, que siempre que he querido algo lo he tenido, lo he comprado y lo he hecho mío, lo he guardado bajo cuatro llaves en un armario para que sólo fuera disfrutado por mí, ¿entiendes lo que quiero decir?, cuando pienso en ti, generalmente sueño despierto pesadillas reales en las que mis miedos se apoderan de la máquina de pensar y me muestran situaciones hipotéticas en las que me reventaría el corazón, ¿sabes?,  es un tanto contradictorio, nos consideramos el uno parte del otro, o si quieres decirlo de otra manera,  los dos partes de un mismo ser, pero no es lo mismo, no te tengo, no te he comprado, ni me perteneces de aquella otra manera, no puedo guardarte bajo cuatro llaves en la parte más segura de mi armario, para poder luego disfrutarte en mi soledad.”

Mientras hablaba, M. seguía recorriendo el mismo trayecto imaginario, girando a la derecha, tocando la manilla, bordeando la silla en la que estaba sentada L. por detrás, golpeando la ventana al pasar, siempre el mismo trayecto, pero cada vez más rápido, cada vez con mayor inquietud, golpeando la manilla con más fuerza,  propinando patadas más violentamente a la caja de herramientas, de manera que esta se desplazaba poco a poco hacia otro punto de la habitación. Era tal el miedo de L., que sólo esperaba que la caja de herramientas no entorpeciera el trayecto de M., eso podría originar una cadena de sucesos imprevisibles.

“Lo que quiero decir es que cuando algo material me interesa, lo compro, lo guardo, lo uso, lo hago mío y decido sobre su integridad, pero tú eres diferente, al ser una persona no puedo comprarte, ni guardarte, no me perteneces, no puedo decidir qué haces en cada momento, ni tener control sobre ello y eso es lo que me produce este miedo que me enloquece, estoy tan acostumbrado a poseer que cuando no puedo hacerlo me aterroriza, no sé reaccionar ante esta incertidumbre”

De repente M. se paró en seco, la caja de herramientas había bloqueado su recorrido, ya no podía avanzar, miró hacia adelante, miró hacia los lados y por último hacía atrás, miró fijamente a L. y luego se agachó y abrió la caja de herramientas, sacando de ella un serrucho oxidado y volviendo a colocar la caja de herramientas en su sitio inicial.

“¿sabes?, es por eso, que el ser humano se inventó el compromiso, casarse, comprometerse, un anillo, una alianza, dos firmas en un contrato, una promesa eterna de fidelidad, son herramientas de control ¿entiendes?, como este serrucho que tengo ahora en mi mano, que sólo sirve para darme la sensación de que algo es mío, para generarme seguridad” M.  completó su recorrido hasta acercarse a la silla donde L. permanecía atada de pies y manos y con una venda cubriéndole la boca y empapada ya en lágrimas. “Pero, en el fondo, aunque queramos creer lo contario, son del todo inservibles, aún así nos funcionan, es igual que al creyente en una situación de desesperación le funciona aferrarse a su fe, arrodillarse en el suelo e implorar a  su dios compasión, a eso hemos limitado la fe en los sentimientos, a creer y forzar compromisos dudosos sobre ellos, engañándonos al pensar que retendrán aquello que queremos y no podemos controlar”.

L. sentía como el aliento de M. se acercaba cada vez más a su rostro, quemándole las mejillas, le temblaban los ojos y las lágrimas caían ya solas y sin el obstáculo de los párpados, que permanecían abiertos y alerta. “Es por eso mi amor, que esta situación no tiene ya sentido para mí, no quiero que estés a mi lado sino es porque eres mía y no quiero que seas mía  porque no podrías serlo nunca, porque en el fondo siempre seguirías siendo tuya y eso es algo que yo no puedo conciliar en mi enrevesado cerebro”. M.  pegó sus labios a la oreja de L. y empezó a susurrar, “lo que me lleva a tomar una decisión drástica, hacer este trayecto que llevo repitiendo sin parar durante dos horas por última vez, si, final de trayecto amor mío, lo último que quiero decirte es que te quiero y ese es el principal problema por el que esto tiene que tener un final, porque te quiero y no sé querer como una persona normal.”

M. se levantó con el serrucho en la mano, miró a L.  y se dispuso a recorrer aquel trayecto por última vez, mientras, L. aguardaba ya vencida por el terror y con la certeza de saberse muerta, a que su verdugo completara el recorrido y llegará el final. M. comenzó a caminar,  se acercó a la puerta, la cerró con llave y tocó la manilla para cerciorarse de que no pudiera abrirse, descolgó el teléfono de la mesita auxiliar y llamó al número de emergencias, giró de nuevo a la derecha y salvó el obstáculo de la silla dónde L. estaba sentada por detrás, serruchó la cuerda de las manos que mantenía a L. maniatada, cogió impulso, pasó por la caja de herramientas, tiró el serrucho, se dirigió a la ventana corriendo y atravesó el cristal.

Publicado en Vidas Ajenas |
Nov-11-2009

EL RELOJ DEL ALMA

reloj-mecanismo.jpg

Fernando vivía entre manecillas, muelles, engranajes y rodajes de minutería. Primero su bisabuelo, y más tarde su abuelo y su padre, habían dedicado toda su vida al arte de la relojería. 

La Relojería Guzmán existía desde hacía sesenta y tres años en la esquina de la calle principal del pueblo y desde su posición estratégica fue dándole cuerda a la vida de todos sus habitantes  un día tras otro. Fernando se levantaba todos los días a las seis y cuarto de la mañana y mientras se preparaba un café oscuro en la vieja cafetera en la que su bisabuelo había preparado el primer café, estiraba todos los músculos de su cuerpo  y oteaba desde la ventana como el paisaje se transformaba con cada nuevo rayo de sol que anunciaba el amanecer.

Tras tomarse el café sentado en la mesa auxiliar de la salita en silencio contemplativo, Fernando se duchaba, se vestía y se preparaba para ir a la tienda que estaba justo bajo sus pies. Tardaba siempre treinta y cuatro minutos en hacer todas esas operaciones, luego bajaba las escaleras,  levantaba la verja de seguridad, abría la puerta, encendía la luces, quitaba el polvo del mostrador y uno a uno, revisaba todos los relojes con mimo, cerciorándose de que los mecanismos de todos ellos trabajaban con exactitud.

A las siete y media ya estaba todo listo para abrir la puerta del negocio y que empezará a entrar la clientela, pero Fernando no lo hacía, dedicaba la siguiente media hora al reto más grande de su vida, Suichi, así llamó a aquel reloj que un buen día entró por aquella puerta de la mano de un primo lejano de Antonio el ferretero, un desafío  a la matemática exacta de la relojería. Por algún inexplicable razón Suichi un día tomo la decisión de empezar a caminar hacia atrás, de forma que dejó de anunciar el tiempo exacto para recorrer un camino de vuelta por el tiempo, viajando hacia atrás, reviviendo todos los días que precedieron a aquel 1 de Enero de 2009 en el que suichi tomó la decisión unilateral de dejar de caminar con precisión hacía el futuro.

El primo de Antonio, un buen hombre, sencillo y muy creyente, lo dejó allí y dijo que sobre la esfera de aquel reloj flotaba una terrible maldición, que una chica  se lo había dado hacia unos meses diciendo que era un buen reloj, pero que se había parado por que probablemente ya no tendría más tiempo que contar. Fernando, escéptico ante aquella afirmación y como hombre dado a las leyes de la física, le ofreció al primo de Antonio el ferretero una cifra simbólica para hacerse con él. Desde ese día Fernando vivió con una sola obsesión, comprender el mecanismo de aquel reloj, explicar desde su dilatada experiencia como relojero por qué aquel reloj desafiaba a las leyes de la física y del tiempo haciendo que sus manecillas volvieran sobre sus pasos.

Después de cerciorarse del correcto funcionamiento de todos los relojes, Fernando se dirigió al mostrador, sacó el reloj y lo puso sobre la barra. Algo había cambiado, Suichi había dejado de caminar hacia atrás y se había parado.

El reloj marcaba justo las 00:00 horas el 1 de Junio de 2008, durante un día entero ninguna de las manecillas se movió de aquel punto exacto, 00:00 horas del 1 de Junio de 2008. Aquel día Fernando no abrió la tienda, se quedó sentado en su taburete, frente al mostrador de la tienda, sin perder en ningún momento de vista el reloj, esperando una mínima señal, pensando en mil y una posibilidades ampliamente razonadas por  las cuales aquel reloj se hubiera parado en ese preciso momento. Cuando el hambre y el agotamiento empezaron a hacer mella en el ánimo de Fernando, el reloj comenzó a funcionar, y lo hizo correctamente.

Las manecillas comenzaron a moverse hacia delante, primero unos segundos, luego varios minutos, después un par de horas. En el mismo momento en que el reloj empezó de nuevo a funcionar, Fernando sintió una punzada aguda en el corazón, comenzó a tener dificultades para respirar y sintió como un malestar general se apoderaba de todo su cuerpo. Asustado, se dirigió hacia su cama y decidió dormir, pensando que aquella sensación se iría con el sueño igual que llegó por su ausencia.

Al día siguiente se levantó con el mismo malestar y tras ver que  su salud con el paso de los días empeoraba, decidió ir al médico a pedir una opinión profesional. “se está usted muriendo, don Fernando, tiene un cáncer terminal, no podemos hacer nada, lo siento”.

Fernando volvió abatido a la tienda, sabedor de que aquel cáncer estaba relacionado directamente con su reloj. Sentado en la mesa de la cocina y tomándose un té, Fernando comenzó a buscar relaciones entre todo lo que había sucedido en los últimos meses, la llegada del reloj, las fechas en las que se había modificado su funcionamiento y todos los eventos personales que habían tenido cierto impacto en su vida. La taza de té cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, los mismos que Fernando acababa de recomponer para darle sentido a todo aquello que había sucedido.

Su reconstrucción de los hechos comenzaba el 3 de Marzo de 2008, tres meses antes de que el reloj se hubiera parado por primera vez. Ese 3 de Marzo Fernando conoció a Martín, un nieto de Alfredo, el alcalde del pueblo, que había vivido toda su vida en la capital y se encontraba de paso con su mujer para conocer un poco los orígenes de su familia. Ese día Martín y su mujer, Laura, entraron en la relojería en busca de información sobre la ubicación exacta de la casa del alcalde y Fernando, muy solícito, se la dio correctamente. Laura quedó extrañamente prendada de aquellas viejas paredes atestadas de coronas, manecillas y números de todos los tamaños, colores y materiales y mucho más de todas y cada una de las respuestas que Fernando le dio al caudal de preguntas curiosas que fluían  de sus labios. Fernando quedó prendado del entusiasmo y la curiosidad que Laura tenía por su mundo y más aún por aquellos ojos que atravesaban su caja torácica para reventar el preciso mecanismo con el que siempre había trabajado su corazón.

La visita se alargó durante más de una hora, en la cual Laura acabó llevándose un reloj de pulsera, con un elegante acabado y la garantía que ofrecía su  preciso mecanismo suizo. Ese reloj, era el mismo que ahora Fernando tenía entre sus manos, el culpable de su acelerada enfermedad, la piedra angular sobre la que descansaba aquel mortal rompecabezas que estaba acabando con su vida.

La segunda fecha de su reconstrucción coincidía con la fecha en la que hacía unos días, se había parado el reloj por primera vez desde que comenzara a marcar las horas hacia atrás, el 1 de junio de 2008, justo tres meses después de conocer a Laura, tiempo este en el que Fernando mantuvo un intercambio de cartas postales con Laura cada vez más asiduo, cada vez más íntimo, cada vez más sincero, intercambio que terminó bruscamente con una carta de Laura, escueta de un solo folio y apenas dos líneas en la que decía “No aguanto más Fernando, lo dejo todo, me voy de la ciudad, abandono a mi familia, quiero vivir el resto mi vida a tu lado”

Fernando se revolvió  incómodo en la silla al revivir aquella emoción del pasado, aquella sensación de victoria absoluta del amor sobre la razón que trajo a Laura a su lado un ya lejano 1 de junio de 2008. Durante los siguientes seis meses Laura y Fernando compartieron todo, compartieron cama, compartieron besos, miedos y sueños, compartieron cafetera, compartieron ventanas, paisajes y rayos de sol que anunciaban amaneceres, compartieron su pasión por los relojes, por los mecanismos exactos, y los no tan precisos que regulaban su pasión desenfrenada en cualquier lugar de aquella vieja casa, y por último, compartieron sus últimos días, aquellos en los que Fernando cayó en la cuenta de lo profundo que era su miedo a perderla, de lo imposible que sería mantener a una mujer tan llena de vitalidad a su lado en aquel pequeño y claustrofóbico mundo regulado siempre por las mismas manecillas y la misma monótona cadencia del tiempo.

Y así fue como aquel 31 de diciembre, minutos antes de tomar las uvas, Fernando, abatido por su cobardía para vivir y enfrentarse al caprichoso mecanismo del amor y sus incalculables consecuencias, le dijo a Laura que se fuera de su lado, que se alejara lo más pronto posible de aquel hombre que tanto le había amado, que algún día entendería el por qué de aquella decisión unilateral que ahora le parecía tan egoísta. Así es como concuerda la última fecha, 1 de Enero de 2009, fecha en la que el reloj se había parado por primera vez.

Uno esperaría ahora que Fernando, una vez descubierto el origen del rompecabezas, vislumbrara una solución tan mágica como lo habían sido todos aquellos inexplicables acontecimientos, que se levantara como un resorte en busca del amor, único antídoto para frenar aquella repentina enfermedad mortal que padecía, uno esperaría que se diera cuenta que la vida le había dado una segunda oportunidad, seis meses le quedaban ahora para encontrar a Laura antes de que el reloj volviera a marcar la fatídica fecha, el 1 de Enero de 2009, día en el que oficialmente renunció al amor, miles de aventuras le aguardaban en aquella incierta búsqueda, pasaría mil penurias, conocería a centenares de personas, viviría como un detective durante el  tiempo necesario, cotejando datos e informaciones oficiales, revisando en los catastros, las guías telefónicas, tocando la puerta de casas ya vacías, interrogando a posibles amigos que tuvo su amor en distintas ciudades, bajándose de un tren para subirse a un avión, sintiendo cada vez más cerca el triunfo de su constancia en la búsqueda, encontrando al fin, sentada quizás en un banco de un estación de tren y ya con la maleta preparada para buscar fortuna en otro destino, a su amada Laura, poniendo de una vez por todas fin a su enfermedad, enfrentándose a la vida con valor y al amor con decisión, sin miedos ni cobardías, viendo por fin como aquel revelador reloj cejaba en su empeño de caminar hacia adelante o hacia atrás, parándose para siempre en aquella estación porque ya no tenía razón para seguir marcando el tiempo hacia ningún sentido, porque aquel reloj no se regía por minutos o segundos, era la afirmación rotunda de que el amor no sabe de mecanismos hechos por el hombre, no se rige por aquellas estúpidas leyes que matan a éste poco a poco.

Pero no, Fernando no haría nada de eso. Habiendo resuelto por fin aquel rompecabezas, Fernando, aliviado, se sienta otra vez en aquella mesita que tiene frente a la ventana, aquella mesita en la que ha visto tantos y tantos amaneceres y espera paciente a que llegue el último, quizás el penúltimo, quien sabe cuál será el próximo capricho del tiempo, no importa, se dice a si mismo, como buen hombre dado a las leyes de la física esperaré a que la lógica del tiempo marque con precisión el último segundo de mi vida, así ha de ser.

Publicado en Vidas Ajenas |
Nov-4-2009

CLARO Y EVIDENTE

Han sido pocas veces la verdad, y nunca en un estado de absoluta conciencia. La primera vez no creo ni recordarla, sino que es fruto de la capacidad de engaño de mi memoria, contaría con año y medio cuando entre balbuceos e incoherencias acústicas, salió de mi boca una palabra con sentido, “mamá”, y esa fue la primera vez que, sin siquiera reconocerlo, experimenté mi primera clarividencia. “Pueden entenderme”.

A lo largo de nuestra vida, la mayoría de nosotros hemos experimentado más de una vez está sensación, la cabeza se despeja, el motor baja de revoluciones y un pensamiento masticado hasta la saciedad anteriormente, se desliza ahora por nuestra mente hueca y vacía, sólo, sin interferencias, sin otras líneas de pensamiento que le impidan recorrer el camino para presentarse desnudo ante nosotros y presentarnos la verdad, clara y evidente, de lo que hasta ahora había sido duda existencial, “me ama”, “estoy equivocado”, “la quiero, “no tiene importancia”, “me ha sido infiel”, “no vale la pena”.

Pero por lo general uno no está por la labor de dejar que sus pensamientos correteen desnudos y sin impedimento por su cabeza, que indecencia, que haríamos con los otros mil y un pensamientos estúpidos al día que nos mantienen en esa nube continua de razonamiento tóxico, que si el pan, que si el jefe, que si el vecino, que si la factura, que si la llamada, que si Paco, que si Lucía, que si el niño, que si los correos pendientes, una espesa y “desasogante” nube que no nos permite ver con nitidez la verdad, el ojo cerebral nos miente porque donde debería ver palabras definidas, sólo atisba entre la bruma siluetas confusas y donde debería leer lo siento, lee es tu culpa, donde tengo que hacerlo, es mejor esperar, donde esto es una mierda, un último esfuerzo…

Mis siguientes experimentaciones catárticas de clarividencias plenas surgen con el inicio del consumo de alguna que otra droga no legal. Meterme en la cama con el cerebro trabajando al 200% después de fumarme un cigarrito de la felicidad y de repente ver todo nítido, una idea otra vez clara y limpia, impoluta, incorrupta, sencilla y bien estructurada. Me arrepiento a veces de no haberme levantado para coger un algo que escriba y tatuar en algún papel aquellas genialidades expositivas que mi cerebro dopado hasta la última neurona me regalaba.

Y después de aquellas, las otras, en mitad de una sala de baile, con las pupilas sobresaliendo de las cuencas de los ojos y generalmente sobre un mismo tema, la finalidad de vivir, el amor como única explicación, el dar y amar, reír y compartir, la búsqueda de la felicidad a través del éxtasis más puro, el del amor, a través de otro de naturaleza igualmente química, pero acertadamente manipulada. Cierto es que después de aquellas clarividencias el cerebro, deshidratado, te ofrecía su lado más oscuro y deprimente.

Todo esto no es mas que una introducción para decir lo que realmente quiero decir. Hace tiempo que no experimento esas clarividencias reveladoras que me ofrecían una verdad, por pequeña que fuera, sin fisuras. Intento pensar que no es por la edad, la experiencia o el exceso de información que te hace ver que no hay soluciones limpias para casi nada, que no es por haber dejado el consumo de aquellos potenciadores ilegales de clarividencias, que no es porque con el tiempo me he vuelto más escéptico, menos idealista, más neutro con todo lo que me rodea, más, quizás, conformista con todo lo que me sucede y su intoxicada y aparente explicación.

El otro día tuve una clarividencia, la primera que he tenido en mi vida en plenitud de facultades, la primera vez que me enfrentaba a ella completamente despierto. ” No estás haciendo lo que quieres, gilipollas”.

Clara, sencilla, desnuda y brutalmente demoledora.

Publicado en Reflexiones Mentoladas |