CARTA DE NAVEGACIÓN

Resulta que desde pequeñito me ha tocado mucho la moral, ya no os digo los huevos, el tema esté de que una vez un ser supremo nos hizo a imagen y semejanza y luego el tema de la costilla, la mujer y la manzana, que nunca me quedó muy claro el orden y menos después de ver “Erase una vez el cuerpo humano”. Yo siempre he sido más darwiniano, palabro este que engloba a aquellos que pensamos que el medio único de la evolución es la adaptación al medio, y corriente de pensamiento esta que explica y justifica el porqué algunos seres igual de humanos que los que tenemos acceso a casi todo lo que deseamos, son capaces de sobrevivir con nada de lo que necesitan, más increíble aún, siendo algunos de ellos felices.
Explicaba esto en la primera media hora de metraje, una película que marcó el inicio de los 80, “los dioses deben estar locos”, seguro que habéis oído hablar de ella, una de las tramas giraba en torno a una tribu bosquimana que vivía feliz y aislada, sin conocer el rencor, el odio, ni la ambición, hasta que un buen día un piloto del primer mundo deja caer desde el cielo una botella de coca cola de cristal y los individuos de la tribu aprenden a individuar y ver el mundo desde el egoísmo y la ambición del que quiere algo único sólo para él.
Pero me estoy desviando del bueno de Darwin (en mi imaginario absurdo siempre lo he visto como un abuelo bonachón amigo de los pájaros, que contaba historias que nadie comprendía y era tratado como “el pobre loco del abuelo, que cosas tiene”); decía que me estaba desviando del bueno de Darwin y de su teoría de la evolución y la adaptación al medio, mucho más digna de asimilar por la inteligencia (yo es que a la fe, sólo le doy uso en cuartos de final), que la de la manzana y la costilla. En esa misma película la voz en off o narrador nos expone después de 20 minutos de taparrabos bosquimano, la realidad en el primer mundo y como los que en él vivimos sufrimos la continua tortura de tener que adaptarnos una y otra y otra vez a un nuevo medio con el estrés que ello supone, hasta el punto de justificar la locura y extrañas manías que muchos de nosotros, por no decir todos, sufrimos. Así pasamos del medio casa-familia-mujer-convivencia, al medio metro-bus-coche-carretera-tráfico, al medio oficina-curro-jefe-responsabilidad, al medio comida-bar-menú-tupper-banco-parque-bordillo-acera, al medio compras-cola-cajero-cola, al medio amigos-bar-cerveza-confesión-chute de felicidad intercalada. Si, es agotador.
Todo esto viene a cuento porque quería hablar de mi nueva situación vital, aquella que me ha llevado desde el pueblo-ciudad más húmedo, familiar y tranquilo de mi mundo conocido, a la capital más inadaptable del planeta. Y así es como cada día que pasa entiendo más al loco de la esquina que hace guardia en el Carrefour del barrio e increpa protegido por los matorrales a todo el que pasa, o al loco del metro que se acerca sigiloso con ojos que miran al infinito y te habla de un tal Fernando y una tal Beatriz que se van a enfadar mucho si se enteran de lo que has hecho, o al loco de la Glorieta de Embajadores que mientras espera su chute, dice vender sus mugrientas zapatillas a 1 € y se pasea descalzo llueva, nieve o haga calor.
Y yo, el loco que camina medio bailando y canta desafinado mientras va al curro a veces los miro y pienso “uff, que miedo acabar así, mientras el que va detrás de mi piensa lo propio mientras me observa un tanto asustado, o ya no, que aquí todo el mundo parece curado de espanto. Y es así que luego llego al curro y me encuentro en una oficina diáfana, con compañeros diáfanos y conversaciones diáfanas y juego a los jefecitos y me llaman al despacho, una pecera de cristal en la que todo se ve y nada se oye y muy, muy pocas veces te dan de comer, donde falta el aire porque es absorbido por el mandamás de turno, que a golpe de pulmón te va ordenando que hagas y deshagas, que cometas y acometas, que pienses y crees, que te encargues y termines.
Y es así que luego salgo aturdido, con la mirada mirando un poco al infinito, como mi amigo el del metro, aún con el ipod encendido orientando mis pasos hacia casa, pensando sin pensar en mí, como un recipiente vacío, una tetilla de rumiante ordeñada hasta la extenuación. Y así es como llego a casa y me meto en mi cuarto, un habitáculo de unos poco creíbles 6 metros cuadrados, me deshago de los ropajes laborales y me tiendo en la cama, medio inconsciente, intentando asimilar tanta mierda diaria, sin saber bien si es que me gusta la mierda o es una simple cuestión de adaptación de mi sistema digestivo y consigo tragar toneladas sin siquiera beber un trago de agua.
No tengo tiempo para más, primera y última vez que escribo desde el curro, esto tenía otro final, uno que aún no había pensado, pero no me queda tiempo y como buen ser humano inadaptado a la adaptación constante, soy adicto a dejar las cosas a la mitad. El título, lo de carta de navegación, venía a cuento por el tema este de adaptarse y orientarse en un mundo tan cambiante, como buen pirata o capitán, que haciendo uso de ella pensaba llegar a las Indias y acabó en las Américas… o más increíble aún… en las Canarias.
(Por cierto, quien iba a decirnos a nosotros lo de Richard Alpert, para mear y no echar gota)
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