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Jul-15-2010

ALID

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La calle no existía, se había esfumado por decreto comercial, como había sucedido con cientos de calles en cientos de lugares distintos a lo largo de la historia. Alid no reparaba en aquella tragedia, correteaba divertido hasta lo más alto de la montaña de escombros que se levantaba al principio de la calle. Aquella montaña tenia vida propia y Alid lo sabía. Si se mantenía muy quieto en la cima podía escuchar como rugía enfadada a veces, silbaba por entre las hendiduras de cada una de sus piedras o se acomodaba sobre la superficie de la calle, moviéndose levemente y haciendo rodar algún que otro escombro montaña abajo.

Cuando esto sucedía, Alid acariciaba a la montaña con  sus pequeñas manos, como aquel que intenta consolar a una mascota.

Desde aquella posición, Alid se ponía manos a la obra y empezaba a reconstruir la calle. Al principio centraba todos sus esfuerzos en volver a levantar las estructuras básicas, soplaba con fuerza para mover la gravilla y que esta ocupara los socavones de la carretera, para acto seguido concentrarse en las aceras, el alumbrado, las tuberías, las fuentes, los bancos, las medianas, las señales de tráfico, las papeleras, las cabinas telefónicas, los contenedores de basura, las jardineras y el alcantarillado.

Después ordenaba al  ejercito de árboles que se levantaran y se pusieran en pie  formando a ambos lados de la calle. Algunos estaban impresentables por lo que Alid tenía que recriminarles con dureza para que alzaran sus ramas y colocaran cada hoja en su sitio. Sólo entonces los pájaros volvían a anidar entre sus ramas, agitando sus alas y creando una corriente de aire que se llevaba la triste nube de polvo que aún estaba en suspensión.

Entonces Alid cerraba los ojos con fuerza y levantaba las manos lentamente, cargando con el peso de todas las fachadas derruidas de los edificios. Este era para Alid el trabajo más duro de todos, pero también el más agradecido, ya que las gotas de sudor  que se formaban en su frente caían por entre los escombros, creando un riachuelo que llenaba el caudal del viejo río, consiguiendo a su paso que las plantas volvieran a florecer y los peces aletearan agradecidos con fuerza.

Instaurado el orden de las cosas, las plantas y los animales, Alid ya sólo estaba a un paso de reconstruir su calle. Bajaba de su montaña no sin antes agradecerle la ayuda prestada y después comenzaba a zigzaguear por la calle. Con sus manos iba tocando cada uno de los comercios y portales para que estos encendieran sus luces, conectaran sus electrodomésticos, activaran el resto de maquinaria y abrieran sus puertas de par en par. Los edificios ya estaban en pie, por lo que pronto sus habitantes volverían a renacer en sus camas y a vestirse para salir a trabajar, a comprar o simplemente a pasear por su calle recién reconstruida.

Alid terminaba exhausto cuando llegaba al final de la calle, se sentaba en un banco y miraba hacia atrás para cerciorarse de que todo estaba en su sitio, otras veces había olvidado reconstruir las aceras y los vecinos, al salir de los portales y las puertas, desaparecían entre las grietas.

Alid había hecho un buen trabajo y justo cuando comenzaba a gozar de su triunfo, el suelo comenzaba a temblar y Alid agarraba el manto de carretera con fuerza entre sus manos intentando impotente que esta dejara de moverse y volviera a destruir todo lo que había creado.

Entonces Alid despertaba sobresaltado, asido a la manta que le habían dado en el refugio, con ríos de sudor empapándole la cara, el cuerpo dolorido de dormir sobre los escombros y las manos de su padre acariciándole el pelo, como quien acaricia a un hijo aterrorizado después de un mal despertar para consolarlo.

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