CONCLUSIONES POST-VERANIEGAS
Después de una semana visitando tierras asturianas, he llegado a varias conclusiones, la primera es que sólo en los intervalos de tiempo vacacionales consigo encontrarme con ese “yo” mío que duerme a lo largo del año abrigado por las mil y una ansiedades que completan mi día a día, la mayoría de ellas, todo hay que decirlo, de fácil tratamiento, pero me considero un ser inoperante en lo personal cuando estoy más pendiente de mi productividad laboral (tan triste como cierto).
La segunda es que este reencuentro trae consigo una fatalidad igual de vergonzante, que es la de ponerse metas y objetivos para la vuelta de vacaciones. Embriagado uno como está por ese aire festivo y esa paz interior que ofrecen el descanso y el cambio de rutina, se siente fuerte para imponerse objetivos que en pleno mes de noviembre le provocarían 3 lipotimias y 4 cuadros severos de ansiedad sólo en su fase de planteamiento. Aún así, lo hacemos, algo conscientes de nuestra inconsciencia pasajera nos lanzamos a aventurarnos en empresas futuras tales como dejar de fumar, hacer ejercicio, retomar contactos, dedicar más tiempo a hobbies olvidados, buscar huecos para leer, cuidar más de los amigos, culturizar un poco la rutina diaria, asistir a eventos, conciertos, obras de teatro, escribir un libro, remodelar el cuarto y por qué no, darle un nuevo aire al salón, retomar aquel proyecto personal, y el otro laboral con ese amigo tan emprendedor, formarse un poco más en la profesión, ah y hay que refrescar los idiomas que las series en VOS ayudan pero no hacen milagros. Todo esto con una más que probable jornada partida más horas extras. Que forma de crearse frustraciones futuras.
La tercera es la más demoledora. He de viajar más, estar en ruta me reporta una felicidad inigualable, aún cuando he perdido el tren, cargo con una mochila de mi estatura y dos veces mi peso, me quedan 70 céntimos en la cartera, mi padre no atiende a las llamadas y una señora no para de comentar mis pintas con su amiga zampastelera, aún en esas, siento una felicidad demoledora, el tiempo deja de ser timón de mis acciones, el destino puede ser reescribible sólo con cambiar de arcén, el futuro deja de pesar como una losa y el presente se muestra en todo su esplendor.
La cuarta y definitiva es que, una vez que han pasado 3 horas desde que he vuelto a la oficina, más moreno, más gordo y más pobre, un pensamiento cruje todas las conclusiones anteriores… vaya mierda de invierno que me espera.
(Aún así voy a intentar cumplir con una de aquellas ensoñaciones de verano que trataba de retomar lo que cada vez se parece más a un cadáver).
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