
Nuestro pasado fue construido sobre palabras, relatos ficticios, vivencias maquilladas ante espejos literarios y reflexiones compartidas en un universo sin rostros definidos. Con cada comentario cruzado fuimos conociéndonos un poco más, pero aquella muestra de interés público no nos permitía escribir lo que realmente queríamos decirnos, así que nos escondimos en conversaciones privadas, al amparo de nuestro correo electrónico y de un chat en el que expresábamos lo que sentíamos a través de estúpidos emoticones amarillos. Con el tiempo las letras comenzaron a ser insuficientes y un buen día ella se atrevió a teclear 9 números que abrían una ventana auditiva a millones de nuevas posibilidades.
Ante el temor de no poder borrar lo escrito y de que mi tono de voz descubriera mis miedos y emociones, tardé algunos días en teclear aquellos nueve dígitos en mi teléfono, pero una vez hice acopio del valor suficiente, pude ponerle intención a todas aquellas frases tantas veces leídas, cayendo fulminantemente enamorado por el tono de su voz, por su forma de jugar con las palabras, por sus enrevesadas metáforas para analizar todo lo que nos sucedía, por sus deliciosas carcajadas telefónicas, por la rapidez con la que me desarmaba con sus preguntas, por ese acento seco que humedecía todas mis fantasías, por aquellos agradables silencios en los que nos decíamos todo aquello que no merecía ser ensuciado con adjetivos.
Así, el tiempo dejó de estar compuesto por horas, minutos y segundos y pasó a estar marcado por la vida de la batería, que nos anunciaba con su intermitencia que aquellas conversaciones tenían fecha de caducidad. Durante meses mantuvimos un idilio de letras y sonidos que fue destapando la angustia del tacto y la desesperación del gusto que sentíamos ambos y que no verbalizaba ninguno.
Y como era de suponer, llegó el día en que nuestras divagaciones se concentraron únicamente en el día en el que nos conociéramos personalmente, en la forma en la que nos saludaríamos, como nos sentiríamos, cuál sería nuestra primera frase y la última, en que momento nos daríamos el primer beso, nos atreveríamos a acariciarnos, nos desnudaríamos, qué nos diríamos al oído, qué le pediríamos al otro, qué queríamos que nos hiciera y dónde queríamos que nos lo hiciera, cómo saldría, si nos gustaría, si al vernos no se caería toda aquella magia a lo más profundo de la realidad, si seríamos tan valientes de mirarnos a la cara al menos una vez en nuestras vidas.
Y así pasaron los meses, conocía cada pliegue de su cuerpo sin haberla visto, sabía que le gustaba y cómo, en que medida, que cosas le molestaban, su lado de la cama preferido, la música que le gustaba, sus traumas de infancia, sus miedos, sus amistades y traiciones, sus fracasos y victorias en la vida, su color preferido, sabía incluso que muecas ponía al otro lado del hilo telefónico, podía respirarla, oler cada poro de su piel, era un ser abstracto que en mi cabeza superaba con creces cualquier cuerpo que en mi vida hubiera conquistado, la deseaba con todo mi ser y la única certeza de mi imaginación me dejaba navegar por cada rincón de su cuerpo y de su alma. Pero no era suficiente.
Un buen día tecleé mi tarjeta de crédito y me saqué un billete de avión con rumbo a esa ciudad que tantas veces habíamos recorrido los dos juntos en nuestras conversaciones y ahí estaba yo, con la maleta tiritando a mi lado y el corazón en la boca dispuesto a decir hola al amor de su vida por primera vez. Ya no me importaba que la magia se perdiera con el contacto directo de su piel, solo quería besarla y cerciorarme de que aquellos labios que me habían enamorado pronunciando todas aquellas palabras, iban a ser míos de una vez por todas.
Y para siempre.
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A Pulmón Abierto |