Ha faltado poco para no volver a escribir sobre la tumba de lo que un día fue parte importante de mi vida.
A veces (y más en este mes traicionero a la razón) uno echa de menos a ciertas personas, objetos o lugares, consecuencia supongo de estas fatídicas fechas en las que se mezcla la tradición con la sin razón con la obligación y uno acaba deseando feliz año a seres odiados, diciendo te quiero a amores caducados y llamando a aquellos amigos que alguna vez fueron pero que ya son pasado oxidado.
Es raro echar de menos el tener un sitio en el que escupir todo aquello en lo que pienso, me había hecho a la idea de que mi cabeza era recipiente suficiente para desgranar y disfrutar de todas y cada una de las sensateces y locuras que se me ocurren mientras respiro, pero no es lo mismo; escribirlo, sentarse a pensar en cómo explicar a un público que ya no está lo que quiero contar y hacerlo de manera que no solo explique, si no que también sea disfrute, eso…, eso era un deleite ahora olvidado que aunque a veces pienso en recuperar, nunca termino de acomodar en un hueco.
Es raro que, finalmente, uno acabe dándole más importancia al hecho mismo de importarse en su mecánica diaria, ahogándose en vasos vacíos de obligaciones y deberes, llegando incluso a dejar a un lado aquello que producía placer por falta de tiempo. ¿Os lo imagináis, haber llegado a tal punto?, “- ¿Quieres echar un polvo inolvidable?, -me pilla fatal, recuérdamelo en mis vacaciones”.
En fin, a lo que iba, ha faltado poco para no volver escribir este año sobre la tumba de lo que un día fue parte importante de mi vida. Felices días de lo que queda de año para todos, no son muchos, pero siempre suficientes para repensar otra vez en las cosas, personas y lugares que realmente importan. Nada de lo que hacemos ahora es tan importante como para evitar enfrentarnos a lo que realmente queremos hacer.
Es tan sencillo que me genera trastornos de pánico.
1.- Padezca una situación catastrófica (muerte familiar, pérdida de trabajo, desahucio, cuernos, son los más comunes, pero el ser humano tiene una capacidad infinita para hundirse ante el más mínimo contratiempo).
2.- Quédese en la calle. Por imposibilidad económica o por decisión salomónica, la calle se convertirá en su casa, aprenderá a ver la ciudad como un hogar, deconstruirá en su mente parques, aceras, bancos, esquinas, basuras, para reconstruirlos de nuevo como salones, pasillos, camas, cagaderos y cocinas.
3.- Acepte su soledad. Sus seres queridos, si le quedan, le darán la espalda, sus amigos le recriminaran y acabarán por avergonzarse de usted, sus compañeros de trabajo directamente le borrarán de su existencia, usted ha dejado de existir sentimentalmente, todos sus lazos emocionales con su antigua realidad se habrán roto. Si le queda alguno usted hará por romperlo. Verá su soledad como su única protección.
4.- Normalice. Todo ser humano tiende a normalizar sus actos y su entorno, somos seres adaptativos, además de débiles y estúpidos, adaptativos. Usted dejará de ver como algo inusual el comer directamente de la basura, el robar los restos de comida en las terrazas de la ciudad, el cagar en una esquina del parque y limpiarse con las servilletas del Telepizza de la esquina, el crear camas de cartón cada noche, el llevar un casco de ciclista para resguardarse del sol o cuatro capas de ropa en pleno Julio. Todo es perfectamente normal, no es usted el único, convive diariamente con docenas de personas que hacen algo parecido.
6.- Descubra a su nueva familia. Como usted existen miles, viven con usted, en su nuevo salón, en su nueva cocina, en su nuevo baño. Son comprensivos, aunque algunos algo violentos, compartirán todo con usted, le hablarán, le entenderán y le reirán sus gracias, serán comprensibles ante sus manías, no le juzgarán, todo es perfectamente normal, que usted haga veinte flexiones cada cinco minutos para estar en forma por si vienen los sicarios del rey ha matarle es normal, que su amigo pueda hablar con las palomas y enviar mensajes a sus familiares en Chile, que responderán cada cierto tiempo a través de otras palomas que habrán viajado meses, es normal. Siéntase aceptado y querido.
7.- Disimule. A nadie le gusta ser juzgado, aprenderá a disimular, usted no está en la calle por nada, tiene un propósito, o eso es lo que el resto de ciudadanos deben creer, hará colas, revisará papeles, mirará al final de la calle buscando a nadie, blasfemará continuamente mientras mira el reloj, escribirá notas de importancia extrema que irá ordenando en montones que tendrán diferentes objetivos, que irán cumpliéndose mentalmente para dar paso a otros objetivos que requerirán de otros papeles con notas de suma importancia que deberá ordenar en diferentes montones.
8.- Desconecte. Finalmente desconecte de su pasado, su subconsciente ya habrá recreado una vida anterior a su medida, usted no tuvo familiares, nació tras un eclipse, no trabaja, esta buscando empleo y por eso recoge todos los días centenares de periódicos y recorta una y otra vez las mismas ofertas de empleo, que ordena y clasifica para luego contactar, quizás utilizando alguna paloma de su amigo chileno. Una vez encuentre trabajo podrá volver a su país, que está ubicado en una zona cálida del océano Brámbico, aguas a las que no ha llegado casi ningún ser humano y que rodean a una isla hermosa donde la gente nace espontáneamente tras los eclipses.
He vuelto a tocarme a escondidas. Creí haberlo dejado atrás, pero no puedo.Cada cierto tiempo vuelvo a caer en la rutina de un vicio que me mece entre orgasmo y orgasmo auto inducido, hasta el desenlace más vergonzanteque pueda soportar.
Cada día me toco más y en intervalos más cortos, en sitios públicos insospechados, en el metro, en el autobús, en la cola del supermercado, en el parque, en la calle mientras camino, me masturbo por una abertura del bolsilloen la oficina mientras pongo al día mi correo, o me froto la polla entre los muslos mientras espero a que llegue el metro que me lleve de nuevo a casa.
Puede parecer una manía placentera, pero nada más lejos de la realidad, es un esclavismo genital constante, una obsesión continua por exprimirme el rabo hasta sacar la última gota de semen, tengo heridas en la piel y a veces siento un dolor agudo en el glande que me provoca nauseas, mareos y desmayos.
Ahora estoy completamente avergonzado, una niña de 5 años me mira con curiosidad infinita mientras masca un chicle y su perro lame mis deportivas libremente. Desde mi posición la niña parece enorme y tiene una cabeza desproporcionada, como en una mala pesadilla en la que todo tu entorno está sobredimensionado y las cosas pequeñas se aprecian con un tamaño aterrador.
El resto de los adultos guardan una distancia prudencial y solo yo, tumbado en el centro del círculo y la niña de cabeza enorme con su perro, justo a mi lado, sufrimos la mirada adulta de asombro y desaprobación. Parece que el chucho ha terminado su festín, lo que agradezco, porque quitarme el semen reseco de los pantalones ya va a llevarme un buen rato y tengo que estar en 19 minutos en la oficina.
O esa es mi idea, parece ser que otra vez he vuelto a cerrar el ciclo, pasaré un tiempo en el centro, lo más probable es que el agravante niña-perro aumente mi estancia algunas semanas más.De todas formas es un alivio, volveré a la normalidad de mi existencia en unos meses, volverá a girar la rueda de nuevo, salir del centro, buscar un empleo, mantener relaciones distantes con mis compañeros de trabajo, bajar a comprar al chino algo precocinado para cenar, verprogramas de debate hasta quedarme dormido y así, hasta que vuelva a tocarme, sin querer, de refilón y la excitación de lo prohibido me lleve a querer repetir este ciclo destructivo una vez más.
Después de una semana visitando tierras asturianas, he llegado a varias conclusiones, la primera es que sólo en los intervalos de tiempo vacacionales consigo encontrarme con ese “yo” mío que duerme a lo largo del año abrigado por las mil y una ansiedades que completan mi día a día, la mayoría de ellas, todo hay que decirlo, de fácil tratamiento, pero me considero un ser inoperante en lo personal cuando estoy más pendiente de mi productividad laboral (tan triste como cierto).
La segunda es que este reencuentro trae consigo una fatalidad igual de vergonzante, que es la de ponerse metas y objetivos para la vuelta de vacaciones. Embriagado uno como está por ese aire festivo y esa paz interior que ofrecen el descanso y el cambio de rutina, se siente fuerte para imponerse objetivos que en pleno mes de noviembre le provocarían 3 lipotimias y 4 cuadros severos de ansiedad sólo en su fase de planteamiento. Aún así, lo hacemos, algo conscientes de nuestra inconsciencia pasajera nos lanzamos a aventurarnos en empresas futuras tales como dejar de fumar, hacer ejercicio, retomar contactos, dedicar más tiempo a hobbies olvidados, buscar huecos para leer, cuidar más de los amigos, culturizar un poco la rutina diaria, asistir a eventos, conciertos, obras de teatro, escribir un libro, remodelar el cuarto y por qué no, darle un nuevo aire al salón, retomar aquel proyecto personal, y el otro laboral con ese amigo tan emprendedor, formarse un poco más en la profesión, ah y hay que refrescar los idiomas que las series en VOS ayudan pero no hacen milagros. Todo esto con una más que probable jornada partida más horas extras. Que forma de crearse frustraciones futuras.
La tercera es la más demoledora. He de viajar más, estar en ruta me reporta una felicidad inigualable, aún cuando he perdido el tren, cargo con una mochila de mi estatura y dos veces mi peso, me quedan 70 céntimos en la cartera, mi padre no atiende a las llamadas y una señora no para de comentar mis pintas con su amiga zampastelera, aún en esas, siento una felicidad demoledora, el tiempo deja de ser timón de mis acciones, el destino puede ser reescribible sólo con cambiar de arcén, el futuro deja de pesar como una losa y el presente se muestra en todo su esplendor.
La cuarta y definitiva es que, una vez que han pasado 3 horas desde que he vuelto a la oficina, más moreno, más gordo y más pobre, un pensamiento cruje todas las conclusiones anteriores… vaya mierda de invierno que me espera.
(Aún así voy a intentar cumplir con una de aquellas ensoñaciones de verano que trataba de retomar lo que cada vez se parece más a un cadáver).
La calle no existía, se había esfumado por decreto comercial, como había sucedido con cientos de calles en cientos de lugares distintos a lo largo de la historia. Alid no reparaba en aquella tragedia, correteaba divertido hasta lo más alto de la montaña de escombros que se levantaba al principio de la calle. Aquella montaña tenia vida propia y Alid lo sabía. Si se mantenía muy quieto en la cima podía escuchar como rugía enfadada a veces, silbaba por entre las hendiduras de cada una de sus piedras o se acomodaba sobre la superficie de la calle, moviéndose levemente y haciendo rodar algún que otro escombro montaña abajo.
Cuando esto sucedía, Alid acariciaba a la montaña con sus pequeñas manos, como aquel que intenta consolar a una mascota.
Desde aquella posición, Alid se ponía manos a la obra y empezaba a reconstruir la calle. Al principio centraba todos sus esfuerzos en volver a levantar las estructuras básicas, soplaba con fuerza para mover la gravilla y que esta ocupara los socavones de la carretera, para acto seguido concentrarse en las aceras, el alumbrado, las tuberías, las fuentes, los bancos, las medianas, las señales de tráfico, las papeleras, las cabinas telefónicas, los contenedores de basura, las jardineras y el alcantarillado.
Después ordenaba al ejercito de árboles que se levantaran y se pusieran en pie formando a ambos lados de la calle. Algunos estaban impresentables por lo que Alid tenía que recriminarles con dureza para que alzaran sus ramas y colocaran cada hoja en su sitio. Sólo entonces los pájaros volvían a anidar entre sus ramas, agitando sus alas y creando una corriente de aire que se llevaba la triste nube de polvo que aún estaba en suspensión.
Entonces Alid cerraba los ojos con fuerza y levantaba las manos lentamente, cargando con el peso de todas las fachadas derruidas de los edificios. Este era para Alid el trabajo más duro de todos, pero también el más agradecido, ya que las gotas de sudor que se formaban en su frente caían por entre los escombros, creando un riachuelo que llenaba el caudal del viejo río, consiguiendo a su paso que las plantas volvieran a florecer y los peces aletearan agradecidos con fuerza.
Instaurado el orden de las cosas, las plantas y los animales, Alid ya sólo estaba a un paso de reconstruir su calle. Bajaba de su montaña no sin antes agradecerle la ayuda prestada y después comenzaba a zigzaguear por la calle. Con sus manos iba tocando cada uno de los comercios y portales para que estos encendieran sus luces, conectaran sus electrodomésticos, activaran el resto de maquinaria y abrieran sus puertas de par en par. Los edificios ya estaban en pie, por lo que pronto sus habitantes volverían a renacer en sus camas y a vestirse para salir a trabajar, a comprar o simplemente a pasear por su calle recién reconstruida.
Alid terminaba exhausto cuando llegaba al final de la calle, se sentaba en un banco y miraba hacia atrás para cerciorarse de que todo estaba en su sitio, otras veces había olvidado reconstruir las aceras y los vecinos, al salir de los portales y las puertas, desaparecían entre las grietas.
Alid había hecho un buen trabajo y justo cuando comenzaba a gozar de su triunfo, el suelo comenzaba a temblar y Alid agarraba el manto de carretera con fuerza entre sus manos intentando impotente que esta dejara de moverse y volviera a destruir todo lo que había creado.
Entonces Alid despertaba sobresaltado, asido a la manta que le habían dado en el refugio, con ríos de sudor empapándole la cara, el cuerpo dolorido de dormir sobre los escombros y las manos de su padre acariciándole el pelo, como quien acaricia a un hijo aterrorizado después de un mal despertar para consolarlo.
Resulta que desde pequeñito me ha tocado mucho la moral, ya no os digo los huevos, el tema esté de que una vez un ser supremo nos hizo a imagen y semejanza y luego el tema de la costilla, la mujer y la manzana, que nunca me quedó muy claro el orden y menos después de ver“Erase una vez el cuerpo humano”. Yo siempre he sido más darwiniano, palabro este que engloba a aquellos que pensamos que el medio único de la evolución es la adaptación al medio, y corriente de pensamiento esta que explica y justifica el porqué algunos seres igual de humanos que los que tenemos acceso a casi todo lo que deseamos, son capaces de sobrevivir con nada de lo que necesitan, más increíble aún, siendo algunos de ellos felices.
Explicaba esto en la primera media hora de metraje, una película que marcó el inicio de los 80, “los dioses deben estar locos”, seguro que habéis oído hablar de ella, una de las tramas giraba en torno a una tribu bosquimana que vivía feliz y aislada, sin conocer el rencor, el odio, ni la ambición, hasta que un buen día un piloto del primer mundo deja caer desde el cielo una botella de coca cola de cristal y los individuos de la tribu aprenden a individuar y ver el mundo desde el egoísmo y la ambición del que quiere algo único sólo para él.
Pero me estoy desviando del bueno de Darwin (en mi imaginario absurdo siempre lo he visto como un abuelo bonachón amigo de los pájaros, que contaba historias que nadie comprendía y era tratado como “el pobre loco del abuelo, que cosas tiene”); decía que me estaba desviando del bueno de Darwin y de su teoría de la evolución y la adaptación al medio, mucho más digna de asimilar por la inteligencia (yo es que a la fe, sólo le doy uso en cuartos de final), que la de la manzana y la costilla. En esa misma película la voz en off o narrador nos expone después de 20 minutos de taparrabos bosquimano, la realidad en el primer mundo y como los que en él vivimos sufrimos la continua tortura de tener que adaptarnos una y otra y otra vez a un nuevo medio con el estrés que ello supone, hasta el punto de justificar la locura y extrañas manías que muchos de nosotros, por no decir todos, sufrimos. Así pasamos del medio casa-familia-mujer-convivencia, al medio metro-bus-coche-carretera-tráfico,al medio oficina-curro-jefe-responsabilidad, al medio comida-bar-menú-tupper-banco-parque-bordillo-acera, al medio compras-cola-cajero-cola, al medio amigos-bar-cerveza-confesión-chute de felicidad intercalada. Si, es agotador.
Todo esto viene a cuento porque quería hablar de mi nueva situación vital, aquella que me ha llevado desde el pueblo-ciudad más húmedo, familiar y tranquilo de mi mundo conocido, a la capital más inadaptable del planeta. Y así es como cada día que pasa entiendo más al loco de la esquina que hace guardia en el Carrefour del barrio e increpa protegido por los matorrales a todo el que pasa, o al loco del metro que se acerca sigiloso con ojos que miran al infinito y te habla de un tal Fernando y una tal Beatriz que se van a enfadar mucho si se enteran de lo que has hecho, o al loco de la Glorieta de Embajadores que mientras espera su chute, dice vender sus mugrientas zapatillas a 1 € y se pasea descalzo llueva, nieve o haga calor.
Y yo, el loco que camina medio bailando y canta desafinado mientras va al curro a veces los miro y pienso “uff, que miedo acabar así, mientras el que va detrás de mi piensa lo propio mientras me observa un tanto asustado, o ya no, que aquí todo el mundo parece curado de espanto. Y es así que luego llego al curro y me encuentro en una oficina diáfana, con compañeros diáfanos y conversaciones diáfanas y juego a los jefecitos y me llaman al despacho, una pecera de cristal en la que todo se ve y nada se oye y muy, muy pocas veces te dan de comer, donde falta el aire porque es absorbido por el mandamás de turno, que a golpe de pulmón te va ordenando que hagas y deshagas, que cometas y acometas, que pienses y crees, que te encargues y termines.
Y es así que luego salgo aturdido, con la mirada mirando un poco al infinito, como mi amigo el del metro, aún con el ipod encendido orientando mis pasos hacia casa, pensando sin pensar en mí, como un recipiente vacío, una tetilla de rumiante ordeñada hasta la extenuación. Y así es como llego a casa y me meto en mi cuarto, un habitáculo de unos poco creíbles 6 metros cuadrados, me deshago de los ropajes laborales y me tiendo en la cama, medio inconsciente, intentando asimilar tanta mierda diaria, sin saber bien si es que me gusta la mierda o es una simple cuestión de adaptación de mi sistema digestivo y consigo tragar toneladas sin siquiera beber un trago de agua.
No tengo tiempo para más, primera y última vez que escribo desde el curro, esto tenía otro final, uno que aún no había pensado, pero no me queda tiempo y como buen ser humano inadaptado a la adaptación constante, soy adicto a dejar las cosas a la mitad. El título, lo de carta de navegación, venía a cuento por el tema este de adaptarse y orientarse en un mundo tan cambiante, como buen pirata o capitán, que haciendo uso de ella pensaba llegar a las Indias y acabó en las Américas… o más increíble aún… en las Canarias.
(Por cierto, quien iba a decirnos a nosotros lo de Richard Alpert, para mear y no echar gota)
Los jubilonautas han llegado para quedarse, armados hasta las prótesis dentales con todo tipo de tecnología artesanal, pretenden inculcarnos su modo de vida tiránico y poco práctico. Un jubilonauta jamás hace una cola, se introduce en ella sin titubear y rompe con el código ético establecido por el resto del personal.
Un jubilonauta no frecuenta lugares en los que el número de decibelios superen las dos cifras, por tanto es difícil verlos en discotecas u otros lugares masificados, no obstante, el jubilonauta siempre lleva a mano un dispositivo electrónico, que se recarga con dos cápsulas metálicas potencialmente contaminantes, con el cual anula su comunicación con el exterior gracias a la ruedecilla volumétrica aislante.
Un jubilonauta tiene la capacidad de bloquear un paso ya de por si complicado por una obra colindante, es frecuente verlos en casi todas las esquinas de Madrid aconsejando sobre el uso correcto de la cementera al personal de obra, o bien departiendo acaloradamente entre ellos sobre el mal endémico que suponen las obras que ellos mismo ralentizan.
Los jubilonautas tienen una capacidad genética que los hace infalibles a la hora de manejar el tráfico peatonal, gracias a la microvelocidad con la que se desplazan, pueden observar un tapón humano antes de que este suceda y a veinte metros de distancia, señalizan con sus manos el correcto desplazamiento del resto de transeúntes, llegando a increpar entre dientes a los que no hagan caso de sus señales.
Los jubilonautas planean la conquista del universo desde sus puntos estratégicos, bancos repartidos por todas las calles y parques en los que se reúnen para preparar el siguiente golpe. No tienen prisa, juegan con la ventaja de sentirse en la recta final, de saber que algunos caerán pero que pronto serán más en este pais de alta senilidad, de no esperar nada de nadie que no sea la muerte, son valientes, irascibles, bravos, tocapelotas, cansinos, agresivos e impredecibles.
Esta mañana en la panadería de enfrente, dos de ellos me han tendido una emboscada, tras colarse uno e increparle el que aquí escribe, el otro, colocaba el bastón de tal manera que al darme la vuelta mandando a cagar a su compañero de dominó, tropezara y cayera al suelo. Pensé en soltarle una galleta y pisarle la dentadura postiza, pero al final me pudo la compasión hacia el colectivo senil. Ahora desde casa, mientras me chorrea mercromina por la rodilla, pienso en una venganza cruel.
(O me sobra mucho tiempo para pensar o soy el único que se ha dado cuenta del peligro que corre la humanidad)