Archive for the ‘Lugares Adictivos’ Category

Mar-19-2008

LA REGADERA

Es ley de vida, lo sé. Todo, absolutamente todo está abocado al cambio. Y cuando no es un cambio de naturaleza física lo es de otra, menos palpable pero más demoledora. El problema es que uno a veces necesita que ciertos lugares permanezcan tal cuál los mantiene en su memoria. Y es cuando pasa frente a ellos y los ve desfigurados, mutilados, tuneados, profanados y descuidados, que le da una punzada en el corazón , sabedor que aquel lugar, aquel lugar en el que compartió y formó miles de recuerdos, ya sólo permanecerá intacto en su memoria.

Entré a La Regadera a trabajar hace ya seis años. Una tasca pequeña, en un punto estratégico de la noche lagunera, con un encanto especial, mezcla de platos desenfadados y participativos, la música del gran Gardel sonando toda la noche por la cara A y la B y unos empleados que, con el tiempo, se fueron convirtiéndo en una familia, con todas sus consecuencias.

Entré por manga, como suele suceder en esta ciudad. Mi hermano, que llevaba poco tiempo en el lado sacrificado de la barra, sabedor de mi necesidad de pagar facturas, me coló una noche de fin de semana.

De repente, me hice pequeño en la barra de aquella tasca. El trabajo se regía por un caos ordenado, cada uno mantenía una lógica sucesión de acciones que sacaban el trabajo adelante, cada uno con su modus operandi, con la coincidencia asombrosa que, en momentos que así lo demandaban, podían trabajar unos con otros y sacar el trabajo adelante. Ese día, aterrorizado, permanecí en la barra como haría un gato en un nuevo escenario, agazapado, observando cada situación y cada elemento, evaluando peligros y oportunidades, con el lomo erizado y la mirada alerta ante cualquier movimiento.

Tres meses después era el encargado de la barra, era el pringado que por juventud y ego, eligió y accedió a cargar con todas las responsabilidades por un poco de poder que no era tal, solo lo aparentaba ser. Al final todo quedaba en un nuevo pack de obligaciones. Abrir la caja, negociar con proveedores, torearme al personal de la barra, ser el último en salir, responsabilizarme de todos los errores y problemas, elegir a nuevos empleados, ser el último en cobrar…

La aventura no duró mucho, la de encargado digo, sólo unos meses, lo justo para saber que más no es siempre mejor. Una vez de vuelta como camarero raso todo fue mucho mejor.

Allí conocí a cientos de personas, algunas de ellas mis mejores amigos hoy en día. Entre ellas, sobre todas, mi hermano. Trabajar codo a codo con él fue algo impagable. Había días que no podía ni mirarle, otros en los que hubiera saltado de la barra y le hubiera metido tres ostias, y otros en los que hubiera hecho lo mismo para darle un abrazo.

En esas paredes llenas de cuadros con paisajes típicos isleños, elementos decorativos tan variados como una tabla de examinación ocular o un pájaro de mil colores colgado en lo alto de la barra, taburetes en vez de sillas, madera pintada de colores, biombos y enredaderas de plástico que simulaban intimidad para los reservados, unos baños minúsculos en los que creo, no me faltó hacer nada de la lista lógica de “20 cosas que hacer en el baño de un bar”…. allí, fue dónde dejé muchos de mis mejores recuerdos y mirando ahora hacía atrás, creo que mis mejores años.

No olvidaré jamás el coqueteo con las clientas, aquellas mesas de despedidas de soltera en la que nos jugabamos quien tenía que ser el camarero porque creerme, da miedo enfrentarse a quince mujeres con ganas de reirse de los hombres, sino, que se lo digan a mi hermano cuando un día a última hora, me preguntaron como se llamaba ese chico tan guapo y si era soltero, a lo cuál dije que si mintiéndo y les dí su nombre. Quince mujeres coreando al unísono el nombre de mi hermano y él, escondido en la cocina sin saber por donde huir “que se ponga el tanga, que se ponga el tanga”. Impagable, sobre todo cuando salió con él puesto por encima, derrotado por la inercia festiva de la situación. De esa cara, de la suya en ese momento, tengo una foto mental imposible de eliminar.

No olvidaré aquellas noches en las que todo salía mal y sólo quería salir de ahí, en las que venía un sujeto al fondo de la barra buscando cualquier excusa para crear un problema, aquellas en las que empezabamos a beber nada más entrar y cuando llegaban las horas de trabajo más fuertes todos llevabamos una tajada monumental, aquellos números de telefóno dejados en la parte trasera de la factura, aquellos “estaremos en el Kapitel, os pasáis luego por allí?” y mi hermano y yo, chicos de fidelidad genética, que asentíamos con la cabeza y negábamos con el corazón.

No olvidaré como consolé y fuí consolado por cada uno de mis compañeros, las broncas con la cocina, meses sin hablarme con la cocinera que me dejó con el culo al aire cuando yo la cubrí, no olvidaré como fuí consejero y aconsejado de todos los problemas personales que en un momento dado, soltábamos por la boca pidiendo auxilio o comprensión.

Ayer volví a pasar por ese lugar, el cartel y la puerta siguen siendo los mismos. Dentro, todas las paredes blancas impolutas, una barra de frío metal y dos chicos con un pañuelo negro sirviéndo perritos y hamburguesas a granel. Uno de ellos, mi jefe, con el que compartí noches que terminaban cuando era día y en las que “arreglabamos el mundo”, aquel hombre que tenía un olfato inusual para los negocios y las negociaciones, que tuvo su época dorada con nosotros y que luego cayó en picado, aquel hombre me miró cuando pasé entristecido por la acera de enfrente y al verme, levantó los hombros en señal de resignación, como diciendo, “lo sé, es una putada, pero todo cambia, hay que adaptarse”.

Pasaré algún día a tomarme un perrito y saludarle, cuando se me quite este mal cuerpo por haber visto enterrados a todos mis recuerdos.

 

 

Publicado en Recuerdos, Lugares Adictivos |
Dic-28-2007

EL AEROPUERTO

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En la entrada, la gente se agolpa en los laterales de las puertas para apurar los últimos cigarros, algunos encendidos para apagar la ansiedad del vuelo, otros para mitigar los nervios del reencuentro, otros para hacer tiempo, los hay de calada meditativa y los que saben a despedida.

Cuando entras, si puedes atravesar las puertas domóticas de la entrada sin más problemas, te encuentras con un espacio amplio, de techos altos, grandes cristaleras, excedentes de señalética por todas partes que más que orientar aturden, y pasajeros, cientos de ellos con sus maletas y sus historias a cuestas, perdidos en la inmensidad del caos que rige el funcionamiento de un aeropuerto. Y “bienvenidores”, personas que esperan pacientes alguna llegada de alguien y que están tan o más nerviosos que los que cargan maletas, quizás por todo lo demás que cargan bajo esa pose de espera tan practicada.

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Publicado en Lugares Adictivos |
Oct-31-2007

LA LAGUNA Y TÚ

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Tengo un amigo en Vietnam y otro en Cuba. Hace poco uno que se fue a México y se quedó, en breve una muy buena amiga se irá a una “aventura humanitaria” a Malí. Eso sin contar con los/las que cierran la maleta y se van con todo o casi nada para no volver.

 

Es una ciudad de tránsito, lo sé, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. La gente viene, respira fuerte, vive intensamente y se va, y cuando esto sucede, tú te quedas con el corazón desfondado, el ánimo decaído y la amistad un poco tullida.

 

El problema es que esto me sucede una y otra vez y la Laguna, ya deja de ser “La Laguna” a secas y pasa a ser La Laguna y Yo. “¿Qué es lo que siempre me quedará al volver?, me dijo una amiga el otro día, “La Laguna y tú“.

 

La Laguna y yo, y yo y mis maletas, y mis maletas vacías, esperándo llenarse de una vez con todo lo necesario para no volver. La cifra marea, ocho años en La Laguna, yo venía de paso, más bien perdido, a estudiar algo que no me gustaba, conocer a gente que no imaginaba y pasar algunos años camuflado en la vida universitaria.

 

Ese era el plan y como todo plan no sucedió así, ni por asomo. Lo bueno de planificar las cosas es que sabes que no van a suceder de esa manera. Inutil empeño el nuestro, escribir nuestro destino con pautas, horarios, fechas y lugares. Luego viene la vida, tan caótica e impredecible y juega un rato con nosotros, trastocando nuestro futuro planificado. Gracias a “dios”, por cierto, sino esto sería demasiado aburrido.

 

Y la cosa es que a veces me levanto de la silla, suelo o sillón y pienso, esta vez si, me voy y dejo aquí mi corazón y mis recuerdos, guardaditos en esta caja de experiencias preciosas que es La Laguna. Pero luego, cuando he dado el primer paso y acaricio la maleta, la vida me da un empujón hacía atrás y me pone enfrente otro reto que me hace retroceder.

 

No hay pena en este texto, ni deudas vitales, ni sueños de mochilero frustrado. La vida, el futuro o ese destino del que tanto hablamos me seguirá dando las dosis que crea conveniente de todo lo que aún queda pendiente. Yo mientras tanto, aquí o allá, seguiré dando la bienvenida y despidiéndome de las personas, los días y todas las experiencias que me ofrezcan.

Publicado en Reflexiones Mentoladas, Lugares Adictivos |
Sep-24-2007

LA CAFETERÍA

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Todo el mundo tiene una. La mía es bastante grande y poco luminosa. Tiene el encanto de las buenas cafeterías. Una atmósfera cargada, tres estanterías llenas de libros y un tráfico fluído de personas. Cuando no bebes, comes, y cuando no, fumas, o lees o simplemente miras a las personas que vienen y van, que hablan de todo, desde la genialidad de “dostoyeski” hasta el último lío de camas de Gran hermano.

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Publicado en Lugares Adictivos |