LA REGADERA
Es ley de vida, lo sé. Todo, absolutamente todo está abocado al cambio. Y cuando no es un cambio de naturaleza física lo es de otra, menos palpable pero más demoledora. El problema es que uno a veces necesita que ciertos lugares permanezcan tal cuál los mantiene en su memoria. Y es cuando pasa frente a ellos y los ve desfigurados, mutilados, tuneados, profanados y descuidados, que le da una punzada en el corazón , sabedor que aquel lugar, aquel lugar en el que compartió y formó miles de recuerdos, ya sólo permanecerá intacto en su memoria.
Entré a La Regadera a trabajar hace ya seis años. Una tasca pequeña, en un punto estratégico de la noche lagunera, con un encanto especial, mezcla de platos desenfadados y participativos, la música del gran Gardel sonando toda la noche por la cara A y la B y unos empleados que, con el tiempo, se fueron convirtiéndo en una familia, con todas sus consecuencias.
Entré por manga, como suele suceder en esta ciudad. Mi hermano, que llevaba poco tiempo en el lado sacrificado de la barra, sabedor de mi necesidad de pagar facturas, me coló una noche de fin de semana.
De repente, me hice pequeño en la barra de aquella tasca. El trabajo se regía por un caos ordenado, cada uno mantenía una lógica sucesión de acciones que sacaban el trabajo adelante, cada uno con su modus operandi, con la coincidencia asombrosa que, en momentos que así lo demandaban, podían trabajar unos con otros y sacar el trabajo adelante. Ese día, aterrorizado, permanecí en la barra como haría un gato en un nuevo escenario, agazapado, observando cada situación y cada elemento, evaluando peligros y oportunidades, con el lomo erizado y la mirada alerta ante cualquier movimiento.
Tres meses después era el encargado de la barra, era el pringado que por juventud y ego, eligió y accedió a cargar con todas las responsabilidades por un poco de poder que no era tal, solo lo aparentaba ser. Al final todo quedaba en un nuevo pack de obligaciones. Abrir la caja, negociar con proveedores, torearme al personal de la barra, ser el último en salir, responsabilizarme de todos los errores y problemas, elegir a nuevos empleados, ser el último en cobrar…
La aventura no duró mucho, la de encargado digo, sólo unos meses, lo justo para saber que más no es siempre mejor. Una vez de vuelta como camarero raso todo fue mucho mejor.
Allí conocí a cientos de personas, algunas de ellas mis mejores amigos hoy en día. Entre ellas, sobre todas, mi hermano. Trabajar codo a codo con él fue algo impagable. Había días que no podía ni mirarle, otros en los que hubiera saltado de la barra y le hubiera metido tres ostias, y otros en los que hubiera hecho lo mismo para darle un abrazo.
En esas paredes llenas de cuadros con paisajes típicos isleños, elementos decorativos tan variados como una tabla de examinación ocular o un pájaro de mil colores colgado en lo alto de la barra, taburetes en vez de sillas, madera pintada de colores, biombos y enredaderas de plástico que simulaban intimidad para los reservados, unos baños minúsculos en los que creo, no me faltó hacer nada de la lista lógica de “20 cosas que hacer en el baño de un bar”…. allí, fue dónde dejé muchos de mis mejores recuerdos y mirando ahora hacía atrás, creo que mis mejores años.
No olvidaré jamás el coqueteo con las clientas, aquellas mesas de despedidas de soltera en la que nos jugabamos quien tenía que ser el camarero porque creerme, da miedo enfrentarse a quince mujeres con ganas de reirse de los hombres, sino, que se lo digan a mi hermano cuando un día a última hora, me preguntaron como se llamaba ese chico tan guapo y si era soltero, a lo cuál dije que si mintiéndo y les dí su nombre. Quince mujeres coreando al unísono el nombre de mi hermano y él, escondido en la cocina sin saber por donde huir “que se ponga el tanga, que se ponga el tanga”. Impagable, sobre todo cuando salió con él puesto por encima, derrotado por la inercia festiva de la situación. De esa cara, de la suya en ese momento, tengo una foto mental imposible de eliminar.
No olvidaré aquellas noches en las que todo salía mal y sólo quería salir de ahí, en las que venía un sujeto al fondo de la barra buscando cualquier excusa para crear un problema, aquellas en las que empezabamos a beber nada más entrar y cuando llegaban las horas de trabajo más fuertes todos llevabamos una tajada monumental, aquellos números de telefóno dejados en la parte trasera de la factura, aquellos “estaremos en el Kapitel, os pasáis luego por allí?” y mi hermano y yo, chicos de fidelidad genética, que asentíamos con la cabeza y negábamos con el corazón.
No olvidaré como consolé y fuí consolado por cada uno de mis compañeros, las broncas con la cocina, meses sin hablarme con la cocinera que me dejó con el culo al aire cuando yo la cubrí, no olvidaré como fuí consejero y aconsejado de todos los problemas personales que en un momento dado, soltábamos por la boca pidiendo auxilio o comprensión.
Ayer volví a pasar por ese lugar, el cartel y la puerta siguen siendo los mismos. Dentro, todas las paredes blancas impolutas, una barra de frío metal y dos chicos con un pañuelo negro sirviéndo perritos y hamburguesas a granel. Uno de ellos, mi jefe, con el que compartí noches que terminaban cuando era día y en las que “arreglabamos el mundo”, aquel hombre que tenía un olfato inusual para los negocios y las negociaciones, que tuvo su época dorada con nosotros y que luego cayó en picado, aquel hombre me miró cuando pasé entristecido por la acera de enfrente y al verme, levantó los hombros en señal de resignación, como diciendo, “lo sé, es una putada, pero todo cambia, hay que adaptarse”.
Pasaré algún día a tomarme un perrito y saludarle, cuando se me quite este mal cuerpo por haber visto enterrados a todos mis recuerdos.
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