Archive for the ‘Recuerdos’ Category

Abr-6-2008

LA MUDANZA

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Ya de pequeño no tardé ni nueves meses de vida en hacer mi primera mudanza, vivía en un piso pequeño, poco luminoso e incómodo, tan pequeño que tenía que acomodarme todo el día en posición fetal.

De ahí me fui a uno más reconfortante y luminoso, eso si, los barrotes no acaban de convencerme y los vecinos asomaban de manera automática y cada cinco segundos sus enormes cabezas con sus ridículas muecas. Todavía no entiendo como no me volví un esquizofrénico paranoide.

Cuando me quise dar cuenta y tomé algo más de conciencia del asunto, me vi compartiendo piso con dos personas mayores que no paraban de decirme lo que tenía que hacer, y habitación con otras dos que no paraban de tocarme los huevos todo el tiempo. Aunque con el tiempo les cogí cariño, a todos.

En ese tiempo creo recordar que me mudé unas siete veces. A los dieciocho años decidí que ya estaba bien de tanto compartir siempre piso con los mismos y, en plena época convulsa y de búsqueda de experiencias, me fui a mi primer piso en una ciudad universitaria.

Los compañeros de piso cambiaron y todo se transformó. Ya nadie me hacía la comida, nadie me preguntaba a donde iba o de donde venía, nadie me vigilaba, nadie parecía darse mucha cuenta de mi existencia por allí. La casa ya no permanecía limpia y ordenada, nadie me daba ya besos de buenos días, la comida no crecía en la despensa y la nevera, las luces que se fundían no volvían a iluminar nunca más, lo que se rompía permanecía roto y lo que se ensuciaba, permanecía sucio. Y yo, estaba encantado.

Fueron años los de estudiante increíbles, de compartir y de conocer, de amar y de odiar, de mudarme de una casa a otra, con gente diferente y diferentes sueños. Algunas cajas nunca se hicieron, otras se perdieron por el camino, otras no volvieron a ser abiertas nunca más.

Terminados los estudios me topé con una gran verdad. Se puede ser multicompartidor de piso. Por las mañanas empecé a ir a otra casa, cuyas reglas eran rectas e inamovibles, en caso de no cumplirlas me echaban de ella. No era muy agradable la verdad. Había una persona que, aunque compartía lo mismo que nosotros a diario, tenía mucho más poder que todos los demás y lo usaba para darnos por el culo a todos. Lo único que no hacía en esa casa era dormir, pero todo era siempre trabajo y obligación. Después de esa primera experiencia caí en la cuenta que, para poder vivir en la otra casa, la de la cama, tenía primero que dejarme los riñones y las neuronas en esta otra, para luego salir, llegar a la mía y abrazar la almohada como tabla de salvación. Y eso sería así el resto de mi vida.

Me he mudado y he vivido con novias, amigos, la soledad, desconocidos, familiares. Hago cuentas y doy con la mágica cifra, dieciocho casas a lo largo de mi vida, dieciocho mudanzas, dieciocho vueltas a conocer, aclimatarse, hacerse un hueco, hacerse respetar, aprender a hacerlo, empaquetar cuartos, cocinas, útiles inútiles, experiencias guardadas en mil objetos.

La vida es una mudanza, una nunca deja de hacer y deshacer cajas como el que hace y deshace ilusiones y proyectos, y lo peor, lo peor es que, después de tanto ajetreo me iré de esta vida haciendo una última mudanza, eso si, esta vez la caja no será de cartón barato, sino de firme y buen roble.

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Mar-19-2008

LA REGADERA

Es ley de vida, lo sé. Todo, absolutamente todo está abocado al cambio. Y cuando no es un cambio de naturaleza física lo es de otra, menos palpable pero más demoledora. El problema es que uno a veces necesita que ciertos lugares permanezcan tal cuál los mantiene en su memoria. Y es cuando pasa frente a ellos y los ve desfigurados, mutilados, tuneados, profanados y descuidados, que le da una punzada en el corazón , sabedor que aquel lugar, aquel lugar en el que compartió y formó miles de recuerdos, ya sólo permanecerá intacto en su memoria.

Entré a La Regadera a trabajar hace ya seis años. Una tasca pequeña, en un punto estratégico de la noche lagunera, con un encanto especial, mezcla de platos desenfadados y participativos, la música del gran Gardel sonando toda la noche por la cara A y la B y unos empleados que, con el tiempo, se fueron convirtiéndo en una familia, con todas sus consecuencias.

Entré por manga, como suele suceder en esta ciudad. Mi hermano, que llevaba poco tiempo en el lado sacrificado de la barra, sabedor de mi necesidad de pagar facturas, me coló una noche de fin de semana.

De repente, me hice pequeño en la barra de aquella tasca. El trabajo se regía por un caos ordenado, cada uno mantenía una lógica sucesión de acciones que sacaban el trabajo adelante, cada uno con su modus operandi, con la coincidencia asombrosa que, en momentos que así lo demandaban, podían trabajar unos con otros y sacar el trabajo adelante. Ese día, aterrorizado, permanecí en la barra como haría un gato en un nuevo escenario, agazapado, observando cada situación y cada elemento, evaluando peligros y oportunidades, con el lomo erizado y la mirada alerta ante cualquier movimiento.

Tres meses después era el encargado de la barra, era el pringado que por juventud y ego, eligió y accedió a cargar con todas las responsabilidades por un poco de poder que no era tal, solo lo aparentaba ser. Al final todo quedaba en un nuevo pack de obligaciones. Abrir la caja, negociar con proveedores, torearme al personal de la barra, ser el último en salir, responsabilizarme de todos los errores y problemas, elegir a nuevos empleados, ser el último en cobrar…

La aventura no duró mucho, la de encargado digo, sólo unos meses, lo justo para saber que más no es siempre mejor. Una vez de vuelta como camarero raso todo fue mucho mejor.

Allí conocí a cientos de personas, algunas de ellas mis mejores amigos hoy en día. Entre ellas, sobre todas, mi hermano. Trabajar codo a codo con él fue algo impagable. Había días que no podía ni mirarle, otros en los que hubiera saltado de la barra y le hubiera metido tres ostias, y otros en los que hubiera hecho lo mismo para darle un abrazo.

En esas paredes llenas de cuadros con paisajes típicos isleños, elementos decorativos tan variados como una tabla de examinación ocular o un pájaro de mil colores colgado en lo alto de la barra, taburetes en vez de sillas, madera pintada de colores, biombos y enredaderas de plástico que simulaban intimidad para los reservados, unos baños minúsculos en los que creo, no me faltó hacer nada de la lista lógica de “20 cosas que hacer en el baño de un bar”…. allí, fue dónde dejé muchos de mis mejores recuerdos y mirando ahora hacía atrás, creo que mis mejores años.

No olvidaré jamás el coqueteo con las clientas, aquellas mesas de despedidas de soltera en la que nos jugabamos quien tenía que ser el camarero porque creerme, da miedo enfrentarse a quince mujeres con ganas de reirse de los hombres, sino, que se lo digan a mi hermano cuando un día a última hora, me preguntaron como se llamaba ese chico tan guapo y si era soltero, a lo cuál dije que si mintiéndo y les dí su nombre. Quince mujeres coreando al unísono el nombre de mi hermano y él, escondido en la cocina sin saber por donde huir “que se ponga el tanga, que se ponga el tanga”. Impagable, sobre todo cuando salió con él puesto por encima, derrotado por la inercia festiva de la situación. De esa cara, de la suya en ese momento, tengo una foto mental imposible de eliminar.

No olvidaré aquellas noches en las que todo salía mal y sólo quería salir de ahí, en las que venía un sujeto al fondo de la barra buscando cualquier excusa para crear un problema, aquellas en las que empezabamos a beber nada más entrar y cuando llegaban las horas de trabajo más fuertes todos llevabamos una tajada monumental, aquellos números de telefóno dejados en la parte trasera de la factura, aquellos “estaremos en el Kapitel, os pasáis luego por allí?” y mi hermano y yo, chicos de fidelidad genética, que asentíamos con la cabeza y negábamos con el corazón.

No olvidaré como consolé y fuí consolado por cada uno de mis compañeros, las broncas con la cocina, meses sin hablarme con la cocinera que me dejó con el culo al aire cuando yo la cubrí, no olvidaré como fuí consejero y aconsejado de todos los problemas personales que en un momento dado, soltábamos por la boca pidiendo auxilio o comprensión.

Ayer volví a pasar por ese lugar, el cartel y la puerta siguen siendo los mismos. Dentro, todas las paredes blancas impolutas, una barra de frío metal y dos chicos con un pañuelo negro sirviéndo perritos y hamburguesas a granel. Uno de ellos, mi jefe, con el que compartí noches que terminaban cuando era día y en las que “arreglabamos el mundo”, aquel hombre que tenía un olfato inusual para los negocios y las negociaciones, que tuvo su época dorada con nosotros y que luego cayó en picado, aquel hombre me miró cuando pasé entristecido por la acera de enfrente y al verme, levantó los hombros en señal de resignación, como diciendo, “lo sé, es una putada, pero todo cambia, hay que adaptarse”.

Pasaré algún día a tomarme un perrito y saludarle, cuando se me quite este mal cuerpo por haber visto enterrados a todos mis recuerdos.

 

 

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Ene-21-2008

AQUELLAS NOCHES

 

Todavía las recuerdo, todavía te recuerdo.

Son las tres de la mañana y exhausta, duermes apoyada en mi brazo, desnuda y con la ventana abierta, la luz de la noche me regala tus curvas sólo perturbadas por tu respiración acompasada.

En el salón, de fondo, escucho una canción sin letra que me transporta a futuros imaginarios compartidos contigo, alejados del presente turbio que nos separa nada más poner un pie fuera de esta morada.

Te revuelves sobre mi brazo y, aún somnolienta, abres mínimamene los ojos, me sonríes y suspiras. Me muestras tu confianza, me regalas tus labios y tras un beso, vuelves a ser engullida por el sueño y el cansancio.

Nunca olvidaré aquellos días sin prisas, aquellas noches sin horas en las que el tiempo lo marcaban nuestros cuerpos que, despertando de vez en cuando, volvían a fundirse entre tinieblas, caricias, mordiscos y promesas susurradas al oído.

Hoy recuerdo todo aquello y me reafirmo en que nada es eterno. Y entonces me alegro de haber exprimido cada segundo de aquellas noches y me regocijo en lo agradable de tu recuerdo…

… en ese delicioso regusto de tu cuerpo en el paladar de mi memoria.

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Ene-6-2008

AÑO NUEVO, ALGO NUEVO

Año nuevo, algo nuevo. Si, todavía colea la frase muletilla, pero uno, que es tan igual como los demás, no escapa o quiere escapar a estas tradiciones tan sufridas. Así que salgo a la calle dispuesto a cambiar algo, a nivel personal entiéndase, que a nivel general la cosa está demasiado mal.

Algo tengo que cambiar, algo nuevo tiene que inundar mi vida, eso si, evitando cualquier cosa referente al amor, que sólo quiero un cambio superficial, no una transformación profunda (entenderlo como queráis).

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Dic-2-2007

RECUERDO Nº 12.987, EL HORIZONTE

Trabajaba en la recepción de un hotel de dudosa reputación situado en una callejuela poco transitada de Santa Cruz. El nombre del hotel no tenía desperdicio, “Horizonte”, hacía honor al lugar al que llegaban los clientes de cama caliente que lo transitaban. Venían con sus acompañantes de idéntica reputación al hotel, pagaban la noche que no solía durar más de una hora, algo más en el caso de los más agraciados, y luego se iban, generalmente con prisas y un cigarro a medio terminar en la boca.

La clientela solía ser nacional, aunque de vez en cuando venía algún alemán o inglés perdido en la ciudad que necesitaba un lugar para descansar. Gracias a mi inglés inventado conseguíamos entendernos lo mínimo para salir del paso.

Generalmente al día siguiente se iban espantados, con la cara desencajada y después de pasar una noche en una cama minúscula escuchando gemidos, broncas, amenazas y demás lindezas de la clientela habitual.

La dueña del hotel vivía en la primera planta. Una vieja que hacía honor a la acepción despectiva del término. Sonrisa y amabilidad en la cara que se convertían en odio, insulto y puñalada trapera por la espalda. Con el tiempo llegué a enterarme de todos los motes del personal, desde el “sucio sudaca”, al “niñato de mierda”. Ese era yo.

Para agravar mi temor, tanto ella como varios de los empleados dedicaban sus horas libres y sus odios privados al noble arte de la santería cubana. Me llevaba bien con ellos por imposición preventiva.

Cubría todos los días libres del resto de los recepcionistas, el más duro el nocturno, de 12 a 8 de la mañana. El empleado de noche era un individuo extraño, algo afectado por el horario y de mirada transtornada.

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Publicado en Recuerdos |
Nov-15-2007

ME CAES BIEN

Nunca me dijo te quiero, te deseo, me gustas, creo que me he enamorado de ti. Nunca me lo dijo y nunca hizo falta. Me llamaba al teléfono, hablaba conmigo, nos reíamos de lo que había pasado el día anterior, en el bar, en la calle o  en la cama y al final, me decía…

“oye….que me caes bien…”

Y yo caía, dulcemente, sobre cada una de esas cinco palabras. No necesitaba más…

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Nov-12-2007

DIABETES MUSICAL

Esta semana he dejado aparcada mi vida en doble fila y me he subido en la de otra persona, de copiloto. Asiento mullido y buenas vistas, pena de alguna que otra curva vital traicionera que casi nos deja en la cuneta. Al final, como siempre, llegamos a nuestro destino, aunque quizás no al esperado.

De toda la experiencia, muy intensa por cierto, me quedo con las personas que he conocido y con las que he terminado de conocer, un placer.

Dicho esto, muy de “bienqueda” por mi parte pero cierto, tengo que romper una lanza en favor de mi reputación, ya que se me acusó, no de mentiroso o traidor, sino de cursi y pastelón. Gran afrenta que no quedará impune. Por lo menos algo de respeto recuperé al desmarcarme del trio dulzón de Sidonie y su “Me tienes tan fa-fa-fa-fa fascinado.

Aún así, he de reconocer que en esto del acorde y el beat, llevo una época metido en un bucle melódico-dulzón del que no consigo salir. Para muestra, un par de links:

Hope of the States - Forwardirektion

Thirteen Senses - Sparks

Modest Mouse - Float on

Interpol - Evil

Editors - Lights

Phoenix - North

Yeah Yeah Yeahs - Maps

Cold War Kids - Hospital beds home

 

 

(Por favor, si escucháis todas de golpe, evitar ingerir azúcar en las siguientes 24 horas, correís riesgo elevado de diabetes musical).

 

 

 

Publicado en Paisajes Sonoros, Recuerdos |
Oct-25-2007

AQUELLOS DÍAS

Llevo seis horas en el trabajo. Me he levantado dos veces del escritorio para fumarme un cigarro y meterme algo en el estómago. Probablemente me queden otras cuatro horas, quizás alguna más. No gano más que casi nadie y trabajo a destajo, a veces tengo la sensación de vivir aquí dentro y, a veces, no estoy del todo equivocado.

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Publicado en Recuerdos |
Sep-25-2007

RECUERDO Nº 3.129: PEDO A LA GALLEGA

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Pasar el verano en un pueblo gallego de 63 habitantes adictos al “taca taca” tiene sus ventajas e inconvenientes. Cuatro primos subimos al merendero del pueblo, un lugar dejado de la mano de Dios que descansa en lo alto de la montaña y donde, a escasos metros, hay una piscina de 50×25 en la que lo único que se zambulle de vez en cuando es el cloro.

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Publicado en Recuerdos |
Sep-18-2007

EL CUERPO DE BH

La cosa parecía bastante sencilla. Haciendo una estimación por encima, calculé unos veinticinco metros. Lo bueno era que el camino no tenía obstáculos hasta sus dos metros finales, allí la cosa se complicaba. Tres escalones y el altar.

 

Estaba temblando y no sabía bien por qué, Probablemente me influían varios factores. Era, con diferencia, el más grande del grupo. Por edad, por altura y por índice de grasa corporal. Eso, unido a lo cómico de estar embutido a los doce años en un traje de marinerito, hacía que la gente dejará de sacar fotos a sus propios hijos para guardar un recuerdo de “aquel horrendo marinerito regordete que hizo la comunión con el Javi“.

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Publicado en Recuerdos |