LA MUDANZA
Ya de pequeño no tardé ni nueves meses de vida en hacer mi primera mudanza, vivía en un piso pequeño, poco luminoso e incómodo, tan pequeño que tenía que acomodarme todo el día en posición fetal.
De ahí me fui a uno más reconfortante y luminoso, eso si, los barrotes no acaban de convencerme y los vecinos asomaban de manera automática y cada cinco segundos sus enormes cabezas con sus ridículas muecas. Todavía no entiendo como no me volví un esquizofrénico paranoide.
Cuando me quise dar cuenta y tomé algo más de conciencia del asunto, me vi compartiendo piso con dos personas mayores que no paraban de decirme lo que tenía que hacer, y habitación con otras dos que no paraban de tocarme los huevos todo el tiempo. Aunque con el tiempo les cogí cariño, a todos.
En ese tiempo creo recordar que me mudé unas siete veces. A los dieciocho años decidí que ya estaba bien de tanto compartir siempre piso con los mismos y, en plena época convulsa y de búsqueda de experiencias, me fui a mi primer piso en una ciudad universitaria.
Los compañeros de piso cambiaron y todo se transformó. Ya nadie me hacía la comida, nadie me preguntaba a donde iba o de donde venía, nadie me vigilaba, nadie parecía darse mucha cuenta de mi existencia por allí. La casa ya no permanecía limpia y ordenada, nadie me daba ya besos de buenos días, la comida no crecía en la despensa y la nevera, las luces que se fundían no volvían a iluminar nunca más, lo que se rompía permanecía roto y lo que se ensuciaba, permanecía sucio. Y yo, estaba encantado.
Fueron años los de estudiante increíbles, de compartir y de conocer, de amar y de odiar, de mudarme de una casa a otra, con gente diferente y diferentes sueños. Algunas cajas nunca se hicieron, otras se perdieron por el camino, otras no volvieron a ser abiertas nunca más.
Terminados los estudios me topé con una gran verdad. Se puede ser multicompartidor de piso. Por las mañanas empecé a ir a otra casa, cuyas reglas eran rectas e inamovibles, en caso de no cumplirlas me echaban de ella. No era muy agradable la verdad. Había una persona que, aunque compartía lo mismo que nosotros a diario, tenía mucho más poder que todos los demás y lo usaba para darnos por el culo a todos. Lo único que no hacía en esa casa era dormir, pero todo era siempre trabajo y obligación. Después de esa primera experiencia caí en la cuenta que, para poder vivir en la otra casa, la de la cama, tenía primero que dejarme los riñones y las neuronas en esta otra, para luego salir, llegar a la mía y abrazar la almohada como tabla de salvación. Y eso sería así el resto de mi vida.
Me he mudado y he vivido con novias, amigos, la soledad, desconocidos, familiares. Hago cuentas y doy con la mágica cifra, dieciocho casas a lo largo de mi vida, dieciocho mudanzas, dieciocho vueltas a conocer, aclimatarse, hacerse un hueco, hacerse respetar, aprender a hacerlo, empaquetar cuartos, cocinas, útiles inútiles, experiencias guardadas en mil objetos.
La vida es una mudanza, una nunca deja de hacer y deshacer cajas como el que hace y deshace ilusiones y proyectos, y lo peor, lo peor es que, después de tanto ajetreo me iré de esta vida haciendo una última mudanza, eso si, esta vez la caja no será de cartón barato, sino de firme y buen roble.
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