
Max siempre decía a sus amigos que si le hubieran dado a elegir algo en su vida, hubiera decidido elegir a su familia. Había tomado en su vida todas las decisiones, algunas desacertadas, otras brillantes, todas menos las que tenían a la familia de fondo, ese fondo revuelto que siempre estaba en el horizonte, una marejada de problemas y malentendidos que tenían las propiedades de un alud, un problema minúsculo como un copo de nieve que rodaba y acababa enterrándolo de mierda hasta el cuello.
Su hermano pequeño fue el primero en llegar, a simple vista parecía tranquilo, pero Max ya conocía ese temblor en las manos y el tic que llevaba a su lengua a recorrer continuamente su labio inferior para humedecerlo. Estaba sediento, no apostaba un solo euro por la sobriedad de Néstor durante la cena.
Su hermana Isabel llegó un cuarto de hora más tarde, con Emilio en su regazo llorando a moco tendido y su marido José detrás de ella, siempre detrás de ella, parapetado en el enorme ego y el carácter de Isabel. Max saludo a José con cariño, le caía bien aquel tipejo que había dejado todo por estar al lado de la víbora de su hermana.
- Hola Max, estás muy flaco. Pon el champán en la nevera antes de que vengan papá y mamá, hoy tiene que salir todo perfecto.
Aquella coletilla de Isabel era algo así como el anuncio oficial del desastre que cada año en estas fechas sucedía entre las 7 de la tarde y las 12 de la noche en nuestra casa, era como el mensaje del rey de todas las cenas de navidad, el preludio de todo lo que iba a pasar, el anuncio del huracán, el primer golpe de viento antes de que todo quedará reducido a sus débiles y envenenados cimientos.
- ¿Dónde está Néstor?
- En la cocina.
- ¿Lo has dejado sólo en la cocina Max?
- Tiene 27 años Isabel, no creo que se vaya a sacar un ojo con la esquina de la mesa.
- De verdad, Max, a veces no te entiendo.
“A veces” sonaba optimista en la cabeza de Max. Nunca, jamás, se habían entendido, hablaban otro lenguaje que, aún usando las mismas reglas gramaticales, nada tenía de parecido en su significado. Solo hacía seis meses que habían vuelto a dirigirse la palabra, después del accidente de su hermana, así que Max tragó saliva y rezó por que aquellas malditas pastillas comenzarán a hacer efecto.
Néstor salió de la cocina con los ojos acuosos, se acercó a Isabel y le dio un beso en la mejilla mientras ella no alteraba un solo músculo de su cuerpo para recibirlo.
- Hola, hermanita, ¿cómo andas?
- Bien Néstor, bien.
Sonó el timbre, Max sintió esa punzada en el corazón que indicaba que ya no había vuelta atrás, que ya no podía escapar de esa situación, que, como cada año, tendría que aguantar aquella cínica e indigesta cena.
El padre de Max, Diego, Don Diego, entró firme y solemne saludando a cada uno de sus hijos de manera protocolaria, de mayor a menor, con mayor o menor efusividad dependiendo de su grado de aprobación. Ni que decir tiene que Néstor arañó un mísero beso en la mejilla y una palmada, mientras Isabel se empachaba en un cariñoso abrazo, una caricia sobre su perfecta melena y un “¿Cómo está mi pequeña princesa?”.
Su madre, Delia, era un torrente vital de espontaneidad. Como toda madre, siempre prestaba mayor atención a sus cachorros más débiles y eso se veía reflejado siempre en su manera de saludar a Néstor, al que abrazaba, zarandeaba y besaba con una mezcla de amor, impotencia y rabia cada vez que lo veía.
- Ya vale mamá, me vas a terminar ahogando con tanto abrazo.
- Calla Néstor, nunca le digas a tu madre cuánto tiene que quererte, algún día lo echarás de menos. ¿Se puede saber dónde esta mi hijo mediano favorito?
- Aquí mamá - Max se acercó vacilante hacia su madre y está lo abrazó y le dio un beso sonoro y molesto para luego apartarlo y mirarlo de arriba a abajo.
- Max, hijo, estás muy flaco. ¿Tú estás comiendo bien, verdad hijo mío?
- Si mamá, muy bien, solo he tenido un mes de mucho trabajo y estoy algo cansado - Max disimulaba a duras penas las primeras nauseas producidas por la pastilla, nunca fue muy amigo de los fármacos, pero en un día como hoy, era mejor pagar el precio de su ingesta que el de vivir aquella noche a plena consciencia.
Mientras su hermana Isabel y su madre perfilaban todos los preparativos para la cena, Max asistía como simple espectador a la conversación entre su padre y su yerno José sobre macroeconomía, asintiendo de vez en cuando ante las rotundas afirmaciones de Don Diego y divirtiéndose ante la sutileza con la que José rebatía algunas de ellas para evitar contrariar a su suegro.
Néstor, mientras tanto, permanecía enganchado al móvil, pegado a la ventana y manteniendo una conversación entre susurros con su interlocutor, probablemente cerrando el plan de aquella noche y definiendo todo lo necesario para que no quedara ningún cabo suelto. Se llevaba cada dos por tres el botellín de cerveza sin alcohol a la boca y, muy de vez en cuando, tras unas miradas furtivas a su alrededor, sacaba cuidadosamente la petaca del bolsillo de la chaqueta y rellenaba el botellín con ansiedad.
La cena comenzó sin mayores sobresaltos, Don Diego, el “pater familias”, presidía la mesa con orgullo y, tras bendecir la mesa, Isabel empezó a servir a cada uno de los comensales. Max, estaba sentado al lado de Néstor que a esas horas ya estaba completamente ebrio y en su esfuerzo por disimular su estado, mantenía una actitud completamente cómica.
- Hermanito, pásame la sal por favor, que este pavo no sabe a nada.
- Será porque ya tienes la lengua de esparto chaval.
- Me ofendes, dame un voto de confianza, solo para llevarle la contraria al resto de la mesa.
Max sonrío y le pasó la sal a su hermano mientras agradecía que el hijo de Isabel, Emilio, estuviera en la mesa. El resto de la familia contendría las ganas de tocar algún que otro tema escabroso de actualidad, como el alcoholismo de su hermano pequeño, la sobredosis de calmantes de su hermana Isabel tras la muerte prematura de su segundo hijo, el bipolarismo de su madre o la querida de Don Diego, que no dejaba de llamar al teléfono móvil de su padre requiriendo un poco más de atención.
- Estos cacharros y sus alarmas -se disculpaba Don Diego cada vez que sonaba el móvil-, algún día Max, tienes que enseñarme a dominar estos aparatos.
- Dalo por hecho padre, después de la cena si quieres te enseño un par de cosas.
- No es la tecnología lo que pierde a tu padre Max -dijo su madre-, son las formas de hacer las cosas. -Delia manipulaba el trozo de carne nerviosamente, intentando no perder las formas y no hacer notar su enfado.
- Delia, cariño, dejémoslo estar. ¿Puedes pasarme la sal?
- ¿Ves? -dijo Néstor- te dije que el pavo estaba soso hermanito.
- A lo mejor si hubieras hecho tu la cena, todo estaría más sabroso, ¿no Néstor?
- Claro Isabel, claro.
- ¡No me contestes como si fuera tonta!
- Me adapto a tu trato hermanita, solo eso.
- Mejor sírvete otra copa, aún no estás lo suficientemente borracho y hablas más de lo normal.
- Es cerveza sin alcohol hermanita, sin alcohol.
- Claro, y la petaca que llevas está hasta arriba de limonada, ¿no?
- Yo creo que el pavo está muy bueno - José intentaba terciar en la trifulca a sabiendas de que si alguien no lo hacía las cosas irían a mayores.
- Tu calla cariño, que bastante tengo con haber visto como le ponías sal al pavo y haz un poco de caso a tu hijo, que está usando el traje nuevo de babero.
- Cariño yo…
- ¡Tengamos la fiesta en paz! -dijo Don Diego-, simplemente he pedido un poco de sal, así que Delia, pásame la sal y…
- No sabía que esto fuera una fiesta - dijo Néstor en tono jocoso-.
- Néstor, no la jodas más - le dijo Max susurrando.
- ¡Eso Max! -dijo Isabel-, tú defiende a tu hermano drogadicto, como siempre, como siempre lo has hecho, a lo mejor si hubiéramos sabido antes lo que pasaba podíamos haber evitado que se convirtiera en lo que es.
- Isabel por favor… -Max intentaba poner paz, pero entre las naúseas y la debilidad que sentía, se veía incapaz.
- ¿Y tú por qué sollozas mamá?, -dijo Néstor- ¿de verdad piensas que soy un drogadicto?, no fui yo el hijo que acabó en un hospital con una sobredosis.
- Serás cabrón - Isabel miraba a Néstor con los ojos iluminados por la rabia contenida.
- ¡Néstor! - Don Diego intentó frenar la discusión pero ya era demasiado tarde. Mientras la madre entraba en una espiral de llanto que intentaba frenar José consolándola como buenamente podía, Néstor e Isabel empezaron a cruzarse acusaciones y Don Diego se limitó a mandar a callar a uno y otro a voz en grito mientras el niño no dejaba de llorar asustado.
- Basta por favor, basta….basta….basta…basta… BASTAAA!!
Max gritó con todas sus fuerzas y acto seguido se giró a un lado y vomitó sobre la alfombra. El silencio invadió el comedor y nadie se atrevió a decir nada. Max se recompuso en su asiento, los miró a todos, volvió a coger los cubiertos y dijo:
- Tengo cáncer. Los médicos no me han dado más de dos meses de vida, me gustaría que la última cena en familia sea eso, una cena. Así que, por favor, terminemos de cenar, tengamos una velada agradable, una sobremesa tranquila y una despedida decente.
El primero en reaccionar fue Néstor, le dio un abrazo a su hermano y le dijo -Max, espero que el postre que hiciste hoy este tan bueno como el del año pasado.
- Gracias hermanito.
- Toma la sal cariño - le dijo Delia a Don Diego, y con la mirada le rogó a su marido que respetara el primer y único deseo que su hijo le había pedido.
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