Archive for the ‘Vidas Ajenas’ Category

Nov-20-2009

EN UNA SOLA DIRECCIÓN

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M. daba vueltas por la habitación siguiendo una línea irregular imaginaria que lo hacía moverse de manera aparentemente desordenada, pero que lo llevaba exactamente al mismo punto de inicio, para así,  cerrar el círculo y volver a empezar el recorrido. Aquello  revelaba la compleja personalidad de M., probablemente si alguien le hubiera preguntado en ese momento el por qué de tan extraño circuito, él hubiera tenido una contestación extensa y compleja, donde varios motivos, en apariencia inconexos, formaban un todo explicativo que justificaba su andar inquietante, su esquivar esa silla por el exterior, girar a la derecha, tocar la manilla de la puerta con la mano al pasar,  descolgar y colgar el teléfono de la mesita auxiliar, girar de nuevo a la derecha, rodear la silla en la que L. estaba sentada por detrás, dar una patada con el pie izquierdo a la caja de herramientas que estaba en el suelo, golpear el cristal de la ventana con la mano y girar por tercera vez a la derecha para volver al punto de inicio.

Así veía la vida M., todos sus pensamientos y acciones,  comportamientos y afirmaciones, estaban basados en la misma línea desequilibrada y exacta que ahora reproducía sobre el suelo y que tenía completamente aterrorrizada a L.

M. comenzó a hablar sin dejar de caminar, gesticulando fuertemente con las manos y manteniendo una respiración agitada que hacía que algunas palabras quedaran amputadas en su mitad por el corte limpio de un aliento para continuar, “Espero que entiendas lo complejo que es lo que te estoy intentando explicar, ¿sabes?, llevo varios días teniendo estos sueños, me levanto con una amarga sensación y el resto del día,  el resto del día una mezcla viscosa de odio y tristeza recorre mis venas suplantando a la sangre y yo lo entiendo, de verdad,  es mi forma de ser, quiero decir, que siempre que he querido algo lo he tenido, lo he comprado y lo he hecho mío, lo he guardado bajo cuatro llaves en un armario para que sólo fuera disfrutado por mí, ¿entiendes lo que quiero decir?, cuando pienso en ti, generalmente sueño despierto pesadillas reales en las que mis miedos se apoderan de la máquina de pensar y me muestran situaciones hipotéticas en las que me reventaría el corazón, ¿sabes?,  es un tanto contradictorio, nos consideramos el uno parte del otro, o si quieres decirlo de otra manera,  los dos partes de un mismo ser, pero no es lo mismo, no te tengo, no te he comprado, ni me perteneces de aquella otra manera, no puedo guardarte bajo cuatro llaves en la parte más segura de mi armario, para poder luego disfrutarte en mi soledad.”

Mientras hablaba, M. seguía recorriendo el mismo trayecto imaginario, girando a la derecha, tocando la manilla, bordeando la silla en la que estaba sentada L. por detrás, golpeando la ventana al pasar, siempre el mismo trayecto, pero cada vez más rápido, cada vez con mayor inquietud, golpeando la manilla con más fuerza,  propinando patadas más violentamente a la caja de herramientas, de manera que esta se desplazaba poco a poco hacia otro punto de la habitación. Era tal el miedo de L., que sólo esperaba que la caja de herramientas no entorpeciera el trayecto de M., eso podría originar una cadena de sucesos imprevisibles.

“Lo que quiero decir es que cuando algo material me interesa, lo compro, lo guardo, lo uso, lo hago mío y decido sobre su integridad, pero tú eres diferente, al ser una persona no puedo comprarte, ni guardarte, no me perteneces, no puedo decidir qué haces en cada momento, ni tener control sobre ello y eso es lo que me produce este miedo que me enloquece, estoy tan acostumbrado a poseer que cuando no puedo hacerlo me aterroriza, no sé reaccionar ante esta incertidumbre”

De repente M. se paró en seco, la caja de herramientas había bloqueado su recorrido, ya no podía avanzar, miró hacia adelante, miró hacia los lados y por último hacía atrás, miró fijamente a L. y luego se agachó y abrió la caja de herramientas, sacando de ella un serrucho oxidado y volviendo a colocar la caja de herramientas en su sitio inicial.

“¿sabes?, es por eso, que el ser humano se inventó el compromiso, casarse, comprometerse, un anillo, una alianza, dos firmas en un contrato, una promesa eterna de fidelidad, son herramientas de control ¿entiendes?, como este serrucho que tengo ahora en mi mano, que sólo sirve para darme la sensación de que algo es mío, para generarme seguridad” M.  completó su recorrido hasta acercarse a la silla donde L. permanecía atada de pies y manos y con una venda cubriéndole la boca y empapada ya en lágrimas. “Pero, en el fondo, aunque queramos creer lo contario, son del todo inservibles, aún así nos funcionan, es igual que al creyente en una situación de desesperación le funciona aferrarse a su fe, arrodillarse en el suelo e implorar a  su dios compasión, a eso hemos limitado la fe en los sentimientos, a creer y forzar compromisos dudosos sobre ellos, engañándonos al pensar que retendrán aquello que queremos y no podemos controlar”.

L. sentía como el aliento de M. se acercaba cada vez más a su rostro, quemándole las mejillas, le temblaban los ojos y las lágrimas caían ya solas y sin el obstáculo de los párpados, que permanecían abiertos y alerta. “Es por eso mi amor, que esta situación no tiene ya sentido para mí, no quiero que estés a mi lado sino es porque eres mía y no quiero que seas mía  porque no podrías serlo nunca, porque en el fondo siempre seguirías siendo tuya y eso es algo que yo no puedo conciliar en mi enrevesado cerebro”. M.  pegó sus labios a la oreja de L. y empezó a susurrar, “lo que me lleva a tomar una decisión drástica, hacer este trayecto que llevo repitiendo sin parar durante dos horas por última vez, si, final de trayecto amor mío, lo último que quiero decirte es que te quiero y ese es el principal problema por el que esto tiene que tener un final, porque te quiero y no sé querer como una persona normal.”

M. se levantó con el serrucho en la mano, miró a L.  y se dispuso a recorrer aquel trayecto por última vez, mientras, L. aguardaba ya vencida por el terror y con la certeza de saberse muerta, a que su verdugo completara el recorrido y llegará el final. M. comenzó a caminar,  se acercó a la puerta, la cerró con llave y tocó la manilla para cerciorarse de que no pudiera abrirse, descolgó el teléfono de la mesita auxiliar y llamó al número de emergencias, giró de nuevo a la derecha y salvó el obstáculo de la silla dónde L. estaba sentada por detrás, serruchó la cuerda de las manos que mantenía a L. maniatada, cogió impulso, pasó por la caja de herramientas, tiró el serrucho, se dirigió a la ventana corriendo y atravesó el cristal.

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Nov-11-2009

EL RELOJ DEL ALMA

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Fernando vivía entre manecillas, muelles, engranajes y rodajes de minutería. Primero su bisabuelo, y más tarde su abuelo y su padre, habían dedicado toda su vida al arte de la relojería. 

La Relojería Guzmán existía desde hacía sesenta y tres años en la esquina de la calle principal del pueblo y desde su posición estratégica fue dándole cuerda a la vida de todos sus habitantes  un día tras otro. Fernando se levantaba todos los días a las seis y cuarto de la mañana y mientras se preparaba un café oscuro en la vieja cafetera en la que su bisabuelo había preparado el primer café, estiraba todos los músculos de su cuerpo  y oteaba desde la ventana como el paisaje se transformaba con cada nuevo rayo de sol que anunciaba el amanecer.

Tras tomarse el café sentado en la mesa auxiliar de la salita en silencio contemplativo, Fernando se duchaba, se vestía y se preparaba para ir a la tienda que estaba justo bajo sus pies. Tardaba siempre treinta y cuatro minutos en hacer todas esas operaciones, luego bajaba las escaleras,  levantaba la verja de seguridad, abría la puerta, encendía la luces, quitaba el polvo del mostrador y uno a uno, revisaba todos los relojes con mimo, cerciorándose de que los mecanismos de todos ellos trabajaban con exactitud.

A las siete y media ya estaba todo listo para abrir la puerta del negocio y que empezará a entrar la clientela, pero Fernando no lo hacía, dedicaba la siguiente media hora al reto más grande de su vida, Suichi, así llamó a aquel reloj que un buen día entró por aquella puerta de la mano de un primo lejano de Antonio el ferretero, un desafío  a la matemática exacta de la relojería. Por algún inexplicable razón Suichi un día tomo la decisión de empezar a caminar hacia atrás, de forma que dejó de anunciar el tiempo exacto para recorrer un camino de vuelta por el tiempo, viajando hacia atrás, reviviendo todos los días que precedieron a aquel 1 de Enero de 2009 en el que suichi tomó la decisión unilateral de dejar de caminar con precisión hacía el futuro.

El primo de Antonio, un buen hombre, sencillo y muy creyente, lo dejó allí y dijo que sobre la esfera de aquel reloj flotaba una terrible maldición, que una chica  se lo había dado hacia unos meses diciendo que era un buen reloj, pero que se había parado por que probablemente ya no tendría más tiempo que contar. Fernando, escéptico ante aquella afirmación y como hombre dado a las leyes de la física, le ofreció al primo de Antonio el ferretero una cifra simbólica para hacerse con él. Desde ese día Fernando vivió con una sola obsesión, comprender el mecanismo de aquel reloj, explicar desde su dilatada experiencia como relojero por qué aquel reloj desafiaba a las leyes de la física y del tiempo haciendo que sus manecillas volvieran sobre sus pasos.

Después de cerciorarse del correcto funcionamiento de todos los relojes, Fernando se dirigió al mostrador, sacó el reloj y lo puso sobre la barra. Algo había cambiado, Suichi había dejado de caminar hacia atrás y se había parado.

El reloj marcaba justo las 00:00 horas el 1 de Junio de 2008, durante un día entero ninguna de las manecillas se movió de aquel punto exacto, 00:00 horas del 1 de Junio de 2008. Aquel día Fernando no abrió la tienda, se quedó sentado en su taburete, frente al mostrador de la tienda, sin perder en ningún momento de vista el reloj, esperando una mínima señal, pensando en mil y una posibilidades ampliamente razonadas por  las cuales aquel reloj se hubiera parado en ese preciso momento. Cuando el hambre y el agotamiento empezaron a hacer mella en el ánimo de Fernando, el reloj comenzó a funcionar, y lo hizo correctamente.

Las manecillas comenzaron a moverse hacia delante, primero unos segundos, luego varios minutos, después un par de horas. En el mismo momento en que el reloj empezó de nuevo a funcionar, Fernando sintió una punzada aguda en el corazón, comenzó a tener dificultades para respirar y sintió como un malestar general se apoderaba de todo su cuerpo. Asustado, se dirigió hacia su cama y decidió dormir, pensando que aquella sensación se iría con el sueño igual que llegó por su ausencia.

Al día siguiente se levantó con el mismo malestar y tras ver que  su salud con el paso de los días empeoraba, decidió ir al médico a pedir una opinión profesional. “se está usted muriendo, don Fernando, tiene un cáncer terminal, no podemos hacer nada, lo siento”.

Fernando volvió abatido a la tienda, sabedor de que aquel cáncer estaba relacionado directamente con su reloj. Sentado en la mesa de la cocina y tomándose un té, Fernando comenzó a buscar relaciones entre todo lo que había sucedido en los últimos meses, la llegada del reloj, las fechas en las que se había modificado su funcionamiento y todos los eventos personales que habían tenido cierto impacto en su vida. La taza de té cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, los mismos que Fernando acababa de recomponer para darle sentido a todo aquello que había sucedido.

Su reconstrucción de los hechos comenzaba el 3 de Marzo de 2008, tres meses antes de que el reloj se hubiera parado por primera vez. Ese 3 de Marzo Fernando conoció a Martín, un nieto de Alfredo, el alcalde del pueblo, que había vivido toda su vida en la capital y se encontraba de paso con su mujer para conocer un poco los orígenes de su familia. Ese día Martín y su mujer, Laura, entraron en la relojería en busca de información sobre la ubicación exacta de la casa del alcalde y Fernando, muy solícito, se la dio correctamente. Laura quedó extrañamente prendada de aquellas viejas paredes atestadas de coronas, manecillas y números de todos los tamaños, colores y materiales y mucho más de todas y cada una de las respuestas que Fernando le dio al caudal de preguntas curiosas que fluían  de sus labios. Fernando quedó prendado del entusiasmo y la curiosidad que Laura tenía por su mundo y más aún por aquellos ojos que atravesaban su caja torácica para reventar el preciso mecanismo con el que siempre había trabajado su corazón.

La visita se alargó durante más de una hora, en la cual Laura acabó llevándose un reloj de pulsera, con un elegante acabado y la garantía que ofrecía su  preciso mecanismo suizo. Ese reloj, era el mismo que ahora Fernando tenía entre sus manos, el culpable de su acelerada enfermedad, la piedra angular sobre la que descansaba aquel mortal rompecabezas que estaba acabando con su vida.

La segunda fecha de su reconstrucción coincidía con la fecha en la que hacía unos días, se había parado el reloj por primera vez desde que comenzara a marcar las horas hacia atrás, el 1 de junio de 2008, justo tres meses después de conocer a Laura, tiempo este en el que Fernando mantuvo un intercambio de cartas postales con Laura cada vez más asiduo, cada vez más íntimo, cada vez más sincero, intercambio que terminó bruscamente con una carta de Laura, escueta de un solo folio y apenas dos líneas en la que decía “No aguanto más Fernando, lo dejo todo, me voy de la ciudad, abandono a mi familia, quiero vivir el resto mi vida a tu lado”

Fernando se revolvió  incómodo en la silla al revivir aquella emoción del pasado, aquella sensación de victoria absoluta del amor sobre la razón que trajo a Laura a su lado un ya lejano 1 de junio de 2008. Durante los siguientes seis meses Laura y Fernando compartieron todo, compartieron cama, compartieron besos, miedos y sueños, compartieron cafetera, compartieron ventanas, paisajes y rayos de sol que anunciaban amaneceres, compartieron su pasión por los relojes, por los mecanismos exactos, y los no tan precisos que regulaban su pasión desenfrenada en cualquier lugar de aquella vieja casa, y por último, compartieron sus últimos días, aquellos en los que Fernando cayó en la cuenta de lo profundo que era su miedo a perderla, de lo imposible que sería mantener a una mujer tan llena de vitalidad a su lado en aquel pequeño y claustrofóbico mundo regulado siempre por las mismas manecillas y la misma monótona cadencia del tiempo.

Y así fue como aquel 31 de diciembre, minutos antes de tomar las uvas, Fernando, abatido por su cobardía para vivir y enfrentarse al caprichoso mecanismo del amor y sus incalculables consecuencias, le dijo a Laura que se fuera de su lado, que se alejara lo más pronto posible de aquel hombre que tanto le había amado, que algún día entendería el por qué de aquella decisión unilateral que ahora le parecía tan egoísta. Así es como concuerda la última fecha, 1 de Enero de 2009, fecha en la que el reloj se había parado por primera vez.

Uno esperaría ahora que Fernando, una vez descubierto el origen del rompecabezas, vislumbrara una solución tan mágica como lo habían sido todos aquellos inexplicables acontecimientos, que se levantara como un resorte en busca del amor, único antídoto para frenar aquella repentina enfermedad mortal que padecía, uno esperaría que se diera cuenta que la vida le había dado una segunda oportunidad, seis meses le quedaban ahora para encontrar a Laura antes de que el reloj volviera a marcar la fatídica fecha, el 1 de Enero de 2009, día en el que oficialmente renunció al amor, miles de aventuras le aguardaban en aquella incierta búsqueda, pasaría mil penurias, conocería a centenares de personas, viviría como un detective durante el  tiempo necesario, cotejando datos e informaciones oficiales, revisando en los catastros, las guías telefónicas, tocando la puerta de casas ya vacías, interrogando a posibles amigos que tuvo su amor en distintas ciudades, bajándose de un tren para subirse a un avión, sintiendo cada vez más cerca el triunfo de su constancia en la búsqueda, encontrando al fin, sentada quizás en un banco de un estación de tren y ya con la maleta preparada para buscar fortuna en otro destino, a su amada Laura, poniendo de una vez por todas fin a su enfermedad, enfrentándose a la vida con valor y al amor con decisión, sin miedos ni cobardías, viendo por fin como aquel revelador reloj cejaba en su empeño de caminar hacia adelante o hacia atrás, parándose para siempre en aquella estación porque ya no tenía razón para seguir marcando el tiempo hacia ningún sentido, porque aquel reloj no se regía por minutos o segundos, era la afirmación rotunda de que el amor no sabe de mecanismos hechos por el hombre, no se rige por aquellas estúpidas leyes que matan a éste poco a poco.

Pero no, Fernando no haría nada de eso. Habiendo resuelto por fin aquel rompecabezas, Fernando, aliviado, se sienta otra vez en aquella mesita que tiene frente a la ventana, aquella mesita en la que ha visto tantos y tantos amaneceres y espera paciente a que llegue el último, quizás el penúltimo, quien sabe cuál será el próximo capricho del tiempo, no importa, se dice a si mismo, como buen hombre dado a las leyes de la física esperaré a que la lógica del tiempo marque con precisión el último segundo de mi vida, así ha de ser.

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Sep-30-2009

LA POBRE TÍA YEYA

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Parece mentira que nadie se dé cuenta del enorme esfuerzo que estoy haciendo por la tía Yeya y lo cansada que me siento. Me levanto a las cuatro de la mañana todos los días porque la tía Yeya sufre de incontinencia y tengo que cambiarla antes de que se resfríe con la humedad de su propia orina y entonces la tía Yeya, que huele a orín concentrado, alza sus escuálidos brazos para que la levante y la lleve al bidé y allí le pase unas aguas, luego cambio las sábanas, le acomodo bien la almohada y la vuelvo a acostar, hasta dentro de tres horas que la pobre tía Yeya vuelva a orinarse encima, pero ya en ese momento la levanto y le doy el baño de antes de desayunar.

A la tía Yeya sólo le gustan las tostadas con mantequilla y siempre deben ir acompañadas de una tila que no puede estar ni muy fría ni muy caliente, de hecho, si tuesto el pan un poco más de lo normal, la tía Yeya vomitará  la tostada segundos después en señal de protesta y si la tila está muy caliente o muy fría lanzará la taza contra el suelo y de nuevo me tocará pasar el escobillón y luego fregar el suelo.

A la pobre tía Yeya nadie la visita así que yo me dedico a hacerle compañía a lo largo de todo el día, como nadie más puede ocuparse de ella, tengo que llevarla siempre muy cerca de mí mientras realizo cualquier labor doméstica; la tía Yeya cuando me ve trabajar ronronea una canción, siempre la misma, lo hace con la boca muy cerrada y durante horas escucho una eme infinita que sube y baja de tono y se mueve por todas las escalas de manera desquiciante. Como nadie más se ocupa de ella tengo que llevarla conmigo cuando voy a comprar, así que a paso muy muy lento me muevo por todo el pueblo con la tía Yeya arrastrada por mi brazo. Normalmente voy primero a la panadería, ya que el único pan que le gusta a la tía Yeya es el primero que suele agotarse, después voy al ultramarinos de don Francisco y cojo algunas latas de conserva, arroces, pastas o algún que otro capricho, eso si, a escondidas de la tía Yeya por que si me descubre, no dejará de llorar y tener dolores imaginarios hasta que lo comparta con ella.

Por último voy a la carnicería, siempre intento que sea después de la una de la tarde, hora en que Rosa, la mujer del carnicero, ha subido a preparar la comida para su marido  y Antonio se queda solo colocando ordenadamente las piezas de carne en la cámara frigorífica y atendiendo a algún cliente rezagado de última hora. Yo, que soy muy servicial, siempre me presto a echarle una mano con las piezas más grandes mientras dejo a la tia Yeya sentada en el banco de la entrada, que tiene un asiento inclinado del que ella no se puede levantar, entonces le digo a Antonio que qué pieza metemos primero y él me dice sonriendo que aquella, la del fondo, que es la que más tiende a estropearse con este calor de verano y entonces la llevamos a la cámara y por el camino le digo que a mí la pieza que más me gusta es la suya y él me responde, mientras clava la pieza en el gancho que cuelga de la pared, que hoy además tiene un brío especial y entonces me sube a un lavadero muy estrecho que está dentro de la cámara, me levanta la falda y me introduce su enorme pieza que me desgarra por dentro y yo me agarro a los ganchos de la pared o a las costillas de algún ternero mientras él me tapa la boca y me embiste hasta correrse.

Si tardo más de cinco minutos probablemente la tía Yeya ya se haya orinado encima, llegando incluso a cagarse si un día decido tardar un poco más para poder disfrutar tanto como Antonio. De camino a casa reparto las sobras de carne que Antonio me ha puesto en una bolsa entre los perros del pueblo, que ya me esperan impacientes a la misma hora y en la misma esquina. Antes de llegar a casa, siempre intento recordar si tengo que comprar algo para tratar la tierra de la huerta, ya que la tienda de don Jacinto está al principio de mi calle y luego ya no podré salir de casa.

Cuando llego a casa siento a la pobre tía Yeya en la mesa de la cocina mientras le preparo un caldo y algo sólido para comer y entonces, en esos instantes, me alejo un poco de la realidad y echo un avecrem al agua mientras recuerdo con melancolía mis años mozos en el pueblo y luego corto las verduras mientras veo uno por uno a todos mis pretendientes tocando en la puerta de mi casa, que antaño era la de la tía Yeya, y después de pesar el arroz y preparar el mantel, recuerdo aquel día en que Antonio el carnicero me dio el primer beso y luego me llevó a la trasera del huerto de sus padres y me enseñó el cuarto de las herramientas en el que había dispuesto una especie de cama y me desnudó encima de ella y yo me disculpé por estar un poco pesada de más y él me dijo que no me preocupara, que a él le encantaba la carne y que cuanto más mejor y luego añado el arroz a la olla y separo un poco de caldo para la tía Yeya y recuerdo cuan enamorada estuve de Antonio y el día en que se acercó a casa de mi tía Yeya a pedir mi mano y ella le dijo que ni en sueños, que ya se habían marchado de casa todas sus hijas mayores y que a mí me tocaba cuidarla hasta que Dios decidiera que había llegado la hora de marcharse y entonces pongo el caldo frente a la tía Yeya, apago el fuego para que no se pase el arroz y cojo el bote de galletas de la alacena mientras la tía Yeya da los primeros sorbos y se queja porque el caldo está soso y yo la regaño con cariño y le digo que sabe que no debe tomar mucha sal pero que hoy puede ser un día especial y entonces abro el bote de galletas y echo dos cucharadas colmadas del veneno para conejos y se me cae una lágrima y recuerdo a Antonio y recuerdo que tengo que dar de comer al conejo que está echando a perder la huerta y recuerdo también que tengo que pasar mañana sin falta por la tienda de don Jacinto y comentarle mi problema con la huerta para que me consiga otra bolsa de veneno para conejos. Pobre tía Yeya.

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Jul-23-2009

EL QUITAPENAS

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El Quitapenas es el bar del barrio, existen otros tantos, mucho más acogedores, con mejores precios, una carta más variada y mejor servicio, pero El Quitapenas tiene algo especial que lo hace ser referencia.

Alfredo levanta la verja del Quitapenas todos los días a la misma hora, a las 6:30, cuando aún la luz atenúa las sombras y las calles solo se ven agitadas por algún que otro coche adormilado. Alfredo abre las puertas del local y enciende la cafetera de gas, luego saca un cigarro y lo acerca a la llama. En veinte minutos estará el café.

Laura, la camarera, baja las sillas del comedor una a una y aprovecha para desperezarse, luego coge una bayeta húmeda y repasa todas las superficies de las mesas. Da igual que haya terminado o no, cuando la máquina está lista, para y se sienta junto a Alfredo para tomar el primer café del día.

Durante ese intervalo de tiempo no cruzan ni una sola palabra, una se queda embobada con el humo de la taza y el otro con el humo del cigarro, intentado discernir algo entre esos primeros pensamientos brumosos de la mañana, evitando quizá pensar en el día que les queda por delante y ensimismados en el sueño de la noche anterior, en lo que harán en los próximos días de vacaciones, en los seis números de la lotería que hoy los pueden hacer más ricos o igual de pobres.

A las 7:00 de la mañana y tras haber revisado por última vez que los servilleteros tienen servilletas, que las neveras tienen cerveza, que el congelador enfría sin problemas, que no hay ningún cadáver de insecto en el suelo y que la caja tiene echa la z del día anterior, Laura enciende el resto de la luces, prende la tv sin volumen y deja que el hilo musical se expanda a lo largo de toda la sala mientras los primeros clientes entran adormecidos a por su primer, café, cigarro o copa.

En el Quitapenas no entran clientes, sino amigos o como poco, vecinos. Todos y cada uno de ellos saludan amablemente tanto a Alfredo como a Laura por su nombre, y por regla general, casi nunca tienen que hacer el esfuerzo de pedir lo que van a consumir, porque mientras desperezan sus primeras impresiones con el de la butaca de al lado o el mismo Alfredo, éste ya les está sirviendo lo que toman a diario.

La mañana transcurre como un calco casi idéntico de todas las anteriores, salpicada a veces por algún trazo de novedad que se cuela a modo de anécdota o de noticia exclusiva del vecindario o el telediario. A las 13:30 Laura avisa con un gesto casi imperceptible a Alfredo que va a tomarse el descanso para comer, deja el mandil en un lado de la barra, coge un cigarro y el periódico y se va al office que tienen instalado al final del bar, justo al lado del los baños. Allí enciende la radio, ojea el periódico y se toma la mitad el plato del día, dejando la otra mitad a Tardo, el perro del bar que vigila somnoliento y tumbado en la misma entrada del office que ninguna persona acceda a él sin el consentimiento previo de sus ronquidos.

Cuando Laura termina de comer, se coloca tras la barra y friega la loza que se amontona en el fregadero, mientras Alfredo come en el fondo de la barra, casi siempre acompañado de Manolo “Quentin”, un anecdotario humano muy poco verídico pero altamente entrañable que  más de una tarde ha conseguido que las horas pasen con menos angustia en el Quitapenas. A excepción de los domingos, que Alfredo pone el fútbol en el bar, en muy pocas ocasiones la juventud se asoma por aquella puerta, el resto de los días, aquellos que fueron la juventud del barrio, se debaten entre el fracaso del obrero y la esperanza del último tren.
Laura y Alfredo cierran el bar a las 12 de la noche, con cuidado de no molestar a los más rezagados y de cerciorarse que serán capaces de llegar enteros a su casa, aunque esta este en la acera de enfrente.

Alfredo llega a casa, se da una ducha rápida, se pone las pantuflas desgastadas y enciende la televisión. Laura llega a casa, se da un baño de sales mientras ojea alguna revista y se masturba lentamente pensando en algún chico del reparto de mercancía, el chaval del quinto o el portero de su edificio. A las dos horas Alfredo está con los ojos entrecerrados, siguiendo a duras penas el desenlace del producto de teletienda, Laura mientras, termina de ojear su libro. De repente le cae una lágrima en la página 324, solo a dos del final, la seca y le dice Alfredo:

- ¿Te das cuenta que no nos hemos dirigido la palabra en todo el día?

-  Cariño, ha habido mucho trabajo y es muy tarde, mañana lo hablamos en el bar si te parece.

Laura se queda de pie, inmóvil, cayéndole continuamente lágrimas de los ojos, mientras Alfredo vuelve a cerrarlos y se introduce en un nuevo sueño. Sin poder dejar de recordar que su marido le ha dicho la misma frase durante los tres últimos meses, Laura sigue sollozando y apretando con todas sus fuerzas la almohada sobre el rostro de su marido. Cuando el cuerpo de Alfredo deja de convulsionarse, Laura baja a la calle, coloca un cartel de “cerrado por defunción”  y toma una decisión firme, no terminará de leer aquel libro, aquello pertenece ya a una vida pasada.

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Jul-13-2009

A DOS METROS DE LA REALIDAD

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Al principio ni siquiera reparó en lo extraño que resultaba todo aquello. Varios días por semana, Miguel Ángel se perdía durante horas en aquella otra vida, la suya propia, su infancia, recorriendo lugares familiares y rememorando sucesos vividos varias décadas atrás.

Lo hacía de una manera un tanto difusa, como el que recuerda fragmentos de su vida y percibe todo con una capa de niebla, con los bordes borrosos, las frases inacabadas, las acciones entrecortadas y desordenadas y una perspectiva en tercera persona sobre la suya propia, como si fuera espectador de sus recuerdos.

Con el tiempo, las pocas horas diarias que Miguel Ángel pasaba en sus propios recuerdos empezaron a ser jornadas completas. Desde que el sol salía hasta que volvía a esconderse, Miguel Ángel paraba pocas veces para volver a la realidad, comer, hacer sus necesidades y tomar la medicación que le daban los enfermeros para mitigar el dolor. Luego volvía a la silla que había frente a la ventana de su habitación y se perdía en sus recuerdos durante horas.

Algo cambió en ese tiempo en que Miguel Ángel se desprendía de su realidad, aquella sensación de recuerdo, niebla y borde borroso se fue difuminando a la misma vez que sus recuerdos, de manera que ya no rememoraba tiempos pasados, simplemente creaba un nuevo tiempo en el que nada de lo que sucedía estaba relacionado con su vida, ni siquiera él o la imagen de él que tenía, era la misma que en la realidad.

Aquel hombre, su otro yo, era mucho más alto y robusto, más joven y con el pelo más corto, un ojo vago, siempre vestido con vaqueros agujereados, camisetas oscuras y chupas de cuero. Era un hombre rudo y valiente, decidido y temerario, mucho más serio que él, un gran bebedor, de pocas frases, cortas y tajantes, pero era él, Miguel Ángel sabía que era él, nunca lo ponía en duda cuando, rara vez, despertaba de su letargo y volvía a su otra realidad, aquella plagada de batas blancas, lámparas de cirugía y habitaciones asépticas.

Ya no recuerda la última vez que ha despertado, ni siquiera recuerda estar dormido o abstraído, Miguel Ángel se peina hacia atrás el pelo, hace los ejercicios oculares frente al espejo del baño y coge su chupa de cuero preferida antes de ir al trabajo. Una vez aparcado el coche en una callejuela sin salida del centro, se va a la cafetería de la esquina y pide un café solo con un golpe de coñac y otro de soda, ojea el periódico y espera pacientemente a que Morales llegue con el encargo. Hoy tienen que liquidar al gerente de urbanismo que ha dado al traste hasta tres veces con la ampliación de terrenos para el nuevo bloque de viviendas de lujo cerca del parque forestal.

Miguel Ángel arranca el coche y se dirige a la dirección que le han dado, aparca  y antes de salir, prepara la pistola con el silenciador y la mete en el bolsillo interno de la chaqueta. Sube las escaleras y entra en la habitación, la número 703, ahí está el objetivo, ensimismado en la ventana de su habitación, con un batín ridículo de papel abierto por detrás y un principio de baba en la comisura de sus labios, Miguel Ángel Soriano Abad, 64 años, arquitecto e incorrupto.

Miguel Ángel coge el historial de su tocayo que está en un cajetín en el frontal de la cama, su nueva víctima tiene un cáncer estomacal en un estado irreversible, se encuentra en cuidados paliativos y rara vez despierta por su propia voluntad. “La primera obra de caridad de mi vida” se dice a si mismo Miguel Ángel mientras saca la pistola, apunta en la sien del viejo y le introduce un bala del calibre 45. Acto seguido se desploman los dos contra el suelo. Cuando entran los enfermeros alertados por el ruido se encuentran el cuerpo de Miguel Ángel tendido en el suelo, sobre un charco de sangre. A dos metros de él, otro charco de sangre y una pistola del calibre 45, pero ningún cuerpo.

La policía tarda tres semanas en cerrar el caso, por muy incomprensible que pueda parecerle a los investigadores, la sangre que se encontraba a dos metros de la víctima también le pertenecía a ella, la pistola tenía sus huellas dactilares y las cámaras de seguridad del pasillo no habían grabado a ningún sospechoso entrando o saliendo de aquella habitación.

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Jun-23-2009

EL SOBRE

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Dravinorovich era un tipo enorme, calvo y de tez pálida, algo desgarbado y siempre envuelto en varias capas de prendas negras, chaquetas de cuero, licras, bufandas, jerseys, todo un arsenal de diferentes tejidos que hacían imposible que una bala los traspasara con limpieza para llegar hasta su corazón.

Sentado en una silla de madera desencolada en aquella habitación de un hotel de tres al cuarto del norte de la ciudad, Dravinorovich mantenía la vista fija en una grieta de la pared mientras chupaba con fuerza el cigarro como si en cada calada hubiera llegado a una conclusión definitiva sobre cualquier cosa que estuviera pensando. A decir verdad no parecía un hombre  de reflexiones profundas, sino más bien de acciones definitivas, o por lo menos así es como Thomas  imaginaba que debía ser un asesino a sueldo como él.

Thomas respiraba profundamente en el ascensor, por motivos obvios cada vez que tenía que reunirse con Dravinorovich su cuerpo entraba en una especie de tensión que agarrotaba cada uno de sus músculos y no cesaba hasta que se había alejado varios kilómetros del lugar de la cita. Se tomó una pastilla para calmar los nervios y se recolocó la chaqueta por quinta vez con el único deseo de terminar con todo aquello lo antes posible.

Tuvo que tocar hasta tres veces la puerta para conseguir algún tipo de respuesta, desde detrás de la puerta pudo escuchar como Dravinorovich con tono grave lo invitaba a pasar con un seco “esta abierto señor Anderson”

- Buenas tardes, disculpe la demora, he tenido que pasar por la oficina central para recoger la foto y el pago de su trabajo.

- No hace falta que se disculpe, ¿tiene el sobre?

- Si,  aquí tiene.

- No lo ha abierto.

- Ya sabe que la organización no me lo permite, no debo saber cual es el objetivo ni el importe de su trabajo, solo hacerle entrega del sobre y no hacer preguntas.

- Un hombre sin curiosidad, interesante.

Thomas odiaba esa coletilla de Dravinorovich, “interesante” le creaba una ansiedad desatada, no llegaba a entender nunca cual era la conclusión que encerraba aquella inquietante palabra. Dravinorovich  no abrió el sobre y apuró su cigarro en la boca, entrecerrando los ojos para que el humo no le quemara las retinas. Miró fijamente a Thomas, apagó el cigarro en el apoyabrazos de la silla y volvió a mirar con el hielo de sus ojos a Thomas.

- Interesante.

- Me alegro -Thomas no podía ocultar su malestar-, ¿no quiere confirmar que el importe es el correcto?

-No se preocupe señor Anderson, creo que ya hemos terminado por hoy, buenas tardes- Dravinorovich se levantó de la silla, estrechó la mano de Thomas y salió por la puerta dejando en la habitación un aroma intenso a miedo y tabaco negro.

Thomas se tomó otra pastilla para calmar los nervios, se asomó tímidamente a la ventana y se quedó mirando unos segundos a través del cristal. Volvió a respirar profundamente y se acercó a la puerta para salir de aquella angustiosa habitación, cuando agarró el picaporte cayó en la cuenta de todos los extraños sucesos que le habían pasado inadvertidos en esos pocos minutos.

Dravinorovich nunca había estado esperándolo sentado, siempre que abría la puerta Thomas se lo encontraba con la mirada fija  en la ventana que daba al callejón, cerciorándose muy probablemente de que todas sus paranoias persecutorias y conspiradoras eran sólo fruto de su imaginación. Esta vez había esperado sentado, se había mostrado tranquilo y hasta parecía que bajo su semblante seco hubiera disfrutado de aquella insignificante conversación.

Dravinorovich siempre habría el sobre y ojeaba la foto del objetivo y el importe que había acordado con la organización, esta vez ni siquiera se molestó en abrirlo, posiblemente porque estaba seguro de que todo el dinero estaba dentro, eso implicaba que Dravinorovich no desconfiaba de la organización, con la que había estado trabajando los último dieciséis años, sino de mí, del mensajero, que en un acto de codicia podía sentirse tentado de abrir el sobre, sacar algo de dinero y volver a cerrarlo cuidadosamente.

Esta vez no desconfió de mí, no desconfió del mensajero, no desconfió de una posible trampa de la organización, ¿qué le daba tanta seguridad? Ya tenía un alambre de 5 centímetros de grosor en mi cuello cuando la conclusión llegó a mi cabeza con la obviedad que supone estar siendo asfixiado lentamente por el mejor asesino del estado tras la puerta de una habitación de hotel de mala muerte.

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Abr-16-2009

BELTRÁN DIXIT

“Hay que saber diferenciar cuando una fruta esta madura y cuando podrida, uno no quiere verse cargando luego con una diarrea mental”, así es como siempre se refería a las mujeres. Para Beltrán las mujeres eran frutas, verduras, guitarras, sillones, motocicletas, baterías, coches, lápices, bebidas, muebles, cigarros, tejidos, nubes, montañas, carreteras, árboles, edificios, plantas, chaquetas.  Beltrán no veía  mujeres, veía alegorías que le permitían filosofar sobre sus relaciones hasta altas horas de la noche en la barra de cualquier bar.

“Créeme chico que si una Harley te pica las luces, lo mejor que puedes hacer es retirarte de la carretera. Hay cosas demasiado grandes contra las que uno no debe correr”. Beltrán animaba las esperas, las sobremesas o los cafés en la oficina con una habilidad innata para hablar de sus conquistas y fracasos sin parar. Las chicas de la oficina se reían a veces, muchas otras protestaban por el tono insultante y otras reían tímidamente por no saber muy bien a que se refería el bueno de Beltrán. Los hombres siempre reían a carcajadas, sobre todo si no lo habían entendido, es por eso que Beltrán siempre decía “el hombre no puede ser nada más que hombre, somos tan simples que lo hacemos todo complicado”.

Así era Beltrán, nunca llegó a estar con una mujer, pero saboreó una sandía sin pepitas, paseó en un Porsche 356 de 1948 que iba como la seda, cuidó a una pequeña planta hasta que floreció, subió a un rascacielos sabiendo que acabaría tirándose del último piso, afiló un lápiz tanto que se rompió, llevó un reloj que iba atrasado más de 10 años según él, hizo el bueno de Beltrán mil y una cosas, pero a una mujer jamás conoció y probablemente porque no tuvo las agallas de hacerlo.

Ahora estoy aquí frente a él y lo veo descansando sobre su confortable cama en una caja de pino, con un traje impecable y un tono de piel que ya hubiera querido en vida, un trabajo de primera el del maquillador, juraría que en cualquier momento puede abrir los ojos y salirme con alguna de la suyas. Pero no, Beltrán murió en la soledad y así fue como vivió sus últimos días, sin una mujer a su lado que le consolara, que le dijera que no estaba solo, que no era un hombre más del montón, que desde sus ojos, era el ser más especial.

Y así rezará, como último deseo, su epitafio: “Aquí yace un hombre que hizo todo en este mundo menos el amor”.

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Abr-3-2009

LA ÚLTIMA NOTA

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(Juraría que una navaja le rasgaba la cadera con cada zancada que daba. Se paró en mitad de la calle y palpó sus bolsillos en busca de un pañuelo que cortara ese rastro chivato de sangre que iba dejando a su paso. A esas alturas de la noche tenía ya la certeza de que no iba a morir desangrado, no porque tuviera algún conocimiento médico o intuición chamánica, simplemente apelaba a lo que el instinto de supervivencia animal susurraba a su conciencia. Andy iba arrastrándose por la oscuridad de aquella calle mientras recordaba como había llegado hasta allí.)

La noche había comenzado como la de otro viernes cualquiera, Andy repartía sonrisas y palmadas en el club con la misma elegancia y profesionalidad con la que tocaba el piano en el escenario o tintineaba los hielos de su vaso en la barra para pedir otro Jack Daniels doble con una rodaja de naranja.

Vio entrar a Helen con el rabillo del ojo por la puerta del Blue Note, con un vestido azul ceñido al cuerpo, un cigarro  adherido a la boca que esperaba la llama atenta de algún caballero y un abrigo de piel encajado en su perfecta figura que desviaba la atención hacia aquella mirada hipnótica, capaz de incendiar las noches más gélidas de la ciudad.

Helen no se dignó a mirar a Andy cuando pasó cerca de él, simplemente susurró unas palabras entre dientes con la intención de que Andy fijara toda su atención en ella, era única para conseguir que un hombre desconectara todos sus sentidos y se entregara por completo a sus encantos, que aumentaron exponencialmente cuando se despojó de su abrigo y le mostró la deliciosa silueta desnuda de su espalda.

(Andy dio un traspié y cayó fulminado al suelo en mitad de aquella oscuridad, ni siquiera pudo gritar y aunque hizo uso de todas las fuerzas que le quedaban, solo consiguió emitir un débil gemido como muestra de su intenso dolor. Intento ayudarse de un árbol, una papelera y un muro para volver a levantarse pero la mano que tenía liberada de las tareas de taponamiento había sufrido las mismas consecuencias y Andy estaba seguro que solo uno de aquellos dedos volvería a moverse por la superficie del piano como antes. Los demás aparentaban estar tan rotos como deformados, habían sido unos valientes al aguantar aquellos martillazos sin soltar una palabra.)

- ¿Perdona?

- He dicho que si tus dedos están preparados para acompañarme una noche más querido.

- Por supuesto, solo estoy intentando apagar su timidez con una copa más de mi fiel amigo Jack, pero en unos minutos los tendrás a tu entera disposición. Bonito vestido por cierto, Hache.

- Gracias Andy, pero ya te he dicho que no me gusta que me llames Hache, hace que me sienta vulnerable y hoy más que nunca necesito estar fuerte. Por ahí viene Yaco, lárgate de aquí si quieres volver a ver un amanecer querido.

Yaco era Giacomo, un patético italiano de tres al cuarto que tuvo un golpe de suerte en el negocio de las apuestas tres años atrás. Aún recuerdo cuando era el chico de los recados de los Marinelli y me pedía un cigarro en la trasera del club mientras esperaba la mercancía. Yaco solo necesitaba el tiempo que tarda en consumirse un cigarro para jactarse de haberse tirado a media ciudad entre calada y calada. Consiguió quedarse con todo el negocio de la parte Este de la ciudad tras la guerra entre los Marinelli y el clan irlandés. De aquellos días solo recuerdo agujeros de bala y regueros de sangre durante las noches y ataúdes de pino y llantos de rabia durante los días. Creo que metimos en cajas a casi toda la familia y cuando quisieron poner fin a aquella barbarie, ya solo quedaban seis cobardes asustados en un piso franco del oeste intentando buscar una salida. Lastima que minutos después Yaco, su fiel chico de los recados, entrara en aquel cuarto y decorara a aquellos imbéciles con una ráfaga de balas en el estómago.

Andy cometió el error de no alejarse lo suficiente y se quedó a unos dos metros de lo que iba a ser el foco de todos sus problemas aquella noche. Mientras agitaba los hielos de su vaso en la esquina de la barra, vio como Yaco intentaba conquistar a Helen con sus despreciables encantos. Andy se acercó un poco más con la excusa de coger un cenicero para poder escuchar aquella conversación.

- Yaco querido, dame tres días más, te prometo que te lo devolveré todo, mi socio me ha dicho que es cuestión de tiempo que se cierre el negocio y podré devolverte todo lo que me prestaste con intereses. (Helen intentaba mantener la calma, pero aquella forma de coger el cigarro y parpadear denotaba un pánico muy bien disimulado, el estúpido de Yaco no se daría cuenta de tales sutilezas).

- Nena, te dije que como muy tarde el viernes, sabes que no me gusta que me hagan esperar y sabes que si la gente se entera de que estoy repartiendo compasión entre mis clientes, pronto veré más lagrimas de cocodrilo que billetes de cien.

- Yaco querido, -Helen se acercó todo lo que pudo al enano repugnante, lo justo para que este pudiera sentir como sus pezones se deslizaban juguetones sobre su pecho con cada bocanada de aire- nadie tiene porque enterarse de esto, sabes que nunca te he fallado con los tiempos, dame tres días más, te prometo que no tendrás nada de lo que arrepentirte querido.

- Muy bien nena, concedido, pero quiero una voluntad de pago esta misma noche, en tu camerino, dentro de diez minutos. Solos.- A Yaco le había podido el ansia por devorar aquella preciosidad por encima del negocio del dinero, algo que solo podía conseguir Helen, ya que por todos era sabido que a Yaco lo que más le excitaba en este mundo era el dinero y las palizas que propinaba con sus propias manos a los que no se lo pagaban.

Helen se subió al escenario aterrorizada, le quedaban dos canciones para buscar una salida que no pasara por ser violada brutalmente por aquel cerdo o recibir una paliza por negarse a cooperar. No obstante no perdió un solo ápice de su elegancia cuando se subió al escenario, cogió el micrófono y se arregló el pelo mientras bajaban las luces del local y el murmullo de los clientes se iba atenuando sincronizado con la oscuridad gradual del Blue Note. Se acercó al piano de Andy y pudo ver en sus ojos que sabía que estaba sucediendo, así que apartó el micro de sus labios y se agachó para susurrarle al oído:

-Andy querido, ayúdame a salir de esta.

Conocí a Helen hace un año, yo llevaba cuatro meses como pianista del Blue Note cuando entró por la puerta y Brian, el dueño del local me dijo “¿ves a esa preciosidad que acaba de entrar? es tu nueva compañera en el escenario, espero que sepas acompañarla como se merece, solo con tu piano Andy, no la vuelvas a cagar”. Desde el primer momento que la vi supe que esa mujer no era para mi, superaba con creces a todas las que habían pasado por ese escenario en los últimos cuatro meses y habían acabado rendidas a mis encantos de pianista y mis discursos de trotamundos, ella parecía especial y me lo hizo saber desde la primera frase “espero que tus dedos estén por encima de tu reputación querido, hoy necesito ganarme el puesto”. Aquella noche aprendí a tocar el piano, lo toqué como jamás lo había hecho, aquella voz grave que desgarraba las cuerdas de mi Zimmermman me envolvió en la música como hacía años que no me sucedía. Volví a disfrutar de cada escala y cada tempo y supe que por fin había encontrado a mi musa y era mucho más bella de lo que jamás había imaginado.

Con la primera nota, Helen comenzó a cantar y todos los ojos del local se posaron en su cuerpo, hipnotizados por el movimiento de su vestido y la profundidad de su voz. Andy mientras intentaba averiguar como podía salir de aquella situación sin perder la vida y sin negarle a su musa el único favor que le había pedido desde que se conocían. Yaco miraba desde el fondo de la barra satisfecho de su próxima víctima, jugueteando con el zippo entre sus dedos y mordiéndose el labio inferior por el ansia de poseerla de una vez por todas.

El resto es historia, Andy intentó llevársela del escenario por la salida trasera antes de que los matones de Yaco pudieran reaccionar, pero parece ser que el enano era más inteligente de lo que aparentaba ser y ya había apostado a dos de sus muchachos en aquella salida. Andy tuvo que escuchar como Helen era poseída sin su consentimiento en la puerta contigua a la habitación en la que le estaban reventando los dedos a martillazos. El final de una pareja de ensueño en el escenario estaba terminando de la forma más trágica posible, todos salían perdiendo aquella noche, los que amaban la música, los que amaban sus manos y las que amaban su dignidad.

Han pasado tres horas desde el momento más desagradable de mi vida, creo que la hemorragia ha parado, aunque ciertamente mis dedos maltrechos no son los mejores consejeros sobre si lo que palpan es ya río seco o torrente mortal. El hospital está a dos manzanas, pero la casa de Mosley está cruzando la esquina y no hay nada que el mejor whisky de Mosley no pueda cauterizar. Tengo que darme prisa, dentro de dos horas amanecerá, necesito estar mínimamente repuesto, lo suficiente para coger el arma que le voy a pedir prestada a Mosley y apuntar certeramente en el pecho de Yaco mientras disfruta de su último desayuno en su Little Italy preferido. Será la última canción que toque, la última tecla que aprieten mis dedos, después de eso no quiero tocar más, moriré acribillado sabiendo que la vida ha hecho justicia a la música una vez más.

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Nov-23-2008

CENA EN FAMILIA

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Max siempre decía a sus amigos que si le hubieran dado a elegir algo en su vida, hubiera decidido elegir a su familia. Había tomado en su vida todas las decisiones, algunas desacertadas, otras brillantes, todas menos las que tenían a la familia de fondo, ese fondo revuelto que siempre estaba en el horizonte, una marejada de problemas y malentendidos que tenían las propiedades de un alud, un problema minúsculo como un copo de nieve  que rodaba y acababa enterrándolo de mierda hasta el cuello.

Su hermano pequeño fue el primero en llegar, a simple vista parecía tranquilo, pero Max ya conocía ese temblor en las manos y el tic que llevaba a su lengua a recorrer continuamente su labio inferior para humedecerlo. Estaba sediento, no apostaba un solo euro por la sobriedad de Néstor durante la cena.

Su hermana Isabel llegó un cuarto de hora más tarde, con Emilio en su regazo llorando a moco tendido y su marido José detrás de ella, siempre detrás de ella, parapetado en el enorme ego y el carácter de Isabel. Max saludo a José con cariño, le caía bien aquel tipejo que había dejado todo por estar al lado de la víbora de su hermana.

- Hola Max, estás muy flaco. Pon el champán en la nevera antes de que vengan papá y mamá, hoy tiene que salir todo perfecto.

Aquella coletilla de Isabel era algo así como el anuncio oficial del desastre que cada año en estas fechas sucedía entre las 7 de la tarde y las 12 de la noche en nuestra casa, era como el mensaje del rey de todas las cenas de navidad, el preludio de todo lo que iba a pasar, el anuncio del huracán, el primer golpe de viento antes de que todo quedará reducido a sus débiles y envenenados cimientos.

- ¿Dónde está Néstor?

- En la cocina.

- ¿Lo has dejado sólo en la cocina Max?

- Tiene 27 años Isabel, no creo que se vaya a sacar un ojo con la esquina de la mesa.

- De verdad, Max, a veces no te entiendo.

“A veces” sonaba optimista en la cabeza de Max. Nunca, jamás, se habían entendido, hablaban otro lenguaje que, aún usando las mismas reglas gramaticales, nada tenía de parecido en su significado. Solo hacía seis meses que habían vuelto a dirigirse la palabra, después del accidente de su hermana, así que Max tragó saliva y rezó por que aquellas malditas pastillas comenzarán a hacer efecto.

Néstor salió de la cocina con los ojos acuosos, se acercó a Isabel y le dio un beso en la mejilla mientras ella no alteraba un solo músculo de su cuerpo para recibirlo.

- Hola, hermanita, ¿cómo andas?

- Bien Néstor, bien.

Sonó el timbre, Max sintió esa punzada en el corazón que indicaba que ya no había vuelta atrás, que ya no podía escapar de esa situación, que, como cada año, tendría que aguantar aquella cínica e indigesta cena.

El padre de Max, Diego, Don Diego, entró firme y solemne saludando a cada uno de sus hijos de manera protocolaria, de mayor a menor, con mayor o menor efusividad dependiendo de su grado de aprobación. Ni que decir tiene que Néstor arañó un mísero beso en la mejilla y una palmada, mientras Isabel se empachaba en un cariñoso abrazo, una caricia sobre su perfecta melena y un “¿Cómo está mi pequeña princesa?”.

Su madre, Delia, era un torrente vital de espontaneidad. Como toda madre, siempre prestaba mayor atención a sus cachorros más débiles y eso se veía reflejado siempre en su manera de saludar a Néstor, al que abrazaba, zarandeaba y besaba con una mezcla de amor, impotencia y rabia cada vez que lo veía.

- Ya vale mamá, me vas a terminar ahogando con tanto abrazo.

- Calla Néstor, nunca le digas a tu madre cuánto tiene que quererte, algún día lo echarás de menos. ¿Se puede saber dónde esta mi hijo mediano favorito?

- Aquí mamá - Max se acercó vacilante hacia su madre y está lo abrazó y le dio un beso sonoro y molesto para luego apartarlo y mirarlo de arriba a abajo.

- Max, hijo, estás muy flaco. ¿Tú estás comiendo bien, verdad hijo mío?

- Si mamá,  muy bien, solo he tenido un mes de mucho trabajo y estoy algo cansado - Max disimulaba a duras penas las primeras nauseas producidas por la pastilla, nunca fue muy amigo de los fármacos, pero en un día como hoy, era mejor pagar el precio de su ingesta que el de vivir aquella noche a plena consciencia.

Mientras su hermana Isabel y su madre perfilaban todos los preparativos para la cena, Max asistía como simple espectador a la conversación entre su padre y su yerno José sobre macroeconomía, asintiendo de vez en cuando ante las rotundas afirmaciones de Don Diego y divirtiéndose ante la sutileza con la que José rebatía algunas de ellas para evitar contrariar a su suegro.

Néstor, mientras tanto, permanecía enganchado al móvil, pegado a la ventana y manteniendo una conversación entre susurros con su interlocutor, probablemente cerrando el plan de aquella noche y definiendo todo lo necesario para que no quedara ningún cabo suelto. Se llevaba cada dos por tres el botellín de cerveza sin alcohol a la boca y, muy de vez en cuando, tras unas miradas furtivas a su alrededor, sacaba cuidadosamente la petaca del bolsillo de la chaqueta y rellenaba el botellín con ansiedad.

La cena comenzó sin mayores sobresaltos, Don Diego, el “pater familias”, presidía la mesa con orgullo y, tras bendecir la mesa, Isabel empezó a servir a cada uno de los comensales. Max, estaba sentado al lado de Néstor que a esas horas ya estaba completamente ebrio y en su esfuerzo por disimular su estado, mantenía una actitud completamente cómica.

- Hermanito, pásame la sal por favor, que este pavo no sabe a nada.

- Será porque ya tienes la lengua de esparto chaval.

- Me ofendes, dame un voto de confianza, solo para llevarle la contraria al resto de la mesa.

Max sonrío y le pasó la sal a su hermano mientras agradecía que el hijo de Isabel, Emilio,  estuviera en la mesa. El resto de la familia contendría las ganas de tocar algún que otro tema escabroso de actualidad, como el alcoholismo de su hermano pequeño, la sobredosis de calmantes de su hermana Isabel tras la muerte prematura de su segundo hijo, el bipolarismo de su madre o la querida de Don Diego, que no dejaba de llamar al teléfono móvil de su padre requiriendo un poco más de atención.

- Estos cacharros y sus alarmas -se disculpaba Don Diego cada vez que sonaba el móvil-, algún día Max, tienes que enseñarme a dominar estos aparatos.

- Dalo por hecho padre, después de la cena si quieres te enseño un par de cosas.

- No es la tecnología lo que pierde a tu padre Max -dijo su madre-, son las formas de hacer las cosas. -Delia manipulaba el trozo de carne nerviosamente, intentando no perder las formas y no hacer notar su enfado.

- Delia, cariño, dejémoslo estar. ¿Puedes pasarme la sal?

- ¿Ves? -dijo Néstor- te dije que el pavo estaba soso hermanito.

- A lo mejor si hubieras hecho tu la cena, todo estaría más sabroso, ¿no Néstor?

- Claro Isabel, claro.

- ¡No me contestes como si fuera tonta!

- Me adapto a tu trato hermanita, solo eso.

- Mejor sírvete otra copa, aún no estás lo suficientemente borracho y hablas más de lo normal.

- Es cerveza sin alcohol hermanita, sin alcohol.

- Claro, y la petaca que llevas está hasta arriba de limonada, ¿no?

- Yo creo que el pavo está muy bueno - José intentaba terciar en la trifulca a sabiendas de que si alguien no lo hacía las cosas irían a mayores.

- Tu calla cariño, que bastante tengo con haber visto como le ponías sal al pavo y haz un poco de caso a tu hijo, que está usando el traje nuevo de babero.

- Cariño yo…

- ¡Tengamos la fiesta en paz! -dijo Don Diego-, simplemente he pedido un poco de sal, así que Delia, pásame la sal y…

- No sabía que esto fuera una fiesta - dijo Néstor en tono jocoso-.

- Néstor, no la jodas más - le dijo Max susurrando.

- ¡Eso Max! -dijo Isabel-, tú defiende a tu hermano drogadicto, como siempre, como siempre lo has hecho, a lo mejor si hubiéramos sabido antes lo que pasaba podíamos haber evitado que se convirtiera en lo que es.

- Isabel por favor… -Max intentaba poner paz, pero entre las naúseas y la debilidad que sentía, se veía incapaz.

- ¿Y tú por qué sollozas mamá?, -dijo Néstor- ¿de verdad piensas que soy un drogadicto?, no fui yo el hijo que acabó en un hospital con una sobredosis.

- Serás cabrón - Isabel miraba a Néstor con los ojos iluminados por la rabia contenida.

- ¡Néstor! - Don Diego intentó frenar la discusión pero ya era demasiado tarde. Mientras la madre entraba en una espiral de llanto que intentaba frenar José consolándola como buenamente podía, Néstor e Isabel empezaron a cruzarse acusaciones y Don Diego se limitó a mandar a callar a uno y otro a voz en grito mientras el niño no dejaba de llorar asustado.

- Basta por favor, basta….basta….basta…basta… BASTAAA!!

Max gritó con todas sus fuerzas y acto seguido se giró a un lado y vomitó sobre la alfombra. El silencio invadió el comedor y nadie se atrevió a decir nada. Max se recompuso en su asiento, los miró a todos, volvió a coger los cubiertos y dijo:

- Tengo cáncer. Los médicos no me han dado más de dos meses de vida, me gustaría que la última cena en familia sea eso, una cena. Así que, por favor, terminemos de cenar, tengamos una velada agradable, una sobremesa tranquila y una despedida decente.

El primero en reaccionar fue Néstor, le dio un abrazo a su hermano y le dijo -Max, espero que el postre que hiciste hoy este tan bueno como el del año pasado.

- Gracias hermanito.

- Toma la sal cariño - le dijo Delia a Don Diego, y con la mirada le rogó a su marido que respetara el primer y único deseo que su hijo le había pedido.

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Nov-4-2008

VELAS

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Manuel cuenta las velas con la concentración del que teme cumplir más años por haber hecho un mal recuento. Una vez contabilizadas las lleva a la mesa donde, sobre un mantel colorido, descansa una tarta de frutas con su nombre gelatinizado y un “Felicidades” de cacao 70%.

“Un trabajo excelente el de la repostera”, piensa,  tal y como había pedido, su nombre temblaba ante cualquier pequeña vibración, como solía pasarle en la vida real.

Se sirve un vaso de ponche con la mirada perdida más allá de la ventana, como si aquel cielo azul no fuera con él, como si aquel día soleado le cogiera desprevenido. Su cumpleaños debía ser gris y lluvioso, ventoso y oscuro, tan triste como su melancolía. No obstante este primero de Noviembre el sol raja las piedras y el cielo no está salpicado por ninguna nube invernal. Ante aquella estampa tan poco deseada, Manuel no puede sino servirse otro vaso más de ponche. “Si el día es de colores por lo menos que estén borrosos y desdibujados”, se dice.

Enciende una a una las velas y con la última se enciende el puro que lleva en la chaqueta. Se sienta frente a la tarta y mira como los segundos van derritiendo las velas y como la cera caliente hace estragos sobre su nombre.

“Espero que no se apaguen las velas antes de tiempo”, se dice a si mismo mientras escucha atentamente como el gas sisea y se expande por la habitación.”Que curioso, este será el único cumpleaños en el que no apagaré las velas”. Una a una, bautiza a todas ellas con un recuerdo, con algún momento puntual de su vida, con alguna persona que pasó por allí y acabó consumiéndose hasta apagarse por completo.

“Feliz cumpleaños Manuel”, y mientras se felicita repetidamente en su cabeza,  saborea su puro habano, seguro de que aquella adicción no será una de las culpables de que su vida acabe apagándose en una explosión de gelatina, cera y tristeza.

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