EN UNA SOLA DIRECCIÓN

M. daba vueltas por la habitación siguiendo una línea irregular imaginaria que lo hacía moverse de manera aparentemente desordenada, pero que lo llevaba exactamente al mismo punto de inicio, para así, cerrar el círculo y volver a empezar el recorrido. Aquello revelaba la compleja personalidad de M., probablemente si alguien le hubiera preguntado en ese momento el por qué de tan extraño circuito, él hubiera tenido una contestación extensa y compleja, donde varios motivos, en apariencia inconexos, formaban un todo explicativo que justificaba su andar inquietante, su esquivar esa silla por el exterior, girar a la derecha, tocar la manilla de la puerta con la mano al pasar, descolgar y colgar el teléfono de la mesita auxiliar, girar de nuevo a la derecha, rodear la silla en la que L. estaba sentada por detrás, dar una patada con el pie izquierdo a la caja de herramientas que estaba en el suelo, golpear el cristal de la ventana con la mano y girar por tercera vez a la derecha para volver al punto de inicio.
Así veía la vida M., todos sus pensamientos y acciones, comportamientos y afirmaciones, estaban basados en la misma línea desequilibrada y exacta que ahora reproducía sobre el suelo y que tenía completamente aterrorrizada a L.
M. comenzó a hablar sin dejar de caminar, gesticulando fuertemente con las manos y manteniendo una respiración agitada que hacía que algunas palabras quedaran amputadas en su mitad por el corte limpio de un aliento para continuar, “Espero que entiendas lo complejo que es lo que te estoy intentando explicar, ¿sabes?, llevo varios días teniendo estos sueños, me levanto con una amarga sensación y el resto del día, el resto del día una mezcla viscosa de odio y tristeza recorre mis venas suplantando a la sangre y yo lo entiendo, de verdad, es mi forma de ser, quiero decir, que siempre que he querido algo lo he tenido, lo he comprado y lo he hecho mío, lo he guardado bajo cuatro llaves en un armario para que sólo fuera disfrutado por mí, ¿entiendes lo que quiero decir?, cuando pienso en ti, generalmente sueño despierto pesadillas reales en las que mis miedos se apoderan de la máquina de pensar y me muestran situaciones hipotéticas en las que me reventaría el corazón, ¿sabes?, es un tanto contradictorio, nos consideramos el uno parte del otro, o si quieres decirlo de otra manera, los dos partes de un mismo ser, pero no es lo mismo, no te tengo, no te he comprado, ni me perteneces de aquella otra manera, no puedo guardarte bajo cuatro llaves en la parte más segura de mi armario, para poder luego disfrutarte en mi soledad.”
Mientras hablaba, M. seguía recorriendo el mismo trayecto imaginario, girando a la derecha, tocando la manilla, bordeando la silla en la que estaba sentada L. por detrás, golpeando la ventana al pasar, siempre el mismo trayecto, pero cada vez más rápido, cada vez con mayor inquietud, golpeando la manilla con más fuerza, propinando patadas más violentamente a la caja de herramientas, de manera que esta se desplazaba poco a poco hacia otro punto de la habitación. Era tal el miedo de L., que sólo esperaba que la caja de herramientas no entorpeciera el trayecto de M., eso podría originar una cadena de sucesos imprevisibles.
“Lo que quiero decir es que cuando algo material me interesa, lo compro, lo guardo, lo uso, lo hago mío y decido sobre su integridad, pero tú eres diferente, al ser una persona no puedo comprarte, ni guardarte, no me perteneces, no puedo decidir qué haces en cada momento, ni tener control sobre ello y eso es lo que me produce este miedo que me enloquece, estoy tan acostumbrado a poseer que cuando no puedo hacerlo me aterroriza, no sé reaccionar ante esta incertidumbre”
De repente M. se paró en seco, la caja de herramientas había bloqueado su recorrido, ya no podía avanzar, miró hacia adelante, miró hacia los lados y por último hacía atrás, miró fijamente a L. y luego se agachó y abrió la caja de herramientas, sacando de ella un serrucho oxidado y volviendo a colocar la caja de herramientas en su sitio inicial.
“¿sabes?, es por eso, que el ser humano se inventó el compromiso, casarse, comprometerse, un anillo, una alianza, dos firmas en un contrato, una promesa eterna de fidelidad, son herramientas de control ¿entiendes?, como este serrucho que tengo ahora en mi mano, que sólo sirve para darme la sensación de que algo es mío, para generarme seguridad” M. completó su recorrido hasta acercarse a la silla donde L. permanecía atada de pies y manos y con una venda cubriéndole la boca y empapada ya en lágrimas. “Pero, en el fondo, aunque queramos creer lo contario, son del todo inservibles, aún así nos funcionan, es igual que al creyente en una situación de desesperación le funciona aferrarse a su fe, arrodillarse en el suelo e implorar a su dios compasión, a eso hemos limitado la fe en los sentimientos, a creer y forzar compromisos dudosos sobre ellos, engañándonos al pensar que retendrán aquello que queremos y no podemos controlar”.
L. sentía como el aliento de M. se acercaba cada vez más a su rostro, quemándole las mejillas, le temblaban los ojos y las lágrimas caían ya solas y sin el obstáculo de los párpados, que permanecían abiertos y alerta. “Es por eso mi amor, que esta situación no tiene ya sentido para mí, no quiero que estés a mi lado sino es porque eres mía y no quiero que seas mía porque no podrías serlo nunca, porque en el fondo siempre seguirías siendo tuya y eso es algo que yo no puedo conciliar en mi enrevesado cerebro”. M. pegó sus labios a la oreja de L. y empezó a susurrar, “lo que me lleva a tomar una decisión drástica, hacer este trayecto que llevo repitiendo sin parar durante dos horas por última vez, si, final de trayecto amor mío, lo último que quiero decirte es que te quiero y ese es el principal problema por el que esto tiene que tener un final, porque te quiero y no sé querer como una persona normal.”
M. se levantó con el serrucho en la mano, miró a L. y se dispuso a recorrer aquel trayecto por última vez, mientras, L. aguardaba ya vencida por el terror y con la certeza de saberse muerta, a que su verdugo completara el recorrido y llegará el final. M. comenzó a caminar, se acercó a la puerta, la cerró con llave y tocó la manilla para cerciorarse de que no pudiera abrirse, descolgó el teléfono de la mesita auxiliar y llamó al número de emergencias, giró de nuevo a la derecha y salvó el obstáculo de la silla dónde L. estaba sentada por detrás, serruchó la cuerda de las manos que mantenía a L. maniatada, cogió impulso, pasó por la caja de herramientas, tiró el serrucho, se dirigió a la ventana corriendo y atravesó el cristal.
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