Archive for the ‘Vidas Paralelas’ Category

Sep-14-2009

DESDE LA MUERTE

Hace un mes me vi morir desde el balcón de mi habitación, mientras fumaba un cigarro apoyado en la barandilla,  me observé deslizándome de mi  propio cuerpo, me subí a la barandilla y me precipité hacia el suelo de la calle viendo como, después de un grito ahogado, mis huesos se desmenuzaban contra el asfalto, no solo eso, lo sentí, sentí aquel golpe desde la barandilla de mi balcón, parte de mi conciencia también se deslizó de mi cuerpo y murió con el golpe y antes de hacerlo, sentí el dolor y la agonía más intensos de mi vida, noté como se me escapaba la vida por la boca y un remolino de pensamientos y recuerdos se apagaron tras una última frase “¿por qué coño lo he hecho?”

Cuando volví en mí, el cigarro  ya consumido me quemaba la yema de los dedos, un ínfimo dolor que me devolvió a la vida tras una agónica muerte.

Dos semanas después, mientras desayunaba en la cafetería de siempre, agarré el cuchillo lleno de mermelada de la señora que estaba a mi lado y me rebané el cuello, una tajada de lado a lado que no me permitió volver a respirar, no contento con ello me apuñalé varias veces en el pecho, buscando desesperadamente el centro de mi corazón. La señora gritaba horrorizada mientras yo, desde la barra y con el café en la mano, observaba como a tres metros me desangraba en la entrada de la cafetería de siempre. No volví en mí hasta que la señora, extrañada por mi comportamiento, intentaba recuperar su cuchillo de mis manos con un gesto mezcla de disculpa y apremio.

Una semana después, estaba en el andén del metro cuando me lancé en el momento exacto en que el frontal del vehículo pasaba a mi altura y un impacto seco me desnucó y me mató en el acto y  desde la línea de distancia prudencial del andén, pude observar como mi cuerpo se contorsionaba de manera antinatura para luego desaparecer por el túnel entre el estrépito de los gritos del resto de pasajeros y la frenada de emergencia del vehículo. Una mujer me subió  a empujones al vagón imprecando a la juventud que vive todo el día en las nubes y devolviéndome a la vida en el momento exacto que se cerraban las puertas del vagón.

Cada vez me suicidaba con mayor asiduidad, me lanzaba desde lo alto de los puentes mientras paseaba, arremetía contra grupos de skins para buscar la muerte entre sus  puños americanos, cruzaba por la autopista durante la noche para ser arrollado por un camión de mercancías, me asfixiaba con un cinturón, me cortaba las venas en un plácido baño de sales, me lanzaba en paracaídas ignorando la llave de apertura, me provocaba sobredosis para bailar con la muerte en el centro de la pista, me volví un adicto a la muerte y al dolor y al morbo de acabar con mi vida una y otra vez.

Hoy ha pasado un mes desde la primera vez que me vi morir, ya no vivo sin hacer otra cosa que no sea morir, cualquier sitio es bueno para acabar con mi vida y, una vez conseguido, corro hacia mi siguiente muerte con ansia, tanto es así que ya no recuerdo otra cosa de mi vida que no sea la última vez que me vi morir, aunque esta haya sido hace tan sólo cinco minutos; mi familia, mis amigos, mis hobbies, mi trabajo, todo lo que pertenece a mi vida anterior es ya un lejano recuerdo de otra persona que vivió mi vida y que no era yo, yo he nacido para morir, para sentir el dolor y el desasosiego de la última respiración una y otra vez, sin descanso y sin ningún objetivo aparente que no sea la muerte dolorosa y repetida hasta una saciedad que parece que nunca llega.

Mientras pienso en esto veo como una hermosa chica se sube a la barandilla del puente que estoy a punto de empezar a cruzar, la muy perra se ha adelantado a mis deseos, corro hacia ella poseído por una ira incontenible, fuerzo todos los músculos de mi cuerpo para llegar antes de que su último dedo deje de sujetar la barandilla, gritando al cielo con todas mi fuerzas, la cara roja y las venas estrangulando a la cuerdas vocales, llego justo cuando está a punto de lanzarse y la cojo de la mano y ella se desliza y yo aguanto su peso como puedo y me clavo la barandilla en el estómago y el dolor hace que tenga que aflojar mi mano y ella me mira y me sonríe y veo en su cara que es lo que quiere, que no tiene miedo, que quiere morir, como yo, como yo he querido tantas veces en mi último mes, pero con el valor añadido que tiene el saber que la suya es una muerte irreversible, que no volverá a resucitar en el recipiente cobarde de su cuerpo.

Impotente, la veo caer unos cuantos metros hasta que me tocan por detrás de la espalda para llamar mi atención y vuelvo en mí, es ella, la chica que se acaba de tirar, había presenciado su muerte que no la mia unos segundos antes, había compartido con ella  el fin de una vida y ahora me miraba y me sonreía con la misma cara que hace unos segundos me rogaba que la dejara caer.

“Por fin te encuentro”, me dijo, y desde aquel momento ninguno de los dos tuvo la necesidad de morir para luego renacer.

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Jul-7-2009

EL DÍA DEL PARTIDO

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- Estoy jodido, realmente jodido, uno piensa que este momento no va a llegar nunca, o cuanto menos que pasarán mínimo 18 o 19 años antes de tener que enfrentarse a la evidencia. Pero no, es ahora, después de 15 años, la niña de mis ojos ya está preparada…

- Es normal Jose po…

- ¡A la mierda la normalidad David!, solo tiene 15 años y el otro día la pillé hablando con su amiga en el cuarto y diciendo como iba a ser vulgarmente desvirgada por un niñato lleno de granos al que tengo más que calado y que Dios me perdone si el pobre chaval acaba recibiendo una somanta de hostias monumental, pobre, no tiene la culpa de ser un salido mental, tiene 16 años, pero alguien tiene que pagar mi cabreo y no me gustaría acabar echando a uno de la empresa por esta mierda.

- Joder Jose, como eres.

- Calla que ahí viene.

Y en ese momento entró Luz, la niña de los ojos de mi mejor amigo, una adolescente de 15 años que desprendía sensualidad en cada movimiento, que quemaba con su mirada a cualquier hombre, 15 años a punto de estallar sexualmente, contenidos a duras penas bajo ese culote verde y esa camisilla naranja sin espalda  que mostraban a  la perfección su figura prieta en todo su esplendor.

- Buenos días papi, buenos días tio David- A su padre le dio un beso casto lleno de cariño en la mejilla y a mi también, aunque en mi caso rozó mi labio inferior y estaba lleno de intención.

- Buenos días pequeña, recuerda que tu madre pasa a recogerte a las cuatro y cuarto. Yo me voy corriendo que llego tarde a la oficina, el tio David te acercara hasta el colegio. No tardes en desayunar y no les des el coñazo más de lo necesario a tu tio, de acuerdo?

- De acuerdo papá, te quiero- Luz lanzó un beso volado a su padre y después dejó su mirada puesta en mi mientras se daba la vuelta con una mueca divertida, como si todo fuera siempre un juego, como si algo emocionante fuera a pasar en cada momento.

- Y yo cariño, y yo.- Jose respiraba con resignación, superado por el recuerdo constante de su hija desvirgada en un baño de discoteca de mala muerte de cualquier discoteca para adolescentes de la ciudad- David, gracias por llevarla, nos vemos a las siete para el partido ¿no?

- Dalo por hecho.

Mientras escuchaba primero los pasos de Jose yendo hacia la puerta y luego el ruido de las llaves en su bolsillo y del coche arrancando y saliendo de su jardín, estuve mirando a Luz fijamente. Se movía por la cocina casi bailando, contoneando las caderas y tarareando alguna canción de moda que seguro había escuchado en la radio. Abría la nevera, se agachaba lentamente, se movía, cogía algo y volvía sobre sus pasos mientras con el rabillo del ojo se cercioraba de tener mi absoluta atención en su danza de apareamiento. Yo no podía dejar de pensar en aquel niñato atormentado, matándose a pajas en el baño de su casa después de haber pasado una tarde tras otra con ella y haber sido objeto de todos sus juegos y castigos sexuales. Yo había sido ese chaval hacía mucho tiempo, sabía lo que se sentía. Ahora por suerte, todo aquello aunque me perturbara, no conseguía hacer que se paralizaran todos mis mecanismos de defensa y asisitia embelesado pero tranquilo a aquella bella danza de atracción que Luz me estaba dedicando de manera exclusiva.

- ¿Qué es eso que cantas y no dejas de bailar?

- ¿Te gusta?

- Si te refieres a como bailas, si, no está mal, veo que sabes moverte.

- Sé hacerlo mejor, es solo que acabo de despertarme y aún estoy algo borracha de sueño- Luz cogió su taza y el bollo que se había preparado y se acercó a la mesa, sentándose justo en la silla que estaba a mi lado y, no contenta con eso, la acercó un poco más a la mía, de manera que nuestras piernas estuvieran todo el rato en contacto . - Me encantan estos bollos, podría estar toda la vida comiendo bollos y viendo películas tumbada en mi cama sin hacer absolutamente nada más. -Luz jugaba con el bollo sobre el plato, haciendo círculos imaginarios y con media sonrisa juguetona dibujada en sus labios.

- Te pondrías gordísima cariño, así no habría manera de que ningún chico se fijara en ti y te perderías lo mejor de la vida.

- Tio David, deberías saber que ya he perdido la virginidad y hace tiempo que soy una mujer.- La bravuconería propia de su edad acababa de darme pie a jugar mi primera mano con ventaja.

- Tu padre no me dijo lo mismo, el otro día te escuchó hablando con una amiga en tu cuarto y por lo visto un tal Eduardo es el agraciado con el número de la lotería que le da el premio gordo de tu virginidad.- A Luz le cambió el semblante durante unos segundos, pasó del rojo de la ira al de la vergüenza por haber sido descubierta, pero se veía que había heredado algo del orgullo de su padre y no tardó más de 5 segundos en recomponerse para volver a atacar. Yo mientras, disfrutaba de la ventaja que acababa de ganar, pero empezaba a preocuparme por el contacto continuo entre nuestros muslos, por unos segundos un impulso fugaz quiso que me abalanzara sobre ella para disfrutar de toda aquella belleza carnal que coqueteaba con mi deseo, pero el sentido de la razón pudo más y resolvió la situación alejando la mirada hacia la ventana, como si algo del exterior hubiera llamado poderosamente mi atención.

- Si, bueno, parece ser que el entrometido de mi padre ha descubierto mi virginidad, pero sé perfectamente qué y cómo tengo que hacerlo tio David, he estado muy cerca de hacerlo  más veces de las que a él le gustaría, eso si que puedo jurártelo aquí mismo. - Mientras me decía esto con sus ojos fijos en los míos sin pestañear una sola vez, había montado su pierna sobre la mía, de manera que mi mano estaba casi posada sobre su muslo desnudo. Yo sabía perfectamente que se trataba de una estrategia para hacerme perder toda la ventaja que había ganado, quería ponerme nervioso como hacía con todos aquellos niñatos, quería hacerme dudar, que titubeara, hacerme perder el control sobre la situación, así que decidí asustarla un poco, sabía perfectamente como pensaban estas niñas, en cuanto viera que podría suceder algo, se echaría para atrás con el rabo entre las piernas, así que pose mi mano sobre su muslo y empecé a acariciarlo, llegando siempre hasta la costura deshilachada de su culote, introduciendo de vez en cuando un dedo por debajo de él y sintiendo como se le erizaba el vello por ahí por donde pasaban mis dedos.

- Vamos tio David, sé que puedes hacerlo mejor- Luz me desafió con la palabra, con el acercamiento de su cuerpo, con la mirada, con la mueca de sus labios,  me desafió a que lo hiciera, me desafió a la dulce traición que supondría aprovecharme de la hija de mi mejor amigo en la cocina de su casa, en su propia casa, donde horas más tarde estaríamos viendo el partido.

- Cariño, no juegues con fuego, no quieras jugar, en realidad eres demasiado pequeña para saber que significan ciertas cosas- Luz puso su mano sobre la mía y suavemente, fue haciendo fuerza sobre ella y deslizándola a su antojo, primero hacia abajo, hasta el punto donde comenzaba su rodilla y luego hacia arriba, parando justo a la altura del culote para acercarse y susurrarme al oído “no sabes lo cachonda que me pongo cada vez que me llamas cariño, tio David”. Luego metió mi mano bajo el culote y pude sentir como un calor insoportable entraba en mi cuerpo justo en el momento en el que comencé a acariciar su clítoris. Luz se estremeció con el primer contacto, asustada quizás por la intensidad de la sensación, alejó su mano de la mía y empezó a respirar profundamente, alzó la cabeza y cerró los ojos, echando todo su cuerpo para atrás y arqueándose sobre la silla. Yo asistía expectante a sus movimientos, sin caer en la cuenta de que era mi mano la causante de todo aquello, seguía moviéndose rítmicamente, haciendo círculos sobre el mismo punto, cambiando a veces la presión, el ritmo, la posición de mis dedos. Luz estaba entregada a aquel inmenso placer, jadeaba y se mordía los labios, agarraba con todas sus fuerzas el respaldo de la silla, a veces gemía y llego incluso a gritar en algún momento. Después se relajó un poco, se recolocó en la silla y acercó su mano a mi pantalón.

- Fóllame tio David, quiero que me folles encima de la mesa, quiero que seas el primero en disfrutarme.

Yo había entrado en un trance sexual, la cogí en peso y la subí a la mesa de la cocina, le quité la camisa y empecé a morderle los pezones, a lamerle el cuello y a tirarle del pelo hacia atrás con una mano mientras con la otra intentaba desabrocharme el cinturón y deshacerme de los pantalones, ni siquiera me molestaría en quitarle el culote, me la follaría así mismo. Cuando había conseguido bajarme los pantalones hasta las rodillas, Luz me empujó hacia atrás y perdí el equilibrio cayendo al suelo y golpeándome con la cabeza en una pata de la silla.

Cuando conseguí levantarme Luz ya no estaba encima de la mesa, ni siquiera estaba desnuda, estaba apoyada sobre el marco de la puerta de la cocina, perfectamente vestida y con el bollo en la mano. Yo mientras estaba jadeando, con los pantalones bajados hasta las rodillas en mitad de la cocina y una erección de caballo que parecía que en cualquier momento iba a atravesar mis calzoncillos.

- ¿Ves, tio David, cómo he estado más cerca de lo que tú crees de hacerlo y que se el cómo y el qué debo hacer?

Nueve horas después yo estaba en la sala contigua con Jose, ya sin la erección, viendo el partido y bebiendo cervezas mientras poníamos a parir al comentarista de turno.

- Joder David, no dejo de darle vueltas al tema de mi niña, ¿qué coño se supone que debo hacer?

- ¿Sabes Jose?- tardé un momento más de lo aconsejable en contestar, pero aquella frase tenía que ser lo suficientemente buena para dejar tranquilo a Jose y lo suficientemente cauta para que no acabara siendo el principio de mi confesión- no deberías preocuparte, has educado a tu hija a tu imagen y semejanza, no creo que ningún tio pueda aprovecharse jamás de ella.- Jose bebió un largo y reconfortante trago y luego suspiró.

- Gracias David, eres un amigo.

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May-21-2009

ASIENTO 18B

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Para variar, aquel día también llegué en el último momento al  mostrador de facturación. Gracias a la habilidad que había desarrollado en idénticas ocasiones anteriormente, me resultó fácil convencer a la azafata de que el problema no era mío sino suyo y de la empresa a la que estaba representando.

Mi padre me dijo una vez que “aquel que sonríe todo el tiempo esconde terribles secretos detrás de cada uno de sus dientes”. En mi caso no eran muchos en número pero si en magnitud, tenía una hermosa dentadura descansando sobre sólidos cimientos de mentiras y acciones deleznables que dibujaban una sonrisa capaz de convencer a cualquiera de que mis falsos argumentos estaban esmaltados por la más blanca y reluciente verdad.

Mientras me sacaba un trozo de lechuga de entre dos de mis malvados dientes, caminaba apresurado hacia la puerta de embarque tanteando con la otra mano todos los bolsillos en busca de mi tarjeta y mi DNI. La hamburguesa que me tomé deprisa y corriendo en la cafetería del aeropuerto seguía bailando en mi estómago. Con las prisas no tuve tiempo de lavarme las manos y desprendía un olor a barbacoa con extra de pepinillo insoportable.

Llegué a mi asiento, 18B, no era ventanilla ni pasillo, pero tampoco podía quejarme, no había que tentar a la suerte, podía haberme quedado en tierra inventándome una excusa más digna que “he perdido el avión, jefe, por que ayer me acosté con su mujer”. Soy un comercial, en cuerpo y alma, capaz de lo peor y de lo más siniestro con tal de vender. Lo vendo todo, nunca he titubeado ante una posible venta, de pequeño ya le sacaba un 120% de beneficios a las canicas en el patio del colegio. Les hacía unas pequeñas hendiduras con la radial de mi padre y las vendía como canicas de competición alemanas, con un rodamiento controlado y mayor agarre entre los dedos. En la universidad cree una red de exámenes bajo pupitre con los que pude pagarme parte de mis estudios, en aquella red conseguí involucrar desde empleados de las imprentas de la universidad, hasta becarios y conserjes desairados con sus superiores.

Mientras mis compañeros de pupitre estudiaban para aprender a vender y hacer negocios, yo vendía y negociaba con todo lo relacionado con sus estudios y  si no lo tenía, lo conseguía y luego lo vendía por tres veces su valor. Comprometerme con la hija del rector fue la estrategia definitiva para salir impune de todas mis jugadas comerciales.

El pasaje del avión seguía entrando, pero mis compañeros más cercanos de viaje no habían dado señales de vida todavía, con lo cuál levanté los reposabrazos y me acomodé invadiendo parte de los asientos contiguos al mío, mientras comprobaba mi aliento contra la palma de mi mano y me cercioraba de que tenía un problema de halitosis sensible.

Cuando salí de la universidad con mi licenciatura bajo el brazo y un master en la universidad más laureada del país, gracias a los contactos de mi poderoso suegro, dejé a su  cansina hija a una semana del altar y me mudé a la capital para emprender una nueva vida. Posiblemente estaba desperdiciando la posibilidad de tener una existencia simple y sencilla alejándome de aquella académica familia. Podía haber pasado el resto de los años de mi vida fingiendo un interés vacío en  los discursos de mi pedante suegro, preparándome la alfombra roja para acabar como docente en la universidad y probablemente heredando, más tarde, el puesto de rector de la misma. Hubiera aguantado ese destino anodino e insufrible realizando chanchullos universitarios como en mi época estudiantil, follándome a todas las alumnas deseosas de una matrícula de honor inmerecida y disfrutando de mi soledad en los viajes que mi condición de profesor me procurara.

En vez de eso cogí mis pertenencias más valiosas, que cabían en una maleta y crucé la mitad del país para llegar a la capital. Allí no conocía a nadie y nadie sabía que yo estaba allí. Tenía una ocasión de oro para reinventarme, los nervios se agarraban a mis entrañas y a mi corazón y  el solo hecho de pensar que podía ser cualquier cosa me provocaba una erección de dimensiones considerables.

Durante años fui vagabundeando por decenas de profesiones, camarero, barrendero, instalador de gas, repartidor de publicidad, jefe de mantenimiento, speaker de un estadio, cuidador de lobos marinos en el zoológico, comercial de perfumería, limpiador de piscinas,  detective privado, jefe de cocina de un fast food, cuidador de caballos, profesor particular de lengua y literatura y, finalmente y tras un ascenso imparable en la empresa fruto de mis oscuras habilidades negociadoras, subdirector comercial de Avins, una de las empresas más importantes del sector tecnológico del país y, muy posiblemente, el trampolín hacía mi ultimo destino, un retiro precoz tras una última jugada maestra en la que estaba involucrada la mujer del dueño de la empresa a la que me había cepillado la noche anterior y que casi me había hecho perder este avión, con una halitosis intermitente, casi sin dormir después de haberme follado a esa viciosa vengativa y con los documentos necesarios en el maletín que harían que una cantidad ingente de dinero pasara, tras previa firma inconsciente de mi jefe, de las arcas de la empresa a mis manos, de ahí a una cuenta en un banco suizo en el que ya me empiezan a tratar como cliente preferencial y, finalmente, desperdiciada en todos mis caprichos y deseos irrefrenables de aquí al resto de mis días.

Vuelvo a palparme los bolsillos a ver si tengo el pasaporte y el DNI falsos, a partir de ahora me llamaré Fernando Guzmán, un hombre sencillo que pasará desapercibido para cualquiera que esté rebuscando en la puerta de atrás. Mi pasado como detective privado me había ayudado a tirar la basura debidamente y no dejar ningún desperdicio por el camino, ni una sola pista que hiciera preveer que mi pasado estaba lleno de mierda hasta el último recuerdo. De hecho, tras pasarme esa idea por la cabeza tuve que hacer esfuerzo para ahondar en mi memoria e identificar aquel único momento de mi vida en el que fui sincero.

Aquel momento se llamaba Sara, tenía unos ojos claros que se debatían entre el cielo más azul del verano y  el verde intenso de un mar del norte revuelto, aquel momento tenía ya diecinueve años, lo recordé nítidamente tras tanto tiempo haciendo esfuerzos por mantenerlo aislado, recordé aquel momento, con sus sonrisas, con su cuerpo de guitarra exquisitamente adornado por aquellos vaqueros roídos y ajustados y sus blusas claras de seda que bailaban con el viento y la hacían estar en constante movimiento, como si no se moviera por el mundo, sino que bailara sobre él, en contacto con la tierra solo con las puntas de los dedos de sus pies, como una bailarina vital que siempre tenía energías para darme una vuelta más. Aquella chica fue la única persona que me hizo ser persona alguna vez, jamás le mentí y estando con ella solo me salía ser yo, me convirtió en lo que nunca más pude volver a ser, una persona con valores y un respeto sano hacia los demás, enamorado del amor, que estaba personificado en aquel cuerpo de guitarra y ojos claros que me hacía bailar día y noche sin parar.

El día que se fue, víctima de su corta edad y el traslado laboral de su padre, aquel día, me juré a mi mismo que me vengaría de la vida, que no valía la pena darse para sufrir de aquella manera y me convertí en lo que soy hoy.

Me revolví en el asiento intentando deshacerme de aquel incómodo recuerdo, rebusqué en las revistas del frontal del asiento algo que me hiciera alejarme un poco del pasado y aquella honda sensación de anhelo. En ese momento llegó mi acompañante, asiento 18c, pasillo. Alcé la cabeza con la mejor de mis sonrisas y allí se quedó, petrificada en mis labios, inerte ante la visión de mi recuerdo, diecinueve años después, igual de joven para mis ojos, solo maquillado con alguna arruga y una expresión de experiencia que cubría como una película sus ojos juveniles.

- Buenos días - Sara no me había reconocido, llevaba una chaqueta de corte masculino y unos pantalones de pinzas, a mis ojos parecía estar disfrazada. Me di cuenta entonces que mi rostro había cambiado de tal manera, estaba tan cubierto de mentiras y engaños, que mi verdadero yo era irreconocible incluso para la única persona que me había conocido alguna vez.

- Buenos días - retiré el maletín con mi futuro de su asiento y lo agarré con fuerza, un miedo que había olvidado me hacía aferrarme a aquel trozo de piel con cremallera como si fuera un bote salvavidas.

El avión cerró sus puertas, las azafatas repartieron la prensa, el piloto saludó al pasaje antes de iniciar el camino hacia la pista de despegue, el avión se alzó en el aire, las luces del cinturón de seguridad se apagaron, el avión se elevó hasta la altura necesaria y se mantuvo en velocidad de crucero y en todos aquellos minutos no fui capaz de emitir un solo sonido, de hacer un solo gesto, de girar la cabeza más de 2 centímetros para encararme con aquel capricho del destino, con aquella coincidencia que podía truncar mi futuro minuciosamente planificado.

- Disculpe, llevo un rato mirándole y no he dejado de pensar que su cara me resulta extrañamente familiar, ¿nos conocemos?

La miré a los ojos con la intención de poner mi infalible careta social, aquella que me hacía ser y parecer una persona segura y confiada capaz de todo, pero no fui capaz  ni de creerme una sola de mis muecas y me derrumbé con ellas en el asiento.

- Ehmm, pues la verdad, creo que no, ahora mismo no caigo, lo siento.

- Vaya - Sara me miraba con atención, concentrada en adivinar el por qué de aquella sensación-, soy yo la que lo siente, no quería incomodarle, es solo que al verle he tenido una extraña sensación que no tenía desde hacía mucho tiempo.-volvió a fijar sus ojos claros en mi y entonces recordó- ¿por casualidad no se llamará David, verdad?

- Mi nombre es Fernando, Fernando Guzmán.

Y allí apareció aquel nombre, el de un nombre sencillo que pasaría desapercibido para cualquiera que estuviera rebuscando en la puerta de atrás. Fue entonces cuando me di cuenta, mi vida era una enorme mentira y mi destino estaba escrito en mayúsculas por el pulso firme de mi cobardía.

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May-11-2009

MIEDO A

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- Me da miedo la gente que se siente especial sin serlo, se regodea sin limite y te pisotea sin compasión, así como aquellos seres que son tan especiales que lo ignoran y se envuelven en una burbuja de invisibilidad para no ser descubiertos por nadie, me da miedo la gente que aprieta el gatillo sin preguntar o aquellos que por no apretarlo en su momento dejan que sucedan cosas espeluznantes a su alrededor, me da miedo la tormenta de emociones incontrolables que uno siente cuando se acaba de enamorar y no sabe si será correspondido, así como la inercia monótona y cansina de una relación que ha caducado antes de que hayas notado que por mucho que te joda, aquello tenía fecha de caducidad. me da miedo que haya individuos con toneladas de poder, masas humanas resignadas a que lo suyo es perder, me da miedo el pensamiento plano, aquellas personas que no entienden por qué abro un libro y me pongo a leer, la avaricia de la élite, los títeres políticos que creen y hacen creer que todo puede ir bien mientras son manejados por hilos transparente desde la verdadera cima del poder, me dan miedo las noticias concebidas para dar miedo, me da miedo salir a la calle y encontrarme contigo otra vez, me da miedo la gente, no saber que decir, como interpretarla, que coño puede suceder, me da miedo salir cuando hay tormenta, ir a trabajar, que me presionen, que me pidan más, me da miedo la sociedad de la competencia, dónde solo vale algo el que llega más alto, dónde unos viven mucho y rápido y otros mueren poco a poco. Me da miedo olvidarme de algo y perder un poco de mí, me da miedo mirar hacía atrás un día y solo ver un lienzo borroso en aquel cuadro detallista que fue mi vida, me da miedo olvidarme de los que me quieren, de por qué me quieren, de a quién quiero, me da miedo no saber perdonar, decir te quiero, lo siento, te entiendo y acabar sin un hombro en el que poder llorar, me da miedo empezar a volar y no saber como aterrizar, me da miedo el paso del tiempo, atreverme a cruzar, equivocarme, caerme, no saberme levantar, amar sin control, la tele, me d…

- Ramiro, Ramiro, Ramiro…, ¿es qué no te das cuenta? está en nuestra naturaleza, olvídate de tanto miedo y empieza a volar…

-¿Y si me caigo?

- Lo vuelves a intentar.

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May-6-2009

EL AMOR ETERNO

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Si le dices a un humano que jamás va a volver a follar ni a comer, lo más probable es que acabe rogándote que no le conviertas, aunque eso suponga rechazar la vida eterna. Hace doscientos años todo era diferente, el hombre parecía estar hecho de otra materia, mucho menos carnal y más etérea, el alma estaba por encima de los placeres terrenales. En la actualidad el hombre se regocija en todos sus vicios, aquellos a los que la fe católica decidió llamar pecados capitales y a los que el hombre moderno se acoge para dar sentido a su despreciable vida. Tanto es así que los vampiros más antiguos afirman que el hombre ya no es lo que era, que ya no sabe como antes, que su sangre esta agria y desabrida, corrompida quizás por esa nueva conciencia en la que todo vale si le ofrece un mínimo placer. Antes ese sin sabor solo se apreciaba cuando uno  de los nuestros estaba famélico y lo que tenía más a mano era un miembro de la iglesia. Actualmente ese regusto rancio puede sentirse en todos y cada uno de los bocados que pululan por ahí.

Ryan está sirviéndose los restos de nuestra última victima con sus ojos extasiados fijos en mí, le encanta que vea como se alimenta. Me palpo la chaqueta en busca de mi cajetilla de tabaco, después de doscientos años aún no he conseguido desengancharme de mi último vicio humano, cada vez que me coloco un cigarro entre los labios no pasa mucho tiempo hasta que un humano me ofrece fuego y yo me excuso diciéndole que no se preocupe, que lo estoy dejando y que solo necesito tenerlo en mis labios para no echarlo de menos. Más de uno hubiera deseado ahorrarse el comentario jocoso para no morir absorbido por mi cólera.

- Bueno colega, ¿al final que vas a hacer, vas a convertirla?- Ryan no deja de pasarse la manga de su chaqueta por los labios de manera compulsiva para limpiarse  hasta el mínimo resto del banquete.

- Estoy cansado Ryan, estoy cansado de toda esta mierda en serio, necesito descansar.

- No me vengas ahora con el cuento de “me clavaría una estaca” que es muy viejo, hazme el favor colega. -Ryan tenía la virtud de no tomarse en serio ninguna de mis afirmaciones, de tal manera que con el tiempo dejamos de profundizar en cualquier conversación y de lo único que hablábamos era de comida y de conversiones vampíricas, aunque ciertamente en los doscientos trece años en los que vagabundeamos juntos ninguno de los dos había llevado a cabo una, mayormente por cobardía.-

- No, descuida Ryan, no tengo tanto valor como para matarme y por eso tampoco voy a convertirla, esa historia tendrá un final y espero que no sea con mis colmillos clavados en su yugular absorbiéndole el alma.

- Vamos Cristian, no te martirices más por lo de Elisabeth, fue un impulso, eres un vampiro, eres un puto monstruo nocturno que se enamora de su plato preferido.

- Te lo digo en serio tío, ¿quién quiere un amor eterno?, ¿realmente crees que el amor puede durar para toda la eternidad? Es mejor así, ella envejece, yo huyo, ella muere, yo la echo de menos el resto de mi vida. El amor pervive mucho mejor en el recuerdo que en la vida eterna.

- Eso suena a triste y a mi la tristeza me da hambre, ¿qué te parece si nos vamos al Estatic y nos desayunamos a dos postadolesecentes drogadas hasta las cejas?

- Nunca cambiaras Ryan, eres un puto monstruo sediento.

- Por lo menos yo vivo siendo lo que soy, no como tú.

Enfilamos la Avenida Wellington de camino al Estatic. Por primera vez Ryan había dicho una verdad como un puño, soy un puto vampiro, no debería enamorarme de un humano, no debería enamorarme de nadie, mi especie me resulta despreciable, los humanos me despiertan curiosidad pero es cierto que lo que más me une a ellos es el alimento caliente que recorre su  cuerpo y del que yo soy adicto por naturaleza. El amor no existe, es solo un reflejo de nuestro cerebro para no hacernos sentir solos en un mundo solitario en el que, aquel que proclame el amor a los cuatro vientos, realmente está anunciando a gritos desesperadamente que por un instante ha engañado a la soledad que lo ha acompañado toda su vida.

Y esto es cierto, para nosotros y para los humanos, somos seres solitarios y el amor es solo un parche para la insufrible conciencia que nos recuerda a diario que no somos capaces de dejar que nadie nos conozca. Probablemente sea el miedo a ser descubiertos, de cualquier manera, me sentara bien un buen trago de sangre fresca.

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Feb-12-2009

EL PAÍS DE NUNCA FELIZ

“Es usted feliz, le recetaremos la medicación más fuerte que existe para paliar este desorden psicológico lo antes posible, no se preocupe”

Eso fue lo que me dijo el doctor, uno de los mejores neurodepresores del estado.

En el país de la tristeza la gente no se ríe, sonríe forzada en situaciones de completo formalismo, como cuando un ser querido se va y tiene que dar el pésame, o cuando alguien pierde algo valioso y se le quiere transmitir un hondo pesar. En el país de la tristeza, la alegría y la felicidad están vistas como una antesala de la locura, por no decir como la locura en sí misma.

Resulta que nací aquí, en este país y desde pequeño ya me sentí diferente a los demás. En la cuna me reía a carcajadas y mis padres, asustados, evitaban mostrarme a sus amigos y conocidos, recluyéndome en mi cuarto mientras leían compulsivamente libros especializados en trastornos de la felicicidad en la niñez y mil y un artículos sobre el tema. No obstante yo nunca deje de sonreír y reír abiertamente acostado entre aquellos grises barrotes sin recibir ni una sola mueca de alegría.

Mi infancia fue más de lo mismo, parapetado tras un semblante triste y sombrío, aprovechaba cualquier momento de soledad para devorar con enfermiza compulsión literatura prohibida que caía en mis manos, fanzines caseros y mal grapados que relataban de manera cómica decenas de historias de la vida cotidiana. Se hacían llamar chistes y eran el modo de expresión más perseguido y castigado por las tediosas autoridades estatales.

En aquellos fanzines se hablaba de lejanos lugares donde la sonrisa dominaba los semblantes de sus ciudadanos y cuyo fin global era la obtención de la felicidad. Muy a mi pesar en mi juventud tampoco tuve la posibilidad ni las agallas de buscar aquella tierra prometida y con el paso del tiempo ya no tuve que esconder mi sonrisa por que simplemente la había olvidado.

Pasaron los años y con ellos los sueños y con ellos se fueron también las sonrisas prohibidas y las carcajadas escondidas. A mis  36 años, era un abatido, nostálgico y desolado ciudadano modélico con una cuenta corriente en la que los ceros se agolpaban en millones, viviendo en una lúgubre casita de las afueras, solo y aburrido, como mandaban los cánones sociales.

Un buen día, mientras dedicaba mi día libre a limpiar y deshacerme de mil trastos viejos del garaje, ví a una mujer quitar el cartel de “se alquila” de la casita de al lado. En aquel momento sentí una punzada en el corazón y me convencí rápidamente de que se trataba de una insuficiencia cardíaca, un trastorno de mi abatido corazón que terminaría fulminándome en aquel preciso instante, pero no fue así, aquella desbordante quemazón seguía hinchándome el pecho e intenté mantener la calma sin hacer el mínimo esfuerzo. De esta manera quedé medio encorvado, agarrando una caja semi apoyada en el suelo y con la mirada perdida atravesando aquel fino y roído cartón.

Noté como se acercaba aquella mujer al punto en el que permanecía inmóvil y decidí erguirme sin soltar la caja para presentarme en una situación más formal.

- Tristes Días caballero.

- Tristes días, permítame comunicarle mi más hondo pesar por su reciente incorporación al vecindario (aquel dolor en el pecho no me dejaba hablar con fluidez y acabé creando una conexión entre aquella extraña mujer y mi desconocida dolencia cardiaca).

- Oh, es un pésimo y educado detalle por su parte (aunque mantenía una compostura social intachable, sus ojos comunicaban un torbellino de emociones escondidas, quizás refrenadas por aquella fina película acuosa que hacía que sus ojos brillarán de una forma especial).

En aquel momento, quizás superado por mi dolencia cardiaca y la conversación, aflojé la carga de mis manos de tal manera que la caja cedió por la base y cayó todo su contenido al suelo. Eran notas, hojas y apuntes de mis años de instituto y justo encima de todos ellos, el fanzine nº 2 cómo última memoria de mi olvidada felicidad.

Aquella mujer miró  interesada el fanzine y cuando cayó en la cuenta de que se trataba de una lectura prohibida, lo miró aterrorizada, como si aquella portada le hubiera recordado algún pasaje traumático de su pasado.

Entonces me miró atónita y algo desorientada y me escrutó concienzudamente con aquellos brillantes y enormes ojos avellana, como si estuviera desnudando poco a poco mi cuerpo para poder observar mi alma. La distancia entre los dos se fue reduciendo y aquella dolencia que antes me preocupaba se convirtió en un continuo bombeo de sangre hirviente que circulaba desbocadamente por mis venas, encendiendo hasta el último rincón de mi cuerpo. Aquel acercamiento paró cuando nuestros labios se encontraron y se fundieron entre ellos fuertemente adheridos por nuestra saliva y enganchados por nuestras lenguas que se encontraban y se escondían, jugando entre ellas mientras yo creía que aquel momento sería demasiado intenso para mi fatigado corazón.

Ahora estoy aquí, sentado en una gris y melancólica consulta mientras un médico abatido me lee con una soporífera cadencia de ritmo los resultados de mis análisis anímicos. Tras la puerta de la consulta permanecen en pie dos agentes de las fuerzas del estado a la espera de órdenes para dejarme libre o llevarme  a un centro de rehabilitación anímico del estado. Si los resultados son extremadamente positivos, puedo llegar a ser una amenaza para el equilibrio de la sociedad. Gracias a dios estaba preparado para este momento y pude utilizar en las pruebas escritas y orales algunos trucos que escondieron con éxito mi inmensa felicidad.

- Así lo haré Doctor, espero poderme quitar esta angustiosas sensación de alegría lo antes posible para poder recuperar mi antigua y afligida vida.

El Doctor hizo una última llamada y pude escuchar a los pocos segundos, los pasos de los dos agentes alejándose de la puerta. Había superado la primera prueba.

- Recuerde volver aquí en dos semanas caballero, repetiremos todas las pruebas y tomaremos las medidas necesarias para terminar con sus trastornos anímicos. Pase usted una agónica tarde.

- Igualmente Doctor, hasta dentro de dos semanas.

Cuando salí de aquella oficina no pude contener una sonrisa victoriosa, agaché la cabeza, bajé por las escaleras de dos en dos para dejar escapar un poco de alegría y salí de aquel centro médico lo antes posible. En el coche me estaba esperando ella, mirándome fijamente con aquellas brillantes y divertidas avellanas fijas en mí, mientras yo casi trotaba en vez de andar, haciendo verdaderos esfuerzos para no saltar y gritar de felicidad.

- Dios mío estaba aterrorizada, pensaba que no ibas a poder superar todas aquellas pruebas cariño.

- Pues ya ves- dije sonriendo- resulta que tu cariño aún no se ha olvidado de ser un triste y patético ser humano.

- Ya  tengo los billetes, salimos esta noche desde una pista ilegal que está en las afueras. En menos de 24 horas habremos llegado a nuestro destino.

- Pues entonces arranca, que aún nos queda un largo camino para llegar hasta la felicidad.

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Dic-29-2008

ELLA

Tenerife. Diez de la mañana. Abro minimamente los ojos y me estiro con acritud. Me ha despertado ella jugando sobre mis labios mientras terminaba de soñar, ahora entiendo esa última imagen antes de despertar. Me pongo la sábana por encima de la cabeza intentando hacer ver que no me quiero despertar, pero no se como lo consigue y vuelve a entrar bajo las sábanas y a jugar entre mis muslos, convencida de no dejarme descansar un poco más. Es incansable.

Me levanto algo molesto, voy al baño y mientras camino siento como ella me sigue a una distancia prudencial, me echo algo de agua en la cara y me voy a la cocina a preparar el café. Como era de esperar ya está en la misma habitación que yo. Presiento que esto no va a tener un buen desenlace, odio que me persigan y odio no saber poner punto y final.

La noche anterior, la primera vez que nos cruzamos en nuestros respectivos caminos, pensé que iba a ser algo rápido, pero al rato supe que sino terminaba pronto con aquella  situación, acabaría por desquiciarme, aún así soy un débil a la hora de tomar decisiones, de esos que puede aguantar un dolor de muelas durante meses con tal de no decidirse de ir de una ver por todas al dentista, por lo tanto desistí de decidir y preferí aguantar hasta ver que pasaba.

Tras casi doce horas juntos entiendo que tengo que tomar una decisión. Me ducho, me aseo, me afeito y me visto ante su atenta mirada. Se que me está hablando pero solo escucho un debil susurrar y decido no abrir la boca. Mientras, voy cerrando todas las puertas y ventanas a mi paso, supongo que se estará riendo de mi, pero no me importa, se que la última carcajada saldrá de mi boca.

Una vez que me he percatado de que todo está cerrado y que hay toallas en los bajos de las puertas y las ventanas, cojo mis llaves, me dirijo a la cocina, abro la llave del gas, cojo mi chaqueta, me arreglo el pelo en el espejo y cierro la puerta con llave, dejándola a ella encerrada.

Normalmente me tomo el té en la cafetería de al lado, pero teniendo en cuenta que, si no muere por asfixia tarde o temprano, una chispa cercana de algún vecino ignorante hará estallar todo por los aires, me voy cuatro calles más allá y pido un te verde con limón y un toque de canela.

“Odio a las putas moscas”, me digo mientras remuevo el te en mi taza de diseño y me tomo mi medicación con un sorbo de caliente satisfacción con aroma a canela.

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Sep-18-2008

TERRORES NOCTURNOS

Vuelve cada noche, cuando las luces se apagan y los miedos se encienden, cada noche cuando me parapeto bajo las sábanas y escondo mi angustia contra la almohada, cuando de la calle todavía me llegan ruidos que confunden mi percepción de ese aliento que empiezo a escuchar procedente de algún punto de mi habitación.

Cierro los ojos con fuerza y no muevo un solo músculo de mi cuerpo, mi cuerpo palidece y se mimetiza con las sábanas blancas como un astuto camaleón, mi corazón late cada vez más rápido y cada vez más, percibo como se acerca ese aliento nocturno aterrador.

Lo siento a mi lado, siento su calor en mi nuca y me produce un escalofrío que me recorre todo el cuerpo, sé que si me muevo, me atacará, que si lo miro, me matará, que si doy señales de vida, su sed de sangre me arrebatará la vida.

Cuando comienzo a desmoronarme y estoy a punto de gritar y llorar, se enciende la luz de mi cuarto, entra mi madre, me arropa, me acaricia el pelo, me da un beso en la frente y me susurra un tranquilizador te quiero.

Algún día no llegará a tiempo, o lo hará tarde y me encontrará descuartizado en mi cama, o sólo quedará un rastro de sangre que se perderá por la ventana de la habitación.

Me acomodo de nuevo en mi cama, aparto los juguetes hacía una esquina con los pies e intento dormir. Mañana será un día duro en la guardería y tengo que estar descansado, me pondrán a prueba con la plastilina.

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Sep-9-2008

EL ESPEJO

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Recuerdo aquel día como uno de los más largos y angustiosos de mi vida. Me desperté y antes de que me hubiera puesto en pie, vi una sombra deslizarse dentro del espejo, caminando rápidamente por el reflejo de mi habitación. Como si mi  propio reflejo se hubiera adelantado tres o cuatro segundos a mi acción.

Se me heló la sangre y me quedé de pie, paralizado, junto a la cama, pensando que solo había sido producto de mi estado de ensoñación.

Angustiado, me froté los ojos, me senté y respiré pausadamente, e inconscientemente, evité mirar hacia el espejo otra vez. Una actitud tan infantil como irremediable.

Ese día no salí de casa, no salí de la habitación. Al principio me tumbé y esperé a que la luz natural iluminara la estancia para darme más seguridad. Tras eso, me incorporé de nuevo y miré al espejo, desde todas las posiciones y todos los ángulos posibles. Quedé tan exhausto al terminar que me volví a sentar en la cama, a la espera de algo.

A eso de las cuatro de la tarde lo volví a ver, aquel reflejo pasó tan rápido por el espejo que no pude ni siquiera reconocer quién o qué podía ser. Me cogió desprevenido ya que llevaba unas cinco horas esperando a que sucediera algo y  había acabado perdiéndome en el cálculo del tiempo que llevaba sin ver a mis amigos, a mi novia, a mis padres o a mis hermanos. La nostalgia había superado al miedo y había hecho de mi  razón de ser de ese día, algo secundario.

A los quince minutos volví a verlo, esta vez más nítidamente, sentándose en el reflejo de la silla de mi ordenador y tecleando durante varios minutos. Fumando un cigarro y hablando por teléfono, o haciendo que hablaba, porque yo no escuchaba absolutamente nada. Todo este tiempo permaneció de espaldas, con una gorra puesta y gafas de sol. Intenté en vano reconocerlo, llegué a pensar que podía ser otro yo, un antepasado, un enviado de Dios, un ser de otra dimensión, un espíritu maligno, una alucinación.

Realmente pensé que me estaba volviendo loco y comencé a sospechar de mi razón, así que sigilosamente abrí uno de los cajones y cogí un Valium, recuerdo de épocas más convulsas de mi vida, cuando trabajar, fumar y correr hacia todos lados eran las únicas actividades que formaban mi estresante rutina.

En los últimos tiempos había llevado a cabo una vida más sedentaria, de hecho en ese momento me resultaba difícil calcular cuánto tiempo llevaba sin salir de casa, me había acomodado de tal manera tras el tratamiento, que no necesitaba salir de allí para nada.

Cuando volví la vista al espejo, aquella persona real o imaginaria no estaba, había desaparecido. Me sentí completamente derrotado, superado por la situación. Necesitaba respuestas, de alguna manera debía de contactar con aquel  nuevo elemento extraño que pululaba a sus anchas dentro de mi espejo, usando a placer todos los reflejos de mis cosas, desordenando el reflejo de mi armario, agotando el saldo del reflejo de mi móvil, masturbándose y limpiándose con el reflejo de mis sábanas.

Anocheció y con la oscuridad, comencé a entrar de nuevo en un profundo estado de ensoñación. No había comido ni cenado, ni siquiera recordaba haber bebido un solo vaso de agua, de hecho tenía la sensación de que hacía bastante tiempo que no me alimentaba decentemente. Pensé en hacerme algo de comer ya que quería aguantar para ver si aquel ser que invadía de cuando en cuando mi espejo se volvía a manifestar, pero cuando llegó la noche cerrada, perdí el conocimiento y me abandoné al sueño.

Por la mañana me levanté de golpe y de nuevo sucedió, volví a ver la sombra del espejo cruzando el reflejo de mi habitación. Esta vez no me asusté, ni vacilé, tomé una decisión. Me cuadre frente al espejo a la espera de volverlo a ver, no me movería de ahí hasta establecer un contacto mínimo u obtener alguna respuesta. De repente volvió a entrar y esta vez si, se me heló el corazón. Era yo, es decir, mi reflejo, el reflejo de mi yo, pero no el actual, sino el anterior, el estresado, el fumador, el aparente triunfador, el fracasado en su interior. Estaba en el armario, rebuscando entre los trajes y corbatas, abotonándose la camisa, ajustándose los gemelos, eligiendo una corbata, colocándose los zapatos y de repente, acercándose al espejo y por primera vez, reparando en mí.

Entonces una fuerza externa me poseyó, mi cuerpo dejo de responder a mis órdenes y se convirtió en un organismo autómata que recibía órdenes del exterior. Yo por dentro sufría y gritaba aterrorizado, estaba siendo abducido, manipulado, quizás poseído por mi reflejo.

Hasta que caí en la cuenta. Mi cuerpo imitaba con absoluta perfección aquel reflejo, sus movimientos, sus muecas, las oscilaciones de sus extremidades, hasta el latido de su corazón. Pero de todo aquello, lo que más miedo me dio fue aquel rostro abatido, aquel gesto derrotado que imité cuál mimo con absoluta precisión. Luego nos peinamos, nos miramos, nos despejamos la frente, nos colocamos las gafas y se fue y yo volví a recuperar el control.

Tras eso llegó la evidencia y con ella, me derrumbé. El reflejo era yo, yo era el reflejo de un espejo colocado en una habitación. Ahora entendía aquella sensación de soledad, aquella inapetencia, aquel lejano recuerdo de una vida anterior. Ahora entendía por que no recordaba cuando había probado bocado por última vez, cuando había visto a mis familiares y amigos, la última vez que me acosté con mi novia. Todas esas cosas habían sucedido por última vez en aquella habitación, las visitas de mis padres, las noches con mi novia, las charlas con mis amigos. Todos mis recuerdos no eran sino una vida construida a través de los recuerdos de los demás y  de mi verdadero yo, de todas las confidencias y evocaciones al pasado que había escuchado, de todos los miedos y frustraciones que en esa habitación yo había manifestado, a mi novia, a mis hermanos.

Recordé que las cosas no habían ido del todo bien últimamente, la ruptura con mi novia, las disputas familiares por mis deudas, mi reclusión en mi casa, la pérdida de mi empleo.  Ahora la persona de la que yo era un simple reflejo de habitación, se levantaba todos los días, se ponía sus mejores ropas y salía a la calle, pateando la ciudad en busca de un golpe de suerte que hiciera que aquella situación empezara a cambiar.

Tras varias horas de concienciación, volví a adaptarme a mi rol, entendí que aquello no era tan malo. Vivía en una habitación, estaba vivo o por lo menos, tenía conciencia de ello y aquello debía de aprovecharlo de alguna manera. Mi felicidad dependía de la felicidad de aquel ser humano perdedor. Quería recuperar a mi novia, al reflejo de su novia, quería recuperar a mis hermanos, a mis padres, a mis amigos, quería recuperar la sonrisa, la alegría, las ganas de vivir. Estaba preparado, sabía lo que tenía que hacer.

Al día siguiente me levanté y todo sucedió como en días anteriores, aquella sombra salió disparada tres segundos antes que yo por la puerta de la habitación. Comencé a escuchar más allá del espejo, el ruido de la ducha, el grifo, el cepillo del pelo intentando gobernar aquella cabellera, el cepillo eléctrico, el enjuague bucal.

Yo mientras cerré los ojos y me concentré en la que sería la tarea más difícil a la que me iba a enfrentar. Sabía que podía conseguirlo. Entonces llegó él y mi cuerpo dejó de responder. Mientras nos mirábamos y nos colocábamos las gafas, nos despejábamos la frente y nos colocábamos bien la corbata, yo no dejé de pensar en sonreír, en que todo podía salir bien, en que nada debía asustarnos, en que seríamos capaces de recuperar todo aquello que anhelábamos.

Y sonreí con todas mis fuerzas, mi interior sonreía como nunca antes lo había hecho y entonces nuestro rostro cambió y tras aquella mueca de hastío y derrota empezó a brotar desde la comisura de nuestros labios una sonrisa, primero tímida y luego algo más definida. Algo había cambiado, lo noté, los dos lo notamos. Hoy comenzaba el principio de una nueva vida.

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Ago-4-2008

EL ESCOLTA

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Recojo mi chaqueta del suelo y me sacudo los cristales con cuidado de no rajarme aún más las manos. Las gotas de sangre de la camisa ya se han secado, creo que llevo más de una hora ahí tirado, entre cuerpos fríos, cristales, casquillos de bala y charcos de sangre.

Camino algo desorientado y no consigo escapar del zumbido constante producido por la explosión, miro a los lados y hago una primera evaluación de daños, de lo que antes era un bar de carretera solo queda en pie la mitad de la barra, una mesa, tres sillas y las estanterías antes acristaladas del fondo que guardaban celosamente los diplomas de la meteórica carrera de un tal Julián, posiblemente el hijo del dueño del local.
Alfred Weinstein , mi cliente, permanece en el mismo punto donde lo dejé la última vez. Su rostro está moteado por minúsculos cristales y de su pecho todavía emanan de vez en cuando hilillos de sangre de cada agujero de bala.

Mientras chequeo mi cuerpo en busca de alguna herida de importancia, siento un crujido proveniente de lo que queda de la puerta de entrada y girando sobre mi mismo, saco la pistola y disparo a tres alturas diferentes. Mis nervios están demasiado crispados, no entiendo como el gato ha conseguido salir de esta. Probablemente no vuelva por aquí en unas horas.

No pasará mucho tiempo hasta que vengan los que hacen las preguntas. No recuerdo absolutamente nada, así que salgo fuera, me siento en el bordillo de la acera y, con las manos en la cabeza, cierro los ojos e intento recordar algo de lo sucedido.

He perdido a mi cliente, por lo tanto, he perdido mi trabajo. He sobrevivido a una explosión inicial y un tiroteo posterior, aunque quizá fue al revés y primero sucedió lo de las balas. No consigo salir de mi estado de confusión, pero no estoy asustado, ni apenado, ni molesto por lo sucedido. Quizá por eso dejé el cuerpo y me dediqué a esta profesión, por el defecto para no sentirme afligido por las penas de los demás y la cualidad de poder aprovecharme de ello sin remordimiento.

Antes de que pueda alcanzar un cigarrillo de la chaqueta, mi móvil empieza a sonar en la pernera del pantalón. La llamada es anónima, aún así decido cogerlo. “Un trabajo impecable señor Marlow, recuerde dar las respuestas adecuadas a la policía. Su dinero le estará esperando dónde acordamos”.

Sin ánimo de intentar comprender, me limito a entender que; primero, esta carnicería ha sido obra de mis dos manos; segundo, trabajo para alguien que paga mejor que mi ex cliente; tercero, cuando venga la policia, no seré capaz de recordar aquello que debo decir, tendré que improvisar.

Mientras medito sobre estas tres premisas, al fondo se dejan escuchar las primeras sirenas de los que hacen las preguntas. Parece que hoy es un buen día para dejar de fumar. Me levantó y guardo la cajetilla, me sacudo el polvo y me pongo la chaqueta. Por suerte solo vienen dos coches patrulla, así que, ciñéndome al punto tres, me preparo para improvisar con mi Glock 9mm de la mejor manera que sé.

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