Sep-14-2009

DESDE LA MUERTE

Hace un mes me vi morir desde el balcón de mi habitación, mientras fumaba un cigarro apoyado en la barandilla,  me observé deslizándome de mi  propio cuerpo, me subí a la barandilla y me precipité hacia el suelo de la calle viendo como, después de un grito ahogado, mis huesos se desmenuzaban contra el asfalto, no solo eso, lo sentí, sentí aquel golpe desde la barandilla de mi balcón, parte de mi conciencia también se deslizó de mi cuerpo y murió con el golpe y antes de hacerlo, sentí el dolor y la agonía más intensos de mi vida, noté como se me escapaba la vida por la boca y un remolino de pensamientos y recuerdos se apagaron tras una última frase “¿por qué coño lo he hecho?”

Cuando volví en mí, el cigarro  ya consumido me quemaba la yema de los dedos, un ínfimo dolor que me devolvió a la vida tras una agónica muerte.

Dos semanas después, mientras desayunaba en la cafetería de siempre, agarré el cuchillo lleno de mermelada de la señora que estaba a mi lado y me rebané el cuello, una tajada de lado a lado que no me permitió volver a respirar, no contento con ello me apuñalé varias veces en el pecho, buscando desesperadamente el centro de mi corazón. La señora gritaba horrorizada mientras yo, desde la barra y con el café en la mano, observaba como a tres metros me desangraba en la entrada de la cafetería de siempre. No volví en mí hasta que la señora, extrañada por mi comportamiento, intentaba recuperar su cuchillo de mis manos con un gesto mezcla de disculpa y apremio.

Una semana después, estaba en el andén del metro cuando me lancé en el momento exacto en que el frontal del vehículo pasaba a mi altura y un impacto seco me desnucó y me mató en el acto y  desde la línea de distancia prudencial del andén, pude observar como mi cuerpo se contorsionaba de manera antinatura para luego desaparecer por el túnel entre el estrépito de los gritos del resto de pasajeros y la frenada de emergencia del vehículo. Una mujer me subió  a empujones al vagón imprecando a la juventud que vive todo el día en las nubes y devolviéndome a la vida en el momento exacto que se cerraban las puertas del vagón.

Cada vez me suicidaba con mayor asiduidad, me lanzaba desde lo alto de los puentes mientras paseaba, arremetía contra grupos de skins para buscar la muerte entre sus  puños americanos, cruzaba por la autopista durante la noche para ser arrollado por un camión de mercancías, me asfixiaba con un cinturón, me cortaba las venas en un plácido baño de sales, me lanzaba en paracaídas ignorando la llave de apertura, me provocaba sobredosis para bailar con la muerte en el centro de la pista, me volví un adicto a la muerte y al dolor y al morbo de acabar con mi vida una y otra vez.

Hoy ha pasado un mes desde la primera vez que me vi morir, ya no vivo sin hacer otra cosa que no sea morir, cualquier sitio es bueno para acabar con mi vida y, una vez conseguido, corro hacia mi siguiente muerte con ansia, tanto es así que ya no recuerdo otra cosa de mi vida que no sea la última vez que me vi morir, aunque esta haya sido hace tan sólo cinco minutos; mi familia, mis amigos, mis hobbies, mi trabajo, todo lo que pertenece a mi vida anterior es ya un lejano recuerdo de otra persona que vivió mi vida y que no era yo, yo he nacido para morir, para sentir el dolor y el desasosiego de la última respiración una y otra vez, sin descanso y sin ningún objetivo aparente que no sea la muerte dolorosa y repetida hasta una saciedad que parece que nunca llega.

Mientras pienso en esto veo como una hermosa chica se sube a la barandilla del puente que estoy a punto de empezar a cruzar, la muy perra se ha adelantado a mis deseos, corro hacia ella poseído por una ira incontenible, fuerzo todos los músculos de mi cuerpo para llegar antes de que su último dedo deje de sujetar la barandilla, gritando al cielo con todas mi fuerzas, la cara roja y las venas estrangulando a la cuerdas vocales, llego justo cuando está a punto de lanzarse y la cojo de la mano y ella se desliza y yo aguanto su peso como puedo y me clavo la barandilla en el estómago y el dolor hace que tenga que aflojar mi mano y ella me mira y me sonríe y veo en su cara que es lo que quiere, que no tiene miedo, que quiere morir, como yo, como yo he querido tantas veces en mi último mes, pero con el valor añadido que tiene el saber que la suya es una muerte irreversible, que no volverá a resucitar en el recipiente cobarde de su cuerpo.

Impotente, la veo caer unos cuantos metros hasta que me tocan por detrás de la espalda para llamar mi atención y vuelvo en mí, es ella, la chica que se acaba de tirar, había presenciado su muerte que no la mia unos segundos antes, había compartido con ella  el fin de una vida y ahora me miraba y me sonreía con la misma cara que hace unos segundos me rogaba que la dejara caer.

“Por fin te encuentro”, me dijo, y desde aquel momento ninguno de los dos tuvo la necesidad de morir para luego renacer.

Publicado en Vidas Paralelas |
Ago-20-2009

VACACIONES DIGITALES

Pues eso.

Publicado en Teletransportándome |
Ago-7-2009

LA LEYENDA DEL MINITAURO

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Lo más lógico hubiera sido coger todas mis cosas y saltar por la ventana, era un segundo piso así que con un poco de suerte y otro de césped, quizás mi vida gozaría de una segunda oportunidad. No obstante no lo hice, ni siquiera me tapé un poco para no estar totalmente desnudo, ni me coloqué en una esquina con el cuerpo plegado a la espera de recibir mi castigo. Ella seguía en la cama paralizada, desnuda y en una posición antinatura, con su hermoso coño mirándome fijamente y espalda y cuello arqueados hasta que sus ojos miraran, culpables, 180 grados más allá del objeto del delito, que era mi cuerpo, a la víctima, que era su marido.

“¡La culpa es tuya!”, le espeté al individuo alterado, sin saber muy bien si escuchaba o asimilaba aún la humillante escena, “a una diosa has de prestarle siempre las máximas atenciones, o mas temprano que tarde alguien hará las veces de minotauro para embestirla como se debe y llevarla de nuevo al cielo”. Acto seguido y al ver como el iracundo sujeto sacaba una pistola del armario, decidí que era hora de probar el césped y, rarezas del destino, caí sobre un toldo mullido que prologó mi muerte hasta un tiempo futuro, como si mi diosa hubiera extendido hasta allí una mano divina que salvara a su mayor pecado de la muerte para procurarse, como pago de la deuda, otro pedacito de cielo en un tiempo futuro.

Publicado en Descatalogados |
Jul-27-2009

HASTA DIEZ

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Una decisión que parece estúpida nos separará a dos vidas de distancia, tres advertencias de los que me quieren que me hacen dudar a la cuarta semana de haberme decidido, cinco días a la semana para buscar mi sexto contrato laboral mal remunerado, siete pecados capitales que pueden alejarme de la octava exacta que guía la partitura de mis sueños, nueve meses que tardé en parir la certeza absoluta de querer seguir estando a tu lado, no cerca, no siempre, despacio como hasta ahora, hasta llegar, así, hasta diez.

Publicado en A Pulmón Abierto |
Jul-23-2009

EL QUITAPENAS

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El Quitapenas es el bar del barrio, existen otros tantos, mucho más acogedores, con mejores precios, una carta más variada y mejor servicio, pero El Quitapenas tiene algo especial que lo hace ser referencia.

Alfredo levanta la verja del Quitapenas todos los días a la misma hora, a las 6:30, cuando aún la luz atenúa las sombras y las calles solo se ven agitadas por algún que otro coche adormilado. Alfredo abre las puertas del local y enciende la cafetera de gas, luego saca un cigarro y lo acerca a la llama. En veinte minutos estará el café.

Laura, la camarera, baja las sillas del comedor una a una y aprovecha para desperezarse, luego coge una bayeta húmeda y repasa todas las superficies de las mesas. Da igual que haya terminado o no, cuando la máquina está lista, para y se sienta junto a Alfredo para tomar el primer café del día.

Durante ese intervalo de tiempo no cruzan ni una sola palabra, una se queda embobada con el humo de la taza y el otro con el humo del cigarro, intentado discernir algo entre esos primeros pensamientos brumosos de la mañana, evitando quizá pensar en el día que les queda por delante y ensimismados en el sueño de la noche anterior, en lo que harán en los próximos días de vacaciones, en los seis números de la lotería que hoy los pueden hacer más ricos o igual de pobres.

A las 7:00 de la mañana y tras haber revisado por última vez que los servilleteros tienen servilletas, que las neveras tienen cerveza, que el congelador enfría sin problemas, que no hay ningún cadáver de insecto en el suelo y que la caja tiene echa la z del día anterior, Laura enciende el resto de la luces, prende la tv sin volumen y deja que el hilo musical se expanda a lo largo de toda la sala mientras los primeros clientes entran adormecidos a por su primer, café, cigarro o copa.

En el Quitapenas no entran clientes, sino amigos o como poco, vecinos. Todos y cada uno de ellos saludan amablemente tanto a Alfredo como a Laura por su nombre, y por regla general, casi nunca tienen que hacer el esfuerzo de pedir lo que van a consumir, porque mientras desperezan sus primeras impresiones con el de la butaca de al lado o el mismo Alfredo, éste ya les está sirviendo lo que toman a diario.

La mañana transcurre como un calco casi idéntico de todas las anteriores, salpicada a veces por algún trazo de novedad que se cuela a modo de anécdota o de noticia exclusiva del vecindario o el telediario. A las 13:30 Laura avisa con un gesto casi imperceptible a Alfredo que va a tomarse el descanso para comer, deja el mandil en un lado de la barra, coge un cigarro y el periódico y se va al office que tienen instalado al final del bar, justo al lado del los baños. Allí enciende la radio, ojea el periódico y se toma la mitad el plato del día, dejando la otra mitad a Tardo, el perro del bar que vigila somnoliento y tumbado en la misma entrada del office que ninguna persona acceda a él sin el consentimiento previo de sus ronquidos.

Cuando Laura termina de comer, se coloca tras la barra y friega la loza que se amontona en el fregadero, mientras Alfredo come en el fondo de la barra, casi siempre acompañado de Manolo “Quentin”, un anecdotario humano muy poco verídico pero altamente entrañable que  más de una tarde ha conseguido que las horas pasen con menos angustia en el Quitapenas. A excepción de los domingos, que Alfredo pone el fútbol en el bar, en muy pocas ocasiones la juventud se asoma por aquella puerta, el resto de los días, aquellos que fueron la juventud del barrio, se debaten entre el fracaso del obrero y la esperanza del último tren.
Laura y Alfredo cierran el bar a las 12 de la noche, con cuidado de no molestar a los más rezagados y de cerciorarse que serán capaces de llegar enteros a su casa, aunque esta este en la acera de enfrente.

Alfredo llega a casa, se da una ducha rápida, se pone las pantuflas desgastadas y enciende la televisión. Laura llega a casa, se da un baño de sales mientras ojea alguna revista y se masturba lentamente pensando en algún chico del reparto de mercancía, el chaval del quinto o el portero de su edificio. A las dos horas Alfredo está con los ojos entrecerrados, siguiendo a duras penas el desenlace del producto de teletienda, Laura mientras, termina de ojear su libro. De repente le cae una lágrima en la página 324, solo a dos del final, la seca y le dice Alfredo:

- ¿Te das cuenta que no nos hemos dirigido la palabra en todo el día?

-  Cariño, ha habido mucho trabajo y es muy tarde, mañana lo hablamos en el bar si te parece.

Laura se queda de pie, inmóvil, cayéndole continuamente lágrimas de los ojos, mientras Alfredo vuelve a cerrarlos y se introduce en un nuevo sueño. Sin poder dejar de recordar que su marido le ha dicho la misma frase durante los tres últimos meses, Laura sigue sollozando y apretando con todas sus fuerzas la almohada sobre el rostro de su marido. Cuando el cuerpo de Alfredo deja de convulsionarse, Laura baja a la calle, coloca un cartel de “cerrado por defunción”  y toma una decisión firme, no terminará de leer aquel libro, aquello pertenece ya a una vida pasada.

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Jul-13-2009

A DOS METROS DE LA REALIDAD

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Al principio ni siquiera reparó en lo extraño que resultaba todo aquello. Varios días por semana, Miguel Ángel se perdía durante horas en aquella otra vida, la suya propia, su infancia, recorriendo lugares familiares y rememorando sucesos vividos varias décadas atrás.

Lo hacía de una manera un tanto difusa, como el que recuerda fragmentos de su vida y percibe todo con una capa de niebla, con los bordes borrosos, las frases inacabadas, las acciones entrecortadas y desordenadas y una perspectiva en tercera persona sobre la suya propia, como si fuera espectador de sus recuerdos.

Con el tiempo, las pocas horas diarias que Miguel Ángel pasaba en sus propios recuerdos empezaron a ser jornadas completas. Desde que el sol salía hasta que volvía a esconderse, Miguel Ángel paraba pocas veces para volver a la realidad, comer, hacer sus necesidades y tomar la medicación que le daban los enfermeros para mitigar el dolor. Luego volvía a la silla que había frente a la ventana de su habitación y se perdía en sus recuerdos durante horas.

Algo cambió en ese tiempo en que Miguel Ángel se desprendía de su realidad, aquella sensación de recuerdo, niebla y borde borroso se fue difuminando a la misma vez que sus recuerdos, de manera que ya no rememoraba tiempos pasados, simplemente creaba un nuevo tiempo en el que nada de lo que sucedía estaba relacionado con su vida, ni siquiera él o la imagen de él que tenía, era la misma que en la realidad.

Aquel hombre, su otro yo, era mucho más alto y robusto, más joven y con el pelo más corto, un ojo vago, siempre vestido con vaqueros agujereados, camisetas oscuras y chupas de cuero. Era un hombre rudo y valiente, decidido y temerario, mucho más serio que él, un gran bebedor, de pocas frases, cortas y tajantes, pero era él, Miguel Ángel sabía que era él, nunca lo ponía en duda cuando, rara vez, despertaba de su letargo y volvía a su otra realidad, aquella plagada de batas blancas, lámparas de cirugía y habitaciones asépticas.

Ya no recuerda la última vez que ha despertado, ni siquiera recuerda estar dormido o abstraído, Miguel Ángel se peina hacia atrás el pelo, hace los ejercicios oculares frente al espejo del baño y coge su chupa de cuero preferida antes de ir al trabajo. Una vez aparcado el coche en una callejuela sin salida del centro, se va a la cafetería de la esquina y pide un café solo con un golpe de coñac y otro de soda, ojea el periódico y espera pacientemente a que Morales llegue con el encargo. Hoy tienen que liquidar al gerente de urbanismo que ha dado al traste hasta tres veces con la ampliación de terrenos para el nuevo bloque de viviendas de lujo cerca del parque forestal.

Miguel Ángel arranca el coche y se dirige a la dirección que le han dado, aparca  y antes de salir, prepara la pistola con el silenciador y la mete en el bolsillo interno de la chaqueta. Sube las escaleras y entra en la habitación, la número 703, ahí está el objetivo, ensimismado en la ventana de su habitación, con un batín ridículo de papel abierto por detrás y un principio de baba en la comisura de sus labios, Miguel Ángel Soriano Abad, 64 años, arquitecto e incorrupto.

Miguel Ángel coge el historial de su tocayo que está en un cajetín en el frontal de la cama, su nueva víctima tiene un cáncer estomacal en un estado irreversible, se encuentra en cuidados paliativos y rara vez despierta por su propia voluntad. “La primera obra de caridad de mi vida” se dice a si mismo Miguel Ángel mientras saca la pistola, apunta en la sien del viejo y le introduce un bala del calibre 45. Acto seguido se desploman los dos contra el suelo. Cuando entran los enfermeros alertados por el ruido se encuentran el cuerpo de Miguel Ángel tendido en el suelo, sobre un charco de sangre. A dos metros de él, otro charco de sangre y una pistola del calibre 45, pero ningún cuerpo.

La policía tarda tres semanas en cerrar el caso, por muy incomprensible que pueda parecerle a los investigadores, la sangre que se encontraba a dos metros de la víctima también le pertenecía a ella, la pistola tenía sus huellas dactilares y las cámaras de seguridad del pasillo no habían grabado a ningún sospechoso entrando o saliendo de aquella habitación.

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Jul-7-2009

EL DÍA DEL PARTIDO

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- Estoy jodido, realmente jodido, uno piensa que este momento no va a llegar nunca, o cuanto menos que pasarán mínimo 18 o 19 años antes de tener que enfrentarse a la evidencia. Pero no, es ahora, después de 15 años, la niña de mis ojos ya está preparada…

- Es normal Jose po…

- ¡A la mierda la normalidad David!, solo tiene 15 años y el otro día la pillé hablando con su amiga en el cuarto y diciendo como iba a ser vulgarmente desvirgada por un niñato lleno de granos al que tengo más que calado y que Dios me perdone si el pobre chaval acaba recibiendo una somanta de hostias monumental, pobre, no tiene la culpa de ser un salido mental, tiene 16 años, pero alguien tiene que pagar mi cabreo y no me gustaría acabar echando a uno de la empresa por esta mierda.

- Joder Jose, como eres.

- Calla que ahí viene.

Y en ese momento entró Luz, la niña de los ojos de mi mejor amigo, una adolescente de 15 años que desprendía sensualidad en cada movimiento, que quemaba con su mirada a cualquier hombre, 15 años a punto de estallar sexualmente, contenidos a duras penas bajo ese culote verde y esa camisilla naranja sin espalda  que mostraban a  la perfección su figura prieta en todo su esplendor.

- Buenos días papi, buenos días tio David- A su padre le dio un beso casto lleno de cariño en la mejilla y a mi también, aunque en mi caso rozó mi labio inferior y estaba lleno de intención.

- Buenos días pequeña, recuerda que tu madre pasa a recogerte a las cuatro y cuarto. Yo me voy corriendo que llego tarde a la oficina, el tio David te acercara hasta el colegio. No tardes en desayunar y no les des el coñazo más de lo necesario a tu tio, de acuerdo?

- De acuerdo papá, te quiero- Luz lanzó un beso volado a su padre y después dejó su mirada puesta en mi mientras se daba la vuelta con una mueca divertida, como si todo fuera siempre un juego, como si algo emocionante fuera a pasar en cada momento.

- Y yo cariño, y yo.- Jose respiraba con resignación, superado por el recuerdo constante de su hija desvirgada en un baño de discoteca de mala muerte de cualquier discoteca para adolescentes de la ciudad- David, gracias por llevarla, nos vemos a las siete para el partido ¿no?

- Dalo por hecho.

Mientras escuchaba primero los pasos de Jose yendo hacia la puerta y luego el ruido de las llaves en su bolsillo y del coche arrancando y saliendo de su jardín, estuve mirando a Luz fijamente. Se movía por la cocina casi bailando, contoneando las caderas y tarareando alguna canción de moda que seguro había escuchado en la radio. Abría la nevera, se agachaba lentamente, se movía, cogía algo y volvía sobre sus pasos mientras con el rabillo del ojo se cercioraba de tener mi absoluta atención en su danza de apareamiento. Yo no podía dejar de pensar en aquel niñato atormentado, matándose a pajas en el baño de su casa después de haber pasado una tarde tras otra con ella y haber sido objeto de todos sus juegos y castigos sexuales. Yo había sido ese chaval hacía mucho tiempo, sabía lo que se sentía. Ahora por suerte, todo aquello aunque me perturbara, no conseguía hacer que se paralizaran todos mis mecanismos de defensa y asisitia embelesado pero tranquilo a aquella bella danza de atracción que Luz me estaba dedicando de manera exclusiva.

- ¿Qué es eso que cantas y no dejas de bailar?

- ¿Te gusta?

- Si te refieres a como bailas, si, no está mal, veo que sabes moverte.

- Sé hacerlo mejor, es solo que acabo de despertarme y aún estoy algo borracha de sueño- Luz cogió su taza y el bollo que se había preparado y se acercó a la mesa, sentándose justo en la silla que estaba a mi lado y, no contenta con eso, la acercó un poco más a la mía, de manera que nuestras piernas estuvieran todo el rato en contacto . - Me encantan estos bollos, podría estar toda la vida comiendo bollos y viendo películas tumbada en mi cama sin hacer absolutamente nada más. -Luz jugaba con el bollo sobre el plato, haciendo círculos imaginarios y con media sonrisa juguetona dibujada en sus labios.

- Te pondrías gordísima cariño, así no habría manera de que ningún chico se fijara en ti y te perderías lo mejor de la vida.

- Tio David, deberías saber que ya he perdido la virginidad y hace tiempo que soy una mujer.- La bravuconería propia de su edad acababa de darme pie a jugar mi primera mano con ventaja.

- Tu padre no me dijo lo mismo, el otro día te escuchó hablando con una amiga en tu cuarto y por lo visto un tal Eduardo es el agraciado con el número de la lotería que le da el premio gordo de tu virginidad.- A Luz le cambió el semblante durante unos segundos, pasó del rojo de la ira al de la vergüenza por haber sido descubierta, pero se veía que había heredado algo del orgullo de su padre y no tardó más de 5 segundos en recomponerse para volver a atacar. Yo mientras, disfrutaba de la ventaja que acababa de ganar, pero empezaba a preocuparme por el contacto continuo entre nuestros muslos, por unos segundos un impulso fugaz quiso que me abalanzara sobre ella para disfrutar de toda aquella belleza carnal que coqueteaba con mi deseo, pero el sentido de la razón pudo más y resolvió la situación alejando la mirada hacia la ventana, como si algo del exterior hubiera llamado poderosamente mi atención.

- Si, bueno, parece ser que el entrometido de mi padre ha descubierto mi virginidad, pero sé perfectamente qué y cómo tengo que hacerlo tio David, he estado muy cerca de hacerlo  más veces de las que a él le gustaría, eso si que puedo jurártelo aquí mismo. - Mientras me decía esto con sus ojos fijos en los míos sin pestañear una sola vez, había montado su pierna sobre la mía, de manera que mi mano estaba casi posada sobre su muslo desnudo. Yo sabía perfectamente que se trataba de una estrategia para hacerme perder toda la ventaja que había ganado, quería ponerme nervioso como hacía con todos aquellos niñatos, quería hacerme dudar, que titubeara, hacerme perder el control sobre la situación, así que decidí asustarla un poco, sabía perfectamente como pensaban estas niñas, en cuanto viera que podría suceder algo, se echaría para atrás con el rabo entre las piernas, así que pose mi mano sobre su muslo y empecé a acariciarlo, llegando siempre hasta la costura deshilachada de su culote, introduciendo de vez en cuando un dedo por debajo de él y sintiendo como se le erizaba el vello por ahí por donde pasaban mis dedos.

- Vamos tio David, sé que puedes hacerlo mejor- Luz me desafió con la palabra, con el acercamiento de su cuerpo, con la mirada, con la mueca de sus labios,  me desafió a que lo hiciera, me desafió a la dulce traición que supondría aprovecharme de la hija de mi mejor amigo en la cocina de su casa, en su propia casa, donde horas más tarde estaríamos viendo el partido.

- Cariño, no juegues con fuego, no quieras jugar, en realidad eres demasiado pequeña para saber que significan ciertas cosas- Luz puso su mano sobre la mía y suavemente, fue haciendo fuerza sobre ella y deslizándola a su antojo, primero hacia abajo, hasta el punto donde comenzaba su rodilla y luego hacia arriba, parando justo a la altura del culote para acercarse y susurrarme al oído “no sabes lo cachonda que me pongo cada vez que me llamas cariño, tio David”. Luego metió mi mano bajo el culote y pude sentir como un calor insoportable entraba en mi cuerpo justo en el momento en el que comencé a acariciar su clítoris. Luz se estremeció con el primer contacto, asustada quizás por la intensidad de la sensación, alejó su mano de la mía y empezó a respirar profundamente, alzó la cabeza y cerró los ojos, echando todo su cuerpo para atrás y arqueándose sobre la silla. Yo asistía expectante a sus movimientos, sin caer en la cuenta de que era mi mano la causante de todo aquello, seguía moviéndose rítmicamente, haciendo círculos sobre el mismo punto, cambiando a veces la presión, el ritmo, la posición de mis dedos. Luz estaba entregada a aquel inmenso placer, jadeaba y se mordía los labios, agarraba con todas sus fuerzas el respaldo de la silla, a veces gemía y llego incluso a gritar en algún momento. Después se relajó un poco, se recolocó en la silla y acercó su mano a mi pantalón.

- Fóllame tio David, quiero que me folles encima de la mesa, quiero que seas el primero en disfrutarme.

Yo había entrado en un trance sexual, la cogí en peso y la subí a la mesa de la cocina, le quité la camisa y empecé a morderle los pezones, a lamerle el cuello y a tirarle del pelo hacia atrás con una mano mientras con la otra intentaba desabrocharme el cinturón y deshacerme de los pantalones, ni siquiera me molestaría en quitarle el culote, me la follaría así mismo. Cuando había conseguido bajarme los pantalones hasta las rodillas, Luz me empujó hacia atrás y perdí el equilibrio cayendo al suelo y golpeándome con la cabeza en una pata de la silla.

Cuando conseguí levantarme Luz ya no estaba encima de la mesa, ni siquiera estaba desnuda, estaba apoyada sobre el marco de la puerta de la cocina, perfectamente vestida y con el bollo en la mano. Yo mientras estaba jadeando, con los pantalones bajados hasta las rodillas en mitad de la cocina y una erección de caballo que parecía que en cualquier momento iba a atravesar mis calzoncillos.

- ¿Ves, tio David, cómo he estado más cerca de lo que tú crees de hacerlo y que se el cómo y el qué debo hacer?

Nueve horas después yo estaba en la sala contigua con Jose, ya sin la erección, viendo el partido y bebiendo cervezas mientras poníamos a parir al comentarista de turno.

- Joder David, no dejo de darle vueltas al tema de mi niña, ¿qué coño se supone que debo hacer?

- ¿Sabes Jose?- tardé un momento más de lo aconsejable en contestar, pero aquella frase tenía que ser lo suficientemente buena para dejar tranquilo a Jose y lo suficientemente cauta para que no acabara siendo el principio de mi confesión- no deberías preocuparte, has educado a tu hija a tu imagen y semejanza, no creo que ningún tio pueda aprovecharse jamás de ella.- Jose bebió un largo y reconfortante trago y luego suspiró.

- Gracias David, eres un amigo.

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Jun-23-2009

EL SOBRE

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Dravinorovich era un tipo enorme, calvo y de tez pálida, algo desgarbado y siempre envuelto en varias capas de prendas negras, chaquetas de cuero, licras, bufandas, jerseys, todo un arsenal de diferentes tejidos que hacían imposible que una bala los traspasara con limpieza para llegar hasta su corazón.

Sentado en una silla de madera desencolada en aquella habitación de un hotel de tres al cuarto del norte de la ciudad, Dravinorovich mantenía la vista fija en una grieta de la pared mientras chupaba con fuerza el cigarro como si en cada calada hubiera llegado a una conclusión definitiva sobre cualquier cosa que estuviera pensando. A decir verdad no parecía un hombre  de reflexiones profundas, sino más bien de acciones definitivas, o por lo menos así es como Thomas  imaginaba que debía ser un asesino a sueldo como él.

Thomas respiraba profundamente en el ascensor, por motivos obvios cada vez que tenía que reunirse con Dravinorovich su cuerpo entraba en una especie de tensión que agarrotaba cada uno de sus músculos y no cesaba hasta que se había alejado varios kilómetros del lugar de la cita. Se tomó una pastilla para calmar los nervios y se recolocó la chaqueta por quinta vez con el único deseo de terminar con todo aquello lo antes posible.

Tuvo que tocar hasta tres veces la puerta para conseguir algún tipo de respuesta, desde detrás de la puerta pudo escuchar como Dravinorovich con tono grave lo invitaba a pasar con un seco “esta abierto señor Anderson”

- Buenas tardes, disculpe la demora, he tenido que pasar por la oficina central para recoger la foto y el pago de su trabajo.

- No hace falta que se disculpe, ¿tiene el sobre?

- Si,  aquí tiene.

- No lo ha abierto.

- Ya sabe que la organización no me lo permite, no debo saber cual es el objetivo ni el importe de su trabajo, solo hacerle entrega del sobre y no hacer preguntas.

- Un hombre sin curiosidad, interesante.

Thomas odiaba esa coletilla de Dravinorovich, “interesante” le creaba una ansiedad desatada, no llegaba a entender nunca cual era la conclusión que encerraba aquella inquietante palabra. Dravinorovich  no abrió el sobre y apuró su cigarro en la boca, entrecerrando los ojos para que el humo no le quemara las retinas. Miró fijamente a Thomas, apagó el cigarro en el apoyabrazos de la silla y volvió a mirar con el hielo de sus ojos a Thomas.

- Interesante.

- Me alegro -Thomas no podía ocultar su malestar-, ¿no quiere confirmar que el importe es el correcto?

-No se preocupe señor Anderson, creo que ya hemos terminado por hoy, buenas tardes- Dravinorovich se levantó de la silla, estrechó la mano de Thomas y salió por la puerta dejando en la habitación un aroma intenso a miedo y tabaco negro.

Thomas se tomó otra pastilla para calmar los nervios, se asomó tímidamente a la ventana y se quedó mirando unos segundos a través del cristal. Volvió a respirar profundamente y se acercó a la puerta para salir de aquella angustiosa habitación, cuando agarró el picaporte cayó en la cuenta de todos los extraños sucesos que le habían pasado inadvertidos en esos pocos minutos.

Dravinorovich nunca había estado esperándolo sentado, siempre que abría la puerta Thomas se lo encontraba con la mirada fija  en la ventana que daba al callejón, cerciorándose muy probablemente de que todas sus paranoias persecutorias y conspiradoras eran sólo fruto de su imaginación. Esta vez había esperado sentado, se había mostrado tranquilo y hasta parecía que bajo su semblante seco hubiera disfrutado de aquella insignificante conversación.

Dravinorovich siempre habría el sobre y ojeaba la foto del objetivo y el importe que había acordado con la organización, esta vez ni siquiera se molestó en abrirlo, posiblemente porque estaba seguro de que todo el dinero estaba dentro, eso implicaba que Dravinorovich no desconfiaba de la organización, con la que había estado trabajando los último dieciséis años, sino de mí, del mensajero, que en un acto de codicia podía sentirse tentado de abrir el sobre, sacar algo de dinero y volver a cerrarlo cuidadosamente.

Esta vez no desconfió de mí, no desconfió del mensajero, no desconfió de una posible trampa de la organización, ¿qué le daba tanta seguridad? Ya tenía un alambre de 5 centímetros de grosor en mi cuello cuando la conclusión llegó a mi cabeza con la obviedad que supone estar siendo asfixiado lentamente por el mejor asesino del estado tras la puerta de una habitación de hotel de mala muerte.

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Jun-12-2009

RUTINAS

Lo que más esfuerzo implica para un ser humano es cambiar sus rutinas para adoptar otras nuevas. Aunque suspiramos a diario por cambiar aquellas cosas que nos acercarían un poco más a lo que deseamos, la mayoría del tiempo nos refugiamos en el día a día, somos animales de costumbres acobardados ante cualquier perspectiva de cambio, tomar una decisión que sacuda como un terremoto nuestra rutina nos produce un vértigo tal que solo pensamos en ello sentados en el sofá a riesgo de caernos al suelo víctimas de nuestro propio atrevimiento.

Todo esto viene a colación porque aquí el que escribe ha decidido mandar todas sus rutinas a la mierda, no de manera consciente en un principio, pero si de manera definitiva. Así que ya no iré a tomar el café y el chapata para desayunar mientras devoro prensa en el bar de siempre, ni comentaré el tiempo con la frutera del barrio, ni al despertarme encenderé mi tele destartalada para ver que comentan mientras rebusco entre legañas algo de hidratos para despertar al estómago.

Ya no tendré a mis amigos a golpe de paseo por esta ciudad que es ínfima, ni me echaré un mundial a la play mientras luchamos contra los litros de cerveza que bajan entre gol y gol, ya no podré celebrar reuniones de amigos en mi casa, ni tomar cafés ocasionales con aquellos conocidos con los que tropiezo a diario entre callejuelas laguneras.

A falta de dos meses justos para dejar esta isla como lugar de residencia, todos los acontecimientos se han anticipado en el tiempo, y mientras hago cajas y le pongo número a las solapas y templanza a la lluvía de recuerdos, una melancolía que no tenía cita hasta dentro de mes y medio se me agarra al estómago, tirando incluso del lagrimal de vez en cuando.

Entre tanto, ya ni escribo, por que se me hace imposible crear mundos nuevos cuando estoy deshaciendo mi universo, por que no puedo dejar de pensar en las estrellas que dejo atrás y que con su cercanía tantos años me han iluminado, por que he decicido alejarme del sol que ahora me calienta el corazón y solo el miedo a perder su calidez para siempre paraliza los dedos que antes tecleaban sin parar historias ajenas, vidas paralelas, cigarritos de después y todo este mundo de humo que un día comencé sin darme cuenta.

En un limbo, así me encuentro, nada de lo que tengo es mio como antes, el suelo que piso parece que está más lejos de mis pies, la que era mi casa es ahora un cubículo prestado cada día más vacio, mis amigos siguen igual de cerca, pero no dejan de recordarme que esta puede ser la última vez que…, que ya no volveré a…, que cuanto echarán de menos mi…, lo que me hace vivir en una constante despedida.

Lo más raro de todo es que no me encuentro mal, no es una situación que me angustie, muy al contrario, vivo en un presente cambiante, haciendo balance de un pasado feliz y expectante ante un futuro imprevisible.

En fin, hacía tiempo que no usaba esta ventana para escribir lo que siento en primera persona, tras vomitar pensamientos voy a volver a la ardua tarea de desmontar lo que fui para empezar a montar lo que seré. No escribo pero sigo por aquí y, a los que escribís, os seguiré leyendo. Es un consuelo saber que seguís ahí.

Nos vemos pronto, en mi nueva vida.

Publicado en Reflexiones Mentoladas |
May-21-2009

ASIENTO 18B

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Para variar, aquel día también llegué en el último momento al  mostrador de facturación. Gracias a la habilidad que había desarrollado en idénticas ocasiones anteriormente, me resultó fácil convencer a la azafata de que el problema no era mío sino suyo y de la empresa a la que estaba representando.

Mi padre me dijo una vez que “aquel que sonríe todo el tiempo esconde terribles secretos detrás de cada uno de sus dientes”. En mi caso no eran muchos en número pero si en magnitud, tenía una hermosa dentadura descansando sobre sólidos cimientos de mentiras y acciones deleznables que dibujaban una sonrisa capaz de convencer a cualquiera de que mis falsos argumentos estaban esmaltados por la más blanca y reluciente verdad.

Mientras me sacaba un trozo de lechuga de entre dos de mis malvados dientes, caminaba apresurado hacia la puerta de embarque tanteando con la otra mano todos los bolsillos en busca de mi tarjeta y mi DNI. La hamburguesa que me tomé deprisa y corriendo en la cafetería del aeropuerto seguía bailando en mi estómago. Con las prisas no tuve tiempo de lavarme las manos y desprendía un olor a barbacoa con extra de pepinillo insoportable.

Llegué a mi asiento, 18B, no era ventanilla ni pasillo, pero tampoco podía quejarme, no había que tentar a la suerte, podía haberme quedado en tierra inventándome una excusa más digna que “he perdido el avión, jefe, por que ayer me acosté con su mujer”. Soy un comercial, en cuerpo y alma, capaz de lo peor y de lo más siniestro con tal de vender. Lo vendo todo, nunca he titubeado ante una posible venta, de pequeño ya le sacaba un 120% de beneficios a las canicas en el patio del colegio. Les hacía unas pequeñas hendiduras con la radial de mi padre y las vendía como canicas de competición alemanas, con un rodamiento controlado y mayor agarre entre los dedos. En la universidad cree una red de exámenes bajo pupitre con los que pude pagarme parte de mis estudios, en aquella red conseguí involucrar desde empleados de las imprentas de la universidad, hasta becarios y conserjes desairados con sus superiores.

Mientras mis compañeros de pupitre estudiaban para aprender a vender y hacer negocios, yo vendía y negociaba con todo lo relacionado con sus estudios y  si no lo tenía, lo conseguía y luego lo vendía por tres veces su valor. Comprometerme con la hija del rector fue la estrategia definitiva para salir impune de todas mis jugadas comerciales.

El pasaje del avión seguía entrando, pero mis compañeros más cercanos de viaje no habían dado señales de vida todavía, con lo cuál levanté los reposabrazos y me acomodé invadiendo parte de los asientos contiguos al mío, mientras comprobaba mi aliento contra la palma de mi mano y me cercioraba de que tenía un problema de halitosis sensible.

Cuando salí de la universidad con mi licenciatura bajo el brazo y un master en la universidad más laureada del país, gracias a los contactos de mi poderoso suegro, dejé a su  cansina hija a una semana del altar y me mudé a la capital para emprender una nueva vida. Posiblemente estaba desperdiciando la posibilidad de tener una existencia simple y sencilla alejándome de aquella académica familia. Podía haber pasado el resto de los años de mi vida fingiendo un interés vacío en  los discursos de mi pedante suegro, preparándome la alfombra roja para acabar como docente en la universidad y probablemente heredando, más tarde, el puesto de rector de la misma. Hubiera aguantado ese destino anodino e insufrible realizando chanchullos universitarios como en mi época estudiantil, follándome a todas las alumnas deseosas de una matrícula de honor inmerecida y disfrutando de mi soledad en los viajes que mi condición de profesor me procurara.

En vez de eso cogí mis pertenencias más valiosas, que cabían en una maleta y crucé la mitad del país para llegar a la capital. Allí no conocía a nadie y nadie sabía que yo estaba allí. Tenía una ocasión de oro para reinventarme, los nervios se agarraban a mis entrañas y a mi corazón y  el solo hecho de pensar que podía ser cualquier cosa me provocaba una erección de dimensiones considerables.

Durante años fui vagabundeando por decenas de profesiones, camarero, barrendero, instalador de gas, repartidor de publicidad, jefe de mantenimiento, speaker de un estadio, cuidador de lobos marinos en el zoológico, comercial de perfumería, limpiador de piscinas,  detective privado, jefe de cocina de un fast food, cuidador de caballos, profesor particular de lengua y literatura y, finalmente y tras un ascenso imparable en la empresa fruto de mis oscuras habilidades negociadoras, subdirector comercial de Avins, una de las empresas más importantes del sector tecnológico del país y, muy posiblemente, el trampolín hacía mi ultimo destino, un retiro precoz tras una última jugada maestra en la que estaba involucrada la mujer del dueño de la empresa a la que me había cepillado la noche anterior y que casi me había hecho perder este avión, con una halitosis intermitente, casi sin dormir después de haberme follado a esa viciosa vengativa y con los documentos necesarios en el maletín que harían que una cantidad ingente de dinero pasara, tras previa firma inconsciente de mi jefe, de las arcas de la empresa a mis manos, de ahí a una cuenta en un banco suizo en el que ya me empiezan a tratar como cliente preferencial y, finalmente, desperdiciada en todos mis caprichos y deseos irrefrenables de aquí al resto de mis días.

Vuelvo a palparme los bolsillos a ver si tengo el pasaporte y el DNI falsos, a partir de ahora me llamaré Fernando Guzmán, un hombre sencillo que pasará desapercibido para cualquiera que esté rebuscando en la puerta de atrás. Mi pasado como detective privado me había ayudado a tirar la basura debidamente y no dejar ningún desperdicio por el camino, ni una sola pista que hiciera preveer que mi pasado estaba lleno de mierda hasta el último recuerdo. De hecho, tras pasarme esa idea por la cabeza tuve que hacer esfuerzo para ahondar en mi memoria e identificar aquel único momento de mi vida en el que fui sincero.

Aquel momento se llamaba Sara, tenía unos ojos claros que se debatían entre el cielo más azul del verano y  el verde intenso de un mar del norte revuelto, aquel momento tenía ya diecinueve años, lo recordé nítidamente tras tanto tiempo haciendo esfuerzos por mantenerlo aislado, recordé aquel momento, con sus sonrisas, con su cuerpo de guitarra exquisitamente adornado por aquellos vaqueros roídos y ajustados y sus blusas claras de seda que bailaban con el viento y la hacían estar en constante movimiento, como si no se moviera por el mundo, sino que bailara sobre él, en contacto con la tierra solo con las puntas de los dedos de sus pies, como una bailarina vital que siempre tenía energías para darme una vuelta más. Aquella chica fue la única persona que me hizo ser persona alguna vez, jamás le mentí y estando con ella solo me salía ser yo, me convirtió en lo que nunca más pude volver a ser, una persona con valores y un respeto sano hacia los demás, enamorado del amor, que estaba personificado en aquel cuerpo de guitarra y ojos claros que me hacía bailar día y noche sin parar.

El día que se fue, víctima de su corta edad y el traslado laboral de su padre, aquel día, me juré a mi mismo que me vengaría de la vida, que no valía la pena darse para sufrir de aquella manera y me convertí en lo que soy hoy.

Me revolví en el asiento intentando deshacerme de aquel incómodo recuerdo, rebusqué en las revistas del frontal del asiento algo que me hiciera alejarme un poco del pasado y aquella honda sensación de anhelo. En ese momento llegó mi acompañante, asiento 18c, pasillo. Alcé la cabeza con la mejor de mis sonrisas y allí se quedó, petrificada en mis labios, inerte ante la visión de mi recuerdo, diecinueve años después, igual de joven para mis ojos, solo maquillado con alguna arruga y una expresión de experiencia que cubría como una película sus ojos juveniles.

- Buenos días - Sara no me había reconocido, llevaba una chaqueta de corte masculino y unos pantalones de pinzas, a mis ojos parecía estar disfrazada. Me di cuenta entonces que mi rostro había cambiado de tal manera, estaba tan cubierto de mentiras y engaños, que mi verdadero yo era irreconocible incluso para la única persona que me había conocido alguna vez.

- Buenos días - retiré el maletín con mi futuro de su asiento y lo agarré con fuerza, un miedo que había olvidado me hacía aferrarme a aquel trozo de piel con cremallera como si fuera un bote salvavidas.

El avión cerró sus puertas, las azafatas repartieron la prensa, el piloto saludó al pasaje antes de iniciar el camino hacia la pista de despegue, el avión se alzó en el aire, las luces del cinturón de seguridad se apagaron, el avión se elevó hasta la altura necesaria y se mantuvo en velocidad de crucero y en todos aquellos minutos no fui capaz de emitir un solo sonido, de hacer un solo gesto, de girar la cabeza más de 2 centímetros para encararme con aquel capricho del destino, con aquella coincidencia que podía truncar mi futuro minuciosamente planificado.

- Disculpe, llevo un rato mirándole y no he dejado de pensar que su cara me resulta extrañamente familiar, ¿nos conocemos?

La miré a los ojos con la intención de poner mi infalible careta social, aquella que me hacía ser y parecer una persona segura y confiada capaz de todo, pero no fui capaz  ni de creerme una sola de mis muecas y me derrumbé con ellas en el asiento.

- Ehmm, pues la verdad, creo que no, ahora mismo no caigo, lo siento.

- Vaya - Sara me miraba con atención, concentrada en adivinar el por qué de aquella sensación-, soy yo la que lo siente, no quería incomodarle, es solo que al verle he tenido una extraña sensación que no tenía desde hacía mucho tiempo.-volvió a fijar sus ojos claros en mi y entonces recordó- ¿por casualidad no se llamará David, verdad?

- Mi nombre es Fernando, Fernando Guzmán.

Y allí apareció aquel nombre, el de un nombre sencillo que pasaría desapercibido para cualquiera que estuviera rebuscando en la puerta de atrás. Fue entonces cuando me di cuenta, mi vida era una enorme mentira y mi destino estaba escrito en mayúsculas por el pulso firme de mi cobardía.

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